Homilía del padre Carlos Padilla - 27 de enero de 2019

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Domingo 27 de enero de 2019 | Carlos Padilla

III Domingo Tiempo ordinario

Nehemías 8, 2-4a. 5-6. 8-10; 1 Corintios 12, 12-30; Lucas 1, 14; 49 14-21

«Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista»

27 enero 2019 P. Carlos Padilla Esteban

«Sé lo que quiero y lo que no deseo. Lo que amo y lo que prefiero evitar.Quiero ser insobornable, íntegro, recto.Y mantenerme fiel a mi esencia, sin renunciar nunca a ser yo mismo»

Me gustan las personas insobornables. Los que son honestos, incorruptibles, íntegros, justos, rectos. Aquellos a los que nada puede atraer de tal manera que no puedan decir que no al ser tentados. Me impresiona que haya personas sin precio.No se dejan comprar ni seducir. Resisten la tentación y no se dejan llevar por la corriente. Vencen la tendencia a la que conduce la vida misma. No piensan que es lo normal lo que todos hacen. Tienen su propio criterio. No se les puede convencer de una idea cuando no la comparten. Tienen su propia mirada, saben lo que quieren y no se dejan seducir. Nada parece poder comprar su voluntad. Ni todo el dinero del mundo. Ni todas las promesas. ¡Qué difícil ser siempre así, siempre íntegro, siempre incorruptible! ¿Por qué no puedo dejarme tentar por algo bueno? Ser insobornable parece muy complejo, algo casi inalcanzable. Me evoca una perfección de la que carezco. Me resulta una meta muy alta la de permanecer siempre fiel en mis convicciones sin dejarme llevar por propuestas tentadoras. A veces me parezco más a la afirmación atribuida Groucho Marx: «Estos son mis principios, pero, si no le gustan, tengo otros». Me gusta pensar en esas personas que tienen siempre claro lo que quieren, lo que necesitan, lo que están dispuestas a hacer. Se mantienen firmes en sus principios y no se dejan llevar por la corriente que parece imponer determinados pensamientos y gustos. Respetan los puntos de vista de los demás, pero no se ven obligados a adherirse a ellos. Leía el otro día: «Él puede hablar inteligentemente de casi todo; y aunque se siente que tiene firmes convicciones, posee la gentileza de permitirle a uno mantener las propias»[1]. Así me gustaría ser a mí. No vivir queriendo convencer a todos de sus errores. No pretender que los demás piensen como yo y actúen como yo espero. No ser tan poco frágil en mis creencias, que me deje llevar por lo que los demás piensan. Quiero ser una persona incorruptible, insobornable, íntegra, justa, recta. Me gusta ese ideal. Quiero ser interiormente libre. Con mis ideas que no pretendo imponer. Con mis decisiones que voy a mantener. No me imponen mis gustos. Yo los elijo. Yo decido lo que quiero y no deciden por mí. No tengo miedo a perder lo que poseo por ser fiel a mí mismo. Me gustan las personas auténticas que no dudan. No se mimetizan con el ambiente. Ellos crean un ambiente distinto. Así quiero ser yo. No quiero convertirme en uno más dentro de la masa. Soy yo mismo, aunque eso me cueste el rechazo, ser criticado o repudiado. Quiero educar personalidades autónomas y libres. Capaces de decidir por ellos mismos. De pensar sus propias ideas. Y tomar sus propios caminos. Sin seguir la corriente. Deseo ser yo mismo en mi originalidad dentro de una comunidad. S. Pablo lo describe así: «Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en, todos.En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común». Un solo Espíritu nos une en la Iglesia siendo todos diferentes. Cada uno con su carisma, con su misión. No tengo que copiar otros carismas, otras formas de ser. No tengo que hacer lo que los demás hacen. Quiero ser fiel a mi mismo y no vivir imitando. No tengo que hablar como los otros. Ni hacer las cosas que ellos hacen. Miro en mi corazón y pienso en lo que tengo que hacer. El otro día oí una frase que me dio qué pensar: «Hay una cosa importante en la vida. Si las cosas están funcionando no las cambies. Si no funcionan, cámbialas». Miro mi corazón y veo lo que está funcionando. No lo cambio. A la vez me fijo en lo que no va bien. Lo cambio. Quiero ser libre para dejar de hacer lo de siempre. Si lo veo claro. No por imposición. No por imitación. Y libre para seguir haciéndolo. Pero todo por una libre convicción interior. Así quiero ser en esta vida. Tengo claro lo que quiero y lo que no deseo. Lo que amo y lo que prefiero evitar. Y no tomo mis decisiones para agradar o para responder a todas las expectativas que tienen sobre mí. Eso no me da paz. Quiero ser libre de presiones y ataduras. Quiero ser insobornable, íntegro, recto. Quiero mantenerme fiel a lo que es parte de mi esencia, sin renunciar nunca a ser yo mismo.

