Homilía del padre Carlos Padilla - 2 de junio de 2019

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Domingo 2 de junio de 2019 | Carlos Padilla

Domingo de la Ascensión

Hechos de los apóstoles 1, 1-11; Efesios 1, 17-23; Lucas 24, 46-53

«Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse»

2 junio 2019 P. Carlos Padilla Esteban

«Prefiero el paraíso. Que no se turbe mi corazón al mirar al cielo. Sólo tengo que confiar y saber que Jesús va a hacer todo nuevo en mi alma. Va a limpiar mis tristezas. Va a hacerme más libre»

Me dicen que Dios quiere que esté contento siempre. Que sonría, que dé paz, que no me altere. Me siento ante el precipicio de tantos imposibles. ¿Dios me quiere menos en mi tristeza? No lo creo. Se conmueve con mis lágrimas. Y me abraza cuando me pierdo. Me gustaría estar siempre bien. Pero no puedo. Dios quiere que sea feliz, eso lo sé. En líneas generales. Quiere que no deje de soñar con las alturas y viva sin conformarme con lo que ya he conseguido. Quiere cuidar mis sueños de aventuras. Quiere que confíe en lo que puedo llegar a ser cuando la semilla que hay en mi interior dé fruto, dé hojas, dé tronco y ramas, dé flor. Y poco a poco llegue a ser la mejor versión de mí mismo. ¿No es eso acaso lo que consigue en el amado el amor del que ama? Saca su mejor yo. Despierta sus fuerzas ocultas. Hace brotar vida donde antes estaba todo dormido. Sueño con una vida plena y feliz. Sé que necesito una actitud positiva ante la vida. Decía el tenista Rafael Nadal: «No te quejas cuando juegas mal, cuando tienes problemas, cuando tienes dolores. Pones la actitud correcta, la cara correcta. Vas a la pista todos los días con la pasión de seguir entrenando. Ese es el trabajo mental. Es algo que he hecho durante toda mi carrera, no frustrarme cuando las cosas no han salido bien, no ser demasiado negativo. Por eso he tenido siempre la oportunidad de volver». No quejarme. No cambiar la cara. Sonreír. Volver a levantarme. No amargarme. No perder la ilusión. Es tan fácil desilusionarse. La vida no es tan sencilla como pensaba siendo niño, joven idealista. Entonces mis planes parecían perfectos trazados sobre un mar inmenso. Luego vinieron las tormentas, las dudas, los fracasos, las desilusiones. Y perdí el camino. ¿Qué quiere Dios de mí? Me dio miedo arriesgar más de lo que tenía. Me aferré en mi bote de náufrago a mis últimas posesiones. No quería soltarlas. ¿Y si las aguas se llevaban lo último que era mío? Me negaba a dar la vida, a soltar el timón. No me creo que pueda caminar sobre las aguas. No confío en que mi voz logre apaciguar las olas. Ni tampoco creo en pescas milagrosas. La vida da muchas vueltas, lo sé. Y sé que puedo estar más tarde donde tanto temía llegar. O al revés, recuperar mi lugar soñado. Intento inventarme una historia preciosa para así alegrar mi corazón herido. Cuando estoy triste. Una historia de aventuras. De buenos y malos. De victorias heroicas. Sueño despierto mirando el cielo abierto. Apenas algunas nubes enturbian mi futuro. Deseo la felicidad plena. La alegría dibujada en mi rostro. Miro a Jesús que me mira conmovido. Él quiere que yo sea feliz. Quiere que me levante después de cada caída. Su mirada me salva, me sana. Me asustan las palabras de Santa Teresita: «He encontrado la felicidad y la alegría en la tierra, pero únicamente las he encontrado en el sufrimiento, pues he sufrido mucho»[1]. Su sufrimiento fue fuente de felicidad. No estoy acostumbrado a esa vivencia. No lo entiendo. Asocio la felicidad a poseer para siempre y sin pausa el bien que más amo y deseo. Pero esa es sólo una parte de la felicidad que el mundo me insinúa. Hay una felicidad más profunda. La que va unida a los sentimientos de Jesús. La felicidad del que da es mayor que la del que recibe. La felicidad del que entrega la vida por amor. Sin esperar nada a cambio. La sonrisa de la madre abrazada a su hijo herido. La alegría del que se entrega para liberar a los que ama. La mirada pacífica de Jesús alzado en lo alto de un madero. ¿Cuándo aprenderé a entender el misterio del amor crucificado? No sé si será tarde para cambiar mi vida. Sólo espero que sufriendo pueda sonreír. Sin quejarme al ver continuamente mis límites que me paralizan. La actitud correcta ante la vida. La cara positiva. ¡Qué fácil es quejarme cuando me creo el centro del universo! Nadie sufre tanto como yo, pienso. A nadie le van tan mal las cosas. Sólo yo he tocado la cruz y el dolor. Sólo yo, que estoy enamorado de la vida. Si lograra descentrarme. Miro a las personas en función de lo que me dan. Me sirven. Me aferro a ellas. Soy yo el centro. Ellos un faro, o una luz. Y soy feliz si no las pierdo. Infeliz si no están. Miro a Jesús clavado en un madero. Sonríe levemente. O al menos así lo veo. Me parece imposible. Su mirada me hace soñar con lo que aún no tengo. Si lograra soñar con las cumbres más altas.

