Evangelio lunes 17 de julio de 2017

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| Francisco Bravo Francisco Bravo

17 de JULIO del 2017

Evangelio según San Mateo, capítulo 10, 34 – 42.11, 1

Lunes de la Décimo Quinta Semana del Tiempo Ordinario

Jesús dijo a sus apóstoles: "No piensen que he venido a traer la paz sobre la tierra. No vine a traer la paz, sino la espada. Porque he venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra; y así, el hombre tendrá como enemigos a los de su propia casa. El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo. Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa". Cuando Jesús terminó de dar estas instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí, para enseñar y predicar en las ciudades de la región.

Meditación de Juan Enrique Coeymans Avaria

Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa".

Jesús nos dice: la magnanimidad del Padre para con sus hijos es infinita. No pueden imaginar cómo los quiere a cada uno, y cualquier gesto de amor que se haga a los pequeños, lo recibe como si fuera hecho para Él. Por eso la recompensa será grande si Uds. aman, sirven y quieren a los desvalidos, a los más necesitados. Estos necesitados son a veces los miembros de su propia familia: abuelas solas, tías solas, hermanos solos, a quienes nunca se les va a ver y llevar una alegría. El reino de los cielos resplandece, cuando a los que necesitan ser amados se les ama.

Son consoladoras las palabras del Señor, pero también son un acicate: si a nadie le hago ningún favor, si con nadie tengo un gesto de misericordia y de cariño, de humana y sencilla preocupación, entonces yo mismo, no Dios, me estoy condenando al frío del egoísmo, de la soledad, del infierno en definitiva. Por eso entonces el camino hacia adelante, es crecer en el amor, no desfallecer en eso, no asustarse de dar, porque al recompensa será grande: Dios se me dará a mí.

Señor Jesús, esplendor del Padre, rostro del Padre vuelto hacia nosotros, hijo amado del Padre y de María. Te bendigo y te alabo, te agradezco y me entrego a ti, a través no de mis palabras sino de las acciones concretas y silenciosas que haga por servir y cuidar, proteger y calmar la sed de amor de las personas con las que me encuentre. En ellas te estoy amando a Ti mi Señor y mi Dios. En cada necesitado te estoy diciendo cuando lo sirvo: Jesús, te quiero mucho.

AMÉN

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