Evangelio martes 12 de junio

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| Juan Francisco Bravo Juan Francisco Bravo

12 de JUNIO del 2018

Evangelio según San Mateo, capítulo 5, 13 - 16

Martes de la Décima Semana del Tiempo Ordinario

Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.

Meditación de Juan Francisco Bravo Collado

Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes

Es como si Jesús me estuviera diciendo: "Que la luz de tu fe, que la luz de tu alegría y de tu salvación sean evidentes para los demás. Pareciera que quieres esconder esto, que es el motivo de tu serenidad y lo que te hace feliz. Es como si te diera vergüenza haber encontrado un tesoro de riqueza infinita, como si temieras que te señalaran como a un ladrón, como si yo no te lo estuviera regalando con toda mi generosidad. Sal de ti, y que tu felicidad sea evidente para tus hermanos."

Ante este evangelio, me doy cuenta de cómo muchas veces escondo mi fe, como si me avergonzara. Y me doy cuenta que, en gran parte, es por vergüenza. ¡Sé que es una fe que no merezco! Una alegría tan grande no puede ser para alguien tan débil e inconsecuente como yo. Siento que, en este texto, Jesús me invita a asumir que la fe es un regalo y no un logro. Y que, de esa forma, no tengo por qué merecerla. Basta con que la valore en su verdadera dimensión este regalo que he recibido, y que me atreva a compartirlo.

Jesús, gracias por esta alegría que me has regalado, que es conocerte a ti y saberme gratuitamente redimido y salvado por tu amor. Gracias por haberte sacrificado por mí. Enséñame a seguirte a ti, y dejar de lado mi comodidad y la protección en la que estoy todos los días para sacrificarme, como tú, por aquellos a quienes amo. Deja que mi fe sea mi alegría y que nunca me avergüence de haberla recibido como regalo gratuito. Dame serenidad y sabiduría para entender mi propia debilidad.

AMÉN

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