Evangelio domingo 3 de junio - Meditación del P. Carlos Padilla

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| P. Carlos Padilla P. Carlos Padilla

El Cuerpo y la Sangre de Cristo

Éxodo 24, 3-8; Hebreos 91 11-15; Marcos 14-12-16. 22-26

«Jesús tomó un pan, lo partió y se lo dio, diciendo: - Tomad, esto es mi cuerpo. Cogiendo una copa:- Esta es mi sangre, sangre de la alianza»

3 junio 2018     P. Carlos Padilla Esteban

«Quiero amar en los detalles. Cuidando la vida que se me confía. Sin querer retener, ni cambiar a quien amo. Un amor libre que libera. Un amor alegre que alegra. Quiero ser fiel al amor de Dios»

Creo que a veces me precipito. Voy demasiado deprisa. Actúo sin pensar mucho. Me puede mi impulsividad. Tomo decisiones sin excesiva reflexión. En ocasiones me arrepiento de mis actos. Escribo lo primero que brota de mi corazón. Algunos me insinúan que debería dejarlo reposar más. Brota la vida de mi boca, digo lo primero que he pensado. Nace en el corazón. No puedo callarlo. La rapidez de mis pasos me abruma. ¡Me resulta tan difícil hacer las cosas más despacio! Quisiera hacer una oda a la lentitud. Un canto de alabanza a los que van despacio. A los que me enseñan otra forma de mirar la vida. Otra forma de entender el tiempo. El tiempo es eterno. ¿Por qué voy con prisas? La lentitud es un arte en un mundo que busca y ama la velocidad. No tolera los retrasos. No soporta la pérdida de tiempo. Veo que me falta paciencia para esperar que las cosas sucedan a su debido momento. Cuando toca. Cuando la semilla muere y surge la planta. Cuando el fruto está maduro y cae. Yo quiero que todo ocurra ahora, en mis manos, mientras estoy mirando, de forma inmediata. Me agobio esperando una cola para acceder a lo que deseo. Aguardo impaciente a que alguien actúe, se mueva, decida, ejecute lo que ha planeado. Me cuestan las personas sin sangre en las venas. Esas a las que se les pasea el alma por el cuerpo. Nunca tienen prisa. Siempre tienen tiempo. Aunque luego lleguen tarde y hagan esperar a otros. Sé muy bien que las prisas no traen nada bueno, es verdad. Y que no por mucho correr llego antes a ningún sitio. A lo mejor es que no lo puedo evitar. Me acelero sin darme cuenta. Tengo fuego en mis venas. Y también tengo paz interior al mismo tiempo. Corro por los caminos. Quisiera aprender a caminar despacio sin exagerar demasiado. Detenerme ante cualquiera, sin prisas. Hay tiempo.Una persona decía:«Almas rebeldes, llenas de tormenta y calma en su interior. Rezo para que volvamos a encendernos con la llama del primer amor». El fuego en mi interior me hace capaz de lo mejor. Y al mismo tiempo me puede volver precipitado, impetuoso, impaciente. Actúo movido por ese fuego, por ese viento que dentro de mí golpea con fuerza. Me precipito y digo lo que no quiero decir. No sé callar con calma, a paso lento. Las prisas no son