Actualidad de Hoerde y de la CAU

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Acercándose el cumplimiento de los 100 años de la jornada de Hoerde, el padre Rafael Fernández ha querido compartir con todos ustedes estas reflexiones, sobre la importancia de esta jornada y su transcendencia para Schoenstatt y la Iglesia en el momento histórico que vivimos.

Lunes 5 de agosto de 2019 | Padre Rafael Fernández

PRESENTACIÓN 

Como pronto celebraremos el jubileo de los 100 años de la Jornada de Hoerde, me sentí motivado a profundizar lo que había acontecido en esta jornada y, especialmente, a considerar lo que ella significaba como desafío en el momento actual.

No cabe duda de que los desarrollos en cada país son diferentes. Sin embargo, hay muchas realidades que son afines y que, de una u otra manera, nos plantean desafíos semejantes.

Pienso que, en el cielo, nuestro padre fundador mantiene el sueño de que su obra de Schoenstatt fuera la primera ala de la Confederación Apostólica Universal y que sus hijos, insertados en la realidad eclesial, promoviéramos y fuéramos alma de la necesaria coordinación de las fuerzas apostólicas.

Normalmente, hasta ahora, hemos destacado y buscado vivir en profundidad la originalidad del carisma de Schoenstatt, en el sentido del cultivo de la alianza de amor, guiados por la fe práctica en la divina Providencia.

El jubileo de la Jornada de Hoerde nos recuerda que, además, el P. Kentenich asumió de Vicente Pallotti otro fin: el ser alma de la Confederación Apostólica Universal (CAU).

Como veremos en este texto, este fin hoy cobra una gran importancia a la luz de la realidad eclesial que vivimos.

Estoy seguro de que nuestro padre espera eso de nosotros. Es decir, que, viviendo plenamente el carisma de Schoenstatt, partiendo por nosotros mismos, asumamos la tarea de promover en la Iglesia, el trabajo apostólico federativo.

La iniciativa de nuestro padre se fue realizando progresivamente.

En 1919, en la Jornada de Hoerde, se funda la “Federación Apostólica”, como una comunidad formada por líderes apostólicos al servicio de la Iglesia.

Como veremos, lo hizo con un grupo muy heterogéneo que no perduró en el tiempo. Lo que sí tomó cuerpo y se desarrolló positivamente fue la fundación de la Federación Femenina (“Frauenbund”), al año siguiente,  en 1920.

Con el correr de los años, progresivamente fueron surgiendo otras comunidades que serían igualmente autónomas y que conformarían la parte motriz de Schoenstatt, junto con los Padres Palotinos llamados a ser parte motriz principal.

A la Federación Femenina, se agregaron las Hermanas de María en 1926.  Y en1948, el Instituto de Nuestra Señora de Schoenstatt.

La Federación de Familias y la Federación de Madres fueron fundadas después de la Segunda Guerra Mundial.

La Federación Apostólica, fundada en 1919, como se dijo, no prosperó. Habría sido una Federación de Hombres que, posteriormente, fue refundada en los años 30, pero tampoco logró prosperar en esa época.

El P. Kentenich consideró a todas estas comunidades como parte motriz de Schoenstatt, y a los Padres Palotinos, como parte motriz principal de Schoenstatt.

Todas las comunidades mencionadas anteriormente fueron pensadas como comunidades de élite y de líderes.

Para completar este panorama, es preciso mencionar que, ya en 1920, el P. Kentenich fundó la Liga Apostólica, que se dividía en “Miembros de la Liga y Cooperadores de la Liga, y, en los años 30, el Movimiento Popular y de Peregrinos de Schoenstatt. Así Schoenstatt pasaba a ser “una Iglesia en pequeño”, contando con un numeroso pueblo y con comunidades que aseguraban su identidad y crecimiento orgánico.

Las Ligas, organizativamente, tenían menores compromisos apostólicos, acéticos y comunitarios. Los peregrinos, prácticamente, no contraían ningún compromiso especial.

De acuerdo a este desarrollo y crecimiento, todas estas comunidades de la Obra de Schoenstatt estaban llamadas a entregar el carisma de Schoenstatt en el seno de la Iglesia.

La idea de nuestro padre fundador era que estas comunidades demostraran ser un ejemplo preclaro de lo que debería ser, en toda la Iglesia, la coordinación de las fuerzas apostólicas, es decir, la “segunda ala” de la CAU.

Creemos que ha llegado el momento para abordar esta “idea gigantesca” que el P. Kentenich puso como meta de Schoenstatt.

Pidamos juntos a nuestra Madre y Reina y a nuestro padre que nos permitan asumir estas “santas tareas sobre (nuestros) débiles hombros”.

 

  1. Lo que aconteció en Hoerde-Dortmund el 20 de Agosto de 1919

 

Celebramos el jubileo de los 100 años de la jornada que se llevó acabo el 20 de agosto de 1919 en la ciudad de Hoerde. Por esto, reviste gran importancia el tener claridad sobre lo que sucedió en ella y después de su realización.

En el libro “La Jornada de Hoerde, grandeza y límites” de Heinrich Hug, publicada por Editorial Patris, se hace un detallado estudio al respecto. Teniendo en cuenta los datos que proporciona este libro y lo que el mismo Padre Kentenich explica al respecto, haremos una breve reseña histórica, que nos ayudará a tener una visión de lo que sucedió realmente en esa jornada y de las tareas que se deducen de la misma.

En primer lugar, nos remontaremos a la fundación de Schoenstatt  el 18 de octubre de 1914.

El conocimiento de la historia del primer hito de nuestra Familia lo vamos aquí por supuesto. Sabemos cómo los seminaristas de la Congregación Mariana debieron partir a enrolarse en el ejército. Conocemos cómo en los primeros schoenstatianos prendió el fuego que se habían sentido en el pequeño santuario en el valle de Vallendar; que conquistaron a otros que posteriormente se denominaron la “Congregación Externa”.

La guerra concluyó a fines de 1918 y en 1919, miembros de la Congregación Externa querían continuar ya no como sus compañeros seminaristas sino como laicos.

En contacto y conversaciones con el Padre Kentenich se decidió fundar la “Federación Apostólica” de Schoenstatt.

Para comprender exactamente lo que fue ese momento histórico de fundación, es preciso seguir los pasos que fue dando nuestro padre y fundador después del 18 de octubre de 1914.

Más allá de lo que sucedía con la Congregación Mariana en el frente de batalla, el P. Kentenich siguió trabajando apostólicamente, dando retiros y jornadas, donde participaban especialmente sacerdotes, estudiantes, profesoras y enfermeras.

Al interior de la comunidad de los padres palotinos se fue dando una resistencia a lo que estaba haciendo el P. Kentenich. Según ellos estaba creando algo diverso a lo que el fundador, san Vicente Pallotti había querido.

Estando el padre general de los palotinos de visita en Schoenstatt, a fines de 1915, nuestro padre quiso aclarar con él la situación, pero sólo tuvo una oportunidad de hacerlo cuando lo iba a dejar a la estación para tomar el tren de regreso a Roma. El padre general le expresó las dudas que existían y el P. Kentenich le respondió que lo que él estaba haciendo correspondía a lo que había querido el fundador.

Esto lo dijo porque Schoenstatt, al igual que Pallotti era mariano, también era partidario de no poner mayores obligaciones jurídicas e igualmente daba importancia a que se tuviera un director o acompañante espiritual, todo lo cual estaba en el espíritu de lo que Pallotti quería.

Después de este corto intercambio, el P. Kentenich queda con la inquietud de ir más a fondo en lo que había hecho San Vicente Pallotti.

Hasta ese momento la comunidad de los padres palotinos se dedicaba a todo tipo de apostolados, como muchas otras comunidades en la Iglesia. Leyendo un libro que había escrito un sacerdote de la comunidad, el p.. Hetenkofer, descubrió que Vicente Pallotti había fundado primero un movimiento laical, al que pertenecían personas que se unían para realizar un apostolado de la oración, que colaboraban materialmente con sus bienes y que desarrollaban labores apostólicas. Pallotti denominó esta obra “Apostolado Católico”. Él constató también que, si fundación no contaba con una comunidad que cuidara de ella, no iba ser posible su existencia en el futuro.

Fundó entonces la comunidad encargada de esta labor denominándola “Sociedad del Apostolado Católico”, SAC.

Lo que Vicente Pallotti quería fue catalogado por nuestro padre como una “obra mamut”, una obra gigantesca.

Considerando estos hechos, el P. Kentenich constata que lo que Pallotti había querido, se había echado al olvido, pocos años después de su muerte.

Nuestro padre sintió interiormente que Dios lo llamaba a asumir la idea original de Pallotti,  contando con la realidad del santuario y de la alianza de amor con María.

 Lo que Pallotti había ideado organizativamente, el P. Kentenich consideró que era irrealizable. Este había organizado el Apostolado Católico según los tres tipos de apostolados mencionados más arriba: la oración, la ayuda económica y el apostolado. Planificó, además, un apostolado que territorialmente se dividía en 12 regiones, las cuales  llamó “procuras”, aludiendo a los doce apóstoles.

Guardando el pensamiento central de San Vicente Pallotti, el P. Kentenich pensó que esos no podían ser los criterios organizativos. Por eso, al asumir la idea de Pallotti, propone una organización de acuerdo con tres criterios: el apostolado, a los medios de santificación y el compromiso comunitario.

Por otra parte, estimó que era más adecuado denominar esta obra como “Confederación Apostólica Universal, CAU.

El primer testimonio escrito de la decisión que él había tomado de asumir como propia la idea o carisma de Pallotti, lo encontramos en una carta dirigida a quien había sido prefecto de la Congregación Mariana en el seminario palotino, Josef Fischer. Más adelante citaremos esta carta.

Nuestro padre, sin embargo, no comunicó a otros esta idea y decisión interna que había tenido, sino que sólo esta aparece cuando encuentra qué miembros de la congregación Mariana Externa, querían continuar, no ya como miembros de la Congregación Mariana si no que fundando algo nuevo.

Después de las conversaciones con estos, que eran ciertamente pocas personas, él propone fundar algo nuevo, llegando al acuerdo que esta organización se llamaría “Federación Apostólica”.

Años más tarde, el P. Kentenich explica que él, habiendo decidido asumir la obra de Pallotti, estimó que no era el momento de explicar la magnitud de la idea de fundar la “Confederación Apostólica Universal”, ya que esta idea no iba a ser comprendida por la comunidad de los padres palotinos.