Me gusta pensar que no me salvo solo. No voy solo por el camino de la fe. Mi vida y la vida de los demás están unidas. Es lo que el P. Kentenich llamaba Solidaridad de destinos: «No estamos solos. Estamos entrelazados en una comunidad. Piensen ustedes en un cerro de manzanas. Ahí todo depende de cada una; si una está mala, puede contagiar a todas las otras. La conciencia de la responsabilidad del uno por el otro es un regalo extraordinariamente grande. Nuestro mutuo y profundo estar el uno en el otro sólo puede comprenderse a la luz de esa seria responsabilidad que tuvimos el uno por el otro». Soy responsable de los que caminan conmigo. No voy solo. Soy parte de un cuerpo. De la Iglesia. Como dice S. Pablo: «Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo.Los miembros que parecen más débiles son más necesarios. Los que nos parecen despreciables, los apreciamos más. Los menos decentes, los tratamos con más decoro.No hay divisiones en el cuerpo, porque todos los miembros por igual se preocupan unos de otros. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; cuando un miembro es honrado, todos se felicitan». Todos los miembros del cuerpo son importantes. Todos tienen una misión. «Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro». Ninguno queda fuera como innecesario. No hay personas desechables, descartables, prescindibles. Todos valen y cuentan para Dios. Pensar así en la vida me da fuerzas. Mi vida repercute en otras vidas. Lo que hago merece la pena. El bien que hago. El mal que evito. Mis omisiones y mis acciones. Todo importa en el corazón de Dios. Nada es pequeño. Con este pensamiento aumenta mi responsabilidad. No quiero dejar de hacer todo el bien que aparece ante mí. A veces, es verdad, prefiero pasar desapercibido y que otro actúe en mi lugar. Que no cuenten conmigo porque estoy cansado o centrado en mis cosas. No quiero que me lo pidan a mí. Mi omisión entonces no suma, resta. Mi falta de amor es una carencia de generosidad en la entrega.Dejo de cargar las piedras con las que levanto una catedral. No camino yo solo. Recorro la vida unido a muchos. No me salvo yo solo, me salvo en comunidad. La iglesia es familia donde cada uno puede encontrar su lugar. No lo quiero olvidar. Familia en la que todos son importantes. Yo lo soy. Y los demás también lo son. Yo aporto con mi entrega. Cada uno tiene su carisma, su tarea, su forma de vivir, de ser. Todo suma. Todo resta. Hoy escucho: «No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza». Sé que mi alegría suma. Y mi tristeza resta. No quiero estar triste sin motivo, o con motivo. No quiero vivir frustrado. Ni amargarme con las pequeñas contrariedades de la vida. Siempre me sorprende de nuevo mi incapacidad para llevar con alegría la frustración. Me siento tan frágil.Sé que todo influye. Todo cuenta. Mi forma de vivir la vida. Mi forma de amar. Sé que con mi forma de ser creo atmósferas de cielo y de paraíso. O de infierno y de pantano. Veo mi debilidad a la hora de alegrarme cuando estoy triste. Seguir fiel a lo que Dios me pide, cuando he perdido las fuerzas. Veo mi poca tolerancia con la frustración. A veces con cosas sin importancia las que me quitan la ilusión. Me da pena dejar de sumar cuando estoy triste. Todo influye. No estoy solo. Quiero aprender a ser más solidario. Hoy hay tanta gente que vive el dolor y la frustración en soledad. Tantos hogares unipersonales. Tantas personas que no encuentran consuelo en otros. Y no tienen en quién apoyarse en medio de las dificultades del camino. No cuentan con amigos de verdad. No se siente queridos por personas cercanas. Buscan en las redes sociales el reconocimiento del que carecen. Quiero entregar mi alegría a los que están tristes. Vencer mis tristezas haciendo algo por los demás. Construir lazos firmes en una sociedad de lazos líquidos, cambiantes, superficiales. Vínculos que sean como una roca. Es lo que quiero construir. Una comunidad estable y firme. Una iglesia familia en la que todos puedan encontrar su espacio y sentirse queridos. Comenta el P. Kentenich: «Nuestra labor consistirá en tomar conciencia una y otra vez de nuestra relación con un mundo capaz de salvación y anhelante de salvación. Desde el principio apuntamos muy fuertemente a romper la estrechez de lo individual. De ahí la formación de una gran familia»[2]. Estoy llamado a vivir en familia. Cuidando los vínculos que Dios me ha dado. Cuidando ese ambiente de comprensión en el que todos encuentren un lugar. Aceptación, solidaridad, alegría. Ese ambiente familiar en el que cada uno puede ser fiel a su originalidad sin temer el rechazo. Comenta el Papa Francisco: «Ninguna familia ignora que el egoísmo, el desacuerdo, las tensiones, los conflictos atacan con violencia y a veces hieren mortalmente la propia comunión: de aquí las múltiples y variadas formas de división en la vida familiar». Necesito un amor que una. Un amor en el que todos se sientan queridos en su verdad. Un amor fuerte, firme.El amor suma. Mi entrega generosa aporta. No me salvo solo. Quiero unir y no separar. Amar y no rechazar. Renuevo mi deseo de cuidar a los que Dios me ha confiado. Me hago solidario. Venzo mi egoísmo.

