Evangelio sábado 7 de julio

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| Gonzalo Manzano Gonzalo Manzano

7 de JULIO del 2018

Evangelio según San Mateo, capítulo 9, 13 - 17.

Sábado de la Décimo Tercera Semana del Tiempo Ordinario

Se acercaron a Jesús los discípulos de Juan y le dijeron: "¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?". Jesús les respondió: "¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán. Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido y la rotura se hace más grande. Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque los odres revientan, el vino se derrama y los odres se pierden. ¡No, el vino nuevo se pone en odres nuevos, y así ambos se conservan!".

Meditación de Gonzalo Manzano González

¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos?

Jesús parece decirme: En otra parte, también les dije que Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos. Entonces, ¡no pueden estar tristes! Mi discípulo debe ser un discípulo feliz, lleno de vitalidad y que irradie alegría y gozo, porque contempla en Mí la Salvación del mundo entero. Tu tarea es intentar que otros también se alegren contigo, al ver a través tuyo la Verdad, que hasta conocerte les había estado velada. Alégrate como mi Madre, cuando el Ángel la saludó mientras le anunciaba que sería mi mamá.

Cuando vuelvo a leer esta lectura, la mayoría de las veces, veo cierto enojo de Jesús que exclama y reprocha a gente buena -los discípulos de Juan- el constante apego a las formas, sin entender el fondo. Pero luego veo que en realidad es no es reproche, no es enojo, sino que es la exultación, la explosión que siente de revelarles que sólo deben contener alegría porque Él está con ellos. Y así, el texto adquiere otra dimensión, una muchísimo más cercana, de esas que contagian la energía que viene de lo Alto.

Señor Jesús, Hermano y Guía, hoy nuevamente veo con claridad que me llamas a la felicidad, esa felicidad verdadera, que perdura, y que no afloja en el corazón, por mucho que aparentemente esté rodeada de cosas que parecen no ser buenas. Haz, Señor, que pueda ver en todo lo que me rodea, sea bueno o malo, alegrías y penas, la trascendencia de verte a Tí en medio de mi vida. Muchas veces me reconozco con los ojos vendados, pero siempre me ofreces quitarme esta ceguera, para alabarte con la sencillez de una sonrisa dedicada a quien la necesita. Madre Admirable, por favor, guíame siempre hacia la felicidad de tu Hijo.

AMÉN

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