Homilía del padre Carlos Padilla - 26 de mayo de 2019

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Domingo 26 de mayo de 2019 | Carlos Padilla

VI Domingo de Pascua

Hechos de los Apóstoles 15, 1-2. 22-29; Apocalipsis 21,10-14. 22-23; Juan 14, 23-29

«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy Yo como la da el mundo.                               Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde»

26 mayo 2019 P. Carlos Padilla Esteban

«No quiero olvidar lo que amo en mi corazón. El nuevo templo en el que Dios habita es mi corazón. Allí hará Dios su morada y se quedará para siempre. No me olvida. Y vivirá el Espíritu en mí»

He venido a tocar las huellas de Jesús, ocultas entre piedras milenarias. He querido oler los mismos olores que formaron parte de su infancia. He navegado el mismo lago que surcó su barca. He tocado la misma tierra que hollaron sus pasos por tantos caminos. Me ha impresionado el sonido de lenguas que no conozco y que para Él serían tan familiares. He venido a recibir su Espíritu que dé vida a mis pasos. He ido a verlo a Galilea como me dijo: «Allí me encontraréis». Y lo he encontrado y me he reencontrado con mi primer amor. He acariciado sus manos entre las aguas sosteniéndome cuando me hundo, lleno de miedos. He sentido su abrazo eterno por los caminos por los que Él mismo caminó abrazando a los suyos. He subido los montes para escuchar palabras que cambien mi vida. He visto milagros que calman el corazón del hombre que necesita signos y tiene hambre. He querido descender al lago y navegar sus mares. Entre aguas calmas o turbulentas. He deseado oír palabras dichas al oído. He pretendido ser su discípulo amado y recostar mi cabeza en su costado. Me he visto llamado por su voz en medio de mis miedos cuando no soy capaz de sostenerme a mí mismo. He sentido una paz entre lágrimas con su abrazo o el de mi Madre por la espalda. He deseado echar raíces en una tierra extraña que me acoge y distancia al mismo tiempo. Me he acercado a su hogar de infancia. A los mares y cielos de su juventud sagrada. He revivido esa vida suya que llamo pública porque es la que realmente conozco. Ignoro tantos años ocultos en Nazaret. He tocado su presencia viva en muchos corazones. Y han cobrado vida en mí las palabras que dijo un día, como si ahora volviera a repetirlas. Escucho otra vez los relatos que contaron. He sentido un fuego dentro de mi alma que ha quemado resistencias y me ha dado una alegría profunda. Me he visto tan pequeño al lado de ese amor que ama hasta el extremo. He querido volar en el vuelo de un águila, pretendiendo abarcar con mis alas el mundo entero. Con la fuerza de sus palabras que me impulsan a dar la vida, como Él la dio. He besado piedras como un niño, las mismas piedras que Él pisó. Esperando quizá notar en el beso su cálida presencia. O sentir en ese olor a aceite sagrado