buenas. Acelero mi paso buscando respuestas. Quiero que lo que digo se lleve a cabo. No tengo paciencia con los lentos. Comenta el Papa Francisco: «Entonces todo nos impacienta, todo nos lleva a reaccionar con agresividad. Si no cultivamos la paciencia, siempre tendremos excusas para responder con ira, y finalmente nos convertiremos en personas que no saben convivir, antisociales, incapaces de postergar los impulsos, y la familia se volverá un campo de batalla»[1]. Calma en mi andar es lo que deseo. Calma en mis palabras y gestos. Paciencia para respetar el curso lento de la vida y detenerme ante el que me sale al encuentro. Todo crece con lentitud. Desde esa semilla que muere lentamente hasta el sol que amanece a su ritmo pausado, siempre al mismo ritmo. ¿Cuáles son mis tiempos? Quiero aprender a contemplar con alegría el lento devenir de todo lo que pasa. Con los ojos bien abiertos para no perderme nada. Con la mirada puesta en lo que veo y en lo que sueño. En lo que observo y en lo que intuyo. Quisiera saber detenerme en silencio, con calma, ante lo que sucede de forma precipitada delante de mi ojos. Aprender a perder el tiempo. Aprender a callar antes de decir lo inadecuado. Antes de decidir lo incorrecto. Antes de hacer lo que no corresponde, lo que no es un bien para mí, ni para otros. Necesito silencio para madurar y crecer en mi interior: «El silencio es la última trinchera que nadie puede cruzar, la única habitación donde hallar la paz, el estado en el que el sufrimiento baja por un instante los brazos. El silencio fortalece nuestra debilidad. El silencio nos arma de paciencia. El silencio en Dios devuelve el coraje»[2]. Quiero aprender a recluirme en mi mundo interior. Y allí cargar el corazón de paciencia y coraje. De amor profundo y respeto. En la calma de Dios la ira se desvanece. En el silencio sobran las palabras. Y mis palabras hirientes se convierten en susurros sin fuerza, apenas audibles. Y toda la pólvora que parecía tener en mi alma deja paso a una paz honda que calma el corazón y amansa el mundo. Me gusta la vida que transcurre dentro de mi alma. Sólo así logro cambiar el ambiente, la atmósfera que me rodea. Quiero aprender a caminar despacio. A hablar despacio. A callar muy dentro de mi alma. Es lo que más quiero. Vivir sin prisas. Con la paz del niño que descansa seguro en el corazón de su padre. Así quiero hacer las cosas. Que dejen huella honda mis pies pesados, pausados. No vuelo con rapidez, camino con calma haciendo historia. Quiero aprender el arte de la lentitud para no precipitarme. Hago una alabanza a las personas lentas, que siempre tienen tiempo. Que educan a los demás, a mí mismo, en la paciencia. Y en el respeto al tiempo que hace que toco crezca lentamente. Quiero calmar mi alma inquieta. Me quedo quieto, en silencio, escuchando. Y sonrío mirando el paisaje ante mis ojos callados.

