Homilía del padre Carlos Padilla - 19 de mayo de 2019

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Domingo 19 de mayo de 2019 | Carlos Padilla

V Domingo de Pascua

Hechos de los apóstoles 14, 21b-27; Apocalipsis 21, 1-5a; Juan 13, 31-33a. 34-35

«La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será                                        que os amáis unos a otros»

19 mayo 2019 P. Carlos Padilla Esteban

«El corazón se calma y sueña cuando abraza el sí. El sí es un sí a la vida verdadera, eterna, llena de esperanza. Un momento decisivo en el que digo que sí con los miedos sujetos en mis manos»

Tocar a Jesús en su tierra sagrada. Sentir sus pasos en los míos por el polvo del camino. Su voz gritando en mi alma en medio de la paz de un lago. Su silencio envolviendo mi silencio cuando las palabras no brotan con facilidad. Y el miedo que siento a veces a estar callado. Quizás es un miedo a no oír. Miedo a no obtener respuestas que es lo que siempre desea el corazón. Respuestas a preguntas inciertas. Respuestas a dudas que tienen peso en el alma. Quiero caminar por esas calles que me hablan de Él. Aún siendo tan distintas a las que Él pisó. Porque el tiempo puede cambiar la apariencia. Pero dentro sigue respirando Dios en la tierra. Dios hecho hombre en una tierra concreta, en un rostro concreto. Un hombre oculto entre muchos hombres. ¿Cómo distinguir sus pasos cuando ahora nadie lo señala para que yo me fije en Él? Me confundo a menudo con otros rostros, con otras palabras, que no tienen vida eterna. Busco por calles enmarañadas el lugar en el que la historia ha dejado su huella. Pretendo oír una palabra suspendida en el recuerdo. Grabada en una roca. Anhelo un encuentro que cambie mi historia. Un milagro visible o invisible. Una noche sagrada llena de silencios. Trascurren los días en lo cotidiano. Es tal vez el milagro diario del amor humano. Todo en el mismo contorno en el que Dios quiso hacerse hombre para abrazarme a mí. Que soy hombre. Un hombre como Él. Yo con pecado. Quiso Jesús mostrarme sus huellas para que no tema dar pasos nuevos. Quiso surcar mis mismos mares para que no tenga miedo de las tempestades. Y sea así capaz de caminar sobre las aguas. En la misma madera de su barca teje mi vida para atarla a un mar inmenso, espejo del cielo. En su misma barca hace de mi vida una historia con la suya. Su presencia silenciosa me salva en medio de un mar revuelto o tranquilo. Un mar con viento violento o lleno de calma. Hay voces prendidas del viento de mis velas que me dicen que me ama. Voces que se elevan sobre esas rocas antiguas, tal vez holladas por Jesús, un día, en esta tierra. Voces en las que me dice que me necesita a mí, que me siento tan débil. Necesita mi sí. Justo ahora cuando no encuentro palabras. Desea mi sí oportuno, alegre y sencillo. Mi sí dicho en un susurro o gritado por encima de las olas en un mar revuelto. No importa. Un sí verdadero, hondo, sincero. Tengo claro que sólo conoce el peso del sí aquel que lo pronuncia. Y los que sólo lo ven desde fuera apenas pueden juzgar, opinar y sacar conclusiones, algunas quizás falsas. Pero nada es tan verdadero como el eco del sí en el alma del que lo dice de rodillas, humillado y herido. Mi sí resuena con fuerza en medio de la gruta donde María dijo su sí de niña. Mujer fuerte y fiel. Verdadera, llena de Dios. Brota la nostalgia en mi alma ante ese sí alegre y profundo de María. ¿Cómo puedo yo juzgar el sí de María siendo sólo un testigo lejano? No juzgo nada. Sólo doy gracias al cielo por su inocencia. Doy gracias por su sí que es lo más grande que le ocurrió a mi vida, al mundo. Mi sí no es seguro como el de María. El mío busca seguros que me den tranquilidad. Suelta el timón sólo unos segundos creyendo que es un abandono para siempre. Pero no puedo. Me aferro a mi deseo sagrado golpeando los puños. Y vuelvo a coger con fuerza el timón, queriendo ser dueño de mi barca, de mi mar, de mis tormentas. Pongo sin pretenderlo condiciones absurdas a mi sí dicho en voz alta. Deseo tal vez endulzar su amargura. Ablandar su dureza. Para que sea más llevadera la decisión tomada. Más fácil, más sencilla. Menos duras las lágrimas y las renuncias. Un sí que se adentra con raíces profundas dentro de mi alma. Y brota como un surtidor de agua viva. Es roca en mi alma. Y la roca duele. Un sí que se mezcla con mis peros, con mis dudas, con mis miedos, con mis resistencias. ¿Cómo seré capaz de decir sí siempre? El corazón tiembla. Duda. Desconfía.  

