Evangelio martes 3 de julio

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| Juan Francisco Bravo Juan Francisco Bravo

3 de JULIO del 2018

Evangelio según San Juan, capítulo 20, 24-29

Fiesta de SantoTomás, Apóstol y Mártir.

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: "¡Hemos visto al Señor!". Él les respondió: "Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré". Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". Luego dijo a Tomás: "Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe". Tomas respondió: "¡Señor mío y Dios mío!". Jesús le dijo: "Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!".

Meditación de Juan Francisco Bravo Collado

Entren por la puerta estrecha

Es como si Jesús me dijera: "Tú, que te identificas como cristiano, crees que este evangelio no es para ti, sino que para otros. Pero cuando dices creer en mí, ¿en qué crees? ¿en un nombre? ¿en un concepto? ¿en una historia arquetípica? ¿en un mito abstracto que explica muchas cosas pero que es menos real que otras cosas? No siempre, pero a veces sí. Y, a menudo, cuando te llamo a creer en mí como persona -como hombre y como Dios simultáneamente-, me encuentro con un escepticismo tan profundo como el de Tomás. Cree en mí y ámame a mí como crees y amas a quienes te rodean."

Ante este texto me pregunto cómo puedo tener una vida de fe más profunda y más real. Me gustaría ser capaz de asegurar que mi relación con Jesús es más que algo meramente conceptual. Y para eso, siento que Jesús me está pidiendo -y me sorprende la simpleza con que lo hace- que crea y lo ame a él como amo a otras personas. Como amo a mi mujer, a mis hijas, a mis colegas, a mis amigos y amigas. Con ellos he aprendido que cuando me preocupo de ellos los quiero más. Que, incluso cuando algo no me surja espontáneamente, si lo hago a conciencia la emoción surge con facilidad, y el gesto es sincero.

Jesús, amigo y maestro, ¿quién soy yo para que tú quieras ser mi amigo? Te bendigo y te alabo, porque buscas la amistad de los más pequeños y de los que tenemos más dificultades para entregarte algo. Déjame aprender a amarte como amo a mis amigos. Déjame que no solo te encuentre en la vida eterna, sino que especialmente te encuentre en esta vida, en esta casa, en esta semana. Regálame tu amistad sencilla y generosa. Y que cuando vea los vestigios de tu paso por mi vida no responda con escepticismo, sino que con gratitud y entrega.

AMÉN

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