Homilía del padre Carlos Padilla - 3 de marzo de 2019

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Domingo 3 de marzo de 2019 | Carlos Padilla

VIII Domingo Tiempo ordinario

Eclesiástico 27, 4-7; 1 Corintios 15, 54-58; Lucas 6, 39-45

«¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?»

3 Marzo 2019 P. Carlos Padilla Esteban

«Mi mirada cree, espera, se alegra. Ve el cielo en el infierno. Ve más allá de la aparente suciedad. La pureza está en mi interior. Puedo ver la vida con optimismo. Y creer en la bondad del hombre»

Siempre me impresiona la escena en que Caín mata a Abel: «Aconteció después de un tiempo que Caín trajo, del fruto de la tierra, una ofrenda a Dios. Abel también trajo una ofrenda de los primerizos de sus ovejas, lo mejor de ellas. Y Dios miró con agrado a Abel y su ofrenda, pero no miró con agrado a Caín ni su ofrenda. Por eso Caín se enfureció mucho, y decayó su semblante. Entonces Dios dijo a Caín: - ¿Por qué te has enfurecido? ¿Por qué ha decaído tu semblante? Si haces lo bueno, ¿no serás enaltecido? Pero si no haces lo bueno, el pecado está a la puerta y te seducirá; pero tú debes enseñorearte de él. Caín habló con su hermano Abel. Y Sucedió que, estando juntos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel y lo mató». Gen 4, 1-8. Me conmueve ese odio que convierte a Caín en fratricida. La envidia llenó su corazón. Dios amaba más a Abel. Caín quiere hacer el bien, pero no recibe tanto amor como esperaba. La tentación está a su puerta. Es fácil no hacer el bien que quiero. Es tentador el mal del que huyo. No quiero hacer el mal, pero lo hago. No tengo ese equilibrio interior que me lleva a optar por lo justo y valorar las ofensas y desprecios en su justa medida. Sin guardar rencor en mi alma. Sin dejarme llevar por el odio. Es difícil juzgar las acciones cuando he querido hacer el bien y no he podido. No me han dado las fuerzas. Se ha impuesto en mí el rencor, o la envidia. Me vuelvo malo como Caín. Y en el campo mató a Abel. Lo ama, pero lo mata. Mi amor está herido, está enfermo. Tengo en el alma una envidia que han sembrado las circunstancias de mi vida. El otro día me conmovió una película, Cafarnaúm. Nadine Labaki, la directora, decía: «Escribí en mi pizarra las cosas que me preocupan y que veo: esclavitud infantil, tráfico de niños, el absurdo de tener que mostrar un papel para demostrar que tú existes, la idea de que son invisibles para la gente... Miré a la pizarra y dije: en qué clase de mundo vivimos, esto es el infierno, vivimos en el infierno. Y eso es Cafarnaúm: el desorden, el caos. Así es cómo empezó. Escribí el título antes de tener una línea de guion». La historia de un niño herido, en una familia herida, en un pueblo herido. Como la historia de tantos niños heridos. Abandonados sin amor. Expuestos al odio. Caín y Abel. En medio de la batalla de la vida. ¿Cómo se puede cambiar el infierno y convertirlo en cielo? ¿Cómo puedo dejar que venza en mí el amor dejando de lado el odio? La envidia. La ofensa recibida. La realidad suele ser más dura que la misma ficción. Una película no logra nunca reflejar la hondura del corazón humano. ¿Hasta dónde puedo llegar si me dejo llevar por pasiones enfermas? Al odio, a la muerte misma. El protagonista de la película es un niño de doce años, Zaín, que demanda a sus padres por haberle dado la vida: «Quiero demandar a mis padres por traerme al mundo». Quiere que el juez los juzgue por su propio nacimiento y quiere que el juez les prohíba tener más hijos. Porque no se hacen cargo de ellos. Porque no los quieren. Y esa falta de amor da a luz a personas heridas, llenas de amargura. La falta de amor me enferma. Dios mira con bondad a Abel. Parece no amar tanto a Caín. No mira su ofrenda. Me siento despreciado. No recibo el amor que espero, el reconocimiento, una palabra enaltecedora. Y surge la envidia. Comienza el caos. Quisiera tener orden en mi interior para dar amor, para sembrar una paz. Necesito la mirada de Dios que calme mis ansias y apacigüe mis miedos. Y logre así sembrar luz en mis sombras. Quiero esa armonía en mi alma que logre vencer la tentación del mal. Un amor que me lleve a dar amor en lugar de odio. Una mirada que me haga sentirme querido como soy. Valorado en lo que soy. Orden en lugar de caos. Armonía en lugar de ruptura. Es fácil quererlo. No es tan fácil hallar esa roca segura en la que descansar y anclar mi alma. Temo. Me siento rechazado y surgen en mi alma sentimientos de ingratitud. Quiero venganza. Quiero el mal que no amo. Quiero que otros no tengan lo que yo deseo. Una sociedad caótica engendra corazones que viven en el caos, en la oscuridad, en el odio. Quiero el cielo en la tierra. Apartando el infierno que me hace tanto daño.