Mi sí no es como el de María. El mío se aferra a la roca, al agua en calma del lago, a la madera de mi barca. Pero vuelve a retumbar con fuerza en mi garganta. Digo que sí. Brota del pozo de mi alma un sí profundo y sereno. Paz sagrada. Se hace fuerte la entrega en la hondonada de mi corazón. Como un grito que dice que sí a la vida como es hoy. Como es ahora. Diferente a aquella que esperé un día. Es mi sí a mi historia, a mi vida, a mi camino, a mis renuncias, a mis miedos. Y pronuncio mi sí en el lugar sagrado de mi alma. Allí donde sólo Dios entra de puntillas. A recoger en sus manos abiertas mi respuesta. Lo hace en silencio respetando siempre mi libertad, que es sagrada. Quiero repetir que quiero amarlo en medio del hondear de las velas de mi barca. En medio de todos mis dilemas que turban mi mirada. En medio de mis retrasos y ausencias. Me postro de rodillas ante la imagen de Jesús hecha carne en la historia. Escucho en silencio su voz calmada que me dice cuánto me ama. Y que no tema. Que confíe. Guardo bien dentro de mi alma su sí lleno de amor. El sí que da seguro a mi vida para siempre. Me impresiona. Yo entrego mi sí que renuevo otra vez, tembloroso, ante las piedras sagradas. Y me quedo tranquilo sabiendo que la vida es larga, es eterna. Y los días son tan cortos que se me escapan entre los dedos. Y mi sí sólo tiene valor en este presente caduco. Basta para el sí del día que se apaga al llegar la puesta de sol. Quizás es suficiente con ese sí sencillo. Un sí con semilla de eternidad que se renueva cada mañana. Contemplo callado la piedra testigo del sí sagrado de María. «Hic, nunc». Aquí, ahora. Así sucede todo. En una hora exacta. En un momento preciso. El Verbo se hace carne en el vientre de María y cambia todo de golpe en presente para la vida del hombre, para mi vida. No cambia sólo por fuera, cambia por dentro. Así suele ser con las cosas importantes. Las que suceden dentro del alma, aunque parezca por fuera que la vida sigue igual y que nada ha cambiado. Pero no es así. María pronuncia un sí definitivo. Y un no a lo que no es verdadero. Algo cambia en la tierra sagrada que piso. Algo cambió ya entonces. Algo sigue cambiando en medio del desprecio y la ignorancia. La vida ya no sigue el mismo rumbo que antes. De repente algo se rompe en la roca. Una hendidura. Una grieta por la que corre una vida nueva. Algo comienza. Algo muere. Algo nace de entre las cenizas y las lágrimas. Un nuevo camino se convierte en propuesta de vida para todo hombre. Un camino hollado que quiere volver a ser hollado. Una y mil veces. Tantos síes en cadena a lo largo de una historia santa. Jesús necesita mi sí. Sé que todo sucede en lo profundo de mi alma antes de que pueda tener un eco en el mundo que me rodea. Como esa canción cantada suavemente sin que todos la escuchen, sólo algunos. Poco importa. La vida pasa y queda mi sí grabado sobre roca. Y también queda mi no. Mi respuesta sincera. Una o la otra. Mi decisión firme para amar o no amar. Es la decisión que de verdad importa. Y el corazón se calma y sueña cuando abraza el sí. Se arrodilla y busca. El sí es un sí a la vida verdadera, eterna, llena de esperanza. Entre las sombras surge un rayo de vida. Un momento decisivo en el que digo que sí de nuevo. Con los miedos sujetos en mis manos. Para que no se escapen. Para que no hagan daño. Y me alegra la mirada confiada de María puesta sobre mi vida. Cree en mí más que yo mismo. No sé muy bien por qué confía tanto en mis palabras, en mis obras. Cuando me ha visto tantas veces tambalearme y caer. Pero cree en mí más que nadie. La mirada humana de los que creen en mí también suma, construye mi pobre confianza. Yo que sigo dudando tanto de mí mismo. El silencio de muchos me sostiene. Y mi propio silencio mientras digo muy quedo que sí. Que amo. Que le sigo. Que le entrego mi vida. Que quiero navegar en su barca. Por su lago. En sus tormentas. Caminar sobre las aguas. Soñar despierto. Sí. Una vez más. Para siempre. No me importa el tiempo. Ni el dolor ni el cansancio. Sigo a Jesús por los caminos. Para siempre.