Me gusta tener tiempo para aburrirme. Sentarme a ver pasar la vida. Sin tener quehacer muchas cosas. Quizás me falta esa capacidad de aburrirme. Es como si tuviera tanto que hacer que nunca tuviera tiempo que perder. Me hace gracia la demanda de algún niño: «Mamá, me aburro». Y la consabida respuesta serena de la madre: «Hijo, cuando yo era pequeña no tenía tiempo para aburrirme». El niño puede aburrirse. El adulto ha perdido esa capacidad. Aburrirse no es tan malo. Pero es verdad que por aburrimiento puedo dejar de luchar, de amar, de caminar. El aburrimiento puede desenamorarme de mis sueños. No todo tiene que ser divertido. No todo tiene que ser fácil y tener sentido. No todas las cosas tienen que ser fascinantes. Hay personas aburridas, trabajos aburridos, vacaciones aburridas. Hay lugares que me aburren y misiones que me desesperan. No por ello abandono en la lucha. Sigo adelante. Me creo que amar significa entretener a la persona amada. O entretener a mis hijos amados. Y no es así. Puedo aburrirme junto a quien amo, sin dejar de amarlo. Puedo aburrirme en el trabajo de mi vida, sin dejar de esforzarme y valorarlo. El aburrimiento no es tan malo. Me gustaría ser capaz de perder el tiempo sin que me remuerda la conciencia. Pensar que tiro horas por la borda de mi vida sin hacer nada de gran trascendencia. ¿No estaré desperdiciando mis talentos y siendo infiel a la misión confiada? Una persona me comentaba que una noche de insomnio hizo el esfuerzo de imaginar su vida como si fuera una obra de teatro representada en escena. Y pensó que tal vez en un día de su vida no había demasiados diálogos transcendentes. Y abundaban las conversaciones sobre temas superficiales, los comentarios innecesarios, las bromas carentes de hondura. Había tal vez excesivos silencios y poca acción. Y pensó en Dios mirando esa obra de teatro de su vida. ¿Sonreiría? ¿Se aburriría? Pienso en mi obra de teatro puesta en escena. En mi vida que transcurre ante los ojos de Dios y de los hombres. ¿Cuál es mi aporte? ¿Qué hago con los años que me quedan todavía en escena? ¿Qué piensa Dios de mí? ¿Le gusta mi vida? Tengo mucho que hacer, lo sé, mucho que decir. Pero me da miedo aburrir a Dios con una vida insulsa, sin sustancia, sin profundidad. Puedo hacer mucho más de lo que hago. O puedo elegir realmente qué hago. No dejo que el tiempo se me escape. No sé si es mucho o poco lo que aún me queda. Pero merece la pena aprovechar los días. Sin ansiedad por hacerlo todo, por hablarlo todo. Pero con mucha paz en el alma. La paz de saber que estoy recorriendo la vida con Jesús, de su mano. Y eso me consuela. Tomo decisiones constantes con Él, en Él.  