Mirar con ojos de niño me permite ver lo bueno que hay a mi alrededor. Miro a las personas y veo su belleza. Miro el mundo y elijo la luz. Cuando nadie confía en mí, yo decido confiar. En medio de un mundo corrupto me decanto por la fidelidad. No quiero caer en la tentación de pensar que todo está sucio y que nada puede ser digno de confianza. No quiero temer que en algún momento me van a defraudar. Puede que ocurra, pero no lo espero. En mi corazón tengo la elección primera. Puedo tener mirada pura y elegir ver lo bueno. O puedo tener una mirada impura, y quedarme sólo con lo sucio. Sé muy bien que lo impuro nace de mi corazón, no viene de fuera, como a veces me dicen. No viene de los demás o del mundo que está en decadencia. Soy yo, con mi alma frágil y herida, el que odia, teme, rechaza, elige el mal, opta por el fraude. Soy yo el que se queda con la fruta podrida, en lugar de elegir la que está en buen estado. Soy yo en mi corazón. De mí depende entonces mirar de forma diferente. Decía el P. Kentenich: «Es un arte superar en nosotros el escarabajo estercolero y cultivar la abeja»[1]. Es fácil mirar con ojos de escarabajo. Veo la suciedad escondida. Denuncio los abusos ocultos. Anuncio la corrupción encubierta. Veo lo malo en las personas. No me fío de nada, de nadie. ¡Cuántas veces camino por la vida como un escarabajo! En la película Cafarnaún reina el caos. Desde lo alto se ve una ciudad confusa, revuelta. ¿Hay algo de bondad en sus calles? La película logra mostrarme la belleza oculta aproximándome al alma de las personas. Con mirada de abeja, no de escarabajo. En ese niño en el que nadie confía existe el bien, la belleza. Un alma pura que lucha por hacer el bien. En medio de su dolor por perder a su hermana huye. En su desesperación una madre que vive sola con su bebé lo acoge en su humilde casa. Y cuando tiene que ir al trabajo le deja al cuidado de su hijo. El protagonista experimenta entonces una confianza desconocida. En su necesidad le confía a su hijo de dos años. Al principio con miedo. Luego con la certeza de que lo cuidará bien. Esa confianza sana el corazón del protagonista y lo capacita para cuidar a ese niño. Confían en él y él confía en su poder. Puede cuidarlo. Es capaz. La confianza que ponen en mí me hace mejor persona. Esa confianza es una roca sobre la que construyo. Cuando me miran de esa forma todo cambia en mi interior. Porque yo no confío tanto en mí y dudo de mis fuerzas. Conozco muy bien mi pobreza. ¿Cómo voy a lograr yo que surja la belleza de mi alma sucia? No quiero ser escarabajo. No quiero arrastrarme por la suciedad que me rodea. No vivo como las aves de carroña de las desgracias