El desierto y la sed. El lago y el torrente. El alma anhela el cielo y se arrastra por la tierra. Como dice una canción: «Como busca la cierva corrientes de agua, así mi corazón te busca a ti, Dios mío». Tengo sed en el alma y busco fuentes que calmen la sed, corrientes de agua. Tengo una sed profunda que nada logra saciar. Sed de un agua pura que lo llene todo por dentro y calme mis ansias para siempre. Quiero un mar dentro de mí. No fuera. Quiero un agua viva que calme para siempre mi inquietud. Un pozo que no deje nunca de fluir dentro del alma. Y me adentro en el desierto buscando corrientes de agua. Entre las rocas. Bajo un calor asfixiante. Ese mismo desierto que recorrieron los pasos de Jesús. Tan cerca de Jericó, tan cerca del río Jordán. El desierto me contempla lleno de ciervas que buscan corrientes de agua. Lleno de grutas escondidas en la arena en las que el alma se enfrenta con la soledad más fría, más dolorosa. Sintiendo el silencio pesado. Caminando con la incertidumbre y el miedo. Y siento una sed que duele muy dentro. Es esa sed de un agua que pueda calmar el fuego que calcina mis huesos. En medio de un desierto tan cerca del río. Es tan duro ese calor lleno de voces en medio de la arena. Unas voces de Dios susurrando respuestas. Otras voces del demonio insinuando tentaciones. Mi corazón duda de todo en el desierto. Junto al río sentía el calor del amor de Dios. La plenitud del Espíritu. La luz del sol y el cielo abierto. El agua llenando mi pozo vacío, regando mi tierra reseca y baldía. En el río tenía menos miedo y más paz. Más alegría repentina. Más abrazos firmes. Pero en el desierto duele la arena ardiente en el alma, en los pies. Y las piedras arañan mi piel cansada. Y me veo tan solo en medio de los vientos que surcan la arena. ¿Cómo puedo seguir las huellas de Jesús amando por los caminos cuando apenas distingo sus pasos? El camino pasa junto a mí dejando a un lado el río y a otro lado el desierto. Y asciende de Jericó a Jerusalén. O baja de Jerusalén a Jericó como ese hombre que bajaba a Jericó y lo atracaron. Y Jesús en su parábola me explica quién ese prójimo al que tengo que amar. Y yo no lo conozco, no sé bien quién es. Porque asocio mi prójimo a mi amigo cercano, al que me favorece, al que me agrada. Ese es próximo a mi vida. Me hace bien. Pero Jesús me dice que mi prójimo es ese hombre tirado al borde del camino. Entre el río y el desierto. Abandonado a su suerte. Despreciado por todos. Con sed en el alma y en el cuerpo. Sin agua con las que limpiar sus heridas y calmar sus ansias. Un hombre solo en medio de la tarde, o de la noche. Solo y desconocido. ¿Cómo va a ser ese mi prójimo, cuando yo voy con prisa y no lo conozco? No forma parte de mi vida. Como tampoco forman parte de mi camino tantos hombres solitarios que cruzan mi tierra. Yo paso de largo porque pienso que son lejanos, que no están lo suficientemente cerca de mis intereses. Y mi amor es escaso, no basta para mover mi misericordia. O pienso que no es mi momento para tender una mano y perder el tiempo. No quiero complicarme la vida y tener que cambiar mi agenda. Y empezar así una aventura de misericordia cuando estoy acostumbrado a pensar en mí, en mi vida, en mis problemas, en mis próximos afables y cercanos. Los que no dan problemas. Pienso en todo lo que está más próximo a mi deseo. Y me olvido de los que siento lejanos. No me incumben sus problemas. No me atan sus necesidades. Sigo de largo por el camino que baja a Jericó. O asciende a Jerusalén. No me detengo. Y mi vida sigue siendo ese camino que recorro por esta tierra que discurre entre el agua y la sed. Entre el sol y las sombras. Entre