Mi tiempo es sagrado. Me gusta pensar en la sacramentalidad del presente. Dios entra en escena en mi vida en presente. Hoy escucho: «Hoy es un día consagrado a nuestro Dios: No hagáis duelo ni lloréis». Es lo que escucha el pueblo judío en la primera lectura. Y después cuando Jesús habla en la Sinagoga: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír». Mi salvación se conjuga en presente. En el momento que vivo Dios viene a mi casa. Entra en la escena de mi teatro y actúa conmigo. No estoy yo solo en la escena perdiendo o aprovechando el tiempo. El presente es el día de la acción, del amor, del ser. Soy ahora mismo en mi verdad. Con mis heridas, con mi pasado que tanto me pesa, con las huellas de Dios en mi alma. Soy yo ahora y Dios viene a mi encuentro. Se abaja a mi orilla. Viene a mi barca. Entra en mi escenario. Eso me conmueve siempre. Actúa en presente. No en pasado. Luego miro la historia y veo su aliento sostenido en el tiempo. Pero es ahora cuando se cumple el día de mi salvación. Ahora mismo. Depende todo de mi sí y del amor de Dios que viene a mí a abrazarme con ternura. Mi salvación se hace carne en mis decisiones que suceden en presente. Quisiera aprender a vivir en el hoy. En el silencio en el que Dios me habita. Me cuesta. Me recreo en el pasado que no puedo cambiar. Recuerdo esas circunstancias pasadas que trajeron dolores. Ya no puedo cambiarlas. De nada sirve llorar sobre ellas. Dejo de pensar en el pasado pisado por mis huellas. Me concentro en el presente. Sin angustiarme por el futuro incierto que no controlo. Lo único que puedo hacer es lo que tengo entre mis manos. Las palabras que salen ahora de mis labios. Las decisiones que van tomando cuerpo en mi alma. Así, despacio, en presente. Sin perder el tiempo. Y dejando que pase sin miedo, sin agobios. Tengo todo mi presente por delante. El que veo ahora. El que sueño. Quisiera aprender a encontrarme con Jesús aquí y ahora, donde me encuentro. Sin pasar por alto lo que está sucediendo. Sin dejar de ver a los que Dios ha puesto ahora en mi camino. Siempre me gustó una expresión latina: «Nunc coepi». Significa que ahora empiezo. Ahora mismo me pongo manos a la obra. Ahora inicio la carrera y me juego la vida. En presente. No en pasado. Ahora es cuando puedo pensar, amar, actuar, salvar. Ahora puedo abrazar y mostrar mi misericordia. Ahora puedo perdonar y aliviar la carga en el camino. Ahora mi vida es nueva, porque Jesús hace todas las cosas nuevas. Ahora he dejado atrás mis miedos y pesares. Mis penas y angustias. Ahora estoy dispuesto a entregar la vida por completo sin miedo a perder todas las ganancias. Ahora me levanto y me olvido de mi error, de mi caída, de mi tropiezo. Ahora elijo mi vida como es y no como me hubiera gustado que fuera. Ahora los sueños tienen más vida, más fuerza, más fuego. Ahora está todo por hacer y tengo fuerzas nuevas. Suficiente para este presente que acaricio con mis manos. Ahora empiezo de nuevo a amar.