su amor más cercano. Y me he arrodillado humillado para rezar: «Querido Jesús. Has dejado tu huella en mis pasos. Has pasado enamorando mi vida. Has llenado mi alma con tu fuego. Sólo puedo arrodillarme y dar gracias. ¿Qué te puedo dar yo que tengo el corazón vacío? Sólo quiero que me calmes. Que llenes mi vida de esperanza. Que me hagas soñar con las alturas. Rompe las cadenas que me impiden quererte. Acaba con la coraza de mi corazón. Déjame notar tu presencia. Que el viento de tu espíritu llene mi mirada de alegría. Gracias, Jesús, por venir a mi orilla. Por quedarte conmigo cada tarde. Por recorrer a mi lado mis cruces y alegrías. Gracias por quererme tanto. Cuando yo en mi pobreza no sé quererte. Gracias por hacerme soñar con las alturas. Y poder esperar alegre cada tarde tu venida. Tu carne es parte de mi carne. Me da la vida. Recibirte le da un sentido a mis pasos. Gracias por estar ahí. Tan cerca, dispuesto a calmar mis ansias». He llorado con lágrimas profundas de ese mar hondo que llevo dentro. He repetido mi sí mil veces. He querido renovar en ese monte Moria, monte del sacrificio, mis más verdaderos anhelos. Los he renovado renunciando a lo que no puedo retener con mis manos. He vuelto a decir que sí, amando. Es tan fácil decir que sí y luego no hacer nada. Tengo la tentación de decir que no quiero amar, ni seguir, ni luchar. La tentación de quedarme quieto. La misma tentación que tengo cuando deseo guardar mi vida para que no se pierda y no me hagan daño. Y escucho al mismo tiempo su voz que me invita a hacerme uno con Él, dando la vida. Y me pide quedar oculto bajo el polvo que cubre estas rocas milenarias. He vuelto a recordar que amar significa soltar el timón de mi barca. Amar me exige echar raíces y volar al mismo tiempo. Santa contradicción del alma. Amar en la carne y en el alma. No dejar de amar, de atarme. Y saber al mismo tiempo que la vida se conjuga en presente, aquí y ahora. Albergo la esperanza de que todo cambie dentro de mí después de haber tocado tantas piedras. Veo con melancolía que sigo siendo el mismo hombre pobre, niño frágil. He sostenido en mis manos una balanza, queriendo medir el peso de mi vida. Pesan poco mis obras y mis sueños. Muy poco mi amor y mi fidelidad. Peso poco. No valgo tanto como esperaba, como soñaba. He querido detener el tiempo en mi reloj de cuerda. Volviendo a aquel momento en el pasado en el que Jesús caminaba, curaba y hablaba con la fuerza de un volcán. Pero Jesús ha venido junto a mí y me ha pedido que no lo haga. Que me quede aquí y ahora donde estoy. Es lo que cuenta. Que aquí es cuando me habla. Aquí es cuando me dice. Aquí es cuando me sana y hace milagros. Aquí y ahora es cuando me grita al corazón para pedirme que no tema. Que tenga paz. He vuelto a creer en sus palabras. Han resonado con fuerza dentro de mi alma. Tengo paz después de tocar tantas piedras.

