El misterio del Adviento

Se abrieron las puertas del Adviento para encender el corazón, para recibir de Jesús la verdadera felicidad, la que solo Él puede otorgar.

Viernes 9 de diciembre de 2016 | Lucía Zamora

Que difícil vivir el Adviento en tiempos en donde pareciera que la felicidad se puede alcanzar, a través del mercado libre; de alguna venta nocturna, o bien, de la increíble oportunidad de pagar a meses sin intereses. Así es, buscando la felicidad es muy fácil encontrarnos con el placer, y muy difícil poder distinguir una de la otra. Y justo estamos en la época donde el demonio hace de las suyas y nos invita a encender las luces de la fachada, para dejar el interior en una tremenda oscuridad.

Se abrieron las puertas del Adviento para encender el corazón, para recibir de Jesús la verdadera felicidad, la que solo Él puede otorgar. Son cuatro domingos, en donde a través del Evangelio, el pasado se hace presente para recibir el futuro con el alma llena de esperanza. Podemos decir que se traza el camino que nos llevará a vivir el amor de Dios. Un camino que nos ayudará a encontrarlo en las cosas más sencillas y ordinarias de la vida.

Este es el propósito del Adviento... ¡encontrar a Jesús!... encontrarlo en la humildad de nuestras acciones, en la humildad de nuestra escucha y de nuestras palabras. Sin embargo, no siempre se intenta percibir a Dios de esta manera. Bueno, en ocasiones ni siquiera se le quiere encontrar. Vivimos en la competencia y en la prepotencia de nuestros actos. Buscamos el bienestar propio, haciendo creer al mundo que estamos en la búsqueda de la alegría del Adviento y nos pasamos el tiempo investigando su significado en un libro, llevando el control en una libreta, analizando cada texto y cada palabra, buscamos en Internet la esencia del amor de Dios, cuando esta justo frente a nosotros.

He vivido junto a mi familia las misiones familiares de invierno, y justo ahora que no podremos asistir, comprendí el verdadero sentido del Adviento (ni yo lo creo) que pena, pero así es ¡Hacíamos todo lo que se tenía que hacer!... la velas, el Evangelio, el Rosario, la caridad y todo lo que imagino ustedes también hacen para poder vivir ese encuentro con Jesús. Y si, si se enciende algo en el corazón, pero ya saben...¡las prisas! ¡los compromisos! hacían que me desviara de esa mirada de amor. Pero justo en esa tristeza de no poder vivir las misiones, sentí su mirada...¡ahí estaba Él!...¡y siempre ha estado ahí...junto a mí!....Él me encontró primero, y yo lo sabía. Sin embargo, separaba el Adviento de la vida, y me quedaba solo con el Adviento de la temporada, contemplando las luces de colores sin distinguir la luz verdadera.

Les platico como fue ese momento de luz. Pues hablando de las promesas de la Mater a mi pequeño grupo de humildes mujeres, una de ellas compartió una linda vivencia que a todas nos conmovió. Fue un vivencia sencilla y ordinaria, para algunos, pudiera ser simplemente un comentario más, pero cuando el corazón esta tan lleno de Dios, podemos ver claramente su mensaje y su grandeza ...¡lo vemos a Él!...¡se nos revela! Podría decir que vivimos el Nacimiento y la Resurrección de Cristo de un solo golpe.
No sé como aprendimos a mirar la esencia de Dios en las cosas. Tal vez es cuestión de querer encontrarlo en todo momento, o de estar dispuestos a dejarnos sorprender por Él. No lo sé, ese es el misterio, porque podremos rezar, encender velas, asistir a misa, y no mirarlo. Nuestro cuerpo puede decir que sí, pero el corazón dice que no, y así, se hace más difícil acoger a Jesús, y por supuesto acoger al prójimo.

¿Saben?...estamos queriendo preparar el camino para su encuentro, cuando Él mismo ya lo preparó; queremos caminar hacia Él, cuando Él viene hacia nosotros. Jesús busca nuestra mirada, y no solo en el Adviento, nos busca todos los días de nuestra vida, pero no siempre estamos disponibles.

Dejemos de ver con la prepotencia del mundo y miremos con la inocencia de un niño, la grandeza de Dios. Así de sencillo se puede vivir verdaderamente el Adviento. No necesitamos más de lo que somos y ni de lo que tenemos para alcanzar la verdadera felicidad. La felicidad que enciende el corazón para dar, para alimentar y para acariciar al hermano.

Dejemos de planear y estudiar tanto sobre el Adviento y la Navidad. Mejor, liberemos el cuerpo y el alma para abrir el corazón a la mirada de Dios y Él hará que suceda...¡se los garantizo!

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