No sé muy bien si es de Dios todo lo que me piden. No sé si cuando obedezco a los hombres estoy obedeciendo a Dios o son sólo planes humanos. No sé si está Dios presente cuando me dejo llevar por las voces que escucho en mi interior. No sé si todas las voces son la suya o sólo llevan su firma algunas. He escuchado a menudo: «El que obedece no se equivoca». Dándome a entender que el que manda es el que puede cometer el error y no yo. Me parece confuso. Esa mirada también me turba. En la serie AD, Anno Domini, el centurión romano Cornelio, cuando le recriminan por haber matado a hombres inocentes por orden de Pilato, simplemente exclama: «Sólo obedecí las órdenes. Así se ha extendido el poder romano. Con hombres como yo que no cuestionan las órdenes». Un hombre que no piensa por sí mismo. Que no pone en duda el valor moral de la norma. No discute, sólo ejecuta las órdenes que le dan aunque supongan la muerte de inocentes. Yo no quiero ser así. No quiero ser un robot, un autómata que espera órdenes para actuar. Sé que el pecado en mi alma ha debilitado mi voluntad. No soy dueño de muchos de mis actos. No hago a menudo lo que de verdad quiero hacer. Desobedezco a Dios en mi interior y a los hombres que me rodean. No obedezco ciegamente. Me pregunto si detrás de una orden, un consejo, una petición resuena o no el querer de Dios. Leía el otro día: «Los dos últimos mandamientos dicen no desearás, lo cual parece hecho a propósito para despertar profundamente el deseo. Lo prohibido atrae, mientras que la virtud parece monótona y aburrida. Hablando de la vida eterna, Oscar Wilde, con el punzante sarcasmo que le caracterizaba, observaba: - Prefiero el paraíso por el clima, y el infierno por la compañía»[2]. Hacer el bien parece más aburrido que desear lo que no me corresponde. La obediencia ciega a lo que Dios me pide como renuncia me parece excesiva. Obedecer va más allá de normas concretas y negativas. Es el espíritu de la obediencia el que quiero cuidar en mi interior. Leía el otro día: «Obediencia es aceptar con amor los acontecimientos de la vida como providencia. Las luchas y desafíos, con confianza. El Espíritu Santo viene sobre nosotros. Dios no nos mandará nada sin la gracia que necesitamos para vivirlo»[3]. Entiendo entonces que mi vida está en las manos de Dios. Sólo Él sabe lo que a mí más me conviene. Conoce mi alma herida y sabe por dónde tengo que caminar para ser más feliz y pleno. Obedecer lo que me hace bien parece fácil. Lo complicado es darle el sí a aquello con lo que no contaba. Me abro al amor que Dios derrama en mi alma aun cuando viene cubierto de espinas. La renuncia es parte de la obediencia por amor. El sí a mi realidad como es, es un salto en el vacío. Me parece que obedecer a Dios es sencillo cuando mis deseos coinciden con los suyos. Pero cuando expresan prohibiciones mi corazón se turba. ¿Prefiero la compañía del infierno? Me vuelvo limitado en mi entrega. Pobre en mi sí ante Dios que me pide que dé un salto de fe y de amor. Comenta el P. Kentenich: «Una sana obediencia deja margen a la franqueza»[4]. Me gusta esa obediencia familiar en la que puedo expresar lo que siento, lo que veo. Mis reticencias, mis miedos. Si no puedo hablar, ¿cómo voy a obedecer como un cadáver? Una obediencia así me quita la paz. Una obediencia en la que puedo ser yo mismo siempre es la del niño ante su padre. Dice lo que piensa. Y al final puede obedecer con el corazón tranquilo. Pero no se ha guardado nada en su corazón. Es importante ejercer mi franqueza. No quiero ser un soldado que no piensa, que no tiene opinión propia, que sólo ejecuta lo mandado. Quiero mantenerme firme en mis valores, en mis criterios, en mi aspiración a la santidad. No quiero dejar de lado todo lo que soy por obedecer ciegamente. Pero al mismo tiempo quiero aprender a dar el sí a lo que me piden. Asumir lo que me mandan, prohíben o animan a hacer o dejar de hacer. Decía el P. Kentenich que la obediencia «no equivalía a debilidad, sino que suponía una fuerza mayor, cumbre de una sana energía»[5]. Obedecer supone un cambio de vida. Seguir caminos diferentes a los pensados. Obedecer el querer de Dios oculto en las voces de los hombres. No es débil el que obedece. Hace falta tener un corazón fuerte para obedecer hasta las últimas consecuencias. Mi corazón desea hacer sólo lo que desea. No quiere el mal que me hace sufrir. No anhela dar la vida si conlleva sufrimiento. Me da miedo no obedecer por egoísmo y comodidad. Me refugio en la protección de mi zona segura. Aquí estoy bien. Aquí soy yo mismo. Y no quiero que me cambien los planes. No quiero obedecerle a Dios. No deseo obedecer a los que no conozco. Jesús me mira y confía en todo lo que puedo llegar a hacer.