Nuestro padre y fundador, observando lo que existía en la iglesia, constató que había muchas comunidades y organizaciones, pero que existía una gran carencia de líderes. Por eso la decisión de comenzar la CAU con la fundación de la Federación Apostólica.

Se propusieron entonces fundar una comunidad de líderes al servicio de la Iglesia.

Considerando que los padres palotinos no iban a comprender lo que él intentaba, juzgó que no era conveniente explicarles a ellos en ese momento que este hecho estaba tratando de resucitar la idea original de su fundador. 

Poco antes de la jornada que planificaron realizar en Hoerde, el Padre Kentenich pidió ser exonerado de su tarea de director espiritual que hasta el momento tenía, para ponerse enteramente a disposición de esta comunidad de líderes necesaria para la Iglesia. De hecho, esto sucedió el 20 de Agosto   de 1919.

Se trató entonces de organizar una jornada, asumiendo el liderazgo Alois Zepenfeld, decidiendo hacerla en la ciudad de Hoerde, que era su pueblo natal. Una vez fijada la fecha el p. Kentenich les comunicó que él no asistiría. Entonces debatieron si realizaban o no esa jornada sin su presencia, decidiendo por último hacerla de todas maneras.

De hecho, la jornada estaba bien preparada por las conversaciones que habían tenido con nuestro padre. El desarrollo de la jornada se encuentra descrito con detalle en el libro del P. Hug.

Es interesante reparar en quienes participaron en ella. De los  24 que asistieron,  Eran 16 seminaristas de los padres palotinos. Es decir, de suyo pertenecían a aquellos que debían posteriormente servir a la Obra como Parte Motriz y Central.  Los ocho restantes eran laicos. De estos, cuatro prácticamente no estaban enterados mayormente del sentido de la jornada, incluso había al menos dos colegiales entre ellos y otros que ni siquiera habían sellado la alianza de amor. Era sólo un pequeño grupo de cuatro jóvenes los que estaban conscientes de lo que querían hacer al  fubdar la Federación Apostólica.

Posteriormente el Padre Kentenich corrigió los apuntes que habían hecho sobre la Federación Apostólica, completando lo que habían redactado sobre los estatutos de la Federación.

Esto sucedió durante la segunda mitad de 1919.

En 1920 el padre entregó los estatutos corregidos, agregando a la Federación la “Liga Apostólica”, cuyas exigencias ascéticas, comunitarias y apostólicas eran menores. La Liga Apostólica, además, se dividió en dos, a saber: Los “Miembros de la Liga Apostólica” y los “Cooperadores de la Liga Apostólica”.

II. Hoerde y la CAU

 

  1. Un crecimiento lento y progresivo

Hemos escrito lo que sucedió en la jornada de Hoerde. Es acertado el subtítulo del libro del p. Hug que habla de “la grandeza y los límites” de esta jornada. Se trata nada menos que de la fundación de la Confederación Apostólica Universal, de la CAU.

Schoenstatt como tal fue fundado el 18 de octubre de 1914. Aún no estaba definido lo que sería su organización, que hasta ese momento se reducía a la Congregación Mariana del seminario de la comunidad palotina. El paso que se da en la jornada de Hoerde consistió justamente en asumir una nueva organización, muy diversa de la que poseían las Congregaciones Marianas.

Muchas veces se pierde de vista el hecho central que nuestro padre fundador decidió asumir la obra que había fundado san Vicente Pallotti. En diversas ocasiones, él explica que guiado por la fe práctica en la divina Providencia se sintió movido a asumir la obra de Pallotti que después de su muerte había prácticamente desaparecido.

Nuestro padre fundador se atrevió a asumir está “idea mamut” de ser alma de la coordinación de las fuerzas apostólicas en la Iglesia, confiando en la realidad de la alianza de amor sellada con María en el santuario de Schoenstatt.

De este modo, la jornada de Hoerde marca el inicio de la CAU. En ello radica su grandeza. Posteriormente, nuestro padre explica que él, teniendo en vista la obra de Pallotti, decidió iniciarla dando un primer paso o como él lo explica  fundando la “primera ala” de la CAU. Luego citaremos textualmente sus palabras al respecto.

Por otra parte, los límites son manifiestos. De las cuatro personas que realmente sabían de qué se trataba, el líder y los tres restantes, prácticamente no constituyeron una comunidad. Incluso dos de ellos ingresaron al seminario de los sacerdotes diocesanos.

Junto con otros seminaristas y posteriormente con otros sacerdotes diocesanos, no se distinguió organizativamente con claridad entre la Federación y la Liga de sacerdotes diocesanos de Schoenstatt. Sólo al término del exilio de nuestro padre, él insistió en que se distinguiese claramente lo que fue el Instituto, la Federación y la Liga de los sacerdotes diocesanos de Schoenstatt.

Por otra parte, no se logró conformar una “Federación de hombres”. Incluso el P. Kentenich quiso fundar, con un hermano del P. Menningen y otra persona lo que hoy son los Hermanos de María, lo cual tampoco resultó. Sabemos cómo el padre en Dachau reitera su iniciativa.

En 1920 se integran a la organización de Schoenstatt las mujeres, impulsadas por el valioso liderazgo de Gertrudis von Bouillon, quien fue clave para que se realizase la fundación en 1920 de la “Federación de Mujeres. Esta fundación fue lo que realmente resultó en ese momento histórico como concreción de lo que se proponía nuestro padre

El P. Kentenich continuó realizando durante esos años una intensa actividad de jornadas y retiros, especialmente para sacerdotes, estudiantes, profesoras y enfermeras.

En 1926 parte de la Federación de Mujeres, quiso consagrarse por entero al servicio de la obra de Schoenstatt fundando el primer Instituto Secular del Movimiento, las Hermanas de María.

De esta forma fue creciendo la actividad en torno al pequeño santuario de Schoenstatt. La “Casa Vieja”, que había sido puesta disposición de parte de los padres palotinos se hacía pequeña para atender toda la actividad que se desarrollaba en el lugar. De allí que en 1928 se construyera la “Casa de la Alianza”, que fue el lugar donde se realizaron retiros, jornada y otras actividades.

A esto habría que agregar que ya desde el inicio el P. Kentenich había formado una “Central de Asesores”, de dirigentes laicos y sacerdotes, que compartían con él su labor.

Los años 30 estuvieron marcados por el inicio de la corriente Nacional Socialista liderada por Adolfo Hitler. La situación que reinó en Alemania después del tratado de Versalles fue agravada por la crisis económica de los años 30. Todo ello contribuyó a que el nazismo cobrara cada vez más fuerza y más cuerpo, llegando a constituirse la dictadura de Adolfo Hitler.

En este ambiente se fue desarrollando Schoenstatt. De hecho, perduraron los sacerdotes ligados al Movimiento que asistieron masivamente a retiros que daba nuestro padre fundador.

La Federación de Mujeres se vio menguada por la fundación de las hermanas de María, que crecían más y más.

El Padre Kentenich trató de que surgiera una pastoral para las familias, pero esto no resultó. Tampoco se logró un trabajo más fecundo con la juventud masculina o la rama de hombres. De hecho, fuera de la actividad descrita anteriormente, sólo pudo surgir algo en la juventud femenina.

El sueño de San Vicente Pallotti, que el padre había hecho suyo, no se había podido todavía realizar del todo: se estaba aún muy lejos de una coordinación de las fuerzas apostólicas: El Dios providente cerraba puertas, pero habría otras, que no estaban previstas.

       2. La “primera a la” de la Confederación Apostólico Universal

Con lo expuesto anteriormente queda claro que nuestro padre fundador hizo suyo el “sueño” de san Vicente Pallotti: la CAU.

Ahora bien, el P. Kentenich hizo una opción. Él pensó que no era adecuado en ese momento explicar la trascendencia de lo que estaba haciendo.  por el peligro de que no fuese comprendido ni al interior de los padres palotinos ni tampoco en el ámbito apostólico que se había desarrollado en torno al santuario.

Por eso, realizó algo que podía ser comprendido, que era la fundación de una comunidad de líderes al servicio de la iglesia, ya que en ésta había muchas parroquias y comunidades que carecían de líderes bien formados. De allí su petición a la comunidad de los palotinos que lo exoneraran del cargo que tenía como director espiritual de los seminaristas, para que se pudiera dedicar por entero a este nuevo apostolado.

Ser alma de la coordinación de las obras apostólicas en la Iglesia, habría sonado como una idea utópica. Porque, ¿quiénes eran los palotinos y los miembros de Schoenstatt para asumir esta magna tarea? Por eso él decide fundar, primero, algo que fuese el inicio de la CAU, lo cual probaría que era posible la realización de este sueño.

Decidió, en primer lugar, fundar con los ex.congregantes una comunidad de élite, a la cual se fueran agregando progresivamente otras comunidades (la parte motriz de Schoenstatt).y también, como anteriormente lo mencionamos, las Ligas Apostólicas.

Coordinar diversos apostolados y comunidades suponía que quien coordinaba respetaba plenamente la autonomía de las comunidades o instituciones apostólicas. Si no fuese así, significaría que estas estarían “sometidas” al quien las coordinara (en nuestro caso lla comunidad de los padres palotinos), y ciertamente esto nadie lo aceptaría.

Su intención era, entonces, crear, primero, un “caso preclaro” de comunidades que se coordinasen libremente en torno a un determinado apostolado. O sea, mostrar que era posible coordinarse. Esto cobra todavía mayor importancia dado una tradición eclesial en la cual se daba a menudo la “envidia clerical”, generándose frecuentemente tensiones destructoras entre las diversas comunidades.  

Crear este caso preclaro requería que la comunidad de los palotinos no estuviese sobre las otras comunidades, sino que, en una actitud de servicio, estuviese junto a ellas.

La Federación Apostólica, fue de hecho, por lo tanto, la primera comunidad de la primera ala de la CAU, a la cual siguieren posteriormente otras s comunidades, que se fundarían posteriormente.  Estas comunidades debían ser autónomas y estar, por así decirlo, a la misma altura de los palotinos. Serían con esto se daba, entonces esta “primera ala” de la CAU, estaría ello “parte motriz” y los palotinos “parte motriz principal de esta primera ala de la CAU.

Nuestro padre afirma por eso en 1950 que la estructura de la Familia quedó determinada en Hoerde para todo el tiempo futuro”. Afirmó que Hoerde era la medida según la cual “se debe orientar todo aquello que emprendamos.“

 

III. PALABRAS DE NUESTRO PADRE

Nuestro padre fundador se refirió muchas veces a la Confederación Apostólica Universal que asumió de san Vicente Pallotti. Pallotti no fue smplmentevalguien que le inspiró determinados aspectos en relación a la espiritualidad o pedagogía, como fueron por ejemplo san Francisco de sales o san Ignacio de Loyola. Cuando él habla de Pallotti se refiere a él como un segundo fundador, porque él hizo suya la misión que el Señor le había confiado a Pallotti.

