Homilía del padre Carlos Padilla - 21 de julio de 2019

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Domingo 21 de julio de 2019 | Carlos Padilla

Domingo XVI Tiempo ordinario

Génesis 18, 1-10a; Colosenses 1, 24-28; Lucas 10, 38-42

«Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán»

21 Julio 2019 P. Carlos Padilla Esteban

«La alegría de mirar el bien del otro más que el bien propio. Sin buscar la simetría en el amor. Quiero aprender a dar hasta que me duela. Dar para hacer felices a los demás»

Tengo escondida en el alma una fuerza infinita que desconozco. Un volcán que a veces aparece en la superficie. Una fuerza escondida capaz de calmar el mundo a mi alrededor. O destruirlo. Puedo hacer todo el bien que quiero. Y también todo el mal que mi ira provoca. Lo tengo dentro de mí todo sin yo saberlo. Puedo romper y reparar casi al mismo tiempo. Soy capaz de lo peor y de lo mejor. Ni yo mismo me entiendo. Pero puedo vivir como vive mucha gente: «Mucha gente nunca sabrá nada más que lo que ve». Puedo no creer en lo que puedo llegar a ser. En esa fuerza oculta que habita en mí. Es fácil negar lo que hay en mi interior. Vivir hacia fuera sin enfrentar mis miedos y fantasmas. Sin pensar en el potencial oculto detrás de tantos muros construidos. Si creyera más en lo que puedo llegar a hacer. Si creyera en mi poder. Tengo dones que no siempre uso correctamente. Decía Franklin D. Roosevelt 11 de abril de 1945: «Hoy hemos aprendido en la agonía de la guerra que un gran poder conlleva una gran responsabilidad». Mis dones conllevan una gran responsabilidad en el uso que hago de ellos. No tengo que temer usar lo que Dios ha puesto en mi alma. Siempre hay un lado brillante y un lado oscuro. Puedo hacer el bien o el mal. Esa lucha sucede en mi corazón. Hay una leyenda Cherokee que habla de esta batalla en nuestro interior: «Hijo mío, la batalla es entre dos lobos dentro de todos nosotros. Uno es Malvado - Es ira, envidia, celos, tristeza, pesar, avaricia, arrogancia, autocompasión, culpa, resentimiento, inferioridad, mentiras, falso orgullo, superioridad. El otro es Bueno - Es alegría, paz, amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad, benevolencia, empatía, generosidad, verdad, compasión y fe. El nieto preguntó a su abuelo: - ¿Qué lobo ganará? El viejo Cherokee respondió: -Aquél al que tú alimentes». Los talentos conllevan la posibilidad de ser mal usados. Todo en la vida es así. No hay cosas totalmente buenas ni totalmente malas. Lo mismo sucede con las personas. Los que hacen daño es porque han sido heridos. No han perdonado al que provocó el daño. No se han perdonado a sí mismos. Así es en mi vida. Cuando me descubro actuando con maldad, con rabia, me quedo en silencio y pienso que hay algo en mí que no está en orden. Algo no perdonado, no sanado. Siempre hay algo. Cuando falta la paz hago silencio y busco dentro de mí. Abro los muros. Excavo en la tierra dura de mi alma. Recuerdo lo que no recuerdo. No busco culpables. Simplemente me enfrento con mis sombras buscando la luz. ¡Cuánto me limitan mis zonas oscuras! Allí donde no entra Dios a iluminar con la luz de su presencia. Me gustaría estar en paz conmigo mismo y no en lucha. Saber lo que me está pasando y no vivir como un ignorante de mi propia historia. Me conozco muy bien. Pero no basta. Quiero cubrir con un velo de perdón lo que me hiere. Tengo claro lo que decía Confucio: «La vida es realmente sencilla, pero nosotros insistimos en hacerla complicada». Hago complicado lo fácil. Me empeño en querer hacerlo todo bien. O en hacerlo a mi manera. Y no uso ese poder oculto que es el mío. ¿Cuál es mi don? ¿Cuál es ese talento que dejo de utilizar tan a menudo? Me da miedo su poder. Su fuerza oculta. Tal vez no estoy maduro para hacerlo fecundo. Y lo guardo por miedo a perderlo. Por miedo a su fuerza devastadora cuando me dejo llevar por el dolor que siento en el alma. Rompo todo lo que toco al no ser capaz de dominarlo. ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué elecciones en mi vida son las correctas? No es tan sencillo. Si pudiera confiar más en la misión que Dios me ha dado. Decía el P. Kentenich: «Si la grandeza de un hombre consistiese en imponerse ciegamente, entonces el elefante sería más grande que todos los hombres. La grandeza del ser humano radica en su capacidad de dominar sus instintos»[1]. Dominar la fuerza interior que hay en mí para sacar de ella un bien inmenso. Mi capacidad de amar es infinita, porque la ha sembrado en mi alma Dios, que es infinito. Quiero cuidar esa capacidad que tengo de hacer el bien. El mal solo aflora cuando en mi interior siguen doliendo el rencor, el odio, la rabia. Mi incapacidad de perdonarme y perdonar. Mi torpeza que no me deja limpiar las heridas más profundas. ¿Lo podrá hacer Dios en mí? Si quito las barreras que me atan y protegen. Por miedo a ser herido de nuevo. No controlo esa fuerza que tengo dentro. Esa fuerza inmensa para cambiar el mundo que me rodea. Esa capacidad de darme por entero a quienes amo. Sin medir, sin guardar. Sin temer ser herido o herir. El que ama sufre. El que es amado experimenta el dolor. No lo hago todo bien. La intención es sembrar el bien a cada paso. Quiero usar bien el poder que Dios me confía. Lo pongo al servicio de los demás con humildad.