y debilidades ajenas. Mi corazón no se alimenta de escándalos de corrupción, de abusos. No necesito recorrer imágenes llenas de suciedad para sentirme mejor. Mi mirada quiere ser más pura. Cree, espera, ríe, se alegra. Ve el cielo en el infierno. Mi mirada va más allá de la aparente suciedad de mi entorno. La pureza está en mi interior. De mí depende verla. Puedo resaltar lo bueno de las personas. Puedo simplemente hablar de lo malo que hay en ellas. Puedo mirar la vida con optimismo. O bien puedo ser pesimista y dejar de creer en la bondad del hombre. Decía el P. Kentenich: «¿Qué significa comprender? Significa creer en la misión del otro y creer en lo bueno del otro»[2]. Miro a los que me rodean y veo su grandeza. Me fijo en lo bueno que hay a mi alrededor. Veo la luz y no me quedo en la noche. Veo el final feliz de la victoria, no me fijo en los efectos de una derrota pasajera. No quiero ser ciego, quiero aprender a mirar. Para que no me pase lo que hoy escucho: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?». Mi forma de mirar lo cambia todo. Me cambia a mí y cambia el mundo que me rodea. El infierno se vuelve más parecido al cielo. Confío en las personas que me han fallado una y otra vez. Vuelvo a creer en ellas. Vuelvo a confiar en todo lo que pueden llegar a ser. Quiero tener esa mirada pura que me habla de la eternidad. Hoy escucho a S. Pablo: «Cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: - La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?». Más allá de la muerte, de la corrupción, de la fealdad, de la impureza. Más allá de lo que no me gusta y detesto, está la belleza eterna de Dios. Dios prevalece por encima del mal, de la muerte, del pecado. No quiero dejarme corromper. Me da miedo que, al hablar tanto del mal que hacen los demás, acabe yo haciendo ese mismo mal que condeno. Hablar tanto de pecados e infidelidades es como una suciedad que se me pega a la piel. ¿No me convendrá entonces aprender a guardar silencio? El mal no deja de existir si no lo menciono. Pero cuando hablo de él lo tengo más presente. No quiero airear los ejemplos poco edificantes. No quiero hablar de los pecados que me escandalizan. No quiero quedarme en lo feo que me rodea. Miro la belleza. Hablo bien de los hombres. Elijo la luz. Hablo de la música que lo llena todo de esperanza. Menciono el bien que alguien ha hecho. Me quedo con la verdad que muchos viven. Elijo el amor antes que el odio. Y la fidelidad entregada antes que el pecado manifiesto. Me detengo ante la luz de un paisaje lleno de vida. Y dejo de lado la oscuridad que desprende la bruma del pantano. Opto por la esperanza. Elijo la luz eterna.