Desde 1916 hasta el día en que lo llamó el Señor a la Casa de Dios  Padre,  mantuvo siepre esa convicción.

 

  1. Estrofas del Hacia el Padre

Son especialmente significativas las estrofas  que él escribió en el Hacia el Padre

La bendición que Vicente Pallotti prometiera a la totalidad de la Obra por él concebida, se le otorgue a Schoenstatt
con entera plenitud
para traer al orbe la ansiada salvación. (HP 521)

Tres veces Admirable, excelsa y bondadosa, concede a Vicente Pallotti el honor de los altares ahora que la Obra de su vida está completa y que te saluda
con la ternura de su cálido corazón. (HP 526)[1] 

Danos fe en Schoenstatt y en Pallotti
y que este signo de unidad nadie nos lo arrebate;
que nos formemos como hombres nuevos y comunidad nueva,
realizando el grandioso ideal
que complace al Padre (519)

 

  1. Carta a Josef Fischer

El primer testimonio escrito que tenemos de nuestro padre de su decisión de asumir la obra de san Vicente Pallotti lo tenemos en una carta que él dirige a quién había sido prefecto de la congregación apostólica en el seminario de los palotinos,  Josef Fischer, a comienzos de agosto de 1919. Dice así:

Mi querido ex prefecto:

En respuesta a su última carta en la cual le hice llegar una invitación a participar de la jornada de congregantes de Hörde (20 de agosto), que usted ciertamente no ha recibido. si aún es posible, vaya usted allí (Hoerde, Sedanstrasse 13).

Entretanto me parece prudente que no venga a Schoenstatt. Será invitado cordialmente en el próximo tiempo.

Lo que le expusiera hace años como un plan todavía en esbozo, habrá de hacerse realidad: la fundación de una Federación Apostólica de estudiantes, maestros y universitarios.

He sido relevado de mi cargo de director espiritual para dedicarme a esa labor. Asimismo se me ha puesto a disposición una parte de la Casa Vieja para organizar en ella se manas de autoeducación. Una dura tarea. Mater habebit curam.

Ahora dedico mis fuerzas a la atención pastoral de los estudiantes de afuera. Por eso estoy dispuesto con gusto a responder a las preguntas personales de usted, y le pido a cambio su colaboración en la conducción y consolidación de la Federación.

Con mucho afecto,

J. Kentenich

En resumen, en esta carta se observan varias decisiones ya tomadas:

  • Ya se ha liberado al P. Kentenich (desde el 18 de julio de 1919) para que se dedicase a la fundación de una nueva entidad apostólica.
  • Es cosa decidida fundar una Federación de estudiantes, docentes y universitarios.
  • El título de la nueva organización está igualmente claro: Federación Apostólica.

 

  1. Memorando al consejo de la comunidad palotina

A comienzos de 1919 dirigido a los superiores de la comunidad

Un segundo documento importante de nuestro padre es el documento que envó a los superiores de la comunidad a fin de que  lo exoneraran de su cargo de director espiritual del seminario y quedar así libre para fundar una nueva organización, diversa a la que existía en la Congregación Mariana.

Este documento nos muestra lo que estaba meditando y proponiéndose nuestro padre.

El texto de la solicitud, con fecha 18 de julio de 1919, vale decir, algunas semanas antes de la jornada de Hörde, es el siguiente:

 

Memorando

Sobre la fundación de una Federación de estudiantes y docentes, y su integración al Instituto de Colaboradores de los palotinos

Durante la guerra reunimos nuestros soldados en la así llamada “Organización externa”, a la cual se integraron también estudiantes secundarios, docentes y universitarios no pertenecientes a Schoenstatt. Luego de finalizada la guerra, nuestros soldados regresaron a Schoenstatt. Pero los otros miembros manifestaron el deseo de seguir en la organización[2] con la cual se habían encariñado, a pesar de las severas exigencias que ésta planteaba. Nosotros accedimos a su pedido. Así pues se nos plantea la siguiente pregunta: ¿Hemos de dejar el Movimiento librado a sí mismo o apuntar a una meta fija?

No resultaría difícil responderla si la Provincia palotina alemana se hiciera cargo de esa organización, transformándola, en el sentido de nuestro venerable Fundador, en una Federación de estudiantes, docentes y universitarios,[3] y la asociara gradualmente a su Instituto de colaboradores.

Los siguientes pensamientos avalan esa solución:

1. (Meta) El desarrollo de la situación en Alemania hace necesarios una fuerte acentuación y aprovechamiento del apostolado de los laicos. Ciertamente muchas organizaciones católicas son conscientes de esta necesidad de los tiempos que corren y procuran hacer apostolado. Sin embargo Ostermann dice en su artículo sobre el apostolado de los laicos:[4]

“Hasta ahora por lo común faltaron dos cosas: Lo primero es la fuerza impulsora e iluminadora de un ideal de apostolado claramente reconocido y por el cual estar entusiasmado. En el alma de miles de miembros de las asociaciones[5] ese ideal o está ausente o bien no tiene la vitalidad suficiente. De ahí el imperativo de proponer el ideal del apostolado con entusiasmo e insistencia.

Lo segundo es convocar a miembros idóneos de las asociaciones y organizarlos para abordar la labor apostólica. Grande es el número de asociaciones que cooperan en la superación de las crisis religiosas y morales, al punto de poder decirse que existe una asociación para cada problemática religioso-moral que se detecte en el pueblo. A cada asociación le corresponde una diferente clase social o grupo de la sociedad que corre riesgos o bien padece necesidades específicas.“

Para fomento de las asociaciones se ha implementado en todas partes el sistema de coordinar personas de confianza, formadas y organizadas.

¿Por qué no sería posible hacerlo para servir al ideal del apostolado, uno de los más bellos, nobles y elevados del cristianismo?

La tarea consistiría entonces en elegir personas de confianza a quienes formar mediante conferencias periódicas y destinarlas a determinados grupos de personas, en áreas delimitadas con exactitud. Regularmente se las convocaría para participar de cursos de perfeccionamiento y exponer las experiencias y logros cosechados, o las nuevas necesidades que se han registrado y habría que atender. A ello se agregaría una profundización en la vida religiosa mediante conferencias de espiritualidad, ejercicios espirituales e invitación a la comunión frecuente.

Por esa vía se tendría apóstoles laicos organizados y formados que contribuirían muchísimo en la labor de rescatar tanta gente en peligro, tanta gente confundida. El esfuerzo mancomunado de tantos apóstoles laicos y su íntimo amor a Dios y al prójimo darían mucho más fruto de lo que darían algunos agentes de pastoral asalariados, más allá de que éstos hayan absuelto sus estudios preparatorios.”

La meta principal de la Federación debería ser llenar estas dos lagunas. De ese modo cumpliría una tarea que está en consonancia con las ideas que tenía nuestro venerable Fundador sobre la Institutio Procurarum (“Brevis historia P.S.M.”, p. 17) en los detalles.

Me refiero aquí a gente formada. Y ello porque es la que más cerca está de mi horizonte de experiencias, y porque una idea predilecta de nuestro venerable Fundador era justamente encender el espíritu apostólico sobre todo en los dirigentes del pueblo. Por lo demás estas ideas fundamentales vertidas aquí pueden aplicarse también, adecuándolas, a otros grupos de la sociedad.

2. (Estrategia) Hay diferentes caminos para arribar a esta meta tan alta. Uno de ellos (quizás el más viable) es tomar como punto de partida los elementos útiles de la organización ya existente. Los rasgos fundamentales de ésta han sido expuestos, en cuanto a sus orígenes y efectos, en la revista MTA.

Vivimos en una época llena de peligros. Quien quiera hacer un apostolado fecundo en tales tiempos, a la larga sólo lo conseguirá si trabaja primero sobre sí mismo, con consecuencia y lucidez. Esta convicción nos llevó a poner gran énfasis en la santificación personal.

Llevados por ese espíritu hemos propuesto tres condiciones básicas para la incorporación: cultivo del examen particular y del horario espiritual; b. estar en contacto con un director espiritual de libre elección; c. enviar regularmente un breve informe a Schoenstatt, dando cuenta de si se cultiva el trato con el director espiritual en el sentido de la organización. (…)

La carta mezcla nuestra congregación de aquí con la Organización externa. Ambas han de ser separadas en el futuro, de modo que la Federación Apostólica sólo incorpore gente de afuera.

Hasta ahora el apostolado se realizó tras haber hecho acuerdos y evaluado las oportunidades que se ofrecían.

3. Trabajo difícil pero no imposible es revisar y completar esos elementos fundamentales imperfectos y configurar con ellos una Federación apostólica de gran vitalidad. A mi entender, para ello habría que tener en cuenta cuatro puntos de vista:

a) Cada organizador dispone de dos vías para alcanzar su meta.

*Presentarse en público con estatutos ya listos e incorporar a la asociación a los interesados.

*O bien congregar en torno de sí personas de ideas afines, cultivar en ellas el espíritu correcto y luego, junto con ellas y a través de ellas, fundar la organización.

La meta de la Federación Apostólica es muy elevada y la vida espiritual de nuestros grupos tiene un perfil tan marcado y nítido que sólo la segunda vía parece tener perspectiva de éxito.

Si en su proceder el director tiene en cuenta la dimensión psicológica, no le resultará difícil volcar a la realidad los planes de nuestro venerable Fundador. Naturalmente  en la medida en que éstos tengan en cuenta la diversidad de la vida de las asociaciones en Alemania y se adecuen a los distintos ambientes.

b) La Federación ha de convocar una elite apostólica; “elite” en el pleno sentido del término. Sólo así la Federación tendrá razón de ser. De lo contrario será sólo una organización más que compita con organizaciones que ya existen y que están trabajando fecundamente, y habrá de cosechar más maldición que bendición.

Pero si en la teoría y en la práctica sostenemos el concepto de elite apostólica, será visto con agrado en amplios ambientes y se lo apoyará. Ese concepto de elite quitará de las espaldas del presidente de la asociación la carga de tener que formar, a fondo y con adecuación a los tiempos, a los mejores miembros para la tarea que deban desempeñar.

Este trabajo está en consonancia con el espíritu de nuestro venerable Fundador. Así se lo advierte cuando se lee las tareas que él le confió al cuarto procurador (p. 20 de la “Brevis historia”).