Me sorprende el poder que tiene la sospecha. Dudo de una persona, juzgo en mi interior. Interpreto sus miradas, sus silencios, sus palabras. Y no sólo interpreto los hechos por su apariencia. Voy más allá, creo teorías, emito juicios. Saco conclusiones. No me lo callo, lo cuento. La sospecha se extiende como la niebla, como las aguas del río que se desborda. Mis palabras crean realidades. Y la sospecha se hace fuerte. Desconfío de esa persona por lo que hace, por lo que dice. Yo mismo puedo caer bajo sospecha. O hacer que otros caigan con mis juicios dichos en voz alta. Pienso en Jesús al que llamaban borracho y comilón, porque comía con prostitutas y pecadores. Él mismo estuvo bajo sospecha. Quiero mantener mi fama impoluta. Y no es posible. Por más que lo intento. Jesús pasó haciendo el bien. ¿Por cuál de sus obras buenas lo condenaron? Por ninguna. Lo condenaron a muerte porque estaba bajo sospecha. Era sospechoso como un posible revolucionario. Con sus actos podía acabar con el poder romano. Con sus palabras ponía en duda la seguridad de los fariseos. En ocasiones estoy yo herido. Porque no he sido querido. O porque me han querido mal. Y tiendo a juzgar a los que no me quieren como yo quisiera. Expongo mis sospechas y mis dudas. Creo famas a otras personas, merecida o inmerecidamente. No importa. Una vez derramada el agua es difícil volverla a recoger. Corren los rumores como plumas llevadas por el viento. A veces puedo estar en lo cierto. Mi juicio, mi interpretación fue la correcta. Otras veces puedo estar errado. Pero no voy a la persona de la que sospecho para decírselo, para ayudarlo. Se lo digo a otros. Creo una opinión. Acabo con su fama. Tengo que vivir en verdad. Vivir feliz con la vida que tengo. Sin juzgar, sin condenar. No me tiene que inquietar tanto perder la fama. Así le ocurrió a Jesús. Pero me asusta. El miedo a que la sospecha entre por la ventana de mi vida. Quiero vivir en Jesús y descansar en Él. Sólo Él conoce mi corazón. A Él no le temo. A los hombres algo más. Mis miedos me pueden quitar la paz. Y dejo entonces de ser yo mismo. Ya no actúo con naturalidad. Me da miedo lo que piensen, lo que digan, lo que opinen. Es como si quisiera agradar a todo el mundo. Estar a bien con todos. ¿Es posible tener un corazón universal como el de Jesús? También a Él lo criticaron. Pero me asusta a mí más que a Jesús. Es como si quisiera conservar en un frasco de cristal la opinión de todo el mundo. Es todo tan frágil y fútil. Estoy de paso. Me gustaría más que nada pasar haciendo el bien. Dejar al irme la huella en la tierra de mis pasos surcando este mundo. La vida entregada con paz. La vida que no quiere ser guardada. El miedo a perder. No lo quiero. Tengo el corazón ancho. No lo suficiente. No me caben todos. Eso quisiera. Se estrecha sin que me dé cuenta. Por las heridas o los rencores guardados. Tengo que perdonar a los que me hirieron con sus palabras, con sus desprecios, con sus sospechas. No lo sé. No tengo un corazón misericordioso como el de Jesús. Recuerdo las palabras del P. Kentenich: «Los hombres pueden ser muy grandes. pero Dios sólo los puede utilizar para sus fines, sus obras, cuando se vuelven pequeños»[6]. Yo no quiero ser muy grande. Quiero ser más bien pequeño. Y sé que las humillaciones me hacen pequeño, débil, frágil. No me ocurre lo mismo cuando me adulan, me alaban y consideran que soy imprescindible. No me ayuda la buena fama. Y las sospechas y las críticas, curiosamente, me vuelven más apto, más capaz de ser instrumento dócil en las manos de Dios. Me puede usar como quiere porque ya dejo de estar sujeto a mi deseo, a mi querer. Me vuelvo niño desvalido. Hombre pequeño que no sabe amar lo suficiente. Incapaz de dar la vida. Entonces Jesús puede usarme. Me preocupa demasiado lo que parece mi vida a los ojos del mundo. Dejo de pensar en ello y pienso sólo en lo que le parece a Dios. Me importa más su opinión, su juicio, su mirada. Miro mi corazón y me pregunto si estoy haciendo todo lo que Él quiere. Me veo tan limitado y cobarde. Tan apegado a la vida. A mis sueños, a mis deseos. Y tropiezo una y otra vez. Caigo ante los ojos de los hombres. No soy el que esperaban. Defraudo a los que me aman. Y también a los que no me quieren. Miro de nuevo a Jesús. Él sí me importa. Su juicio y su mirada. Su abrazo, su palabra sosteniendo mi vida. Miro a Jesús. Sin sospechas, sin nubes. Sólo busco la luz de Jesús que ilumina mis pasos, mi vida. Quiero aprender a confiar más en Él. En su abrazo, en su amor misericordioso. Me mira con paz, con alegría. Me mira sonriendo. Y su mirada levanta mis pasos para siempre. Dejo de preocuparme tanto por lo que el mundo dice. Busco en mi corazón la paz de vivir como Dios quiere que viva. La paz de mi coherencia. La paz de mis decisiones. Confío.