Cuesta no pensar en el esfuerzo que tengo que hacer para lograr lo que deseo. Cuesta no imaginar el desgaste que supone una entrega hasta el final de mis días. Siempre veo ante mí dos posibilidades abiertas. Dos caminos. Dos opciones. Puedo no hacer nada y buscarme a mismo en la comodidad de mi vida. O puedo recorrer la distancia infinita que me separa del otro, de la meta, de mis sueños. Son dos formas posibles de vivir mi vida. Dos estilos radicalmente opuestos. Me veo a veces tentado por la comodidad. Y otras veces me seduce la entrega. La generosidad hasta el extremo. La alegría en el dar sin pensar en recibir nada a cambio. Quiero optar por el bien del otro más que por el propio. Sueño conesa entrega radical de mi vida y sonrío. Pero luego no es tan sencillo lo que parece fácil. Me gustaría tener un corazón más grande que el que tengo.Me impresiona ver con cuánta frecuencia me vuelvo egoísta. Pienso sólo en lo que a mí me hace falta. En lo que yo necesito. Pierdo demasiado tiempo acariciando mis sentimientos. De frustración, de rabia, de impotencia, de tristeza. Dejo de mirar fuera de mí para mirar sólo lo que tengo dentro. Paso por delante del que me necesita y no hago nada. Habla así el Papa Francisco sobre la santidad que es caridad: «No podemos plantearnos un ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo, donde unos festejan, gastan alegremente y reducen su vida a las novedades del consumo, al mismo tiempo que otros sólo miran desde afuera mientras su vida pasa y se acaba miserablemente»[3].Hablo tanto de dar la vida, de entregarme hasta el extremo, de amar sin condiciones. Y súbitamente me encuentro limitado por mi ego que me ata y encadena. Sólo tengo ojos para mí. Pienso en el amor de Jesús que vino para dar su vida por mí. Y yo que soy hijo suyo me parezco a Él muy poco. Quisiera romper las barreras que me impiden dar hasta que duela. Llevo tan mal el dolor. Esa espina que se clava en el alma. Y no me deja ser feliz. Dicen que seré más feliz cuanto más dé. Seré más feliz buscando el bien del otro. Alegrándome con sus victorias. Disfrutando de sus triunfos. Menguando yo para que el otro crezca. Me cuesta creérmelo. Me sé de memoria tantas frases que me hablan de ese amor que libera, de esa entrega que plenifica, de esa vida que muere como una semilla para dar fruto. He predicado tantas veces de ello. Me lo he repetido para no olvidarlo. Pero una y otra vez me doy cuenta de los límites de mi carne. No sé por qué me sigue doliendo más mi herida que la del prójimo. Y sigo pensando que mi bien es más importante que el bien ajeno. Como una basurilla se mete dentro del alma esa tendencia tan propia del hombre a buscar su propio bien. Y me encuentro así encerrado dentro de la prisiónde mi egoísmo. Miro mi vida y busco cómo romper las barreras, cómo hacer saltar las puertas, como reventar los diques. Tal vez no lo logre nunca si lo intento desde dentro. Yo con mis fuerzas no puedo, soy débil. Necesito un fuego que me rompa. Un viento que sople sobre mi casa. Una fuerza que empuje más fuerte que mis resistencias. Necesito a Dios que venga sobre mi vida para hacer añicos mis defensas. De golpe. O poco a poco. No me importa. Sólo quiero ser más libre de estar yo bien. Y querer no sé cómo que los otros estén mejor que yo. Como escuchaba el otro día hablando del matrimonio: «Amar de forma inmadura es querer al otro para usarlo, amar bien es querer el bien del otro. Amar en el matrimonio es desear ser uno mismo el bien del otro». Quiero dejar de preocuparme de mi tristeza. Para sembrar alegrías a mi alrededor. Que no me importe tanto si Dios hace en mí milagros. Y me alegre de los milagros ocultos que veo realizar en otros. Que desaparezca la envidia de mi alma enferma. Que deje de compararme con los que están mejor que yo. Que son muchos. Y piense mejor cuál es el bien que puedo hacer y que lo haga. Sé que esos milagros pueden doler un poco. Hasta que mi amor propio deja de tener tanta fuerza en mí. Y logro empezar a mirar fuera de mí al que más sufre. Así me enseña María cuando me acerco a Ella pidiendo ayuda y consejo. Ella supo negarse a sí misma para que Dios creciera en Ella. Y volcó su mirada compasivamente en el que más sufría a su lado, sufriendo al mismo tiempo Ella. Desde su dolor más hondo acarició con sus manos el dolor de los hombres que la necesitaban. Así quiero amar yo. Consolando. Quiero aprender a amar con ternura. Comenta el Papa Francisco: «La ternura es una manifestación de este amor que se libera del deseo de la posesión egoísta. Nos lleva a vibrar ante una persona con un inmenso respeto y con un cierto temor de hacerle daño o de quitarle su libertad»[4].Un amor así parece imposible. Un amor vencedor de egoísmos. Un amor descentrado y centrado sólo en el que más necesita. Un amor así es obra de Dios. Vence mis miedos, rompe mis cadenas. Quiero aprender a amar en los detalles. Respetando, cuidando, la vida que se me confía. Sin retener. Sin querer cambiar a quien amo. Un amor libre que libera. Un amor alegre que alegra. Quiero ser fiel al amor que Dios ha sembrado en mi alma.