Es aquí y ahora cuando digo que sí, que le quiero para siempre. Renuevo mi acto de entrega en el monte Moria, monte del sacrificio. Monte en el que Abrahán entregó a su hijo. Lo renuevo en el huerto sagrado de Getsemaní, allí donde Jesús sudó sangre. Repito conmovido mi «sí, quiero». Me he levantado de la piedra sobre la que yacía yo postrado, con el alma cansada y llena de fuego al mismo tiempo. He recibido una fuerza del Espíritu que no conocía antes. He sentido en mi piel la caricia de su mano, calmando mis miedos. Se han alejado de mí las sombras y las nubes que enturbiaban mi ánimo llenándome de tristeza. Ha brotado en mi interior un agua pura que yo desconocía. He vislumbrado cielos nuevos, surgiendo en medio de la noche. Me han pesado las piedras gastadas de tantos años. He sonreído al pensar en su mirada de misericordia sobre mi vida. Diciéndome una y otra vez que tenga fe y no tema. En el lago, en el monte, en un huerto, en una casa con las puertas cerradas. He recorrido de la mano de María tantos lugares en los que he visto a Jesús caminar entre los hombres, a mi lado. Y me he enamorado de nuevo de su rostro, de sus palabras, como un joven imprudente, como un niño inocente. Ha despertado en mí una vida dormida en mi interior. Y he cantado canciones algo olvidadas que brotan de nuevo dentro de mi alma. Desde lo más profundo de mi ser. He sufrido con Jesús cuando sufrir tocaba. Y me he reído con Él en las aguas del lago, en las tardes soleadas de Galilea, cuando soñar tocaba. He caminado alegre por los caminos desérticos que llevaban a Jerusalén. He visto más de lo que mis ojos podían retener. He escuchado muchas cosas que ya casi había olvidado. Guardo en mi corazón las palabras que me ha dicho Jesús a mí, sólo a mí, en medio de la noche, en medio del día. Cuando más lo buscaba y necesitaba. Cuando menos lo esperaba. Me ha sorprendido de nuevo su forma de acercarse a mi alma sigiloso, sin hacer ruido. Mendigando mi amor. Respetando mi libertad, mis tiempos. Y haciéndome derramar lágrimas cuando menos contaba con ello. Ese Jesús peregrino me ha llevado a su tienda para hablarme al corazón y enamorarme de nuevo. Ha seducido mi alma. Ha navegado mar adentro en la profundidad de mis sueños y miedos, mostrándome anchos horizontes. Y me ha dicho al oído que me quiere con locura, que no tema, que navegue confiado, porque Él no se baja nunca de mi barca. Y he creído en sus palabras sinceras. Me llevo su rostro impreso en mi alma, su verdadero rostro, para no olvidarme nunca más de su mirada, de sus ojos negros. Me llevo su voz grabada en mi garganta para hablar con su esperanza a los hombres perdidos. Me llevo su presencia inscrita en mi corazón para caminar con Él y navegar sus mares sin temer las tormentas. Me llevo su alma dormida en mi propia alma para pertenecerle por entero y no dudar nunca de Él. Me llevo sus silencios guardados muy dentro de mí, silencios que vencen mis ruidos. Callo sobrecogido cuando no entiendo nada. Lo que sí sé es que mi vida se juega en la actitud de mi alma. Quiero dejar que se haga no tanto lo que yo quiero sino lo que Él quiere. Quiero que su querer sea el mío. Quiero dormir tranquilo recostado en su costado abierto, el costado de mi Jesús amado. Me llevo el polvo de su tierra, el olor de su aire, el amor de su entrega. No sé si algo dentro de mí habrá cambiado en lo más profundo. Eso es lo que yo anhelo, es lo que deseo. Es seguro que de tanto andar, oír, besar, decir, amar, algo no sé muy bien cómo, acabará cambiando en mi interior. Y seguiré siendo el mismo hombre pobre, niño frágil. El mismo peregrino en busca de respuestas. Seguiré siendo yo mismo, entre lágrimas y risas, enamorado de la vida, de la tierra y del cielo. Con un fuego ardiendo en lo más profundo. Sé que algo habrá cambiado dentro de mí, aunque yo mismo no lo note. Algo en mi forma de amar, de pensar, de soñar, de mirar, de caminar. Seré más niño, más pobre, más de Dios. En eso confío. Él puede hacer todas las cosas nuevas en mi interior si yo le dejo hacerlo.