el mar en calma y la tempestad violenta. Así suele ser en mi vida. No todo es paz. No todo es lucha. Y en ese camino incierto confío. Como siempre lo he hecho. Cuando tengo sed confío en que Jesús calmará con su agua mi agonía. Cuando me sienta incapaz de calmar las aguas. Suplicaré que su voz siembre la paz en lo más hondo. Y no dejaré de mirar a ambos lados de mi camino buscando sus huellas. Buscando prójimos a los que amar y socorrer saliéndome de mi ruta, de mi plan marcado, de mis planes. No pierdo la esperanza de encontrar a mi prójimo. Y en mi prójimo veré su rostro, el de Jesús. Es lo que importa para amar de verdad como Jesús me ama. Busco al herido desde mi propia herida. Al sediento en medio de mi propia sed. Al que se hunde estando yo hundiéndome en aguas revueltas. Es la actitud de mi corazón la que importa. Es mi mirada la que de verdad cuenta. Importa mi capacidad de amar y entregarme. El amor que se hace entrega es el que vale. Como el de Jesús perdonando en la cruz. Es el amor humano roto en lágrimas el que de verdad sana y purifica. El amor que carga con el caído, con el herido, sin importar nada más. Cuando me acerco al herido, se vuelve próximo. Deja de estar lejos. Me importa. Y entonces ya no cuentan ni el tiempo ni el esfuerzo. El amor verdadero no mide, simplemente se da. No lleva cuentas, respeta. No espera, simplemente ama. Y lo da todo a cambio de nada. Porque así es Dios conmigo. Me ama con locura y sin esperar nada de mí. No busca que sea perfecto. No quiere que lo haga todo bien. Quiere sólo la respuesta tímida de mi amor pequeño. Por eso me lleva al desierto para seducirme. Oseas 2,16: «Por eso yo voy a seducirla; la llevaré al desierto y hablaré a su corazón. Y ella responderá como en los días de su juventud». Así hace Jesús con mi alma. Me conduce al desierto para renovar el amor de mi juventud. Mi primer amor. Y me adentra a la vez en las aguas del río o en el mar revuelto para pedirme que confíe, que no tema, que Él me ama como a su hijo predilecto. Eso me basta para poder yo amar a los que pone en mi camino. Eso me basta para resistir en el desierto la sed y la soledad. Por eso me confortan las palabras del P. Kentenich: «La filialidad nos ayuda a desarrollar una singular seguridad instintiva y una capacidad de acertar en lo correcto. Nos permite identificar con asombrosa seguridad la voz del Padre del cielo de entre millones de otras voces que nos interpelan tratando de seducirnos»[1]. En las aguas del Jordán he aprendido a ser hijo. Reconociendo su voz entre muchas voces. Abrazándome sutilmente a su cuerpo herido. Dios me lleva a lo más profundo de mi alma. En medio del desierto me seduce su voz. La reconozco. No quiero dudar que es Él llamando a mi puerta para que abra. Una y otra vez esperando ante mi puerta cerrada. No me seducen ya otras voces. No me dejo tentar por otros cantos de sirena que prometen lo que no pueden darme. Creo en la voz del Padre, del pastor de ovejas, del amante herido. Esa voz que me alza por encima de mis miedos y vértigos. Me saca de mi postración. Me lleva junto a su corazón herido. Y allí me sostiene hundiéndome una y otra vez en las aguas de su misericordia. Y calma mi sed cuando vago perdido por las arenas del desierto. Dios me ha conducido hasta allí para seducirme. Es su mirada la que me traspasa. Su amor verdadero que toma en sus brazos mi cuerpo herido, mi alma llagada, para sanarme. Es Él el que viene hasta mí. Reconozco sus pasos y su voz. Y su vida se convierte en paz en medio de mi camino. Y siento menos sed, y tengo menos miedo. Y confío en que Él es capaz de cambiar mi corazón y ensanchar mi mirada.