Dios me quiere como soy, en mi verdad, en mi pobreza. Ama mi carne y mi alma. Mis pasiones y mis miedos. Mis anhelos grandes y mis tentaciones que me vuelven frágil y vulnerable. Dios se conmueve cuando me ve necesitado. Cuando le hago ver que lo necesito. A menudo me veo autosuficiente. Como si no necesitara a nadie, ni siquiera a Dios. No busco la ternura ni la compasión. No me gusta parecer débil ante los hombres. El Papa Francisco comenta:«¡Cuántas veces pienso que le tenemos miedo a la ternura de Dios! No dejamos experimentar la ternura de Dios. Y por eso tantas veces somos duros, severos, somos pastores sin ternura. No creemos en un Dios etéreo. Creemos en un Dios que se hizo carne. Un Dios que nos va a aliviar». La ternura de Dios, su abrazo infinito, es el que me salva. Me abraza cada vez que me revisto de su piel. Hace fuerte mis fragilidades y fecunda mis palabras. Él lo hace. El otro día una persona comentaba: «A menudo los no creyentes son mejores que los que creemos. Tienen más bondad, son más misericordiosos». Y es muy posible. Ser creyente no significa ser sólo bueno. La fe, el amor de Dios en mí, lo que hace es multiplicar la fuerza de mi actuar. Mi bondad, llena de su misericordia, es un torrente que todo lo arrasa, un fuego que todo lo devora. El amor de Dios en mi carne convierte mi bondad en todopoderosa. No soy yo, es mi naturaleza llena de la fuerza de Dios. Por eso necesito que Dios me abrace por la espalda todas las mañanas. Me hace falta que me diga que mi vida vale la pena, recordándome el poder de mi amor tan débil. Quiero que me llame para estar con Él no porque yo sea fantástico, sino porque me ha perdonado, me ha mirado y me ha llamado para estar a su lado. Lo necesito. ¿Hay algo más grande que su compañía? Jesús me quiere no por lo que hago o dejo de hacer, sino por lo que soy. Valgo la pena porque Él me ama y ha sembrado en mí un amor infinito. Decía el P. Kentenich: «Dios no nos ama porque seamos buenos y nos hayamos portado bien, sino precisamente porque es nuestro Padre. Porque su amor misericordioso fluye con más riqueza hacia nosotros cuando aceptamos con alegría nuestros límites, nuestras debilidades y miserias»[5]. El amor de Dios es el que le da valor a mi vida. No son mis méritos ni mis logros. No se trata sólo de ser bueno o no serlo. Sé que mis obras no son siempre virtuosas. No lo consigo. Es su amor el que le da valor a mi vida. A mis luchas y a mis caídas. Me llama para que esté con Él cada día. Me ha amado antes que yo a Él y me ha mostrado su benevolencia. Me ha dicho que me necesita en su barca, en mi barca. Con mis fisuras, con mis heridas. Eso me consuela siempre y me alegra el alma. Su amor me envía para hacer crecer su presencia en muchos corazones. No hay amor más grande que dar la vida por amor a Él. Jesús viene a mi carne para salvarla. Yo la desprecio porque me ato a la tierra. Tengo pasiones desordenadas. Pierdo el tiempo en cosas que no son de Dios. Parece que no me mueve siempre a obrar el deseo de llevar a todas partes su Palabra. Es mi carne que tira de mí hacia la tierra. Dice el P. Kentenich: «Tiene un cariño profundo y cálido por cada hombre y se interesa personalmente por cada cosa, por más pequeña que sea. Hizo que su Hijo asumiera la naturaleza humana con todas las inclinaciones y pasiones nobles del ser humano. El interés personal de Dios por nosotros tiene sobre todo dos características: Es infinitamente tierno y atento, vale decir, el Padre nos regaló en su Hijo, por así decirlo, un espejo que refleja su amor paternal infinitamente tierno y atento, y que nos ayuda a comprender ese amor»[6]. Un amor tierno y atento. Me gusta la definición de su amor. Un amor atento a mis necesidades. A mis más leves deseos. Así es el amor verdadero. Un amor que está atento a los más mínimos anhelos. ¿Qué desean aquellos con los que comparto el camino? ¿Qué desean aquellos a los que más amo? ¿Vivo cumpliendo sus deseos? ¿Me pregunto cómo están, qué sueñan, qué desean, qué les falta para ser felices? Me da miedo vivir centrado sólo en mí. Pensando en lo que me hace falta. En lo que necesito. Quiero un amor atento a la más mínima preocupación de la persona amada. Necesito entregar la ternura de Dios en mi amor. Quiero tener más delicadeza en el trato. Un amor que abrace con ternura. La ternura que recibo de Dios amansa mi corazón. Mis rabias y mis miedos. La ternura me dice que puedo estar en paz. Que puedo vivir sin miedos. Es esa ternura que posee una madre al abrazar a su hijo pequeño. Esa ternura que olvido con las personas amadas que no me dejan ver su vulnerabilidad. Ante el que parece no necesitarme, no me muestro tierno. La ternura la escondo detrás de una capa de dureza. Mi amor tierno puede sacar lo mejor de la persona amada. Desarma sus defensas. Rompe sus muros. Necesito un corazón grande y tierno. Capaz de abrazar y sostener siempre. Ese amor es el que mi alma desea.