Es muy difícil cambiar las costumbres a las que me acostumbro. Me cuesta que otros alteren mis hábitos, mis rutinas, mis esquemas. Me cuesta que me saquen de mis ritmos y puntos de vista. Me dicen que es un don la flexibilidad, la capacidad de adaptación a las diversas circunstancias. Y yo creo en esa verdad. Es más valioso el hombre flexible que el rígido. Sobrevive mejor en las adversidades el que sabe adaptarse. Se sobrepone con mayor altura en momentos de crisis, de cambios. Creo en el valor que tiene esa capacidad: «Al avanzar en nuestros estudios y descubrimientos, siempre vamos en pos del misterioso bosque de lo desconocido, así que debemos viajar ligeros de equipaje para poder seguirlo. Debemos mantenernos en forma, ágiles y flexibles. Escurridizos, incluso»[1]. Flexible para adaptarme de nuevo a una nueva etapa. Sin querer mantener las formas de siempre. Sin repetir constantemente esa frase que tanto mal me hace: «Esto siempre se ha hecho así». La primera iglesia cristiana nació en un ambiente judeocristiano. La circuncisión era parte de su pasado y de su presente. Por eso se plantean exigirlo como presupuesto para seguir a Jesús. Hablar de este tema no fue sencillo: «Esto provocó un altercado y una violenta discusión». Pero al final habló el Espíritu Santo y mostró su querer: «Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables». Los gentiles quedaban liberaron de la circuncisión. Aceptaron que estaban en otro momento y no era necesario mantener ese signo sagrado como expresión de una alianza profunda de Dios con el pueblo judío. Ahora era Cristo quien los unía. Fueron capaces de renunciar a algo tan importante, tan santo. No era sencillo. Pero lo hicieron. Creo que necesito un corazón flexible y fácil para comprender el querer de Dios. Me cambian mis rutinas y hábitos y me quejo. No sonrío. Quiero ser flexible. El fin último de mi vida es hacerme más semejante a Jesús. Leía el otro día: «En nuestra búsqueda de Dios nos apartamos de lo que nos atrae y nadamos hacia lo difícil. Abandonamos nuestras cómodas costumbres con la esperanza de que se nos ofrezca algo mejor que lo que hemos abandonado»[2]. Las costumbres me dan estabilidad. Lo rutinario me salva. Lo constante me calma. Cuando vivo de un lado para otro, sin estabilidad, me pierdo y corro el peligro de vivir fuera de mi centro. Valoro enormemente a las personas capaces de hacer de la tierra que pisan su hogar. Echan raíces con facilidad allí donde llegan. Se arraigan sin temor a tener que irse un día. Lloran por lo que han perdido cuando lo pierden. Pero vuelven a amar, a establecerse. Me gusta esa mirada sobre la vida. No se alteran cuando sienten que han perdido rutinas sagradas. Vuelven a empezar de cero, creando nuevos hábitos. En mi búsqueda de Dios quiero ser capaz de abandonar rutinas metidas en mi corazón para aprender otras formas nuevas que me hagan capaz de vivir el presente con alegría. Me adapto a lo nuevo. Y esa adaptación me hace crecer. Me vuelvo flexible. Disfruto con todo lo que Dios me da. No me apego de forma enfermiza a mis seguros. Dejo el puerto seguro atrás adentrándome en ese mar profundo que me inquieta. Me hace falta valor. Y saber sufrir. Saber amar. Saber anclarme y levar más tarde el ancla. Dejar y empezar de nuevo. Y volver a empezar. Sin pretender que todo sea siempre igual. Que las costumbres se mantengan caiga quien caiga. Quiero un corazón libre para vivir con paz en cualquier circunstancia. Dejar atrás lo que me pesa y volver a empezar. Es la alegría del que sabe que su vida es para darla. Esa actitud me gusta. Pero no siempre soy abierto y flexible. A menudo me veo criticando al que hace las cosas de forma distinta. Al que no piensa como yo. Al que prefiere otras cosas diferentes. Juzgo y condeno al que cuestiona mis hábitos y rutinas, mis puntos de vista. Me siento herido cuando hacen que mi mundo de seguridades se tambalee. ¿Me dejo complementar? ¿Acepto que las cosas no se hagan como yo creo que es mejor? ¿Me adhiero con facilidad a lo que otros piensan siendo su pensamiento diferente al mío? Me veo rígido. Atado a mis ideas y creencias. Muchas de esas creencias son limitantes. Veo que me cuestan las novedades que traen los jóvenes. En lugar de alegrarme con la nueva vida que veo en sus propuestas. Creo que ya no es todo como era antes y me asusta pensar de esa forma tan rígida. Vuelvo a sacar a la luz las antiguas enseñanzas. Para justificar mis puntos de vista y descartar como inválidos los nuevos caminos. Quizás por eso me sorprende esa primera iglesia tan flexible y libre. Renuncian a algo sagrado porque ven que no se lo pueden imponer a los que vienen del mundo pagano. Ellos no tienen que estar circuncidados. A veces me aferro a las frases de Jesús y las vuelvo rígidas. Las interpreto fuera de contexto, fuera del tiempo. Y me valen para defender todas mis posturas. Lo mismo hago con las frases de los santos. No sólo soy rígido para no aceptar los cambios. Soy rígido y justifico mi postura. Así me siento mejor, más en Dios. Recorriendo Tierra Santa me impresionan cómo ciertas costumbres se vuelven tan rígidas que no permiten ningún cambio en los lugares santos. ¿Es mi Iglesia ahora más rígida que entonces? El Espíritu Santo sopla donde quiere y despierta nueva vida en todo lo que toca. Así es la vida que viene de Dios. No es algo sólido como una roca. Tiene la vida de un río que adquiere nuevas formas y profundidades.

