Evangelio martes 10 de julio

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| Juan Francisco Bravo Juan Francisco Bravo

10 de JULIO del 2018

Evangelio según San Juan, capítulo 9, 32-38

Martes de la Décimo Cuarta Semana del Tiempo Ordinario

En cuanto se fueron los ciegos, le presentaron a un mudo que estaba endemoniado. El demonio fue expulsado y el mudo comenzó a hablar. La multitud, admirada, comentaba: "Jamás se vio nada igual en Israel". Pero los fariseos decían: "Él expulsa a los demonios por obra del Príncipe de los demonios". Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha."

Meditación de Juan Francisco Bravo Collado

Entren por la puerta estrecha

Es como si Jesús me dijera: "La cosecha es abundante y los trabajadores son pocos. ¿Por qué restarte entonces? A trabajar. Esto no es un honor. Yo no llamo a los mejores, yo llamo a los que me escuchan, y tú estás escuchando y espero que reacciones. Deja de preocuparte de lo que digan los que exigen pureza y consecuencia. Tú reconoce tu propia pequeñez y limitación, y ponte a trabajar con brío. No hay nada que yo no pueda limpiar. No hay nada que yo no pueda perdonar. Así que a trabajar lo mejor que puedas y dejarse de excusas."

Ante este evangelio mi primera reacción es sentirme desanimado. Me siento indigno y pobre. Me parece ridículo que Jesús me llame a mí a cosechar, cuando en realidad tengo las manos y el corazón tan echados a perder, y veo cuán incapaz soy de hacer lo que me propongo. Pero cuando medito me doy cuenta que Jesús no me llama a trabajar como si me estuviera dando un honor, sino que me llama porque me necesita. Y me tengo que poner a trabajar en silencio y concentrado. Hacer mi trabajo diario y no dejar de lado su dimensión apostólica, a pesar de lo claro que tenga mi propia inconsecuencia.

Jesús, amigo y maestro, me cuesta mucho y necesito tu ayuda. Levántame de este desánimo de saberme tan indigno e inconsecuente y hazme trabajar sin preocuparme de lo que otros podrían decir de mí. Hoy quiero ofrecerte mi corazón y mis manos para que tú los ocupes para construir. Que el trabajo y la oración me purifiquen. Que mis ganas de servirte sean más fuertes que la gravedad que me empuja hacia abajo. Acompáñame y hazme fuerte para servirte.

AMÉN

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