En ciertos momentos de mi vida me encuentro cansado y no sé cómo descansar. Siento que me faltan las fuerzas y no logro calmar el alma. Se acumula el cansancio después de un largo esfuerzo. Intento descansar viendo pantallas, enganchándome a series, navegando por redes sociales. Pierdo el tiempo creyendo que así descanso. Pero no lo logro. Sigo cansado del mundo. No sé cómo aprovechar mis vacaciones, el tiempo libre. No sé descansar con los míos. Me estreso. No sé tampoco cómo descansar bien en la rutina de la vida. Al acabar el trabajo, en mis horas libres. No sé aprovechar los momentos en los que nadie me exige nada. Se acumulan los días en mi alma, las huellas del camino. Lleno de palabras, de exigencias, de encuentros, vivo cansado. ¿Es normal que esté tan cansado? El cansancio forma parte de la vida. Me viene dado como consecuencia de mi entrega, de mi vida que sirve, que ama, que se da. Pero sé que el arte de descansar tengo que aprenderlo con el paso del tiempo. Día a día. Y si no lo aprendo seguiré siempre cansado haga lo que haga. ¿Sé descansar realmente? ¿Tengo mis rutinas de descanso? Hoy escucho que unos peregrinos necesitan descansar y se detienen en Mambré, donde Abrahán los acoge: «En aquellos días, el Señor se apareció a Abrahán junto a la encina de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda, porque hacía calor. Alzó la vista y vio a tres hombres en pie frente a él. Al verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda y se prosternó en tierra, diciendo»: - Señor, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo. Haré que traigan agua para que os lavéis los pies y descanséis junto al árbol. Mientras, traeré un pedazo de pan para que cobréis fuerzas antes de seguir, ya que habéis pasado junto a vuestro siervo». Dios se hace presente en esos tres peregrinos. Y Abrahán los acoge y ve en ellos una bendición de Dios. Se detiene Dios a descansar junto a él, junto a su familia. Pienso en Betania. Es la casa de Lázaro, Marta y María en la que descansa Jesús: «En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa». Allí iba Jesús muchas noches a descansar después del largo día de trabajo. Yo también necesito encontrar lugares y personas en las que descansar. Necesito descansar en el Dios de mi vida. Una canción dice así: «¿Dónde estás, amada mía? ¿Dónde está la paz? ¿Dónde puede encontrar calma mi fragilidad? ¿Dónde puedo ser yo mismo, dónde volver a soñar? Déjame encontrar descanso en tu soledad». Es el grito del alma que busca descanso en Dios, en el corazón de María. Necesito descansar en Dios que me ama como soy, que me quiere con mis debilidades y carencias. Hay lugares sagrados en los que el alma se recobra del cansancio. Lugares únicos que he hecho míos. Allí peregrino como un niño sin entender del todo las razones para volver. Sólo sé que allí me encuentro con Dios y mi alma descansa serena. Y hago mías las palabras que leía: «Dejo en tus manos mi futuro, ya no me pertenece ni me preocupa. Como depende de Ti estoy tranquila. Todo lo que Tú permitas será lo mejor. Me abandono, descanso y confío en Ti. Abandono en tus manos lo pasado, lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno, mi trabajo, mis bienes materiales, mis padres, hermanos, sobrinos, abuela y toda la familia, mis amigos, mi padre espiritual, mi salud y mi salvación. Tengo la firme confianza de que me recibirás al final de mi vida en tus manos de Padre y eso me da paz»[2]. Descanso de verdad cuando me abandono y dejo de querer controlarlo todo y salvar yo el mundo con mis propias manos. Cuando me libero de mis angustias y de todos los «debería» que no logro cumplir. Cuando dejo a un lado mi agenda llena de compromisos y miro relajado el día que comienza. Y me libero. Mi alma se ensancha en esos lugares sagrados en los que experimento que un corazón mucho más grande que el mío me sostiene. Un corazón de Padre, de Madre, que hace que mi vida coja fuerzas de nuevo. ¿Dónde están esos lugares santos en los que me encuentro con el Dios de mi vida al atardecer, cuando estoy cansado? Hay también personas que son Betania, o Mambré para mí. Junto a ellas no tengo nada especial que decir, que hacer. Puedo estar callado. En ellas soy libre. No tengo prisa, no me exigen nada. No tengo nada que demostrar. Son lugares en los que el corazón se calma. No hay nada que hacer, nada que pedir. Así se sentiría Jesús junto a Marta y sus hermanos. Así se sintieron ese día los tres peregrinos con Abrahán. Porque les abrió las puertas de su vida. En vacaciones necesito estar con esas personas que son hogar para mí. En ellas puedo dejar mi vida. Sin tener que hacer nada especial. Son mi descanso. ¿Quiénes son? Yo también quiero ser descanso para otros. Para esos peregrinos que llegan a mi casa al final del día y buscan palabras de consuelo. No les pido nada. No les exijo que cambien ni que hagan algo especial por mí. No les pido cuentas. No les exijo que me sirvan. Simplemente quiero lavarles los pies cansados, alimentar su cuerpo exhausto y hacer que todos sus miedos y agobios caigan al suelo dejándolos libres. Quiero ser alguien que descanse a otros, sin cansarlos. Decía S. Juan de la Cruz: «El alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa». Así quiero vivir yo. Cuando vivo amando no me canso, ni canso a otros. El alma se ensancha. Acoger es el don que le pido a Dios.