Lo que mi corazón desea es que Dios me bendiga y haga que mi vida tenga un final feliz: «El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca, la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación». Desea mi corazón conocer los caminos de Dios. Quiero vivir su salvación aquí en la tierra y al final del camino. Cuando contemplo el trascurso de una historia, de una película, pretendo ser yo Dios y me invento el mejor final, el desenlace ideal de cada personaje. No me quedo satisfecho con el final que me sugieren. Me quiero meter en la piel de cada protagonista para tejer mi propio guion, mi final logrado. Deseo que amen y no odien. Que den la vida y no la quiten. Que venza el bien y el mal sea más débil. Que el asesino pague su deuda. Y el pobre logre lo que tanto desea. Me gustan los finales felices, no los trágicos. Prefiero los héroes a los villanos. Amo a los personajes nobles, honestos, fieles a sí mismos hasta el final. Apoyo sus decisiones incomprendidas por el mundo cuando las toman siendo fieles a su verdad. Detesto al personaje en el que el mal acaba venciendo el bien que hay en su alma. Me entristezco al pensar que ha arruinado su vida. Veo también que no hay personajes totalmente malos. Ni personajes totalmente buenos. Es como en la vida real. En cada uno hay un montón de incongruencias y caídas. Un número desproporcionado de errores y debilidades. Pero después de las caídas muchos se reinventan y vuelven a luchar por lo que creen sin perder la esperanza. Me gustan los personajes valientes, fieles y verdaderos. No me gustan los que llevan la oscuridad en el alma. Y lo miran todo bajo sospecha. Las historias con finales logrados me conmueven. Otras veces quisiera cambiar algunas decisiones para que suceda algo distinto. Pretendo ser Dios interviniendo en las vidas que creo. Lo hago en la ficción cuando sólo miro. Pero también lo intento hacer con la vida real de los hombres que conozco. Pretendo hacerles ver cuál sería el final feliz si hicieran tal o cual cosa. Quiero jugar a ser Dios y les muestro caminos posibles. Como un juego. Temo usar mal el poder que me da su confianza. Y abusar. Y pretender jugar a ser Dios con ellos. Queriendo ser sabio sin serlo. Me dejo llevar por esa falsa imagen grabada en mi alma. En ella vence el que es más feliz, el que tiene más poder, el que logra más cosas. Y fracasa el que no lo logra. Valoro más el desenlace logrado. La vida plena. Pero no entiendo muy bien cómo funciona la vida. Quisiera tomar las decisiones correctas continuamente. O que las personas a las que amo las tomaran. Y las protejo de mil formas jugando a ser Dios.  No los dejo actuar con libertad. Me asustan sus fracasos, sus errores. Decía el Papa Francisco en Amoris Laetitia: «Cada mañana, al levantarse, se vuelve a tomar ante Dios esta decisión de fidelidad, pase lo que pase a lo largo de la jornada. Y cada uno, cuando va a dormir, espera levantarse para continuar esta aventura, confiando en la ayuda del Señor». Lo dice en relación con la fidelidad matrimonial. Pero lo mismo se puede aplicar a cualquier otro camino. Me levanto