Tener o no tener poder no me resulta indiferente. Me atrae el poder. Me gusta poder hacer cosas. Saber sobre muchos temas. Tener la posibilidad de realizar lo que sueño. El poder me abre puertas. No poder hacer lo que quiero me incapacita. Me limita. Me frustra. Todos en la vida tenemos poder. La pregunta es cómo lo uso. Puedo usarlo para hacer el bien. Puedo abusar del poder que me han confiado. El poder que tengo es siempre un don. Alguien me ha dado ese poder. Jesús le decía a Pilatos: «Pilato entonces le dijo: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte, y que tengo autoridad para crucificarte? Jesús respondió: Ninguna autoridad tendrías sobre mí si no se te hubiera dado de arriba; por eso el que me entregó a ti tiene mayor pecado». Jn 19,10-11. Alguien me ha dado el poder que tengo. La autoridad me viene de Dios. Son otros los que me dan el poder sobre sus vidas. El poder viene de lo alto. Puedo usarlo bien o mal. Soy responsable del poder que recibo. Cuando amo a una persona le doy poder sobre mi vida. Y le doy la posibilidad de amarme en correspondencia: «Amar a alguien es darle la posibilidad de corresponder a ese amor. El mayor don que se puede otorgar a alguien es darle la posibilidad de poder darse él mismo, entregarse por amor. Mayor felicidad hay en dar que en recibir»[3]. Puedo entregar a otro el poder sobre mí, a través de mi amor. ¿Cómo uso el poder que recibo? Es gratuidad. No es un derecho. Puedo usarlo con dignidad. Puedo enaltecer a quien amo. O puedo tratarlo sin respeto. El poder usado abusivamente es algo enfermizo. Tener poder sobre alguien es una responsabilidad inmensa. Puedo usar el poder con amor. Puedo hacer daño a los que se me confían. La confianza recibida me da un poder inmenso. Alguien se abre a mí y cree en mí. Y yo tengo que ser para esa persona un reflejo fiel del amor de Dios. Me gustaría no tener poder muchas veces. Para no ser tentado. Para no creerme más de lo que soy. La impotencia sentida en la piel me hace más humano. Me confronta con mis límites. Siento el deseo de ser omnipotente. Saberlo todo. Tenerlo todo. Controlarlo todo. Ese poder de Dios que tanto me atrae y seduce. Quiero ser como Dios. Pero el poder que recibo me vuelve orgulloso. Creo que lo puedo todo. Que soy capaz de todo. Yo sé lo que hay que hacer. Sé lo que conviene. Y puedo abusar de mi autosuficiencia pensando que nadie tiene tanto poder. Me busco a mí mismo. Pretendo que me sirvan. Porque me siento poderoso. Como si todo estuviera en mi mano. Me hace bien tocar la impotencia de mis fragilidades. Me gustaría expresarle a Dios que nada puedo sin Él. Decía el P. Kentenich: «Dios Padre tiene una ´debilidad´ característica; y es que no puede resistir al desvalimiento de un hijo suyo, cuando este lo conoce y reconoce. Filiación significa ´impotencia´ del Dios excelso y al mismo tiempo ´omnipotencia´ del hombre insignificante»[4]. Dios es impotente ante mi impotencia. Es una paradoja. Cuanto más altivo y seguro de mí mismo aparezco ante sus ojos, más débil se siente para poder atraerme con lazos de amor. Es como si no lo necesitara. Creo que lo puedo hacer todo solo. Sólo cuando me desprendo de mi orgullo y vanidad puedo doblar la rodilla ante Dios, ante María. Entonces caigo, sucumbo. Experimento en mi carne el pecado, el abuso. Siento que si no dejo que Dios gobierne en mí seré un déspota, abusaré del poder que me confían, dejaré que me sirvan sin ponerme yo a servir a los más débiles. Pasaré por encima de la fragilidad de los hombres. Me erigiré en juez que condena cualquier infracción. Inflexible con la debilidad de los hombres. Me hace bien probar el polvo de la caída. Tocar el dolor de la traición. Experimentar la mancha en mi piel por la crítica y la condena de los hombres. Aprenderé a construir sobre la arena de mis fracasos y miraré conmovido a Dios impotente ante mi incapacidad. No quiero convertirme en abusador de los débiles e inocentes. Conozco el poder de mi palabra. Y la fuerza de mis gestos. Se que puedo pasar por encima del que busca amor y comprensión. Puedo ofender casi sin darme cuenta. Puedo pedirle a los demás lo que yo mismo no estoy dispuesto a hacer. Puedo dejar de llevar yo grandes cargas. Y permitir que otros caigan bajo el peso de mis exigencias. No lo quiero. Huyo entonces de ese poder que me lo da Dios para que lo use con respeto infinito. Para que me acerque de rodillas a los que Dios pone al alcance de mi amor. Para que no quiera que hagan lo que yo deseo. Para que sólo invite a seguir el camino de Jesús misericordioso. Que mis palabras sean firmes y llenas de misericordia. Que mis exigencias sean expresadas en mi propia vida, no en mis palabras. Que no pida nada que yo no haga. Que no busque que nadie pierda su libertad poniéndomela en mis manos. Al contrario. Renuncio a todo poder dándole a Dios y a María el poder sobre mi vida. Ellos son los que tienen poder. Yo soy el impotente. No puedo con mi carga. No puedo amar como Dios me ama. No juzgo. No condeno. Entrego mi vida rota en las manos de Dios. Le entrego el poder sobre mi vida.