Éste había sido puesto “sub protectione S. Joannis ad reviviscenda et promovenda opera pia iam existentia”.[6] De ese modo también quedaría regulado, por ejemplo, la relación de la Federación con las asociaciones de estudiantes que existen afuera.

Los mejores y sólo los mejores congregantes podrán ser a la vez miembros de la Federación. Ésta ha de educarlos y formarlos para que sean portadores del buen espíritu en sus asociaciones y ser y permanecer como los pilares confiables de sus respectivos presidentes. Donde no existan asociaciones de profesionales, la Federación motivará a sus miembros a fundarlas.

c) En razón de lo dicho es muy importante que la Federación realice una labor educativa seria y adecuada a la época. Ésa será su mejor carta de presentación, y quizás la única efectiva. Con tal fin se podría comenzar a dar, además de  ejercicios espirituales, semanas de autoeducación. Partiendo de las necesidades y características del alma del hombre de hoy, dichos ejercicios y semanas de formación brindarían una introducción para comprender y trabajar sobre el alma de uno mismo y la de los demás, y ofrecer oportunidad para realizar un motivador intercambio de las experiencias cosechada.

d) Hasta ahora el Movimiento estuvo ligado a la antigua capilla de san Miguel, en Schoenstatt. Ello ocurrió así a fin de colocar en el centro una cosa en lugar de una persona. Si la provincia decide no generar un nuevo comienzo sino remodelar y consolidar la “Organización externa”, habría que tener cabal cuenta de esa decisión, al menos en el tiempo de transición. Difícilmente se podrá realizar de manera repentina las modificaciones deseadas de la Central sin ocasionar una conmoción o bien sin poner en peligro la totalidad. Precisamente porque el concepto “Schoenstatt” entraña, en virtud de su desarrollo histórico, demasiados imponderables que no deben ser subestimados.

4. La revista MTA podría seguir siendo la publicación de la Federación. Más adelante quizás surja la necesidad de fundar otras para cada grupo: una revista para los docentes, otra para los estudiantes secundarios, otra para los universitarios.

 

  1. Texto de 1956

Durante la primera parte de su exilio en Estados Unidos el Padre Kentenich explica con mayor detalle el proceso de la organización que se dio oficialmente a partir del 1919 en la jornada de Hoerde. Extractamos los pasajes que nos parecen especialmente importantes, colocando subtítulos para su mejor comprensión.

 

Teóricamente eran dos los caminos posibles

Corrían tiempos en los que prácticamente nadie creía en la factibilidad de la “idea mamut” de Pallotti. Pero me convencí́ de que la divina Providencia tenía un plan con Schoenstatt y con Pallotti, integrados a modo de dos ejes. Me convencí́ asimismo de que la misión original de mi vida era volcar a la realidad ese plan divino, respetando las características de la época que me tocaba vivir.

Dos eran los caminos que se me abrían para emprender esa aventura espiritual de audacia inusitada. En aquel entonces, la gente no podía comprender tamaña audacia ni asistirme con su consejo y colaboración concretos. Por lo tanto, hube de tomar en soledad las decisiones. Mi mirada se mantuvo siempre fija, con absoluta exclusividad y persistencia, en Dios y su proyecto. Un plan divino que se me había grabado indeleblemente en mi mente y en mi corazón. Por otra parte, no perdía de vista a las personas, y busqué puntos reales de contacto, personas que colaborasen, que fuesen instrumentos que, en el tiempo y lugar oportunos, trabajasen junto conmigo en la consecución de esas metas extraordinarias.

Al echar una mirada retrospectiva sobre aquellos años, me veo como un nadador que, en medio de un mar borrascoso, nada junto con los suyos denodadamente, año tras año, para arribar a la ribera desconocida de una nueva era. Todo eso hubiera sido absolutamente imposible si, tanto en el abordaje de las ideas como de la vida cotidiana, no se hubiese estado anclado en el mundo sobrenatural.

Determinación de la cuestión estratégica de 1919

Al comienzo de esta historia me inquietaba la cuestión de si comenzar a poner por ejecución este plan en el marco de la comunidad palotino, vale decir, orientar a la comunidad palotina sobre las dos grandes metas y luego fundar la obra con el apoyo de una comunidad íntimamente convencida y afirmada en esos dos ejes (Schoenstatt y Palotti). Dicho, en otros términos, ¿había que avanzar desde adentro hacia afuera? ¿O bien dejar a la comunidad palotina que siguiese su camino hasta nuevo aviso, y recorrer yo el camino inverso, vale decir, desde afuera hacia adentro?

La respuesta obtenida: Proceder desde afuera hacia adentro

Como sucedió́ casi siempre en la historia de Schoenstatt, a través de los acontecimientos, Dios había de dar la respuesta. Y la dio muy pronto. Señaló́ la segunda posibilidad (desde afuera hacia adentro); y procedí́ enseguida a poner en práctica esa respuesta. Me llevaría muy lejos explicar las razones de por qué́ reconocí́ e interpreté tan rápidamente el designio divino. Pero sí recordaré una cosa: sin la fe en la realidad de nuestra alianza de amor, jamás me hubiera atrevido a perseguir metas tan audaces.

Mi decisión no significaba dejar completamente de lado la comunidad palotina para, recién más tarde, luego de que el proceso fundacional hubiese alcanzado un cierto grado, avanzar con el movimiento en ella, a fin de integrar todo en una unidad: Eso habría sido una manera de proceder demasiado mecanicista, habría contradicho una segunda característica de mi personalidad: cultivar una visión de conjunto orgánica de la realidad.

Así́ pues, desde 1916, ambos socios (partners) estuvieron siempre presentes en mí; ambos vivos en mi mente y mi corazón. Estaban ligados en cuanto a las ideas tal como hoy lo vemos encarnado en el Schoenstatt integral, a modo de una comunidad (palotina) integral y de un movimiento integral.

En lo sucesivo, ambos vivieron, obraron y se desarrollaron sanamente según la ley del desarrollo orgánico, siempre de manera orgánica pero no uniforme: de una totalidad orgánica a otra totalidad orgánica. Lo que debía estar en el primer plano y ser enfocado en primer lugar, había de decidirlo Dios mediante la ley de la puerta abierta.

Relevo de 1919

Finalizada la Primera Guerra mundial, solicité (en razón de la percepción habida del plan divino) que se me relevara de mi cargo de director espiritual y liberara para dedicarme a la realización de ese gran proyecto. Se me concedieron ambas solicitudes. De ese modo recorrí́ un itinerario que, pasando a la vera de precipicios de todo tipo, atravesando tinieblas y noches, me llevó por caminos ignotos hasta cumbres altísimas.

El único hilo que me orientó fue el de la fe en la divina Providencia, que me fue guiando paso a paso, siempre hacia delante, sin nunca detenerse.

Quien conozca la situación que se vivía por entonces en la Iglesia, en el mundo y en la comunidad palotina, apreciará la audacia de tal empresa. El dicho “un viaje a lo desconocido”. Eso” solo expresa en parte esa realidad. De la nada, por decirlo así́, había que generar un mundo nuevo, grandioso; hacerlo surgir como de las piedras.

Que los historiadores comiencen en este punto sus indagaciones, reúnan y examinen material y por ellos se remonten a los principios fundamentales. Para tener una impresión de la gran transformación operada, para comparar aquella época con el presente (1956), repárese en el aspecto que tenía por entonces el santuario, y qué importancia reviste hoy.

En aquel tiempo era un depósito de herramientas de jardinería, y hoy es el centro de un gran Movimiento internacional de renovación. Por entonces, el nombre de Schoenstatt estaba en labios de pocos; hoy para muchos contemporáneos, en la patria y en el extranjero, Schoenstatt es cabalmente conocido.

Mudanza a Engers

La aventura ganó en grandeza, audacia y dramatismo porque, en esa época, yo estaba mortalmente enfermo. Cuando me mudé a Engers, al hospital, fui recibido y tratado allí́ como enfermo terminal. Se contaba con que, en cualquier momento, sufriría un colapso. Pero eso no me perturbó en absoluto. Para mí el cuerpo prácticamente no existía. Yo trabajaba día y noche, vivía en un mundo de ideales grandes e internacionales. Había que ir detectando los caminos que la divina Providencia iba abriendo para la realización de esos gigantescos proyectos. Ir descubriéndolos con cuidado, en pequeña y en gran escala.

El ideal que yo tenía en la mira parecía tan audaz y descabellado que me vi forzado a guardarlo como un secreto en el corazón. Sólo, en uno u otro momento, revelé lo que llevaba conmigo y descorrí́ un poco el velo que ocultaba mi mundo interior. En todo lo que emprendía no me interesaba tanto el éxito o el fracaso. Me bastaba siempre la seguridad de la mente y del corazón de estar trabajando en la realización de un plan divino. Una seguridad que jamás vaciló ni en lo más mínimo, tampoco hoy (1956). De ahí́ la soberana tranquilidad en medio de las más grandes tormentas.

¿Cómo es la labor conjunta entre nuestra comunidad palotina y las demás órdenes, congregaciones y comunidades apostólicas? O dicho concretamente: de acuerdo con el ideal de Pallotti, ¿cómo podemos ser pars motrix et centralis de todas ellas sin restringir injustamente su libertad y autonomía, sino más bien asegurarles suficiente lugar en el sol, vale decir, garantizarles que puedan seguir colaborando en la animación y gobierno de toda la Obra?

El ensayo de solución hecho por Schoenstatt hasta ahora: Generar un caso ejemplar

Aprovecho la oportunidad para exponer brevemente lo que he hecho hasta ahora para solucionar esa cuestión. Obsérvese que Schoenstatt se ha desarrollado, en todas sus partes, no sólo a partir de grandes ideas sino también en permanente contacto con la vida cotidiana. El sentido para percibir la realidad estuvo siempre ligado a un sentido para la filialidad y a un sentido para la misión.

Estos tres astros guiaron el desarrollo de toda la obra. Y me permito agregar que todo ello, sin que ningún superior mayor, a pesar de conocer cada una de las instituciones, haya comprendido en detalle las relaciones internas entre estos.

La cuestión que me inquietaba personalmente y que había de ser resuelta de algún modo, era la siguiente: de acuerdo con el ideal de Pallotti, ¿cómo colocar las órdenes religiosas tradicionales (jesuitas, benedictinos, etc.) en una cierta relación de dependencia, o bien en un adecuado contacto con la comunidad palotina?