tomando la misma decisión de fidelidad. Y me acuesto dispuesto a levantarme al día siguiente en el mismo camino. No será sencillo tantas veces. Porque duele le infidelidad y la debilidad del alma. El corazón valiente se vuelve cobarde. Y el corazón herido se tiñe de malos sentimientos. No es fácil perdonar cuando me han herido. Es tan difícil olvidar y pasar página. Cuesta volver a amar cuando el amor parece haberse ido. Y la fidelidad se convierte en un yugo pesado e imposible. Me equivoco en algún punto de mi historia. Elijo a la persona equivocada. Tomo la decisión incorrecta. Y aflora en mi alma el rencor, el odio, la pasión, la envidia. Decía el P. Kentenich: «El demonio impulsa a los hombres a estar descontentos con su propio modo de ser: todos los otros modos de ser son valiosos y bendecidos por Dios. Sólo el mío no lo es. ¡Qué tardo soy, cuánto me cuesta pensar!»[3]. Me pongo triste. Y sufro. Una duda inmensa que me turba. O me siento solo y no sé qué camino seguir. Hay tantos posibles. Tengo dudas y miedos. No veo la belleza de mi camino. Y otros me parecen mejores. ¿Cuál será el desenlace feliz, el final logrado para mi vida? ¿Dónde estará esa vida plena que anhelo y pretendo? Sólo le pido a Dios que me muestre el camino. Que me regale su misericordia. Que sea mi luz que ilumine mis pasos: «La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero». Quiero la luz de Dios que me muestre el camino a seguir. Elijo el amor. Elijo la misericordia. Un reino en el que la misericordia se imponga. Me parece imposible porque el corazón a menudo clama venganza, justicia y vive con rencor. Y entonces la misericordia parece demasiado blanda. Pero así es el amor de Dios. Le pido que tenga misericordia de mí a causa de mis pecados. Se lo pido doblegado y humillado. Y espero que sea misericordioso, no demasiado justo. Pero luego yo exijo justicia. Quiero que los malos paguen por su mal. Y los que matan sean juzgados. Y los que llevan el odio en su alma reciban odio como pago. Y me olvido de la misericordia recibida. Busco que los personajes de mi obra de ficción hagan lo que tienen que hacer. Pero yo no lo hago. Elijan lo correcto y no se dejen llevar por sus pasiones. A mí me cuesta tanto hacerlo. Pretendo ver el final con una clarividencia que no poseo. No soy sabio. Sólo soy hombre. No sé el final de cada hombre. No sé cuál es la historia lograda. Ni siquiera cuando miro hacia atrás en el momento de la muerte. No sé si una vida ha sido más plena que otras vidas. No lo sé. Tal vez no hay final feliz para cada vida. Y eso es lo que desea mi alma. Un final de paz. Un final en el que venza el amor. No siempre es posible. Hoy miro mi vida, la de tantos. Veo decisiones correctas y erradas. A veces el miedo impidió el paso correcto. Otras veces el amor cegó la razón, anuló el deber. No siempre la fidelidad parece fácil. Decisiones duras en medio del camino. Para ser fiel a mí mismo, a Dios en mi vida. A su luz que ilumina mis pasos. ¿Es correcto todo lo que decido? No lo sé. Sigo sus pasos por caminos inciertos. Busco encontrar la luz que todo lo haga claro.