En ocasiones me cuesta creer en las promesas. No quiero engañar al corazón con sueños imposibles. Quiero ser realista. No quiero sufrir. Me ilusiono con el futuro incierto. Con lo que deseo en mi corazón. Y sufro cuando no se hace realidad. Hoy Dios le promete a Abrahán y a Sara en Mambré: «Cuando vuelva a ti, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo». El hijo de la promesa. Sara era estéril. Por eso se ríe. Porque es imposible. No puede concebir un hijo. No ha sido bendecida. Y no cree en la promesa. Tal vez yo dejo de creer en las promesas cuando veo que en mí no se han hecho realidad. Un leproso le pidió a Jesús ser curado: «Si quieres, puedes limpiarme. Quiero, queda limpio». Jesús quiere y el leproso queda limpio. Parece sencillo. Promesas cumplidas. Como la hecha a Sara en aquel día de descanso en Mambré. Sara no creyó. Parecía imposible. Yo mismo me rebelo porque dudo de que lo imposible pueda ser posible. Las promesas caen en saco roto tantas veces. «No prometas lo que no puedas cumplir», me dijeron de pequeño. Así lo he hecho. Me guardo prudentemente de promesas imposibles. «No prometas cuando estás feliz, no respondas cuando estás enfadado, no decidas cuando estás triste». Esos consejos me salvan muchas veces. De prometer lo que no cumpliré nunca. De responder en caliente antes de dejar que se enfríe la rabia. De tomar decisiones precipitadas en momentos de oscuridad del alma. La alegría exaltada, la rabia encendida y la tristeza oscura turban mi ánimo y no dejan que actúe prudentemente. En esos momentos no soy libre. Y puedo cometer errores que me lleven por caminos confusos. Tal vez por eso decido no creer tanto en esas promesas que pretenden hacerme los hombres con sus mejores intenciones. Me prometen fidelidad eterna. Amor sin sombra. Radicalidad en la entrega. No lo exijo, no lo espero. No creo en los caminos llanos y fáciles que llevan a buen puerto. He visto la fragilidad del ánimo, la débil voluntad que se rompe. He visto tantas promesas incumplidas. Caminos que parecían sencillos y no llevan a ningún sitio. No me vuelvo escéptico. Pero no creo en los días de sol despejados, sin nubes. Resuenan en mí los versos de Amado Nervo: «Hallé sin duda largas noches de mis penas; mas no me prometiste Tú sólo noches buenas; y en cambio tuve algunas santamente serenas. Amé, fui amado, el sol acarició mi faz». Las promesas de Dios sobre mi vida vienen al corazón cada mañana. Sé que me ha prometido no abandonarme nunca. En eso sí creo. Ha prometido que sanará mi corazón herido. Me abrazará cuando me sienta solo. Y hará que el sol acaricie mi rostro. Pero no me ha prometido no sufrir. Por eso no huyo del sufrimiento. ¿Acaso no será el sufrir la cuna de un nuevo nacimiento? En mi alma aburguesada y cómoda que tiene miedo al dolor. No quiero que se vaya mi dolor, como escribe Pedro Salinas: «No quiero que te vayas dolor, última forma de amar. Me estoy sintiendo vivir cuando me dueles no en ti, ni aquí, más lejos: en la tierra, en el año de donde vienes tú, en el amor con ella y todo lo que fue. En esa realidad hundida que se niega a sí misma y se empeña en que nunca ha existido, que sólo fue un pretexto mío para vivir. Si tú no me quedaras, dolor, irrefutable, yo me lo creería; pero me quedas tú. Tu verdad me asegura que nada fue mentira. Y mientras yo te sienta, tú me serás, dolor, la prueba de otra vida en que no me dolías. La gran prueba, a lo lejos, de que existió, que existe, de que me quiso, sí, de que aún la estoy queriendo». Ese poema del amor que duele. Amor por los seres queridos que un día se fueron. Amor a lo propio que deja de ser mío. Ese dolor es la huella visible de un amor verdadero, de una vida plena. ¿Es esa la promesa que me hace Dios por todo lo que amo? El dolor como el rastro que deja el corazón después de haber amado. El rastro en la tierra, en las rocas del camino. No dejo de dar mi amor sin temer perder la vida. La única promesa de Dios no es la de una felicidad sin mancha, la de un camino de rosas, la de una vida fácil. Esa promesa no me la hace. No la espero. No quiero que me prometa lo imposible. No lo quiero. Tampoco prometo yo lo que no sé si alcanzaré algún día. Sigo soñando. Y espero el sol cada mañana. El abrazo que me haga reposar en dolores y alegrías. Las promesas me alegran el alma. Quiero retener en el presente un futuro que aún no poseo. No me altero. Confío en ese amor inmenso que me da fuerzas. Espero contra toda esperanza. Deseo lo que parece imposible. La promesa de Dios es verdadera. Me pide que ame todo lo que toco. Aunque me duela. Que no me desprenda insensible de lo que me llena. Quiere que ría y llore. Y no deje nunca de hacerlo. Confío en el amor de Dios. En su promesa hecha vida en mí cada mañana.