¿Cómo lograr amar con ese amor crucificado de Jesús? Miro su amor en la Cruz. Ese amor que me rompe por dentro. Ese amor clavado en una roca que se hunde en lo profundo de la tierra. La roca partida por el peso de su amor. Quiero tocar su carne inmaculada escondida en la roca. Su sangre vertida que me da una vida nueva. Su amor me desborda. Es desproporcionado todo lo que recibo. Sólo puedo mirar su costado abierto y dar gracias. Me invita a ir a su encuentro. A adentrarme en la roca hendida. A meterme en sus llagas abiertas en la cruz. Lo miro flagelado en su columna. Lo miro coronado como rey con espinas. Y vislumbro torpemente la hondura de un amor que es más que humano. Un amor que se abaja, que se pone a la altura de mi alma. Un amor que me pide que lo siga. Me dice que mi vida sólo vale la pena si la entrego. Sólo merece ser vivida si la doy. No vale si sólo la guardo por temor. Si escondo mi amor por miedo a perderlo. ¿Cómo es mi amor al hermano, al enemigo, al herido que sufre? Mi amor es muy débil. Amo cuando me aman. Digo que es amor, pero veo que sufro indiferencia. ¿Por qué amo tan poco? Porque tengo un corazón herido. Duro y egoísta. Pobre y mendigo. Cerrado. Mi amor se busca a sí mismo por los caminos empolvados. Pretende ser amado antes que amar. Aceptado antes que aceptar. Elogiado antes que elogiar. Pero ni siquiera después de recibir se aventura a dar. Me siento insensible. Incapaz de sufrir. De compadecerme. De abajarme. Construyo una muralla para que no se acerquen. Yo no soy así en el fondo. Soy sensible, soy frágil, soy alma. Por eso no quiero volverme roca fría. Me da miedo que me vuelvan a hacer daño cuando siento que he sido herido. No quiero que me hieran en mi confianza cuando la entrego. No quiero quedarme frío sin amar por ese miedo tan profundo que tengo a sufrir. Quiero aprender a amar como Jesús me ama. Hoy escucho: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas». Quiero amar con ese amor misericordioso que es clemente y cariñoso con todos. Así es el amor de Jesús en su vida entre los hombres. La ternura que se hace carne en sus manos, en sus gestos. Quiero pedirle a Jesús que me enseñe a romper mi corazón, la coraza que me protege. Quiero suplicarle que pueda aprender a dejarme el alma hecha jirones entre los hombres que me cercan. Tantas veces me rodean. Quieren retenerme. Me desangran. Y yo no doy abasto. Y luego experimento el dolor de la traición. Por un beso. Por un supuesto amigo. Que me prometió fidelidad y luego olvidó sus promesas. Quiero amar con ese amor que es más grande que yo mismo, que mi carne humana. Porque