En Jesús se manifiesta la salvación para los judíos: «Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en Él. Y Élse puso a decirles: -Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír». Lo que anunció el profeta se hace realidad en Él. Leía el otro día: «Dios presente en un cuerpo humano está escondido en el silencio de Dios. Su palabra terrenal se halla habitada por la palabra silenciosa de Dios. Toda la vida de Jesús está envuelta en el silencio y el misterio»[3]. Jesús manifiesta en su carne que Dios está presente. Es uno más entre los hombres. Pero al hombre le cuesta aceptar esa realidad. No lo reconoce. Lo niega. Tanto amor hecho carne es rechazado. No lo puede comprender. En Nazaret, donde Jesús había vivido, se manifiesta a los suyos. Y los suyos no lo reconocen. Los que lo habían visto crecer no lo distinguen. La escritura se hace carne en Él. Jesús es el elegido, el hijo predilecto, el salvador soñado, el mesías anhelado. Jesús es Dios en la carne de los hombres. Esa paradoja es difícil de aceptar. Jesús ha sido ungido por el Espíritu. Ha sido enviado. Pero es el hijo del carpintero. Un joven como otros. Difícil saber en qué es especial. Uno más. Hoy Jesús también quiere venir a mí a mostrarme su poder. Su presencia salvadora. Lo hace en la carne humana de los que están conmigo. Lo hace en los que están cerca amándome. Lo hace de forma discreta en los que me quieren en mis límites y me aceptan en mis debilidades. Y yo a veces no distingo su presencia. Hoy parece que todoslos ojos están fijos en Él. Están atentos. Buscan palabras de esperanza. Quieren descubrir el sentido de sus vidas. El camino más rápido a la felicidad. Todos los ojos fijos en Jesús. Fijan su mirada en Él. ¡Cuántas cosas me pierdo cada día por no fijar los ojos en la realidad que me rodea! Vivo perdido mirando otras cosas. Vivo buscándome,pero no me encuentro. Pierdo la paz sin fijar la mirada en quien de verdad importa. Hoy todo el pueblo escucha la palabra de Dios. Los oídos están atentos y los ojos están fijos en Esdrás.«En aquellos días, el sacerdote Esdras trajo el libro de la Ley ante la asamblea, compuesta de hombres, mujeres y todos los que tenían uso de razón. Desde el amanecer hasta el mediodía, estuvo leyendo el libro a los hombres, a las mujeres y a los que tenían uso de razón. Toda la gente seguía con atención la lectura de la Ley». Todos quieren saber la verdad. Están ávidos de palabras de vida eterna. Y cuando escuchan palabras de salvación adoran a Dios: «Después se inclinaron y adoraron al Señor, rostro en tierra».Esdrás proclama la palabra de Dios como lo hace Jesús: «Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasajedonde estaba escrito: - El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido».Lee la palabra de Dios en medio de su pueblo. Todos están atentos. Con los ojos fijos en sus palabras. Ávidos de noticias. Yo también quiero saber lo que está ocurriendo en cada instante. Lo quiero saber todo. Es tanta la información que recibo cada día. Tanto lo que puedo saber al instante. Me pierdo. Tengo los ojos fijos en las redes sociales para no perderme nada. No quiero quedarme fuera de lo que pasa hoy, ahora. Quiero ser portador de la última noticia. Quiero saberlo todo y antes que los demás. Estar informado es un bien en sí mismo. Es poder. Me obsesiono por no perderme los detalles y acabo dando importancia a lo que no la tiene. Como si la vida se jugara en miles de pequeños retazos de