La imagen de la casa me ha acompañado toda mi vida. El anhelo de hogar está impreso en mi alma. ¿Acaso no es verdad que sólo cuando me siento en casa puedo ser yo mismo? Hay lugares que son así. En ellos echo raíces y me siento en casa. Por eso es difícil desprenderme de esos lugares familiares donde ha trascurrido mi infancia. Una casa, un terreno, unos caminos, unas piedras, unos paisajes. Se graban en el alma imágenes sagradas y cuesta borrarlas. Un vacío inmenso crece en mi interior al pensar en lo que he perdido. O quizás no está perdido. Sigue dentro de mí grabado a fuego. Lo veo. Lo siento. No mueren las raíces profundas que llevo dentro, pegadas al alma. ¿Cómo va a desaparecer esa roca sobre la que cimenté la casa de mi vida? Está vivo en mi interior el hogar familiar. Ese que nunca dejará de existir. Aparece cada vez que cierro los ojos y camino despacio hacia el lugar donde descanso. No importa que ya no pueda ir físicamente. Siempre me queda el alma para buscar allí el reposo. En la tierra seguiré buscando hogares en los que echar raíces. Donde sentirme en casa. Y querré tener mi anclaje en el corazón de Dios. Porque allí puedo descansar cada vez que guardo silencio y me quedo a solas con Dios. Dice el salmo: «Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda? El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua. El que no hace mal a su prójimo ni difama al vecino, el que considera despreciable al impío y honra a los que temen al Señor». Quiero hospedarme en la presencia del Señor. ¿Cómo tengo que actuar para poder hacerlo? Necesito hacer más silencio. Busco llevar una vida intensa de oración y estoy tan lejos. Mi fuente está en Dios y mi pozo parece vacío. Vivo inquieto buscando hogares por todas partes sin detenerme un momento. Sin descansar en el que de verdad me da descanso. Que mi tiempo de descanso sea en Dios. Que pueda buscarle a Él que calma todas mis ansias. Decía Santa Teresita del Niño Jesús: «Para mí, la oración es un impulso del corazón, una simple mirada hacia el cielo, un grito de agradecimiento y amor en medio de la prueba o en medio del gozo. En fin, es algo grande, sobrenatural que me dilata el alma y me une a Jesús»[3]. La oración ese ese grito que busca el silencio. Ese remolino que desea la pausa. Ese fuego que anhela la brisa. ¿Quién puede hospedarse junto a Dios? No lo sé. Me he llenado el alma de exigencias imposibles y creo que nadie es digno. Yo tampoco lo soy. Lo digo cada día en la eucaristía. Él me hace digno, no siéndolo. Se me olvida. A veces creo que soy digno porque no he caído, porque no cometo demasiados pecados grandes. Ni robo, ni mato. ¿Basta con eso? ¿Sólo los puros pueden hospedarse en su presencia? ¿Qué me queda a mí que tengo el alma impura? Comenta