Cuentan que Felipe Neri, ante el ofrecimiento de cargos eclesiásticos decía: prefiero el paraíso. Frente a las tentaciones del mundo que tanto atraen. Frente al aplauso y el seguimiento de muchos. Frente al deseo de tenerlo todo en mis manos aquí en la tierra. Frente a todo eso que me inquieta tan a menudo. Frente a todo, prefiero el paraíso. Me veo preocupado e inquieto. Queriendo retener toda el agua del océano entre mis manos. Me frustro cuando no resulta. ¿Prefiero de verdad el paraíso? Lo dudo. Me gusta el éxito, que hablen bien de mí, que me sigan, que me aplaudan. Que vean mis publicaciones en las redes sociales. Que les importe mi vida incluso más que las suyas. Vanidad, todo es vanidad. Prefiero, o debería preferir el paraíso. Para no distraerme con la gloria de este mundo. Para no inquietarme cuando pierda la fama. Para no angustiarme cuando pierda lo que poseo. ¿No querían los discípulos retener a Jesús entre sus manos? «Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco». Hoy parece la tristeza la tónica dominante. Un domingo triste. Un domingo de ausencia. «Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo». Un domingo en el que Jesús asciende ante sus ojos. Jesús parte, se aleja entre las nubes. El corazón tiembla y se turba. ¿Cómo iban a ser ahora valientes? Lo habían perdido a Él. Al hombre que hacía milagros y multiplicaba la pesca. Al hombre invencible que había vencido a la muerte. Por eso la pregunta de los discípulos tiene cierta lógica: «Ellos lo rodearon preguntándole: - Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?». Claro, ahora era todo posible. Ya nadie podría matar al que había muerto y había vencido la muerte. Ahora sí vendría el reino sobre esta tierra. No habría nada más que esperar. Estos cuarenta días de apariciones habrían llenado sus corazones de esperanza. «Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios». Sí, podían ahora soñar. El cielo había bajado en la tierra. Ya no había nada que temer. Jesús estaba con ellos. Había comido con ellos. Les había dicho cuánto los quería. Habrían recordado tantos momentos alegres y bendecidos. Habrían comprendido que tenía que padecer la cruz para abrir la puerta del paraíso. Ya había vencido. Su corazón rebosaba seguridad. Ya tenían un hogar en la tierra. Jesús vivo entre ellos. Sé que mi corazón clama por un hogar. Es la necesidad de todo hombre. Decía el P. Kentenich: «El hombre sin hogar es comparable a una hoja de otoño en la acera, pisoteada por los transeúntes»[7]. Antes de ver a Jesús resucitado los discípulos se ocultan en el cenáculo, pero no tienen hogar. Viven con angustia y sin raíces. No tienen nada. Cuando Jesús se aparece en medio de ellos todo cambia. El cenáculo se convierte en hogar. Continúa el P. Kentenich: «Estar espiritualmente