Parecía algo imposible, una fantasía. Como si un colibrí́ pretendiese alimentar la cría de varios nidos de águila: lógico sería lo contrario.

Schoenstatt constituía una nueva iniciativa divina. Allí́ había tenido lugar una irrupción de la gracia para el ideal de Pallotti. De ese modo, se dio una legitimación divina a un plan claramente divino. Todo ello despertó́ en mí una inconmovible fe de carbonero, impulsándome a trabajar por ese objetivo que parecía imposible, fantasioso, temerario cuando no loco. Y hacerlo con valentía y por un camino nuevo. Sí; era un camino nuevo: nuevo porque no había sido recorrido por Pallotti. Adviertan que los términos “nueva iniciativa divina” o “refundación” cobran una significación más honda que la expuesta en el debate que se realizó hasta hoy. (…)

La fundación de diversas comunidades

Así́ pues, esperé hasta que la fuente de conocimiento autónoma de Schoenstatt (la fe práctica en la divina Providencia) diera una señal clara de lo alto. Fue dada en el momento oportuno y respondimos inmediatamente. En lugar de esperar a las órdenes y congregaciones ya existentes, fundé yo mismo una serie de comunidades. Lo hice expresamente en forma de institutos seculares, según el modelo de las Hermanas de María. Todos habían de ser plenamente autónomos en el plano jurídico (de modo similar a las órdenes y comunidades ya existentes). Junto con la comunidad palotina (en su calidad de pars motrix et centralis nata), todos estos institutos deberían hacer realidad y ser testimonios vivos del ideal de Pallotti, y por esa vía, integrar a muchos a la Iglesia.

Mantuve en la mira ese objetivo último de reunir todas las comunidades apostólicas y vincularlas adecuadamente a nuestra comunidad palotina, y esperé, con plena fe en la misión divina confiada a Schoenstatt y Pallotti, el advenimiento del tiempo oportuno que condujera lentamente a nosotros una u otra comunidad religiosa.

Reitero que sin esa nueva iniciativa o legitimación divina en y a través de Schoenstatt, no me hubiera atrevido a ello.

El caso ejemplar vive de la alianza de amor

La relación de los institutos recién fundados con la Comunidad palotina estaba pensada de la siguiente manera: todos ellos (como también las órdenes y comunidades que se asociaran más tarde) habían de ser, con la comunidad palotina, pars motrix del Movimiento, vale decir, fomentarlo y promoverlo en todas partes. Pero los miembros puestos a disposición para el servicio del Movimiento, conforman con la comunidad (en lo que se refiere al trabajo con el Movimiento) una pars motrix et centralis, en igualdad de derechos y obligaciones.

Todos estos nuevos institutos viven de la alianza de amor con la Mater ter Admirabilis. Esa alianza es para ellos fuente de vida y de gracia. Todos tienen un mismo fundador y persiguen un mismo ideal: el hombre nuevo sin votos, pero perfecto, en la comunidad nueva sin votos, pero perfecta.

Al menos mientras la Cabeza de la Familia estuvo en funciones, en estas variadas vinculaciones e intereses comunes resultó relativamente fácil mantenerlos cohesionados y unirlos en una gran Familia.

 

 

IV. DIFICULTADES PARA ASUMIR  LA CAU

Han transcurrido más de 100 años de que nuestro padre fundador asumió de Pallotti el tercer fin de Schoenstatt: la Confederación Apostólica Universal.

Para la realidad eclesial de ese entonces se trataba de algo enteramente novedoso.

Como hemos visto, nuestro padre optó por dedicar toda su fuerza primero a crear un caso preclaro donde se demostrara que era posible la coordinación de diversas instancias en torno a determinadas tareas apostólicas.

La pregunta que cabe hacerse ahora es si esto verdaderamente se ha dado en la Obra de Schoenstatt. Tenemos el deber ante Dios de responder con claridad y realismo esta pregunta.

Somos de la opinión que diversas circunstancias históricas han dificultado la realización del “sueño” de san Vicente Pallotti que hizo suyo nuestro padre fundador.

El nacioalsocialismo

Para comprender la tardanza en el poner en marcha la CAU, en primer lugar, es preciso considerar el contexto histórico que se dio en Alemania en los años 30 en relación al nacionalsocialismo y a la dictadura de Hitler, que terminó prohibiendo toda actividad apostólica de parte de instituciones católicas.

De allí que Schoenstatt tuvo que bajar a las catacumbas, culminando con la reclusión de nuestro padre en el campo de concentración de Dachau. Durante todo ese tiempo era impensable un maypr desarrollo del crecimiento de las comunidades del Movimiento.

En este contexto, lo que sí adquirió una gran importancia, fue el crecimiento en la profundidad de la alianza de amor con María, de la espiritualidad que Dios quería que viviéramos y luego pudiéramos entregar en el seno de la Iglesia.

La vicitación apostólica

A partir del término de la guerra y liberación del P. Kentenich del campo de concentración, nuestro padre, junto con tratar de que la Iglesia, recibiera y reconociera el  carisma de Schoenstatt y su importancia para la renovación profunda de la Iglesia, emprendió también sus viajes apostólicos, que fueron determinantes para el crecimiento de Schoenstatt  fuera de Alemania.

En 1949, sin embargo, otro acontecimiento marcaría el inicio de un nuevo y largo periodo de pruebas: la visitación apostólica y, posteriormente, la visitación realizada desde Roma. El resultado fueron 14 años de exilio de nuestro padre. Pimero debió abandonar el lugar de Schoenstatt y ser despojado de todos sus cargos, y luego, sufrir un largo exilio en Milwaukee, USA.

Todo esto obligó a que nuevamente  el Movimiento y cada comunidad en éste se viera obligada a replegarse en sí misma en una actitud de autodefensa.

La situación se hizo especialmente conflictiva, ya que la comunidad de los padres palotinos reclamaban el derecho de ser ellos la cabeza y que las comunidades del Movimiento les estuvieran subordinadas. Todo lo cual terminó con la ruptura definitiva entre la comunidad de los palotinos y el Movimiento de Schoenstatt.

Es fácil comprender que en este contexto resultaba especialmente difícil un trabajo mancomunado y menos aún un trabajo en la Iglesia en el sentido de la Confederación Apostólica Universal.

El conflicto que se había producido entre la comunidad de los padres palotinos y Schoenstatt, en la práctica llevó a dejar vitalmente de lado el contacto con san Vicente Pallotti y reconocer el lugar que nuestro padre le había dado como fundador junto a él.  Así, todo se centró directamente en la fidelidad y seguimiento a nuestro padre.

Por cierto, nadie negó lo que había asumido como tercer fin de Schoenstatt, pues él había dejado clara constancia de su pensamiento al respecto, sin embargo, como dijimos, vitalmente no  se despertaba un mayor  interés por la CAU.

El período “post mortem fundatoris”

Un tercer hecho histórico se dio cuando el Señor llamó a la casa del Padre al P. Kentenich. Él había sido constantemente y muy especialmente en las últimas décadas, el centro de unión de la Familia. Después de la muerte del fundador, desaparece este signo de unidad visible y se genera naturalmente la pregunta de quién conduce a la Familia y resguarda la originalidad de la Obra por él fundada.

Normalmente en todas las comunidades el pedido que sigue a la muerte del fundador es especialmente difícil. Se da inseguridad, acentuaciones, tensiones y distintas interpretaciones de lo que es preciso hacer o no hacer, que entorpecen la relación mutua.

Este nuevo factor, con diversas modalidades, de una u otra forma, ha condicionado y también, habría que decirlo, dificultado un trabajo en conjunto al interior de Schoenstatt en el sentido de la CAU.

Poco a poco se han ido dando pasos hacia el acercamiento y trabajo común. No obstante estamos lejos de poder ser en este momento un ejemplo preclaro de unidad y trabajo apostólico en común.

De allí la importancia que reviste este aniversario de la jornada de Hoerde y de abordar con mucha decisión el conformar la primera ala de la CAU tal como el padre la soñó.

 

 

V. Realidades que nos acercan a la CAU

 

1. En el ámbito eclesial

Considerando el momento histórico que vivimos, es claro que, en la iglesia, especialmente a partir del Concilio Vaticano II, se han ido dando pasos que justamente van en la línea de lo que nuestro padre y fundador pensó al asumir la idea de Pallotti.

Hoy día no nos resulta extraño que hablemos de una Iglesia comunidad o de una pastoral de conjunto. Cada día es más claro que ninguna comunidad por sí misma puede dar una respuesta satisfactoria a las exigencias que plantea la cultura actual.

Refiriéndose expresamente al comromiso apostólico, afirma el Concilio Vativano II:

El cometido universal de la misión de la Iglesia, considerando a un tiempo el progreso de las instituciones y el curso agitado de la sociedad actual, exige que las obras apostólicas de los católicos perfeccionen cada día más las formas asociadas en el campo internacional. Las organizaciones internacionales católicas conseguirán mejor su fin si los grupos que las integran y sus miembros se unen en ellas más estrechamente. (Apostolicam Actuositatem)

Las palabras que pronunció Pablo VI en las Naciones unidas (1965) reflejan el mismo espíritu

¿Llegará alguna vez el mundo a cambiar la mentalidad particularista y belicosa que, hasta ahora, ha tejido tan gran parte de la historia? Difícil es preverlo. Pero es fácil, en cambio, afirmar que es menester ponerse resueltamente en camino hacia la nueva historia, la historia pacífica, la que sea verdadera y plenamente humana, la misma que Dios prometió a los hombres de buena voluntad. (Paulo VI en Naciones Unidas, Nueva York, 4 de octubre, 1965.)

En su encíclica Populorun Progresio (1967), Pablo VI,  se puede palpar claramente el nuevo espíritu que busca animar la Iglesia y la cultura futura. Citamos algunos pasajes de esta encíclica

Cada uno de los hombres es miembro de la sociedad, pertenece a la humanidad entera. Y no es solamente este o aquel hombre, sino que todos los hombres y los que están llamados a este desarrollo pleno... La solidaridad universal, que es un hecho y un beneficio para todos, es también un deber.

El desarrollo integral del hombre no puede darse sin el desarrollo solidario de la humanidad.

Nos lo decíamos en Bombay: "El hombre debe encontrar al hombre, las naciones deben encontrarse entre sí como hermanos y hermanas, como hijos de Dios. En esta comprensión y amistad mutuas, en esta comunión sagrada, deben igualmente comenzar a actuar a una para edificar el porvenir de la humanidad”.

Sugerimos también la búsqueda de medios concretos y prácticos de organización y cooperación, para poner en común los recursos disponibles y realizar así una verdadera comunión entre todas las naciones. (...)