el P. Kentenich: «¿Acaso una enorme cantidad de cristianos, también de los fervorosos, no vive como si la ley fundamental del mundo fuese la justicia? ¿No viven todos ellos, aunque hablen de manera distinta, como si la ley fundamental del mundo fuese la justicia? ¿Es también en mi vida el temor frente a Dios la ley fundamental del mundo? ¡Cuántos hay hoy en día que se sienten tratados por Dios como un perro apaleado o al que hay que apalear!»[4]. Hospedarme con Dios me habla de una amistad en desproporción. No me siento digno. Siento a veces que Dios no quiere que esté a su lado. Él es justo y yo merezco el rechazo. Veo que me lo da todo. Yo tengo tan poco que darle. ¿Cómo sentirme digno de hospedarme en su casa? Todo es posible para Dios. Necesito cambiar mi forma de mirar. Siempre el amor es asimétrico. La simetría no suele darse en la vida. Amo sin mirar cuánto soy amado. No me preocupa. Por eso creo que a Dios tampoco le importa. No mira lo poco que traigo. Ni se escandaliza con mis ropas y mi suciedad. Sabe de dónde vengo, de la batalla diaria. Conoce mi pobreza y ha sentido mi clamor, el grito de mi alma. Ha visto que he caído por mi debilidad. Y me ha tendido la mano. Ha querido que me hospede con Él. ¿Y si no soy honrado, ni justo, ni mis intenciones son leales, y calumnio, y hago mal al prójimo y difamo? ¡Cuántas veces lo he hecho! Entonces no soy digno. La puerta es estrecha. Tendré que abajarme en la humillación para pasar por ella. Una puerta pequeña hecha para los niños. He crecido. Soy adulto e indigno. Quiero cambiar. Sé que si me hospeda Dios en su casa. Si me deja morar en su presencia. Ser hijo en su corazón. Tener mi casa en su casa. Si Él hace posible que yo sea digno. Entonces todo será más fácil. Se ensanchará mi corazón de hijo. Y podré aspirar a lo más grande. Dejaré de conformarme con una vida mediocre. A menudo me siento tan pequeño. Podré ser yo mismo y crecer hacia dentro en un hogar seguro y estable junto a Dios. En su hondura. En su radicalidad. La palabra radical tiene que ver con tener raíces hondas. Dice Manuel Vicent: «Lo radical es algo sólido, está afincado a una esencia, a una tierra, a una cosa tuya, a unos genes, a tu cultura, y la libertad, en cierto modo, te permite distancia con todo ello. Son dos palabras que suenan bien, eufónicas, da la sensación de que todo el mundo quisiera ser radical y libre». En Dios puedo ser las dos cosas. Radical, sólido, estable, con raíces hondas. Y muy libre al mismo tiempo. Capaz de volar en las alturas tomando distancia y volver para descansar de nuevo. Por eso creo que necesito más que nunca arraigarme en el corazón de Jesús. Allí es Mambré. Es Betania. Es hogar. Es familia. Allí me siento amado como un niño, soy su hijo predilecto.