es un amor que me desborda y hace posible lo imposible en mi vida. Quiero vivir el amor resucitado de un Dios que hace morada en medio de mi vida para sacarme de mi miseria: «Esta es la morada de Dios con los hombres: - Acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado. Y el que estaba sentado en el trono dijo: - Todo lo hago nuevo». Jesús lo puede hacer todo nuevo en mí cuando yo abro la puerta de mi sepulcro para que entre y me dé su vida. Él puede cambiar mi forma de mirar, de amar, de ser. Puede hacerme misericordioso y fiel. Me adentro en su sepulcro vacío. Donde vence la vida sobre la muerte. El amor sobre el odio. Y tocando la roca fría que me habla de la ausencia de su cuerpo y de la presencia de su Espíritu, me conmuevo. Porque el amor ha vencido al odio. La roca no ha retenido la muerte. El amor del Padre quebró la roca que quería cubrir su cuerpo para siempre. El vacío del santo sepulcro es la semilla de una vida que es eterna. Es la esperanza de los que creen sin haber visto. Es la luz para los que esperan lo imposible de la vida. Quisieron retener la vida eterna entre rocas. Y el amor fue más fuerte rompiendo la fortaleza de la piedra. El amor vence, aunque tantas veces me parezca que el odio tiene más fuerza. Porque el odio divide, enfrenta, grita, difama, agrede, insulta. Y la violencia parece gritar con más fuerza que el corazón pacífico. El odio me parece inmenso en comparación con una misericordia casi invisible. Me asusta el olor de la muerte. El olor del odio en la piel que traspira. El olor de la traición y de las negaciones. Quiero que venza en mi vida el amor. Por encima de mis miedos y condenas. Quiero perdonar con el amor de Jesús que abraza al ladrón de la última hora. Ese pobre hombre que vio a Jesús y creyó, cuando parecía imposible. Usó la ranura que se abría en aquel cielo tan negro. Y entró por ella. La fe era grande. Quiero esa fe que abre el cielo. Que empuja la puerta del paraíso. Ese amor es el único que les da sentido a mis pasos, a mis días. Si pudiera tocar el amor de Dios. Si pudiera ser testigo de su fuerza arrasadora. Si pudiera confiar en que el Señor se sube a la barca de mi vida para hacerme más dócil y fuerte. Confío. Me dejo hacer en sus manos heridas. Me adentro en la piedra que se abre. En el muro que se rompe. Lo necesito. Quiero destruir los muros que separan, aíslan y dividen. Los muros del odio y del rencor. Los muros de la envidia y la rabia. Lo entrego todo en la piedra vacía del sepulcro. No está su cuerpo. Jesús vive. Allí toco su amor pegado a la piel de mis manos que acarician la piedra ungida.