historias. Como si todo fuera igual de importante. La opinión de un desconocido en las redes sociales. Lo que le pasa a alguien que no conozco. Lo que vive o sufre aquel a quien amo y camina conmigo. Como si todas las noticias tuvieran el mismo peso. Las que ya han ocurrido y las que son sólo rumores. Las que no me afectan en absoluto y las que sí tienen consecuencias en mi vida. Es como si todas tuvieran el mismo valor y requirieran de mí toda la atención. No es verdad. Son pocas las noticias que en realidad me importan y me afectan. Son las que tienen que ver con mi vida. Con las personas a las que amo y me importan. Tienen que ver con mi futuro. Con mis planes. Importan las noticias que me afectan directamente. No las otras que no tienen nada que ver conmigo. ¿Por qué vivo tan ávido de noticias,volcado en el mundo queriendo controlarlo todo? Me supera el mundo y todo lo que pasa a mi alrededor. Va todo demasiado rápido. Una noticia sigue a la otra. Y no me da tiempo a asimilar nada de lo que pasa. Espero en mi corazón siempre una buena noticia. Pero a veces equivoco el lugar donde la busco. Leía el otro día: «El reino de Dios sólo puede ser anunciado desde el contacto directo y estrecho con las gentes más necesitadas de respiro y liberación. La buena noticia de Dios no puede provenir del espléndido palacio de Antipas en Tiberíades; tampoco de las suntuosas villas de Séforis ni del lujoso barrio residencial de las elites sacerdotales de Jerusalén»[4]. La buena noticia no viene de esos lugares donde la busco. ¿Cuál es esa buena noticia? La que me dice que Dios me ha salvado. La que me habla de una esperanza que con frecuencia me falta. La que me lleva a vivir con más paz y calma porque sé que todo está en las manos de Dios. Me gusta pensar que las palabras de Dios son las que van a llenar mi corazón como he repetido en el salmo: «Tus palabras, Señor, son espíritu y vida. La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante». Sé que la palabra de Dios es vivificante. No me deja indiferente, me salva. Llena mi corazón de paz. Y llena de fuego mi alma. Es la palabra que crea y transforma mi vida. En eso confío. Hay personas especialistas en contarme malas noticias. Me dicen lo que me puede salir mal. Me cuentan lo mal que les ha ido a otros por hacer lo mismo que yo hago. Es como si quisieran amargarme la vida. O quitarme la sonrisa de los labios. No sé si no quieren estar ellos alegres o simplemente no desean que yo lo esté. Y con ello pretenden amargarme, no alegrarme. Me dicen lo malo que puede sucederme, nunca lo bueno. Hablan mal de otros. Los critican. Parece mal visto contar buenas noticias. Es casi como caer en el buenismo. Decir sólo cosas buenas parece falso. La vida no es así, me recuerdan algunos. Muere mucha gente. Otros fracasan. Muchos son infieles. Hay tantas injusticias. A la mayoría se les muere algún ser querido. Casi nunca salen las cosas como pienso. Me recuerdan que por mucho que me empeñees difícil que llegue a la meta. Me dicen que no voy a alcanzar la cumbre que sueño. Y que la vida no es como me la pintan. Me animan a no ser tan infantil. Me recuerdan que tengo que aprender a ver debajo del agua y no sólo ver lo bueno de los demás. Claramente siempre hay un mal visible. Jesús no es así. Él trae una buena noticia. Ve lo bueno y me anima a creer en Él, en mí mismo, en los demás. Quiero alegrar la vida a otros con buenas noticias. No quiero amargar, quiero alegrar los corazones.