Llega Jesús hoy a Betania. Lugar de su descanso, junto a sus amigos. Estaban sentados a la mesa. Marta servía: «Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio». Marta se preocupa por todo. Sirve con fuerza, con entusiasmo. Miro a Marta servir, pienso en ella, y me conmuevo. Marta siempre está atenta, dispuesta a ayudar, a poner su tiempo y su vida al servicio de Jesús. Me parece muy bonito. Sirve con alegría. ¿Qué sería de este mundo si no hubiera Martas que sirven a diario dando su vida? Martas que permanecen ocultas en su servicio. En la vida matrimonial es fundamental la actitud del servicio. Estar atento a lo que el otro necesita. Servir sin esperar el agradecimiento. Servir sin pretender que el otro haga lo mismo. Decía el Papa Francisco: «El matrimonio es una necesaria combinación de gozos y de esfuerzos, de tensiones y de descanso, de sufrimientos y de liberaciones, de satisfacciones y de búsquedas, de molestias y de placeres, siempre en el camino de la amistad, que mueve a los esposos a cuidarse. Se prestan mutuamente ayuda y servicio»[5]. El servicio mutuo, desinteresado. Lleno de renuncia. El servicio para que el otro esté bien, en paz, y pueda servir mejor a otros. El servicio que no espera que le paguen con la misma manera. El servicio que no pretende ser visto. Ese servicio oculto es el que cambia el mundo. Lo hace en silencio. Estoy convencido de ello. Tal vez en la tierra no obtenga recompensa. Pero ese servicio dará fruto en el cielo. Es el que anhela mi alma. Aprender a servir de tal forma que mi vida sea una entrega constante. Estoy lejos del ideal. Comenta el Papa Francisco: «Así puede mostrar toda su fecundidad, y nos permite experimentar la felicidad de dar, la nobleza y la grandeza de donarse sobreabundantemente, sin medir, sin reclamar pagos, por el solo gusto de dar y de servir»[6]. El gusto por servir y dar la vida. La alegría de mirar el bien del otro más que el bien propio. Sin buscar la simetría en el amor. Quiero aprender a dar hasta que me duela. Dar para hacer felices a los demás. Sé que sólo cuando doy soy realmente pleno.