los unos en los otros. Eso es hogar; no es hogar el estar espiritualmente unos junto a otros ni en contra de los otros. Este concepto pone también de relieve los frutos del hogar: amparo y seguridad. El hombre que quiera tener un hogar en cuanto comunión espiritual con los demás, no sólo debe esperar recibir amparo y seguridad, sino que él mismo ha de brindar a otros amparo y seguridad»[8]. Sienten amparo y seguridad. Jesús les ha dado su corazón como un hogar seguro. Allí pueden descansar. Allí pueden encontrar la paz. Y ellos se han sentido seguros durante unos días. No demasiados. Por eso ahora sufren. Jesús asciende ante sus ojos y tiemblan. Ya no hay seguridad en esta tierra. El reino con el que sueñan parece que tiene que esperar. Se aferran a Jesús con los brazos crispados. Quieren retenerlo. Porque el amor es así. Posee. Pero el amor verdadero da libertad, no retiene. Los discípulos tienen que madurar en su amor para dejar ir a Jesús. Sólo entonces podrá suceder algo más grande en sus vidas. Solamente cuando se liberen de su egoísmo, cuando dejen de pensar cuánto van a echar de menos la carne de Jesús. Ahí podrán abrirse a su Espíritu. Mientras no lo hagan su corazón permanecerá cerrado. No tendrán hogar espiritual hasta que se dejen tocar por el amor del Espíritu Santo. Tienen que mirar más alto, como S. Felipe Neri. Tienen que preferir el paraíso. Estoy de paso en esta vida. Todo es vanidad. Mis días, mis angustias, mis quejas, mis miedos. Todo es vanidad porque pasa y no pesa lo que una pluma. ¿Cuánto cuentan para Dios mis días? En su presencia me siento pequeño. Miro al cielo mientras asciende Jesús ante mis ojos. Se lleva mis seguridades, mi abrigo, mi hogar. Se lleva todas mis raíces y pretensiones. Se lleva mis sueños en esta tierra. Todo es demasiado poco profundo. Todo es finito. Hoy es y mañana ya habrá sido. Y me inquieto en ese segundo eterno en el que pienso que se juega mi vida. Me angustio y pierdo la esperanza. Hoy miro al cielo y veo a Jesús que asciende ante mis ojos. Prefiero el paraíso que voy a compartir a su lado para siempre. Prefiero toda mi vida con Él en ese cielo que será una continuación preciosa de lo que aquí he comenzado a amar. Será un hogar hondo para siempre en el que no habrá término. Allí no habrá un después. Será una alegría permanente. Un estar los unos en los otros de forma ininterrumpida. Sin esperas, sin agobios. Todo será pleno, sin carencias, sin fracasos. Allí no habrá pecado, ni infidelidad. En Dios todo es amor. Y lo que no es amor será purificado. Miro al cielo en este día en el que también yo deseo retener a Jesús. En lo humano de mis sueños y pretensiones. Lo quiero retener en mis manos heridas. Para no estar solo. Para que sea ya el tiempo de su reino. Me abro a su Espíritu.