Hoy Jesús me pide que lo ame y guarde sus palabras: «En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: - El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho». El amor tiene que ver con la memoria. Si lo amo de verdad guardaré sus palabras, guardaré en la memoria del corazón todo lo que me ha dicho, todo lo que ha hecho por mí. Si de verdad le pertenezco seré fiel a lo que me diga y no me olvidaré nunca de sus promesas. Inscribiré en mi pecho para siempre todas sus palabras de amor. El Espíritu me ayudará a hacer memoria. Ya me lo dijo Jesús: «Haced esto en memoria mía». Y así lo hago. La memoria me une a las personas para siempre. El olvido me aleja de los que he amado. Abrazos, sonrisas, encuentros, lágrimas, palabras, silencios. Se graban en el alma para siempre. No quiero olvidar. Corro el peligro de pasar por la vida sin hacer memoria, sin guardar lo que vivo. Sin recordar a los que amo. Sin conservar lo que he vivido. Necesito explicar el paso del amor por mi vida. Guardo las palabras, los hechos, los encuentros. El valor de la memoria se sitúa en mi corazón, en lo más profundo. Allí conservo lo vivido como un tesoro. Es verdad que corro el peligro de vivir con superficialidad la vida. Temo pasar de puntillas por lugares, sin escuchar las palabras que me dicen. Sin tomar en serio mi vida y lo que mi vida es. Despreciando mi historia santa en la que Dios me habla a través de personas, sucesos, amores. Mis heridas son parte de esa historia de amor. No las olvido. Les decía el Papa Francisco a los jóvenes al acabar la JMJ de Cracovia: «Procuremos también nosotros ahora imitar la memoria fiel de Dios y custodiar el bien que hemos recibido en estos días. Así pues, recemos en silencio, recordando, dando gracias al Señor que nos ha traído aquí y ha querido encontrarnos». El encuentro con Jesús. No lo olvido. Lo guardo como un tesoro cuando vino a verme. La mirada de sus ojos. No la olvido. Y sus palabras cálidas. Su sonrisa. Llevo en el corazón su memoria, su amor. Y soy testigo de ese recuerdo sagrado. Jesús no se olvida de mí. Yo tampoco quiero olvidarme. Me da miedo vivir sin memoria, sin recuerdos. Me gustaría escribir en un diario todo lo que me pasa. Para que no se me olvide. Hago memoria del paso de Dios por mi vida como María. Ella guardaba todas las cosas meditándolas en el corazón. Lo que Dios le dijo en su Ángel. Y todo lo que fue pasando en su vida. Como dice el P. Kentenich: «En la historia sucesiva de María no hubo siempre ángeles que bajaran aleteando desde el cielo, sino más bien causas segundas, exactamente como fuera en nuestro propio caso»[4]. María como yo vivió a ese Dios oculto y presente. Ese Dios que le hablaba en personas, sucesos, palabras. Y hacía memoria meditando en su corazón. Quiero rumiar la vida para no pasar de largo por cosas importantes. Siempre me impresiona cómo guardan en Tierra Santa la memoria de Jesús. En cada lugar conservan cada palabra, cada gesto, cada piedra. Cuidan el aire, el agua, su presencia. Cada lugar sagrado que Jesús tocó, vio y amó. Y así hacen memoria. Porque el amor no olvida. Guarda cada detalle. Conserva cada silencio. Así es el amante que no olvida nada de la amada. Guarda el primer encuentro y el último. Revive con alegría cada palabra. Hace memoria de todo para conservar el alma limpia y llena. Así es con el Jesús de mi vida. Vino para quedarse. Y no quiero olvidar nada de lo que me dijo. Lo guardo celoso como un tesoro. Y le pido al Espíritu que me enseñe a entender sus caminos. El misterio escondido en la memoria. No quiero olvidar mi historia santa, mi pasado. Porque sé que el que olvida su historia corre el peligro de repetirla. Sobre todo, los errores, los tropiezos. Hago memoria. Y soy memoria del amor vivido, del amor entregado. Soy memoria entre los hombres de lo que amo. De lo que he recibido como prueba de amor. No olvido. Porque amo. Y no dejo de amar. No quiero olvidar lo que amo con todo mi corazón. El nuevo templo en el que Dios habita es mi corazón de hombre. Allí hará Dios su morada y se quedará para siempre. No me olvida. Y vivirá el Espíritu en mí.

