Evangelio miércoles 4 de julio

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| Pilar Mena Pilar Mena

4 de JULIO del 2018

Evangelio según San Mateo, capítulo 8,28-34

Miércoles de la Décimo Tercera Semana del Tiempo Ordinario

Cuando Jesús llegó a la otra orilla, a la región de los gadarenos, fueron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros. Eran tan feroces, que nadie podía pasar por ese camino. Y comenzaron a gritar: "¿Que quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?" A cierta distancia había una gran piara de cerdos paciendo. Los demonios suplicaron a Jesús: "Si vas a expulsarnos, envíanos a esa piara". El les dijo: "Vayan". Ellos salieron y entraron en los cerdos: estos se precipitaron al mar desde lo alto del acantilado, y se ahogaron. Los cuidadores huyeron y fueron a la ciudad para llevar la noticia de todo lo que había sucedido con los endemoniados. Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio.

Meditación Pilar Mena de Rozas

"Eran tan feroces, que nadie podía pasar por ese camino."

Pareciera que Jesús nos dice, sé que hay situaciones, realidades de vida y también personas, que les parecen demasiado "feroces", ya sea porque les dan mucha pena e impotencia, o les generan rabia y miedo, y quisieran alejarse un poco de ellas, pues no saben bien cómo enfrentarlas, y elijen mirar solo de lejos, pensando que ustedes no tienen nada que hacer ahí. Sin embargo, yo no esquivé a nadie, al contrario, quise acercarme especialmente a aquellos donde vi dificultad, dolor, pecado. No tengan temor a acercarse, pues solo así podrán llevarme y ayudarme a sanar.

Hay personas que me parecen "feroces" y con ellas me cuesta mucho hablar abiertamente, ser sincera en lo que pienso y muchas veces elijo callarme, dejar pasar cosas, mantener distancia, y no involucrarme. Sin embargo, esta lectura me remueve el corazón, porque cuando alguien es "tan feroz" es solo señal de que no está bien, pues no tienen paz en su interior y necesita desesperadamente que el amor de Jesús la cure, la apacigüe y le regale alegría. Y Jesús nos necesita a nosotros para llegar a ella.

Señor, te adoro y agradezco porque me miraste y te acercaste a mí, a pesar de todas mis "ferocidades", y de Tu mano soy una mejor persona. Confías en mí una y otra vez, y apaciguas y alegras mi alma con Tu cercanía. No imagino mi vida sin Ti, solo sé que, sin tu presencia, la vida es difícil y puede sacar lo peor de las personas. Somos responsables de llevarte por esos caminos más duros y tristes, llevando con nuestra cercanía, Tu cercanía y Tu consuelo, para poder acompañar, y regalar así esperanza y alegría. Mater, ayúdame a caminar sin temor y presurosa, como tú.

AMÉN

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