Jesús me dice que no tengo que saber yo el momento en el que va a actuar: «No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo». Me gustaría comprender esto en sus consecuencias. No soy dueño yo del tiempo, ni del momento. No decido yo cuándo y de qué manera se va a manifestar la misericordia de Dios. Él es el Señor del tiempo. Él sabe lo que me conviene. Yo sólo quiero ser enviado en su Espíritu. Dios sabe cuándo ocurrirá lo que ahora me inquieta. Me gusta mirar a Jesús sin pretender saberlo yo todo. No me toca a mí conocer sus momentos, sus planes. No soy yo el que decide cuándo comienza su reino. Es Él con su lógica para mí tan incomprensible. Les pide a los discípulos que se queden donde están sin cambiar nada: «No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que Yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo». Tienen que esperar la venida del Espíritu Santo: «Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto». Pero no saben cómo será. Eso siempre me conmueve. Esperan sin saber nada. Aguardan sin comprender. Tienen que estar allí en aquel cenáculo que ya no es hogar. Porque Jesús se ha ido al cielo. Pero no quiere Jesús que se queden tristes mirando al cielo: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse». Jesús me ve a mí también triste mirando al cielo. Ante sucesos difíciles en mi vida, ante lo incomprensible, me quedo paralizado, quieto mirando al cielo. Me quedo absorto, atormentado por mis angustias y temores. Me quedo apresado en mi tristeza y no miro más lejos. Jesús volverá, pienso, pero no sé cuándo. Escucho en mi corazón su voz que es un susurro. No quiero temer. No voy a estar solo. El Espíritu Santo llenará mi corazón inquieto, vacío, eso lo sé. A menudo, cuando estoy triste y no logro salir de mi corazón turbado, su Espíritu me calma. Me gustan las palabras del P. Kentenich: «Si en el sufrimiento sólo vemos la tristeza, el dolor, no lo resistimos. Dios quiere que, a través del sufrimiento, nos desengañemos de las cosas a fin de que nuestra alma se dirija hacia aquello para lo cual ha sido creada: para que vuele hacia sus brazos. El sufrimiento duro y abundante debe prepararnos para la unión con Dios y educarnos cada vez más para Dios»[9]. El sufrimiento me ata al cielo. Me poda como a la viña, para que dé fruto. Y dentro de mi corazón resuena con fuerza mi último deseo: prefiero el paraíso. No me aferro a lo que pierdo. Lo dejo ir. Sin tristezas. Porque el demonio es el que quiere que permanezca atado a mis angustias y miedos. Quiere que esté desasosegado. Quiere que pierda las fuerzas y el ánimo. Porque así soy poco eficaz. El corazón alegre sale con ilusión a llevar alegría a los hombres y no teme las dificultades. El corazón triste se encierra en su melancolía y vive sin esperanza, anclado en sus miedos. No quiero vivir así. Quiero que la alegría acabe con la tristeza que provoca en mí la ascensión de Jesús al cielo. No tengo que temer nada porque Él va a volver a quedarse en mi vida para siempre. Su promesa pascual cobra nueva vida dentro de mí. Es necesario que parta, que suba al cielo, para que me envíe su Espíritu Santo que me hará comprenderlo todo y me llenará el corazón de paz. En ocasiones creo que me aferro a personas, a cosas, a rutinas, a lugares. Me aferro a mi hogar, a mis sueños, porque me dan seguridad. Mi alma clama por poseer un lugar seguro en la tierra. Me dan miedo la soledad y el abandono. Tengo miedo a vivir sin raíces. Me siento como esos discípulos encerrados en el cenáculo porque Jesús ha ascendido ante sus ojos. ¿En quién van a creer ahora? Jesús quiere que se ensanche mi corazón. Quiere que el dolor me haga más de Dios. Más libre. Más maduro. Más pleno. Me siento como los discípulos cuando me enfrento a mis pérdidas, a las ausencias de seres queridos que ya han partido. Han ascendido al cielo y han dejado un vacío infinito en mi alma, en mi vida. Nada lo puede llenar. Ese dolor me entristece. Por eso miro hoy a Jesús buscando consuelo. Y sus palabras me llenan de luz. Tengo que seguir esperando, pero con una sonrisa en el alma. Alejo de mí los pensamientos negativos y las quejas. Prefiero el paraíso, me lo repito mil veces en el alma. Claro que sí. Que no se turbe mi corazón al mirar al cielo. Sólo tengo que confiar y saber que Jesús va a hacer todo nuevo en mi alma. Va a limpiar mis tristezas y egoísmos. Va a hacerme más libre.