Jesús me pide que ame como Él me ha amado: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como Yo os he amado, amaos también entre vosotros». Ese mandamiento de Jesús siempre me descoloca. Yo estoy más acostumbrado a mandamientos concretos que prohíben y piden. No hagas esto. Haz mejor esto otro. No traspases la línea que marca lo que es correcto. Haz lo que todos esperan que hagas. No seas violento. Sé pacífico. No hagas lo que no te gusta que te hagan. Haz lo que es un bien en sí mismo. Prefiero las normas precisas que marcan el camino a seguir. Un sí o un no. Algo fácil de saber. Sin ambigüedades. Así logro saber cuál es el camino recto y dónde hay curvas. Entiendo lo que Dios me pide porque otros me lo definen. Sé bien lo que corresponde porque otros me lo mandan o prohíben. Y así me hago dependiente de que alguien me diga lo que está bien y lo que está mal. Necesito un juez a mi lado continuamente. Alguien que determine si voy por el camino correcto o me estoy saliendo del redil. Tal vez soy infantil en mi forma de enfrentar la vida. No sé interpretar las voces de Dios y saber lo que me pide Él. S. Ignacio de Loyola tuvo también esa lucha en la búsqueda de su camino: «Socórreme, Señor. Dime qué tengo que hacer. Sea lo que sea, lo haré. Si me mandas correr detrás de un perrillo, iré. ¡Pero háblame!»[2]. Y poco a poco fue descifrando dónde Jesús le pedía el máximo amor. ¿Cómo puedo cumplir ese mandamiento de Jesús que me rompe por dentro? No es concreto. No está limitado a ciertos parámetros claros y establecidos. Es demasiado amplio. No tiene un manual. No logro saber si hago lo correcto. Me cuesta amar como Jesús ama. Miro su camino a la cruz. Su amor hasta el extremo. Tanto había deseado cenar con los suyos esa noche. Pero luego veo la traición. La prisión. El juicio injusto. El abandono de los suyos a los que tanto había amado. Por miedo. Jesús lo sabía esa última noche que vivió solo en la cárcel de la casa de Caifás. En la oscuridad de esa cisterna perdonó las negaciones de Pedro, la ausencia de los suyos. Más aún, Jesús quería salvarlos. Que nadie les hiciera daño. Porque su amor era hasta el extremo. Y el extremo pasa por la obediencia, por dejarse hacer, por dejarse llevar por esos escalones que tantas veces caminó con sus discípulos libremente. Pero ahora el amor extremo exigía dejar de hacer para ser llevado. Otros decidían por Él. Y lo hacían injustamente. Lo juzgaban sin pruebas. Lo condenaban por odio. Y Él respondía con silencios en esa noche de dolor. De oscuridad. De latigazos. De corona de espina y burlas. Su rey juzgado injustamente. La soledad de una noche. El misterio de ese amor hasta el extremo. ¿Dónde quedan las normas precisas? ¿Está bien dejarse matar injustamente? ¿El amor exige que me lleven donde no quiero ir? ¿Tengo que renunciar por amor hasta el extremo? ¿No puedo decir basta y gritar que no es justo, que no es lo correcto? Veo ese amor crucificado, ese camino eterno hasta el calvario. Por calles llenas de colores, ruidos, olores. Donde no veo acogida de un amor inmenso. Veo solo indiferencia, odio, miradas que no miran, oídos que no oyen. Y el amor más grande pasa ensangrentado ante sus ojos. No lo ven. ¿Tengo que amar como Jesús me ama? Imposible. Esa desproporción yo no la sé vivir. Yo estoy acostumbrado a responder con abrazos al abrazo. Con sonrisas a la sonrisa. Con palabras suaves al que no me grita. Pero reacciono con violencia ante la injusticia, grito cuando me gritan. Odio cuando me odian. ¿Cómo podré amar como Jesús me ama? Su mandamiento me desconcierta, me parece imposible. San Basilio magno dice en su regla: «Habiendo recibido el mandato de Dios, tenemos depositada en nosotros, desde nuestro origen, una fuerza que nos capacita para amar. En efecto, un impulso natural nos inclina a lo bueno y a lo bello, aunque no todos coinciden siempre en lo que es bello y bueno; y, aunque nadie nos lo ha enseñado, amamos a todos los que de algún modo están vinculados muy de cerca a nosotros, y rodeamos de benevolencia, por inclinación espontánea, a aquellos que nos complacen y nos hacen el bien». Es cierto. Llevo en mi corazón la tendencia a amar al que me ama. Pero no tengo la capacidad de amar al que no me ama. Ese don es el que Dios me tiene que dar. Y menos aún tengo la capacidad de amar con el amor de Jesús. Ese amor extremo que no mide las consecuencias de su entrega radical. No mide. No calcula. No lleva cuentas. Me desconcierta. Quiero acoger hoy en mi corazón lo que Jesús me manda. Su deseo de que ame a su manera, en sus términos, sin tanta claridad ni precisión. La ambigüedad se convierte en un horizonte que se abre al infinito. Me desconcierta y me llena de esperanza al mismo tiempo. Es el amor que quiero recibir. Es el amor que quiero dar al que encuentro en mi camino. Un amor eterno que me lleva al cielo.