La solidaridad mundial, cada día más eficiente, debe permitir a todos los pueblos el llegar a ser, por sí mismos, artífices de su destino.

El pasado ha estado marcado demasiado frecuentemente por las relaciones de fuerza entre las naciones: vendrá ya el día en que las relaciones internacionales lleven el cuño del mutuo respeto y de la amistad, de la interdependencia en la colaboración y de la promoción común bajo la responsabilidad de cada uno. (...)

El mundo está enfermo. Su mal está menos en la esterilización de los recursos y en su acaparamiento por parte de algunos que en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos.

Entre las civilizaciones, como entre las personas, un diálogo sincero es, en efecto, creador de fraternidad.

Entre las civilizaciones, como entre las personas, un diálogo sincero es, en efecto, creador de fraternidad.

La empresa del desarrollo acercará a los pueblos en las realizaciones que persiguen el común esfuerzo, si todos, desde los gobernantes y sus representantes hasta el más humilde técnico, se sienten animados por un amor fraternal y movidos por el deseo sincero de construir una civilización de solidaridad mundial (…)

Entre las civilizaciones, como entre las personas, un diálogo sincero es, en efecto, creador de fraternidad. La empresa del desarrollo acercará a los pueblos en las realizaciones que persiguen el común esfuerzo, si todos, desde los gobernantes y sus representantes hasta el más humilde técnico, se sienten animados por un amor fraternal y movidos por el deseo sincero de construir una civilización de solidaridad mundial. (Populorum Progressio)

¡Cómo tenemos que ampliar nuestro corazón y nuestra mente! ¡Hay que superar toda estrechez y poner manos a la obra! 

En esta misma línea el Papa Juan Pablo II visualizó la importancia de los movimientos eclesiales que habían surgido en la primera mitad del siglo XX y que cada vez iban adquiriendo mayor relevancia.

Él fue quien convocó el primer encuentro internacional de los Movimientos eclesiales y encargó en esa ocasión especialmente a los Focolares el promover la unidad entre estos.

Durante los últimos decenios en la Iglesia cada vez ha cobrado mayor fuerza la idea de una “pastoral de conjunto”. Se crearon las conferencias episcopales nacionales a fin de aunar consensos y mostrar prioridades en la labor pastoral. Posteriormente surgieron las conferencias territoriales, que encontraron en el Celam quizás la respuesta más significativa hasta nuestros días.

El Papa Francisco ha impulsado con mucha fuerza la idea de una Iglesia Pueblo de Dios, donde predomine la voluntad de encuentro, en el cual se supera el autoritarismo verticalista y se promueve el que todos los actores trabajen en común, sirviendo a la Iglesia que es antes que toda una comunidad de hermanos.

Propone en este sentido una Iglesia “sinodal”, en la cual los diversos carismas contribuyen a abordar por ejemplo problemáticas en torno a la juventud, la familia y en otros campos.

Citamos algunas de sus enseñanzas que nos parecen especialmente significativas y, además, prácticas.

Dice a los prelados de la Iglesia greco-romana en  julio de 2019:

Tres aspectos reavivan la sinodalidad. En primer lugar, la escucha: escuchar las experiencias y sugerencias de los hermanos obispos y sacerdotes. Es importante que cada uno, dentro del Sínodo se sienta escuchado.

Escuchar es tanto más importante cuanto más se asciende en la jerarquía. La escucha es sensibilidad y apertura a las opiniones de los hermanos, también las de los más jóvenes, también las de quienes son considerados menos expertos.

Un segundo aspecto: la corresponsabilidad. No podemos ser indiferentes a los errores o descuidos de los demás sin intervenir de manera fraternal pero convencida: nuestros hermanos necesitan nuestros pensamientos, nuestro aliento, así como nuestras correcciones, porque, precisamente, estamos llamados a caminar juntos.

No se puede esconder lo que está mal y seguir adelante como si nada hubiera pasado para defender el buen nombre propio a toda costa: la caridad siempre debe vivirse en la verdad, en la transparencia, en esa parresia que purifica a la Iglesia y hace que camine.

La sinodalidad ―tercer aspecto― también significa la participación de los laicos: como miembros de pleno derecho de la Iglesia también están llamados a expresarse, a dar sugerencias. Partícipes de la vida eclesial, no solo deben ser acogidos, sino escuchados. Y subrayo este verbo: escuchar. El que escucha, luego puede hablar bien. El que no está acostumbrado a escuchar no habla, ladra.

 

En su discurso a los participantes de la conferencia internacional para los líderes de la renovación carismática, el 8 de junio de 2019, expresalo siguiente:

Una familia donde hay un solo Dios Padre, un solo Señor Jesucristo y un solo Espíritu vivificante. Una familia en la que un miembro no es más importante que otro, ni por edad, ni por inteligencia, ni por sus capacidades, porque todos son hijos amados del mismo Padre. El ejemplo del cuerpo que nos da san Pablo es muy ilustrativo en este sentido (cf. 1 Co 12,12-26). El cuerpo tiene necesidad, un miembro necesita del otro. Todos juntos.

Que sirva a la unidad del cuerpo de Cristo que es la Iglesia, comunidad de los creyentes en Jesucristo. Esto es muy importante, porque el Espíritu Santo es Aquel que realiza la unidad en la Iglesia, pero también es el que hace la diversidad.

Es interesante la personalidad del Espíritu Santo: Él hace la diversidad más grande con los carismas, pero después hace que estos carismas, en armonía, acaben en unidad. Porque, como dice san Basilio, “el Espíritu Santo es la armonía”, da la armonía, en la Trinidad, y también entre nosotros.

Y que sirva a los pobres, a los más necesitados de todo, física y espiritualmente. Esto no quiere decir, como alguno puede pensar, que ahora la Renovación se ha hecho comunista. No, se ha hecho evangélica, esto está en el Evangelio.

Estos tres elementos: el Bautismo en el Espíritu Santo, la unidad del Cuerpo de Cristo y el servicio a los pobres son el testimonio necesario para la evangelización del mundo, a la que todos estamos llamados por nuestro bautismo. Evangelización que no es proselitismo sino, principalmente, testimonio. Testimonio de amor: “mirad cómo se aman”; eso es lo que llamaba la atención de los que encontraban a los primeros cristianos. “Mirad cómo se aman”. A veces, en tantas comunidades, se puede decir: “Mirad cómo se critican”, y esto no viene del Espíritu Santo. “Mirad cómo se aman”. Evangelizar es amar. Compartir el amor de Dios por todos. Se pueden crear organismos para evangelizar, se pueden hacer planes pensados y estudiados cuidadosamente, pero si no  hay amor, si no hay comunidad, no sirven para nada. “Mirad cómo se aman”. Esta es la comunidad: en la segunda Carta de Juan hay una exhortación, una advertencia, en el versículo 9. Dice: “Estad atentos, porque los que van más allá de la comunidad no pertenecen al buen espíritu”.

Tal vez alguno tenga esta tentación: “No, hagamos una organización así, así…; hagamos un edificio así, u otra cosa…” Lo primero el amor. Con la ideología, con la metodología solamente, es sobrepasarse, ir más allá de la comunidad, y Juan ha dicho: “Este es el espíritu del mundo, no es el Espíritu de Dios”. “Mirad cómo se aman”.

 

 

En su exhortación apostólica Gaudete det Exultate, del  19 de marzo de 2018,  el papa Francisco afirma:

Si vivimos tensos, engreídos ante los demás, terminamos cansados y agotados. Pero cuando miramos sus límites y defectos con ternura y mansedumbre, sin sentirnos más que ellos, podemos darles una mano y evitamos desgastar energías en lamentos inútiles. Para santa Teresa de Lisieux «la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no escandalizarse de sus debilidades» (…)

Solo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para renunciar a su propio punto de vista parcial o insuficiente, a sus costumbres, a sus esquemas. Así está realmente disponible para acoger un llamado que rompe sus seguridades pero que lo lleva a una vida mejor, porque no basta que todo vaya bien, que todo esté tranquilo. Dios puede estar ofreciendo algo más, y en nuestra distracción cómoda no lo reconocemos.

 

 

En su carta encíclica “Laudato si”  del 24 de mayo de 2015 el papa Francisco escribe sobre el “cuidado de la casa común”:

 

Así lo enseña el Catecismo: «La interdependencia de las criaturas es querida por Dios. El sol y la luna, el cedro y la florecilla, el águila y el gorrión, las innumerables diversidades y desigualdades significan que ninguna criatura se basta a sí misma, que no existen sino en dependencia unas de otras, para complementarse y servirse mutuamente.

 

 

También en la sExhortación  apostólica EVANGELII GAUDIUM, refiriéndose al anuncio del Evangelio en el mundo actual dice:

Las demás instituciones eclesiales, comunidades de base y pequeñas comunidades, movimientos y otras formas de asociación, son una riqueza de la Iglesia que el Espíritu suscita para evangelizar todos los ambientes y sectores. Muchas veces aportan un nuevo fervor evangelizador y una capacidad de diálogo con el mundo que renuevan a la Iglesia. Pero es muy sano que no pierdan el contacto con esa realidad tan rica de la parroquia del lugar, y que se integren gustosamente en la pastoral orgánica de la Iglesia particular[29]. Esta integración evitará que se queden sólo con una parte del Evangelio y de la Iglesia, o que se conviertan en nómadas sin raíces.

 

La pastoral en clave de misión pretende abandonar el cómodo criterio pastoral del «siempre se ha hecho así». Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades. (…)

De este modo, las mayores posibilidades de comunicación se traducirán en más posibilidades de encuentro y de solidaridad entre todos. Si pudiéramos seguir ese camino, ¡sería algo tan bueno, tan sanador, tan liberador, tan esperanzador! Salir de sí mismo para unirse a otros hace bien. Encerrarse en sí mismo es probar el amargo veneno de la inmanencia, y la humanidad saldrá perdiendo con cada opción egoísta que hagamos.

 

88. El ideal cristiano siempre invitará a superar la sospecha, la desconfianza permanente, el temor a ser invadidos, las actitudes defensivas que nos impone el mundo actual. Muchos tratan de escapar de los demás hacia la privacidad cómoda o hacia el reducido círculo de los más íntimos, y renuncian al realismo de la dimensión social del Evangelio. Porque, así como algunos quisieran un Cristo puramente espiritual, sin carne y sin cruz, también se pretenden relaciones interpersonales sólo mediadas por aparatos sofisticados, por pantallas y sistemas que se puedan encender y apagar a voluntad. Mientras tanto, el Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne de los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura. (…)

 

Las diferencias entre las personas y comunidades a veces son incómodas, pero el Espíritu Santo, que suscita esa diversidad, puede sacar de todo algo bueno y convertirlo en un dinamismo evangelizador que actúa por atracción. La diversidad tiene que ser siempre reconciliada con la ayuda del Espíritu Santo; sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad. En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división y, por otra parte, cuando somos nosotros quienes queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Esto no ayuda a la misión de la Iglesia. .