Hoy miro a Jesús en su cuerpo y en su sangre. Hoy me arrodillo ante el misterio escondido bajo la apariencia de pan y de vino. Me conmueve este misterio que no comprendo. Supera mi capacidad de hombre. No quiero sentirme en posesión de la verdad. No quiero saberlo todo. Decía el Papa Francisco: «Cuando alguien tiene respuestas a todas las preguntas, demuestra que no está en un sano camino y es posible que sea un falso profeta, que usa la religión en beneficio propio, al servicio de sus elucubraciones psicológicas y mentales. Dios nos supera infinitamente, siempre es una sorpresa y no somos nosotros los que decidimos en qué circunstancia histórica encontrarlo, ya que no depende de nosotros determinar el tiempo y el lugar del encuentro. Quien lo quiere todo claro y seguro pretende dominar la trascendencia de Dios»[7]. Quiero ser yo unpobre hijo de Dios que confía. No me aferro a lo que conozco y controlo. Me abro a lo nuevo, a lo desconocido, al misterio. Me dejo sorprender por la vida. No quiero encasillar a Jesús. Reducirlo a mis formas, a mis palabras, a mis creencias. Es más bien Jesús el que se abaja, se reduce y se adapta a mi forma de entender. Para que no me aleje de Él. Para que no viva con miedo se pone a mi altura. Y me dice que si me acerco como un niño, confío y obedezco su voz, Él marcará mi vida. Añade el Papa Francisco: «La santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya»[8]. Su carne será el alimento que me dé la vida y me haga semejante a Él. El alimento de su carne y de su sangre me hacen testigo de su amor. Como decía S. Francisco: «Predicad siempre el evangelio, y si es necesario también con palabras». Puedo predicar con obras cuando su alimento va cambiándome por dentro. Me abajo yo para entrar en el misterio. No lo cuestiono todo. Tengo fe. Cuentan que en el monte Cebreiro, por donde pasa el camino de Santiago, un sacerdote celebraba la misa allí un día de invierno.Pensó que nadie llegaría para participar en la misa. Pero se equivocó, llegó una persona. El joven monje celebrante, de poca fe, menospreciaba el sacrificio del campesino. Le preguntó: «¿Subes la montaña por un trozo de pan?». Le faltaba fe en el misterio de la eucaristía. Dudaba de esa presencia real en el pan y en el vino. Entonces, entre sus manos, en la eucaristía, pudo tocar la carne real y la sangre verdadera de Jesús. Esa sangre quedó impresa en el corporal. Desde entonces este milagro aumenta nuestra fe en esta presencia real y transformadora. Hace falta tener un alma de niño para mirar así el misterio. Necesito arrodillarme en mi pobreza y pequeñez sorprendido ante lo que no me puedo explicar. Con manos frágiles, temblorosas, abrazar su presencia. Besarlo con el corazón pobre. Como el corazón de María. Ella fue la pobre de Dios. Se abandona en la anunciación y se vuelve a abandonar cada día