Tengo una misión propia. Una forma original de vivir la fe. Un carisma particular. Una tarea en esta vida que sólo yo puedo realizar. Nadie más por mí. ¿Cuál es mi don? ¿Sé dónde se encuentra mi originalidad? ¿Dónde están mis talentos? ¿Qué debilidad mía usa Dios para hacerla fecunda? Sé que no puedo hacerlo todo. Sólo lo mío. Eso es lo que importa. Decía S. Pablo: «¿Acaso son todos apóstoles? ¿O todos son profetas? ¿O todos maestros? ¿O hacen todos milagros? ¿Tienen todos don para curar? ¿Hablan todos en lenguas o todos las interpretan?». No todos hacen lo mismo. No todos son profetas, no todos curan. Cada uno actúa de acuerdo con su sabiduría. Veo que unos hablan y su palabra es creadora. No sé bien cómo pero su voz penetra los corazones y cambia las vidas de las personas. O no es su voz, sino la palabra llena de Espíritu Santo. Dios en su don haciendo pequeños milagros de transformación. Otros son especialistas en escuchar. Lo hacen con inmenso respeto. Saben ser pacientes y aguardar sin decir nada. Su silencio da vida a tantos. Me impresiona ese don de saber escuchar. El que escucha construye puentes que unen a unos y a otros. El silencio de la escucha enaltece. El que calla sabe sembrar en una tierra fértil. Otros dan sabios consejos. Sin imponer nada, con respeto. Otros sirven con pasión dando todo su tiempo y su energía. Entienden que su misión es estar atentos a la necesidad de los que están cerca, y lejos. Saben ponerse a la labor sin esperar que se lo pidan. Lo entregan todo con humildad y no pretenden que sus nombres resuenen en acción de gracias. Dan sin esperar nada. Dan en lo oculto. Me impresiona ese don de permanecer ocultos. Sin que nadie los vea, sin que nadie lo sepa. Tal vez es su servicio fiel y oculto el que cambia el mundo sin que yo me dé cuenta. Su ayuda generosa es fuente de vida para los más necesitados. Veo a otros que sanan con su ternura y delicadeza. Tienen el poder de curar enfermedades. No sé cómo lo hacen, pero consiguen que las heridas hondas cicatricen. Y los vacíos del alma que tanto enferman se llenen de esperanza. Saben aguardar al pie de la cama del que sufre. Acompañan sin querer dar consejos. Saben ser pacientes y curar a todos los enfermos que quieren tocar sus vidas. Veo a los que acogen con su corazón grande y abierto. Se convierten en morada para los indigentes, para los solitarios, para los que han sido rechazados y juzgados. Miro a mi alrededor. Veo tantos dones y talentos. ¿Cuál es mi don? ¿Qué misión me ha confiado el Espíritu Santo? Si supiera cuál es mi don, mi tarea original que nadie puede hacer por mí, dejaría de vivir comparándome con los demás. Viviría alegre siendo quién soy en lugar de sufrir por no ser como otros. Mi don es el mío, y también mi herida y mi debilidad. Son únicos. No los tienen otros. Y sé que el Espíritu va a hacer conmigo milagros originales, si vivo feliz haciendo lo que me pide. No me comparo. No pretendo ser quien no soy. Soy yo, con mi originalidad. Necesito descubrirla para vivir con paz haciendo lo mío. Cuando no es así, me pongo triste y dejo de valorar la entrega de los otros. Divido. Creo distancias con los demás. Juzgo al que envidio. Y veo cómo el demonio divide en mi interior. El Espíritu Santo por su lado es capaz de unir. Incluso en mi misma Iglesia me vuelvo suspicaz con los que no son como yo. Critico a los diferentes, a los que tienen otros carismas y acentos. A los que llegan a más corazones y logran más victorias. Y yo me quejo de la sequedad de mi entrega. Y veo que quiero ser como otros en los frutos. Divido, juzgo, condeno, en lugar de unir con mis palabras y silencios.