Es claro que la Iglesia hoy se encuentra en otra etapa o, mejor dicho, al inicio de una nueva etapa, dejando de lado y superando una jerarquía autoritaria y clericalista. Por cierto, que todavía falta mucho para que seamos plenamente una “Iglesia comunión”. La idea de nuestro padre fundador es que nosotros como Familia de Schoenstatt cooperemos a que lo sea.

 

2. En el ámbito cultural

En todos los textos citados se respira otro aire, otra cultura, otra realidad eclesial. Todo ello confirma lo que anhelaba nuestro padre y fundador: ello debiera encontrar una realización preclara en la primera ala de la CAU, en  nuestra Familia de Schoenstatt.

No sólo la Iglesia había emprendido el camino hacia el solidarismo y el trabajo mancomunado. En la cultura actual,  de modo semejante, cada vez se ha acentuado con mayor fuerza la meta de forjar una sociedad justa y fraterna, dejando atrás el individualismo y la masificación.

En un comienzo lo más relevante fue el intento de acabar con la discriminaciones sociales, contra la injusticia que muchas veces reinaba en el mundo del trabajo y de la empresa a raíz de la revolución industrial y laboral que se generó en el siglo XIX.

Ya a partir de la revolución francesa se había proclamado la meta de la “igualdad, fraternidad y libertad”.

Todo bello, sin embargo condujo a otra forma de desigualdad. La respuesta a las desigualdades y las injusticias sociales que se habían generado surgió, lideradas ideológicamente por Marx, la lucha de clases como único camino para lograr una sociedad justa y fraterna.

Sin embargo los medios que se aplicaron llevaron en definitiva a la proclamación de la “dictadura del proletariado” y a la lucha de clases, como el instrumento más eficaz para lograr esa meta.

Tenemos aún muy presente todo lo que sucedió en este sentido en el siglo XX.

La meta de una sociedad fraterna y solidaria de una u otra forma está siempre presente. Sin embargo, una y otra vez se constata que los caminos que se eligen y se aplican para lograrlo no consiguen este objetivo.

No es fácil construir una sociedad y cultura del solidarismo, que respete los derechos y valores de cada uno pero que comprometa a la vez la mutua cooperación.

Hoy se está consciente de la necesidad de abordar en común las tareas, aportando cada uno a consecución.

Se ha hecho cada vez más realidad la ineficacia de un acentuado autoritarismo, que pasa por encima de los demás, muchas veces abusando de su poder económico o político.

En el mundo de la empresa se ha desarrollado crecientemente el imperativo del trabajo en equipo, de un tipo nuevo de liderazgo. Ha surgido otro tipo de empresas con un marcado sentido social, como son, por ejemplo, las “empresas de la comunión” y las “empresas B”.

Un cambio semejante se ha producido en la docencia: se ha ido dejando de lado la imagen de profesor, que dictaba cátedra, donde los alumnos eran meros receptores y ejecutores de lo que este exigía.

Hoy se está en una nueva época de enseñanza, donde se aprende por un trabajo en común, en el cual se promueve la iniciativa de todos y el llevar a cabo las tareas en forma mancomunada.

Es interesante, por dar otro ejemplo, lo que hoy se ha dado a través de los medios de comunicación en la así denominada Wikipedia, una enciclopedia que se ha generado a través del trabajo e iniciativa de muchos y que se ha ido generando poniendo al alcance de todos sus conocimientos, sin mayores pretensiones de lucro. Se podrá discutir su valor científico en muchos casos pero, sin duda, es más importante su valor  positivo.

¡Cómo tenemos que ampliar nuestro corazón y nuestra mente! ¡Hay que superar toda estrechez y poner manos a la obra!  El futuro de la ansiada “civilización del amor”, ddpende  de una Iglesia comunión que sea de verdad fermento de una nueva cultura.

 

3. Pioneros de una neva época

No es fácil salir de sí para entrar en relación con otro y coordinarse. Es más fácil, pero menos fecundo, quedarse cada uno en su propia casa, decidir solo y actuar solo.

No es fácil superar ni en la Iglesia ni en la sociedad, el ansia de poder y de dominio sobre otros, el egoísmo y el individualismo, la envidia, los odios y la rivalidades.

La propuesta de Vicente Pallotti, que hizo suya nuestro padre, a la luz de lo expuesto recobra aún más valor y actualidad

Recordemos lo que nuestro padre afirmaba en 1952 en su Carta a José:

En todas partes donde fue posible se erigieron santuarios filiales. Debían convertirse en puntos de apoyo para el Reino de la Mater ter Admirabilis, desde donde ella, como Reina del mundo, pudiera lanzar su red y llevar a cabo su misión de educadora. El trabajo fue muy bendecido. Idea motriz y fuerza propulsora fueron no solamente el proyecto del reino universal schoenstattiano sino también la idea del acercamiento y la unidad de los pueblos en base al cuidadoso desarrollo de la propia originalidad y de la mutua complementación para el bien del todo. Tal como se dice en la Oración del Círculo Internacional, todos debían, a pesar de todas las particularidades, formar una sólida unidad y, como reino ideal, consagrarse al Padre. (HP n. 550).

Pallotti y nuestro padre fueron visionarios, pioneros y profetas. Como dice nuestro padre “a pesar de todas las particularidades” estamos llamados “a formar una sólida unidad”.

 

 

VI.  LO QUE EXIGE DE NOSOTROS SER ALMA DE LA CAU

 

  1. Visualizar la necesidad de un trabajo apostólico mancomunado

La magnitud de la renovación de la Iglesia requiere en este momento abordar las tareas apostólicas junto a otros. Solo tendremos éxito si logramos trabajar en conjunto con los demás.

La realidad cultural que existe en este momento, donde predomina la ausencia de Dios, práctica y teóricamente, donde en gran parte ha desaparecido la conciencia de la ley natural, dando paso a un extendido relativismo, requiere que los problemas y tareas apostólicas sean abordadas desde diversas perspectivas.

Para mencionar un ejemplo, pensemos sólo en el desafío que presenta a la iglesia la pastoral de las familias. Si hay algo que hoy día está en crisis es la concepción del matrimonio y la estabilidad de la familia: abundan las separaciones y cada vez menos se ve la necesidad de “formalizar” un matrimonio, tanto en el plano civil como en el religioso.

Realizar un trabajo apostólico en este sentido, requiere especialmente que los laicos católicos se jueguen en el plano de las leyes y del gobierno por defender y fomentar la familia, célula básica de la sociedad.

Sin una sociedad donde reine una real justicia social, será difícil que puedan existir familias “sustentables”. Ello le será imposible prácticamente a los sectores más pobres y, por otra parte, aquellos que cuentan con más medios tenderán a crecer y crecer en su riqueza, dejando muchas veces de lado, el cultivo de la vida matrimonial y familiar.

Por otra parte, existe el amplio campo de fomento y capacitación moral para que la juventud se prepare y quiera mañana formar hogares estables. Cuando los mismos agentes pastorales no lo vi bien ni creer en ello, difícilmente lograrán que sus educandos se formen en ese sentido.

Pensemos también en lo que es la realidad de la pastoral de familias en nuestras parroquias: ¿cuántas de ellas cuentan con una pastoral familiar como sería necesario?

Se han dado pasos por equipos que han elaborado una adecuada preparación al matrimonio, que logra preparar a los novios a recibir adecuadamente el sacramento del matrimonio. Resta todavía elaborar y poner en práctica un adecuado acompañamiento pastoral matrimonial y con ello también entregar caminos para la educación de los hijos en un medio que ya no es mayoritariamente cristiano.

Para mencionar otros campos donde se requiere unir fuerzas apostólicas, pensemos en la necesidad de evangelizar los medios de comunicación, que hoy ejercen una poderosa influencia que “educa” y conforma las conciencias y los modos de actuar.

Constatamos cómo diversos medios de comunicación a menudo transmiten sólo parte de la verdad o, desgraciadamente, en otros casos hechos y realidades reñidas con la verdad.

¿Cuál es la presencia de la Iglesia en estos medios? Y cuando decimos “Iglesia” no pensamos sólo en la jerarquía, sino que también, y muy especialmente, de los laicos que realizan su labor justamente en estos medios. ¿Dónde están las “alianzas apostólicas” que vayan abriendo campos de  quienes realizan su labor justamente en estos medios? ¿Dónde están las iniciativas apostólicas que vayan abriendo campo al poder contar con medios de comunicación modernos donde se pueda respirar otra atmósfera?

Estas grandes y difíciles tareas requieren trabajos en común en todos estos campos. Reiteramos que si cada uno trabaja por separado, los esfuerzos que se hagan rendirán poco.

Por cierto, que también en este campo se dan avances, a semejanza de lo que pasa con la pastoral de familias. Se han generado, por ejemplo, “Las Voces Católicas” y otras iniciativas semejantes, que abren camino en el sentido señalado.

No es fácil cambiar un estilo apostólico que ha reinado durante siglos, donde cada comunidad era plenamente consciente de su autonomía y desarrollaba su propio apostolado.

Llegar a introducir el trabajo apostólico mancomunado, requiere, por lo tanto, superar actitudes y modos de actuar, que están fuertemente arraigados en la realidad eclesial.

Debe desaparecer de nosotros la autosuficiencia y reinar, en cambio, el aprecio y apertura para conocer y aceptar el aporte de otros.

El cultivo de la propia autonomía nunca debe ser una especie de coraza que nos resguarde y defienda de los demás.

Si cada una de las comunidades se aísla en su propio mundo, entonces nunca llegaremos a ser un “reino de la unidad”.

A la dificultad de cambiar un estilo de apostolado que se ha dado durante siglos, se agrega, para nosotros, nuestra experiencia histórica, que como explicamos más arriba, todavía puede “penarnos”.

Se impone que cultivemos “una mentalidad federativa”, opuesta a una mentalidad individualista, que no sabe ni busca complementar y potenciar la labor apostólica, con otras personas y comunidades.

Podríamos todavía agregar en este mismo sentido la necesidad del trabajo en conjunto de los laicos y la jerarquía. Somos dos realidades de una misma iglesia, llamados a unir nuestras fuerzas en bien de la causa común: la renovación de la Iglesia y de la sociedad.