de su vida hasta ese día de cruz en el monte Calvario. Ni un solo día deja de entregarse por entero. Acepta el misterio de su vida en el que no sabe qué paso seguirá al siguiente. María no piensa egoístamente en su comodidad. Confía y se entrega. Se abre y se ofrece. Vivir así la vida es posible cuando vivo ofreciéndome por entero en cada momento. En los éxitos y en los fracasos. Me abro a Jesús que viene en mi carne para darme forma. Para configurarme de acuerdo a su estatura. María encuentra a Dios en el silencio de su corazón, vacía de ruidos y miedos. Y adquiere la altura de su Hijo. Dios hace realidad en Ella la promesa hecha al pueblo de Israel: «Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo». María se hace propiedad completa de Dios. Sólo Él será el guardián de su vida. En silencio abraza a Dios, abraza el cuerpo de su Hijo. Se deja configurar por su amor. Le pertenece por entero. Me gustaría mirar así a Dios siempre. Sin vivir angustiado ante las contrariedades de la vida. No pretendo que las cosas y las personas que amo sean eternas. Me alegro con la vida que vivo, con todo lo que Dios me regala. Miro con paz las cosas difíciles que me suceden. Cuando me detengo ante una puerta cerrada, en seguida encuentro una puerta abierta por la que seguir mi camino. Me gusta esa actitud de abandono y confianza. Esa santa indiferencia con la que sueño. María me acerca al misterio encarnado de su Hijo. Ella me lo entregó un día y me lo sigue entregando en cada eucaristía. El pan que es su cuerpo. El vino que es su sangre. El misterio más grande y más desafiante. Me confronta con mi poca fe. A veces se debilita. Dejo de tener tan presente el poder transformador del milagro. El cuerpo y la sangre de Jesús me cambian por dentro. Necesito fe. Quiero dejarme hacer. La vida consiste en dejarme hacer por Dios. Y no tanto en hacer muchas cosas. Decía Gustav Mahler: «Yo no compongo, soy compuesto». Soy hecho por Dios. Jesús toma mi carne para llegar a los corazones rotos, empobrecidos, abandonados. En mi carne se prolonga el misterio del pan y del vino. Su caridad llega a los que tengo delante de mí. Por mis manos. El misterio de su cuerpo y su sangre presentes en mi propio cuerpo. Soy compuesto por Dios que saca de mí la mejor melodía. Compone la mejor obra, con mis pobres notas desentonadas. Usa mis palabras imperfectas y se viste en mis gestos torpes e incompletos. En ellos, en mi vasija de barro, se muestra al mundo como ese Dios poderoso que se ha hecho indefenso. Ese Dios infinito que se ha reducido en la piel finita. Ese Dios sin pecado que ha querido habitar en una carne pecadora. El que es la Palabra verdadera se sirve de mi palabra vacía. Y el que es amor infinito ama en mi amor pequeño. Me conmueve tanta misericordia. Todo para que yo pueda tocarle. Y pueda recibirle en mi pecho herido.

