Catedrales Modernas

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La gente ya no reza, compra. La compra ayuda a pasar los malos ratos e infunde fe y autoconfianza. Comprar es un placer y un vicio. Según las cifras disponibles hasta septiembre del 2011, más de 390 millones de personas visitaron los malls en Chile, o sea 23 veces la población del país. Si eso se compara con que sólo el 10% de los católicos entra a una iglesia los domingos, ya tenemos claro dónde está el corazón del chileno moderno. El problema parece estar no en el mall, sino en la forma en que vivimos. ¿Por qué nuestra vida social y pasatiempo de fin de semana está regida alrededor del consumo?

| Mariana Grunefeld Mariana Grunefeld

La gente ya no reza, compra. La compra ayuda a pasar los malos ratos e infunde fe y autoconfianza. El desempleado cree que con ese terno será contratado; el ejecutivo piensa que ese reloj y celular le darán más prestigio; la señora espera que con esas botas y ese jeans recuperará su juventud y a su marido, y esa joven cifra sus esperanzas en la conmoción que sentirán sus compañeras cuando la vean con tal vestido.

Comprar es un placer y un vicio. Según las cifras disponibles hasta septiembre del 2011, más de 390 millones de personas visitaron los malls en Chile, o sea 23 veces la población del país. Dicho de otro modo, la cifra equivale a que cada uno de los 17 millones de chilenos hubiera entrado a un mall 23 veces en 9 meses (enero a septiembre). Si eso se compara con que sólo el 10% de los católicos entra a una iglesia los domingos, ya tenemos claro dónde está el corazón del chileno moderno. Y las cifras no contemplan el recién estrenado Costanera Center, donde se calcula que medio millón de personas circulan por él a la semana, sin contar la semana inaugural que recibió el doble. Pensemos si eso pasara en los teatros, conciertos, ferias científicas, plazas, misas...

No tengo nada contra los malls. De hecho, creo que economizan tiempo y esfuerzo al tener todas las tiendas y de todo corte en un mismo lugar; espacio que es hasta bonito y entretenido con restaurantes, cafés, teatros, juegos e incluso donde se dan conciertos y hay excelentes librerías. El problema parece estar no en el mall, sino en la forma en que lo vivimos. ¿Cuánto espacio ocupa la compra en nuestra vida? O dicho de otro modo, ¿cuánto compramos que ni siquiera necesitamos ni nunca usaremos? O de otro modo aún, ¿por qué nuestra vida social y pasatiempo de fin de semana está regida alrededor del consumo?

Domingos sin mall. Mmm... un insigne senador se pregunta a través de la prensa "¿y qué harían las familias chilenas?" No se ve fácil. ¿Qué tal jugar fútbol, dormir, andar en bicicleta, tal vez subir un cerro o hacer un pic-nic? No tendrán mucho glamour estos panoramas, pero nos pueden enriquecer de verdad, no en ficción. Ir a ver a los abuelos y tíos viejos, tal vez empezar a correr, a cantar o a tocar algún instrumento musical podrían ser alternativas que cambiarán o enfocarán nuestras vidas dándoles un sentido más significativo.

A un peluquero que me lava y peina en un mall (lo confieso, no sé cómo llegue a peinarme en un mall) le meto tema. Le pregunto acerca de su trabajo y me cuenta de sus interminables horas laborando los sábados y domingos. ¿Qué haría si el mall cerrara el domingo?, le pregunto. Él cierra los ojos (mientras mi masaje capilar se ha vuelto más que intenso y algo tarde me arrepiento de haberle conversado). Mil cosas, me dice, iría a un asado, elevaría volantines con sus sobrinos, se echaría bajo un árbol, dormiría. "Sabe, soy del sur", me cuenta, "y echo de menos la naturaleza". Pero reflexiona, ¿dónde se cortarán el pelo y comprarían los trabajadores que trabajan arduamente cada día y deben llegar a sus casas a última hora para estar con sus hijos si el mall cierra el fin de semana?

Buen punto, pienso, el problema ciertamente es más global. Por un lado, nuestro excesivo horario de trabajo y segundo, nuestro nivel de consumismo. A medida que trascurren enjuagues, toallas y cepillos, el peluquero ya considera que merezco su confianza para contarme de su orientación de género y cómo la viviría en su domingo ideal. De misa, por supuesto, ni hablar.

No conozco aún el Costanera Center, nuestro nuevo mall y cara emblemática de Santiago. Segura estoy que iré a conocerlo. Y de verdad no me molesta para nada un nuevo mall y menos éste, lo que sí me sorprende es la inmensa cantidad de gente que se avalancha para visitarlo y que a su salida la respuesta sea la misma: es súper grande, pero es lo mismo no más. Pero ¿y qué más querían? Si el comercio es comercio, no es un centro cultural ni una feria científica, no es un centro espiritual ni uno artístico, no es nada que llene el espíritu y lo colme a uno de una felicidad duradera, al menos hasta el lunes donde comenzará nuevamente una ardua semana laboral.

Y, por último, me da pena que el símbolo del Santiago despejado y nocturno ya no sea esa la Virgen Blanca y resplandeciente del San Cristóbal, sino una torre comercial.

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