Los sacerdotes no están llamados a ser los principales gestores de un nuevo orden cristiano de la sociedad. Sin embargo, los laicos para hacerlo necesitan también de la ayuda sacerdotal. Por otra parte, si los sacerdotes tienen por primera tarea desarrollar su actividad al interior de la iglesia, ello tampoco podrán realizarlo sin la cooperación activa de los laicos.

Sabemos cómo hoy día esta mutua cooperación se ha hecho especialmente difícil, por los hechos negativos que se han dado en el clero. Hechos que deben y han sido sancionados, pero que no debiesen impedir, e incluso aumentar, el trabajo en común. Ello haría posible que se superasen mejor las realidades negativas para el bien de toda la Iglesia.

 

  1. Unidad en la diversidad

¿Será posible realizar este ideal? Si somos fieles a nuestro padre, si estamos arraigados en el santuario y en la alianza de amor, entonces podremos “tendernos las manos unos a otros”, haciendo que las polaridades y diferencias que existan, no se conviertan, como dice nuestro padre, en “tensiones destructoras”, Sino que, de verdad, sean “tensiones creadoras”.

Este es el espíritu que nuestro padre anheló al asumir la CAU en 1916.

Ponerla ahora en práctica requiere que estemos verdaderamente convencidos de que esto es lo que quiere nuestro padre y fundador y esto es lo que la Iglesia necesita hoy más que nunca.

Tendrán que desaparecer entonces todas esas actitudes que muchas veces dominaron el pasado, que obligaron a que cada comunidad se defendiese y se replegara en sí misma, muchas veces dudando de los demás o sintiéndolos como rivales. O bien quizás pensando que otros no aseguraban suficientemente el carisma de Schoenstatt.

En nuestra Familia ninguna comunidad sobra o es menos que otra. Existen, por cierto, diversas funciones, pero el ideal es exactamente el mismo y los medios para realizarla son también los mismos.

Por esto necesitamos tomar conciencia de la necesidad de que más allá del cultivo y entrega de la originalidad propios de cada comunidad, se perciba que esos carismas son complementarios y que todos deben contribuir al mismo fin: vivir y aportar en la iglesia lo que Dios le encargó a nuestro padre y en él a nosotros.

Todo esto requiere el cultivo consciente de un acercamiento a los demás, con una actitud de respeto y reconocimiento de lo que cada una de ellas significa en sí misma y en el conjunto.

Una actitud de auténtica humildad nos lleva también a comprender nuestras deficiencias y límites, pues nosotros mismos también los tenemos y llevamos. Estas deficiencias no deben generar en nosotros recriminaciones o acusaciones.

El p. Kentenich nos dice:  

Solemos menospreciar con facilidad al prójimo y quedarnos con esa imagen defectuosa de él. Nos animamos muy poco mutuamente. Es una obra maestra lograr estar y caminar juntos, compartir la vida y amarnos, valorarnos y protegernos, pero conservando una mirada pura y clara para percibir las limitaciones que todos cargamos.” (Kentenich J., Conferencia del 20 de abril de 1963, en King, E., El Mundo de los Vínculos Personales, p. 66)

Conocemos bien el ambiente que reina culturalmente, donde abundan las acusaciones mutuas y las descalificaciones, donde unos son los “buenos” y los otros los “malos” de la película.

En este sentido nuestra actitud de respeto nos llevará también a manifestar la necesidad de cambios que se vea necesario en ellas, mostrando también nuestra voluntad de comprensión y de ayuda.

Si esto se genera, hay vida, así entonces podrá reinar otra atmósfera en la Iglesia y en la sociedad. De lo contrario cada vez nos destruiremos más a nosotros mismos y a los demás. 

La astucia y eficacia del demonio, guiada por la consigna de “dividir para reinar”, se puede percibir muy fácilmente en este contexto

 

  1. Abordar tareas en común

Pero hay que ir más allá. Suele pasar que, tratando de dar un paso positivo hacia la unidad, se promuevan encuentros que logren un intercambio y un conocimiento de lo que están realizando otras comunidades o instancias dentro de nuestra Familia.

Por cierto, esto es positivo, pero no basta. Hay que ir más allá abordando tareas en común, tareas que hayamos buscado a la luz de la fe práctica en la divina Providencia.

Si verdaderamente estamos compenetrados de la originalidad de nuestro carisma y de lo que es propio de cada instancia dentro del Movimiento, y si hemos hecho en los correspondientes consejos un discernimiento a la luz de nuestro carisma auscultando las voces del tiempo, entonces se darán “apostolados estratégicos”.

No corresponde al espíritu de la CAU que nos “repartamos” tareas apostólicas, actuando cada comunidad por separado.

Hoy en día, observamos cómo en distintos tipos de realidad se habla y actúa con mucha fuerza en una “conciencia de trabajo en red”, ya sea a nivel científico, económico, educacional, en salud, etc. Cada vez hay mayor claridad social de que dependemos unos de otros, de valorar nuestras diferencias como algo positivo y a la vez de la necesidad de la complementación y cooperación. Esta realidad social, debe ser una expresión de la mentalidad de la CAU al interior de nuestra Iglesia y sobre todo de Schoenstatt. Se plantea hoy que en la medida que activamos nuestras redes neuronales, estas aumentan significativamente.

Estas imágenes son ilustrativas al respecto.

 

 

De hecho, vamos a conocernos y a apreciarnos mejor unos a otros si trabajamos juntos.

Ciertamente se darán casos en que una comunidad deberá asumir un apostolado original y único, pero lo normal es que abordemos desafíos apostólicos en forma conjunta.

Quién dirige organizativamente la tarea apostólica concreta, es variable de acuerdo con las necesidades y los medios concretos que se disponen. Nuestra actitud básica es estar al servicio de los demás y no “reclamar honores” de jefatura, creyendo que solo nosotros haremos bien las cosas.

 

  1. Necesidad de insertarnos en la realidad eclesial concreta

El trabajo en común al interior del Movimiento es importante pero no lo único que estamos llamados a emprender.

No basta con que trabajemos juntos -lo que ya es muchísimo- sino que seamos alma de la CAU,  promoviendo el trabajo apostólico en común en el ámbito eclesial y temporal.

Como ya se dijo, esto no se dará sin que verdaderamente estemos presente en las diversas instancias eclesiales y en otras instancias temporales en donde estimemos que es necesario, de acuerdo con el discernimiento a la luz de la fe práctica en la divina Providencia.

En los últimos años se ha dado un gran paso al asumir el lema que nos llama hacer un “Schoenstatt en salida”.

Esto no significa un llamado a dispersarnos” trabajando en los más diversos apostolados, ya sea al interior de la Iglesia o en otros ámbitos.

Anteriormente nos referimos a la necesidad de tener “apostolados estratégicos”. Con ello nos referimos a centrar nuestra actividad en apostolados que hayan sido escogidos a la luz de un discernimiento según la fe práctica en la divina Providencia.

Podemos abarcar todo el abanico de los posibles apostolados (apostolado universal). Sin embargo, el Dios vivo nos ha dado inteligencia y regalado el don de la fe práctica. Ello nos permite actuar “estratégicamente” de acuerdo con el plan de Dios.

Respecto a esto último, a nuestro juicio, se requiere un cambio. En la mayoría de los casos en muchos lugares, nos concentramos y trabajamos en torno a nuestros centros. Y esto lo hacemos descuidando nuestra presencia real en las instancias eclesiales que requieren de nuestra presencia o en los campos del orden temporal donde urge que estemos presentes y que actuemos apostólicamente.

Esto no contradice en nada que exista en nuestro santuario una adecuada pastoral, destinada en primer lugar a los peregrinos, como también casas de formación que acompañen y promuevan el cultivo de la espiritualidad y pedagogía de Schoenstatt.

Pero ello se debe compaginar con la necesidad de que nos “sumerjamos” en la vida de la Iglesia y estemos presente en instancias como son, por ejemplo, las parroquias.

 

Schoenstatt en salida!! 

La nueva Iglesia es la Iglesia donde se da una plenitud de vínculos con el Dios Trino y de los hombres entre sí; es la Iglesia de la unidad, donde cada persona y cada comunidad, cultivando su propia originalidad, llegan a su plenitud y se enriquecen dándose y comunicándose. "Para que todos sean uno, como tú y yo, Padre, somos uno" (cf. Jn.17,21).

Ese es nuestro ideal. La Confederación Apostólica Universal, de la cual estamos llamados a ser anticipación y alma, quiere poner en práctica esta gran meta.

Anhelamos una Iglesia que sea comunidad de comunidades, unidas por el vínculo del amor, para iluminar el mundo y "saciar la sed de amor que padece e. mundo". (HP,n. l 600)

 



[1] Pallotti fue canonizado el el 20 de enero 1963.

 

[2] Aquí se habla de “organización”. Para describir la nueva fundación se utilizan diferentes términos. Evidentemente de esta manera el P. Kentenich quiere prevenir el error de pensar que la nueva fundación es un organismo que puede ser definido cabalmente con un único término convencional.

[3] Aquí se habla de “federación”.

[4] En: Meinertz-Sacher, Deutschland und der Katholizismus (Alemania y el catolicismo), I, p 180.

[5] Aquí aparece el concepto “asociación” como término de comparación.

[6] Esta había sido puesta bajo el patronato de san san Juan para revitalizar y promover las obras ya existentes.

Comentarios
Total comentarios: 1
05/08/2019 - 18:13:54  
La CAU, tercer objetivio de Schoenstatt, es aún un proceso en desarrollo, una tarea por cumplir. Es cierto que un ala de la CAU son los líderes (asesores y dirigentes laicos), y la otra ala es la coordinación de las fuerzas apostólicas de la Iglesia, servida por los sacerdotes como acompañantes o directores espirituales. Pero esto no es fácil. Muchas veces confundimos liderazgo con protagonismo, que no es lo mismo. En una obra literaria, una película o una obra de arte, los mejores protagonistas, actores o artistas son los que se ponen al servicio de la obra total, sin sobresalir más allá de su participación en la trama, en el guión o en la parte de la obra que les toca ejecutar o representar. Es una tentación muy grande quitarle a Dios la autoría de los hechos y circunstancias, y convertirnos nosotros en fundadores; pero alejándonos de los tres puntos de contacto: la Alianza, la vinculación al Santuario y la vinculación a la persona del padre y fundador. ..

Maria Isabel Herreros Herrera
Viña del Mar, Chile
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