Hoy me detengo ante el misterio que vivo en cada eucaristía. Conmovido me arrodillo ante Jesús que se hace carne y sangre entre mis manos:«Tomad, esto es mi cuerpo.Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron.Y les dijo: - Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos». Jesús come con los suyos la última cena. Se entrega para ellos en su cuerpo y en su sangre después de haberlos servido lavando sus pies. Se arrodilló ante ellos y luego se dejó partir. Amó hasta el extremo. Murió roto en la cruz. Esa forma de amar me desborda. Un amor que no tiene medida. Hasta el final. Hay muchas formas posibles de dar la vida. Pocas tan crueles como el calvario. Jesús podía haber buscado otro camino. O tal vez es el camino que dibujó el odio de los hombres, su incomprensión, su deseo de acabar con aquel que era molesto. Desafiaba sus vidas acomodadas. Hacía peligrar la paz social. Jesús tenía que morir. Pero antes se entregó a los suyos. Y entonces ya nada más importaba. Es la santa indiferencia de aquel que se ha vaciado y es pobre totalmente. Ya nada teme, ya nada guarda para sí. S. Ignacio comenta sobre la santa indiferencia: «Es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás». Una mirada así sobre la vida me hace libre. Poder pronunciar cada día en la eucaristía estas palabras debería hacerme más libre. No creo que sea así. Pero es lo que anhelo. Santa indiferencia. Ya me he partido y lo he entregado todo. Decía el P. Kentenich: «Se trata de aspirar al gran ideal de la libertad de los hijos de Dios, vale decir, se trata de ser libres de todo lo que sea contra lo Divino o querido por Dios, para ser libres para Dios, para sus deseos y para su obra»[9]. Libertad interior ante la vida. Ante el futuro incierto que me aguarda. Ante el desprecio o el aprecio que yo pueda recibir de los hombres. Tantas veces vivo buscando ser querido por algunos, por todos, siempre, en todo lo que hago. Busco la aprobación con la mirada en todos mis gestos. Espero el reconocimiento con palabras o silencios. Espero una sonrisa como un reforzamiento positivo. Deseo que me aprueben para seguir luchando. Porque el rechazo me desanima. Y la crítica me endurece. Quisiera que estas palabras que digo cada día se hicieran vida en mí. Mi cuerpo que se parte. Mi sangre que se derrama. Estoy tan lejos de hacer vida en mí lo que celebro. Y para eso fui consagrado sacerdote: «Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, conforma tu vida con el misterio de la Cruz del Señor». Son las palabras que escuché el día de mi ordenación. Hacer vida en mí lo que cada día celebro. Partir mi cuerpo. Es tan duro sentir el dolor al partirme. Evito sufrir. Me duele el alma. Me cuesta tanto renunciar. Comenta el siquiatra Enrique Rojas: «Para llegar a donde quieres tienes que ir por donde no quieres. Hay que renunciar. Aprender a decir que no pensando en el objetivo mayor». Renunciar, dar la vida, saber decir que no y detener los pasos. Es tan complicado vivir dejándome partir. Una persona rezaba: «Déjame sentir tus deseos, abrazar tus sueños. Déjame soltar mis cadenas. Quiero ser pobre. Quiero vaciarme para llenarme de ti. Quiero renunciar a mis derechos. Nada es mío. Solo vine aquí. Solo te sigo. Nada más quiero. Tenerte a mi lado y caminar seguro. Abrazar tus heridas y escuchar tu latido. Déjame ser pobre para poder tenerte. Déjame vivir tu sueño para amanecer en tu vida. Gracias, Jesús, por enseñarme el camino».Es el camino en el que aprendo a renunciar a mis deseos, a mi amor propio, a mis gustos, a mis sueños, a mi egoísmo, a mi orgullo. No es tan sencillo. Comienzo a partirme cuando sé renunciar a los primeros puestos, al reconocimiento de todos, al éxito que siempre he soñado. No es fácil romperme en medio de la vida. Dejar que otros me tomen en sus manos como alimento. Renunciar a mis horarios. Mi tiempo no es mío. Mis gustos ya no son míos. Mi vida con sus proyectos no me pertenece. Soy de Dios. Soy de los que tienen sed y hambre. De los que me exigen que siempre esté alegre, que sea estable, que no me aleje nunca, que me dé por entero. Como Jesús lo ha hecho. De la misma manera. ¿Soy de verdad alimento para otros? Sólo cuando renuncio a mi bienestar. Cuando rompo las cadenas que me atan y me impiden ser más generoso. Cuando dejo que otros coman mi carne y beban mi sangre. Lo que una madre hace con su hijo desde que es concebido. Come dentro de ella. Luego, ya nacido, vive pegado a ella. Y ella se rompe por sacar adelante a su hijo. El amor de Jesús es así conmigo. Se rompe para que yo salga adelante. Se parte para que yo tenga alimento suficiente. Suficiente carne. Suficiente sangre. Es lo que yo mismo quiero vivir. Quiero vivir partido, libre, entregado, roto. Sin pretensiones. Sin querer estar entero. «Quien guarda su vida la perderá. Quien la entrega la salvará para siempre». Ese don que he recibido es el mismo don que entrego. Mis talentos, mis dones, mi tiempo, mi salud. Lo que soy y lo que puedo llegar a ser. Todo eso lo entrego, lo parto, lo derramo. Para que otros tengan vida en abundancia. Y para ello yo tengo que morir un poco a mí mismo.