Jesús asciende entre aclamaciones: «Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas. Pueblos todos batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo; tocad para Dios, tocad, tocad para nuestro Rey, tocad. Porque Dios es el rey del mundo». Jesús ha vencido al poder de la muerte. El mensaje de hoy es un mensaje de alegría y esperanza. No tengo que estar triste. Ha llevado mi carne mortal al cielo para hacerla inmortal. Para abrir para mí las puertas del paraíso. Jesús asciende y les da una misión a los suyos. Son testigos de su resurrección: «En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Así estaba escrito: -El Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Ellos se postraron ante Él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios». Me gusta pensar en los discípulos regresando felices a alabar a Dios. Me los he imaginado siempre tristes. Y estas palabras me conmueven. Con gran alegría salen corriendo, sin haber recibido aún el Espíritu. Me sorprende. Despiden a Jesús, lo ven partir, y sonríen. Cortan con lo que aman, y se alegran. Se abren a lo nuevo. ¿Qué vieron ese día? Yo me turbo cuando pierdo lo que deseo. Cuando me quitan lo que poseo. Cuando no puedo retener lo que amo. Me turbo, me inquieto, me angustio. Pero ellos volvieron a Jerusalén dando gracias a Dios y alabando su nombre. Me impresionan sus gestos, su mirada, su sonrisa. Se postran al verlo ascender entre las nubes. Y vuelven dando gracias a Dios y alabando. Son testigos de lo que han visto. Su misión es ser testigos. Mi misión es ser testigo. Testigo del amor que he recibido en mi vida. A menudo tengo planes propios. Sé lo que quiero y trazo una línea recta para conseguirlo. Y perder lo que he planeado me quita la paz y la sonrisa. A veces siento que Jesús asciende y no le veo. Se aleja y mi corazón se turba. Desaparece de mis ojos y no encuentro sentido a lo que me sucede. Me gustaría tener una mirada alegre, una sonrisa ancha que acabe con las tristezas y pesares. Me gustaría confiar más, creer más en la promesa que ha puesto Dios en mi corazón. Me duele romper, quiero sonreír. Cortar con lo que me ata y ancla. Quedarme sin pilares. Me da miedo esa soledad. Miro a los discípulos y quiero vivir como viven ellos, alabando. Yo también soy testigo de todo lo que he visto, de lo que he recibido. Era necesario que Jesús ascendiera en cuerpo y alma. Era necesario que partiera en mi propio corazón. Para mostrarme que Él es mi camino, el verdadero sentido de mi vida. Necesito comprender que estoy hecho para el cielo. Que allí me espera mi Padre y me aguarda con los brazos abiertos. Estoy hecho para el cielo. Soy ciudadano del cielo con los pies en la tierra y mi mirada puesta en Dios. Comenta el P. Kentenich: «La Santísima Virgen velará para que seamos en todo sentido una colonia del cielo. Hombres anclados en el más allá son hombres de visión clara, profunda, prudente. Ven cosas que otros no ven. Y son además audaces. La audacia es hoy tan importante»[10]. Quiero tener una mirada de cielo. Una mirada pura que vea lo bueno que hay en cada uno. Y vea la luz en la noche. La esperanza en la pérdida. Ya antes de recibir el Espíritu participan los discípulos del cielo. Ya están anclados en Dios. Y salen a predicar la conversión, el perdón de los pecados. Ahora Jesús sigue con ellos, de forma diferente. Esperan el Espíritu que cambie sus vidas: «Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros». Necesito implorar en estos días previos a Pentecostés que venga el Espíritu Santo sobre mí. Jesús me lo va a dar. Yo confío. Y abro mi alma.



[1] Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio, 66

[2] Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad

[3] Jacques Philippe, Si conocieras el don de Dios

[4] J. Kentenich, Niños ante Dios

[5] Kentenich Reader Tomo I: Encuentro con el Padre Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus

[6] J. Kentenich, 1957

[7] Herbert King, Nº 3 El mundo de los vínculos personales

[8] Herbert King, Nº 3 El mundo de los vínculos personales

[9] J. Kentenich, Las fuentes de la alegría sacerdotal

[10] Kentenich Reader Tomo 3: Seguir al profeta, Peter Locher, Jonathan Niehaus

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