Jesús me deja su paz: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde». Una paz diferente a la que el mundo me da. Comenta el Papa Francisco: «La paz de Jesús es un don. No podemos obtenerla con medios humanos. La paz de Jesús es otra cosa: nos enseña a soportar, a llevar sobre los hombros la vida, las dificultades, el trabajo, todo; y a tener el valor de seguir adelante». Es la paz que anhela mi corazón. No quiero que tiemble. No quiero vivir con ansiedad y angustia. Una paz honda. Una paz que me capacite para enfrentar la vida. Estoy lejos de esa paz que sueño. Deseo llegar a vivir con el corazón en calma. Necesito hacer vida lo que dice una canción: «Soy Yo, conozco tu vida, con agua pura tu sed saciaré. Soy Yo, te busco a ti. Le hablaré a tu corazón. Ningún mal te abatirá. A tu Dios no deberás temer. Si Yo en ti escribo mi ley, a mi corazón te uniré. Y me adorarás en Espíritu y en verdad». Jesús me habla así. Inscribe su ley en mi corazón. Para que no tema. ¿Prefiero que me amen o me teman? Si no consigo el amor busco que me teman. Para que se dobleguen a mi querer. Me siento seguro de mi criterio. Yo sé lo que está bien y mal. Y tomo decisiones para conseguirlo. ¿Conciencia mesiánica? Me creo imprescindible. Si yo estoy las cosas irán bien. Si me ausento fracasarán. No tengo paz. Quiero que me amen, no que me teman. Quiero dar paz con mis palabras, con mis actos, con mi presencia. Que mi vida sea fuente de paz para los que viven en guerra. Busco la paz del corazón. La paz profunda. Sólo Dios me da la paz que yo no tengo. Él puede hacerme vivir en paz en medio de contrariedades, dificultades, luchas. Hay tantas luchas a mi alrededor. Rencores que guarda la memoria y hacen imposible la paz. Vivo en conflicto, en tensión. Hay ambientes que me tensionan. Lugares en los que no logro ser yo mismo. Me siento en lucha, en guerra. Alguien desea mi mal. O yo deseo el de alguien. No sé cómo, pero la guerra se ha metido en mi alma. Un frío gélido que me hiela por dentro. Dejo de tener esperanza. Y hoy justo Jesús me pide que no me acobarde, que no tema. Que mi vida está en sus manos y me cuida como a la niña de sus ojos. Es bonita esa forma de vivir. Lo anhelo con todo mi corazón. Vivir en paz. Pacificar los corazones que se acerquen. Vivir tranquilo porque sé que donde me encuentro ahora es precisamente donde debo de estar. A menudo me falta la paz por pensar que no estoy haciendo lo que debería hacer. Y sufro. Pienso que lo hago mal y me falta la paz. Me turbo. Tengo miedo. ¿Qué me quita hoy la paz? Miro mi corazón turbado e inquieto. Necesito tener paz. Busco la paz que me da Dios, no quiero la que me da el mundo. Esa paz del mundo es una paz en tensión. Una paz conseguida renunciando a algo. Y no quiero esa paz tan frágil que fácilmente puedo perder. Necesito paz para encontrar mi camino, como leía el otro día: «Mantener la paz interior para hacer buenos discernimientos porque si se pierde, no se ve a dónde se va ni qué hacer»[5]. La paz que me ayude a discernir lo correcto, lo que tengo que hacer. Necesito esa paz que veo en muchos corazones. Sueño con esa libertad interior que me ayude a discernir sabiamente. Libertad y paz en el corazón. Confianza al saber que Jesús va siempre conmigo. Nunca me deja solo. Lo que Jesús resucitado da a los suyos es la paz. Una paz que el mundo no les pueda arrebatar. Miro mi corazón inquieto. Busca por todas partes algo de paz. Un remanso en algún corazón en el que beber agua fresca. Quiero sumergirme en la oración buscando esa paz que sólo Dios me da. Ser capaz de contemplar mi vida en presente, ahora, tal como es. A menudo pierdo la paz intentando cambiar todo lo que no me gusta de mi vida. Pretendo hacerlo yo solo todo nuevo. No lo consigo. Sólo Dios me da su paz.

 



[1] Elizabeth Gilbert, Come, reza y ama

[2] Elizabeth Gilbert, Come, reza y ama

[3] J. Kentenich, Las fuentes de la alegría sacerdotal

[4] J. Kentenich, Conferencias de Sion, 1965

[5] Jacques Philippe, Si conocieras el don de Dios

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