La fiesta de hoy tiene mucho que ver con la obediencia a Dios siguiendo sus pasos: «En aquellos días, Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandatos; y el pueblo contestó a una: - Haremos todo lo que manda el Señor y lo obedeceremos». Moisés explica todo lo que pide Dios y ellos obedecen. A mí me cuesta mucho obedecer. Ojalá, como Jesús,«aprendiese sufriendo a obedecer». Me admira muchísimo esta actitud de Jesús de postración, de abandono, de renuncia total al entregar su cuerpo y su carne, al caer rendido en Getsemaní. No toma las riendas de su vida en su mano. Me parece que es más Dios que nunca cuanto más se deja hacer por Dios. Cuando más obedece. Cuando más impotente se muestra en las manos de su Padre que lo ama. En esos silencios de Jesús, en ese sufrimiento pasivo. En esa pasión que tanto me duele, es cuando se muestra ante mí, al mismo tiempo, más poderoso. Él calla, recibe y ama. Se entrega y es partido. Parece impotente y es un Dios poderoso. Lo ha entregado todo por amor. Se ha partido en mil pedazos para que todos lo puedan recibir. Se ha entregado por entero, porque su amor es un amor que ama hasta el extremo.En Getsemaní ya no tiene nada que defender, se ha postrado en la fría tierra de aquel huerto. Lo ha entregado todo, su propio miedo. Ya no puede gobernar más su vida. Ya no es dueño de lo que tiene por delante. Calla y obedece. Se abandona y se entrega. Es el misterio de la entrega más libre y más absoluta. Es el camino que se abre para mí. ¡Cuánto me cuesta dejar mi vida en manos de Dios! ¡Qué difícil permitir que Él guíe mi barca y decida por mí!Me cuesta tanto aceptar sus planes en silencio, con humildad. El cuerpo y la sangre de Jesús que hoy adoro me hablan de una forma de vivir y de amar. Me muestran una obediencia filial que es la que yo deseo. «La sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo». Su cuerpo y su sangre pueden transformar mis obras muerta en obras llenas de vida. Pueden cambiar mi amor egoísta en un amor generoso como el suyo. Pueden sacar lo mejor de mí, purificando mi vida. Es lo que hoy le pido a Jesús que se hace carne entre mis manos. Que su poder, que su amor, cambien mi corazón y lo hagan como el suyo.

 



[1]Papa Francisco, Exhortación Amoris Laetitia

[2]Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio, 66

[3]Papa Francisco, Exhortación Amoris Laetitia

[4]Papa Francisco, Exhortación Amoris Laetitia

[5] J. Kentenich, Carta a su familia de Schoenstatt, 13 diciembre 1965

[6]Christian Feldmann, Rebelde de Dios

[7] Papa Francisco, Exhortación apostólica Gaudete y exultate

[8] Papa Francisco, Exhortación apostólica Gaudete y exultate

[9]J. Kentenich, 1961

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