Jesús sabe muy bien cuál es su misión, y la quiere hacer comprensible a su pueblo. Por eso elige el texto de Isaías en la sinagoga de Nazaret: «Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos».Jesús viene a sanar los corazones enfermos. Porque sus manos y su amor sanan las heridas. Viene a anunciar a los pobres la esperanza, la buena noticia de su presencia. Viene a mí porque en mi pobreza sus palabras me llenan de sueños.Quiere erradicar la pobreza que no me deja mirar con alegría mi vida. Tantas veces soy pobre porque deseo lo que no tengo y no me conformo con lo que poseo. En mi pobreza sueño siempre con más. Y corro el peligro de perder la esperanza cuando las cosas no mejoran. Entonces Jesús viene a anunciarme que mi vida puede ser plena si creo en Él. Me dice que todo puede tener mucho más sentido del que con frecuencia le encuentro. Jesús me anuncia la libertad a mí que soy esclavo. Sé que vivo en un mundo de esclavos sin libertad. Yo mismo soy esclavo porque me falta la libertad interior. Hay tantas dependencias en mi alma que me apegan a la tierra. Necesito desintoxicarme de mis apegos enfermizos. Quiero ser más libre en mi corazón. Me alegra saber que Jesús me libera hoy de todo lo que me ata. Viene con su Espíritu a liberarme. A sacarme de las cárceles en las que yo me he recluido voluntariamente. Jesús viene también con su luz y quiere que los ciegos vean. Que yo mismo vea. Porque estoy ciego y no sé mirar con hondura. Me fijo sólo en lo que no me da vida. Me quedo en la superficie de las cosas. Y no soy capaz de ver lo bueno que hay en mi alma, en el alma de los que me rodean. Veo lo malo, lo sucio, lo feo. Quiero aprender a ver la belleza, la verdad, la bondad. Y quedarme con esa mirada grabada en el alma. Jesús lo puede hacer posible. A eso vino a la tierra. A liberar, a dar luz, a sanar. Y el mundo creía en Él porque veía sus signos visibles: «En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan». Su misión fueron buenas obras. Pasó haciendo el bien. Liberando, sanando, limpiando. Me alegra pensar en la misión de Jesús. No vino para los que ya estaban cerca de Dios, vino para los marginados. Vino a revelar un Dios misericordioso para que todos pudieran sentirse amadospor Él. Su mensaje es de esperanza y salvación. Ha venido «para anunciar el año de gracia del Señor». Un año de esperanza, de misericordia.Ese mismo año de gracia que proclamó Isaías. Entonces parecía muy lejano. Pero el pueblo no duda de las palabras del profeta. Las conservan en su corazón durante generaciones. Hoy ha llegado el día: «Es un día consagrado a nuestro Dios». En Jesús se va a hacer realidad. Se revela en Él plenamente la misericordia de Dios.Un año de gracia. Untiempo en el que la deuda se condona. Ya no hay deuda que pagar. Ha sido cancelada. El perdón es más grande que el pecado. Sobreabunda la gracia. La misión de Jesús es mostrar ese rostro misericordioso de Dios a los hombres. El pueblo que escucha se conmueve. Se admiran al escuchar que ha llegado la hora. Un momento tan ardientemente esperado. Ya está ahí. Jesús en persona en medio de los hombres. Sus palabras los llenan de esperanza. No puede haber mayor don que un año de gracia. Que la salvación esté presente para todos. No hace falta ser perfecto. Sólo tengo que reconocer la imperfección y acercarme conmovido hasta Jesús. Él, la misericordia encarnada, me espera con los brazos abiertos. Me abraza, me perdona



[1] Young, Wm. Paul, La Cabaña:Donde la tragedia se encuentra eon la Eternidad

[2]Kentenich Reader Tomo 2: Estudiar al Fundador,Peter Locher, Jonathan Niehaus

[3]Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio, 75

[4] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica

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