El problema de Marta fue su reacción: «Hasta que se paró y dijo: - Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano». Marta sirve con generosidad pensando en Jesús y en su hermana. Pero llega un momento en el que se agota y estalla. Su exabrupto en ese momento sorprende y a la vez hace a Marta muy humana. ¿Acaso no estallo yo cuando tengo que hacer cosas que no me corresponden? ¿O cuando hago más de lo que tendría que hacer durante mucho tiempo? Me canso de dar, de servir, de entregarme. Acumulo sin protestar. Y cuando me canso de guardar, salto con violencia y de forma desproporcionada. Llevo mucho tiempo guardando el reproche en mi corazón. Siempre yo, pienso con rencor. Creo que doy más de lo que debería, más que los demás. Se cierran mis entrañas. Me vuelvo susceptible. No quiero servir más de lo que debo. Calculo lo que me corresponde. La vida dividida en cincuenta por ciento. Si no me dan lo que me hace falta, me niego a servir más de lo necesario. Y me quejo. Los otros nunca hacen nada. Sólo yo. Creen que han nacido para ser servidos. Y yo tengo que cuidar de todo. Entonces voy por la vida destilando amargura. ¿No es acaso justa la reacción de Marta? Claro que sí. Ella ha servido demasiado. Lo ha dado todo. Servir demasiado no parece justo. Nunca son buenos los excesos. El exceso en la vida puede llevarme a adicciones, a desviaciones, al agotamiento, al estrés, a la depresión, a la ansiedad. El exceso no parece bueno. ¿Y el exceso en el amor? ¿Se puede amar demasiado a alguien? A veces me confundo. Y pienso que amar mal es amar demasiado. Es distinto. Si amo bien, como Dios quiere que yo ame, nunca es demasiado mi amor. Si amo mal, buscándome a mí mismo, exigiendo dependencia. Si amo de forma enfermiza, reteniendo, dependiendo. Ese amor no es excesivo, simplemente es un amor enfermo, un amor que no hace crecer al otro. El amor sano nunca es excesivo. Una madre ama a su hijo con todo su ser. De forma exagerada. Está dispuesta a dar su propia vida por su hijo. No tiene medida, ni prudencia. Ama en exceso. No por eso diría que ama de forma enfermiza. Simplemente ama de una forma que me hace presente el amor de Dios. Así me ama Dios a mí. De forma exagerada. Sin medida. Sin medir cuánto da, cuánto me entrega. No espera nada de mí. Sólo que me deje amar por Él hasta las entrañas. Quiere que note su abrazo en mi espalda. Allana mis caminos sin que me dé cuenta. Y cuando caigo me levanta y me sostiene cuando pienso que he sido yo con mis propias fuerzas. Ese servicio de Dios a mi vida no lo valoro. No lo agradezco. Quiero ser más agradecido y apreciar cómo Dios me sirve cada día.