Necesito alcanzar un amor que se juegue en el amor a mi hermano. A mi amigo. Un amor por el que me reconocerán los que me conozcan: «La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros». No me conocerán por el cumplimiento de las normas. Sabrán quién soy y a quién pertenezco por la señal de mi amor. El amor que profeso a mi amigo. Porque Jesús amó a sus amigos. Amó a los que más lo necesitaban. Así era el Jesús al que siguió S. Francisco: «No es el Rey del Universo, sino el que se ha hecho hombre; no lo espera el excelso, sino el solidario. No es el Rey de Reyes, sino el amigo de los pequeños, los caídos y los repudiados el que le toca lleno de amor, como poco antes le había abrazado el leproso»[3]. Un Jesús que camina con sus amigos. Que va a Betania a descansar con los hermanos a los que ama, Marta, María y Lázaro. Un Jesús que se abaja al nivel del que sufre, del mendigo, del enfermo, del herido. Ese amor es el que yo deseo. Un amor que me lleve a dar la vida. Quizás en eso consiste la santidad. En amar sin egoísmos, sin divisiones, sin barreras. Ese amor es el que necesito para vivir. Por ese amor quiero entregar mi vida. Miro a Jesús en el huerto de los olivos. El momento del amor extremo. Después de lavarles los pies, acepta el paso más difícil de su vida. Lc 22,42: «Padre, aparta de mí este cáliz. Pero que no sea lo que yo quiero sino lo que quieres Tú». Mi vida se juega en momentos concretos. En un aquí y en un ahora. Un «hic et nunc». Es cuando se juega mi amor. Mi amor por Jesús. Mi amor por mi hermano. La santidad consiste precisamente en elegir y amar lo que estoy viviendo ahora. Dejar mis miedos en las manos de Dios y abrazar el hoy que Dios me pide. Lo que Él quiere. A menudo me abrazo egoístamente a mi querer. Lo que yo quiero. Lo que deseo. Lo que pretendo conseguir a fuerza de voluntad. Lo que quiero parece tener más fuerza. Es más firme. Y escucho en mi interior el querer de Dios. Lo que quiere para mí porque me quiere. El plan de salvación para mi vida. Él me quiere con toda su alma. Y yo me creo que con frecuencia no es así. Cuando experimento pérdidas. O siento que me dejan solo. O sufro porque estoy solo. Y entonces me rebelo contra ese Dios que parece amarme. Pero no lo muestra. Hoy vuelvo a escuchar su voz en su corazón. Quiero lo que Él quiere. Y clamo en mi angustia: «Dios mío. No me abandones. Vela mis pasos. Cuídame». Quiero querer lo que Él quiere. Quiero abrazar mi presente como es hoy. Mi ahora. Mi aquí. El momento de mi historia que es sagrado. Porque Dios me habla en una historia sagrada que va tejiendo conmigo. Me quiere con locura y no me deja solo. Cuida mis pasos. No dejará que me pierda nunca. Y hará crecer ese amor mío tan mezquino. Querer lo que Dios quiere es un salto en mi capacidad de amar. Me ensancha la mirada. Me vuelve más generoso con esta vida que me ha dado. Para que ame. Para que me reconozcan por el signo de mi amor. Por mi forma de amar hasta el extremo. Como Jesús, que puede perdonar desde la cruz. Quiero inscribirme en su corazón herido para tener sus sentimientos. Para amar con su amor. Más grande que mi amor herido. Frágil. Pobre. Quiero reconocer los miedos y egoísmos que no me dejan amar. Que no me dejan salirme de mis rigideces. Un amor que exige dar saltos de confianza y lanzarse a un vacío en las manos de mi Padre. Porque Él siempre me espera y cuida mi vida. En eso confío. Él me ha amado primero y por eso puedo repetir su sí. Porque su amor hace posible mi confianza. Y esa confianza me lleva a amar mi vida como es. Y a amar a mi hermano en su pobreza.

 



[1] J. Kentenich, Un paso audaz: El tercer hito de la familia de Schoenstatt, Rafael Fernández

[2] José María Rodríguez Olaizola, Ignacio de Loyola, nunca solo

[3] Niklaus Kuster, Francisco de Asis: el más humano de todos los santos

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