María, la hermana de Marta, aguarda en silencio mientras Jesús habla: «El Señor le contestó: - Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán». Jesús no defiende a Marta. No critica la pasividad de su hermana María. Todo lo contrario, habla bien de ella, elogia su actitud. Su respuesta parece dura hacia Marta. El P. Kentenich compara este pasaje de Marta y María con el sacerdote que no para de trabajar como Marta y el sacerdote contemplativo como María: «¿Cuál es la verdadera meta? La meta es unir ambas realidades en nuestra vida. No podemos ser sólo Marta ni sólo María. Tenemos que unir ambas. Lo que Jesús reprocha no es la actividad, sino que la acción precipitada y nerviosa. En tanto María, ¿qué entregó ella? Ella quiere recibir. Ella no interrumpe al Señor con su actividad nerviosa. María no ofreció servicios ni actividad, sino que se ofreció a sí misma. En este relato subyace una negativa a la acción egoísta o autorreferente. Se trata de una entrega total a Dios, a sus deseos, a sus sugerencias»[7]. En mí se mezclan ambos deseos. Corro el peligro de vivir como Marta. Hago demasiadas cosas y corro de un lado para otro. Quiero agradar a todos. Trato de llegar a todas partes. No es posible. Es demasiado. Acabo enfermo y lleno de quejas. Trabajar y servir como Marta es fundamental. Lo sé. Sin personas como ella no funcionaría el mundo. Marta sirve para que su hermana María pueda estar con Jesús tranquila. Marta hace un bien a su hermana. Piensa en ella porque para ella ese momento es fundamental. Marta trata de que todo esté bien para que se pueda dar ese descanso de Jesús en Betania, de María en Jesús. Estas hermanas representan las dos actitudes que estoy llamado a vivir. El servicio generoso de Marta. Y la entrega silente de María. En ambas hay un amor sin medida. María de rodillas, a los pies de Jesús, escucha, aguarda, mira, contempla, guarda silencio, ama. Marta sirve, atiende, se adelanta a los deseos, ama. La vida activa y la vida contemplativa se dan en mí. Mi tendencia a hacer cosas. Mi actitud orante que da vida y alma a todo lo que hago. El equilibrio entre los dos es imposible. Quiero ver cómo lo vivo. En todo lo que hago, orar y actuar, lo importante es el amor que pongo: «Los educadores son personas que aman y no pueden dejar de amar»[8]. No quiero dejar nunca de amar. No quiero vivir en la queja y la amargura. Quiero servir con amor. Escuchar atentamente con amor. Rezar amando. El amor que pongo en todo lo que hago es lo que cambia la realidad. Que mi servicio no sea una búsqueda enfermiza de mí mismo. Un hacer por hacer. La vida se juega en el amor oculto en cada acto, en cada gesto silencioso. Lo que importa es amar, no hacer muchas cosas. Es servir desde lo que soy, desde mi verdad. Mi servicio en el silencio. Mi servicio en la entrega. Ahí se juega mi vida. No me quejo por trabajar mucho. La queja surge cuando sirvo sin alma. El equilibrio entre el servicio y la oración es imposible. Pero sí necesito alcanzar una sana medida en la entrega. Es lo que Dios me pide. Quiero escoger la mejor parte. Quiero escoger estar con Jesús. Haga lo que haga. En el silencio y la inactividad. En la entrega generosa a los que más me necesitan. No importa donde sea. Pero que siempre esté el Señor en el centro, presente, actuando. Dando vida y alma a todo lo que hago.



[1] Kentenich Reader Tomo 1: Encuentro con el Padre Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus

[2] Tomás Trigo Oubiña, Dios te quiere y tú no lo sabes

[3] Santa Teresita del Niño Jesús, Historia de un alma

[4] Prólogo Michael Marmann, José Kentenich, Las fuentes de la alegría sacerdotal

[5] Papa Francisco, Exhortación Amoris Laetitia

[6] Papa Francisco, Exhortación Amoris Laetitia

[7] P. Kentenich, Retiro a sacerdotes de la Federación de 1951

[8] Herbert King Nº 3, El mundo de los vínculos personales

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