A menudo me pregunto por quién hago las cosas. ¿Las hago por mí? Hoy escucho: «Trabajad siempre por el Señor, sin reservas, convencidos de que el Señor no dejará sin recompensa vuestra fatiga». El mundo me anima a no trabajar tanto. A ansiar que llegue el fin de semana. A buscar la paz y el sosiego lejos de las prisas y los ruidos. Me anima a dejar que otros hagan las cosas por mí. Y no perder el tiempo en lo innecesario. Hoy escucho que tengo que fatigarme por el Señor. Trabajar por su reino. Juzgo a aquel que no se relaja y vive invirtiendo horas y más horas en mil trabajos. Digo de él que es un exagerado que no deja tiempo para los suyos. Y puede ser que haya puesto el acento en el trabajo del mundo. Miro a otros y veo que buscan el descanso con denuedo. Y no se esfuerzan por hacer las cosas bien. Digo que son chapuceros. Que quieren un premio desproporcionado. Desean sólo el dinero que reciben y trabajar lo menos posible. ¿Es este el ideal? ¿Dónde está el punto medio? Adán comió del árbol que no debía comer y tuvo que abandonar el paraíso. Y como consecuencia vino la fatiga, el sudor, el esfuerzo. Como un castigo. Hay personas que huyen del esfuerzo. Cuanto menos tengan que hacer, mejor. ¿No me pasa a mí que me dejo llevar por la corriente de la pereza? Una fatiga sin reservas. Por el Señor. Por su reino. Sudar por Él, cansarme por Él. A veces no me quiero ensuciar. Rehúyo trabajos poco importantes. Creo que eso no me corresponde. Que lo haga otro. Es menos digno. Deseo hacer las cosas que se ven. Lo que de verdad importa y brilla. «Así, pues, hermanos míos queridos, manteneos firmes y constantes». Y quiere Dios que me esfuerce de forma firme y constante. Me quejo de la inconstancia. Hago las cosas a medidas. Sin darle todo mi tiempo, mi atención, mi preocupación. Me gustaría ser más generoso y constante en el amor. La pereza, la desidia, la inconstancia. Cambio de actividad continuamente. No me detengo en lo que estoy haciendo. ¿Me falta hondura? Puede ser. Hago las cosas de forma superficial. No me dejo la piel en lo que hago. Que no me cueste mucho, pienso. E improviso. O lo dejo todo para última hora. Total, no es tan importante. Y así se me van las horas, y los días. Desaprovechando todo ese tiempo que Dios pone en mis manos. Vivo en un mundo confuso lleno de ruidos en el que no tengo tiempo para detenerme un momento. Leía el otro día: «Sin ruido el hombre está destemplado, febril, perdido. El ruido, como una droga de la que se hubiera hecho dependiente, le da seguridad. Con su apariencia festiva, es un torbellino que impide mirarse a la cara. La agitación se convierte en un tranquilizante, un sedante, una bomba de morfina, una forma de sueño, de onirismo inconsistente»[5]. Busco el ruido que me aleja de las profundidades de mi alma. No me esfuerzo en hacer las cosas desde lo hondo de mi ser. Trabajo y me esfuerzo en la superficie de mi vida. Pero no entro dentro. No busco el silencio para trabajar con Dios. Para hacer algo grande con mi vida sin necesidad del ruido. Sin buscar el ruido. ¡Cuánto me cuesta el silencio! Vivo en esta tensión. Volcado en el mundo. Anhelando al mismo tiempo volver a lo más profundo de mi alma. Vivo fuera queriendo volver dentro. Vivo dentro intentando salir fuera. Una lucha constante. Necesito el justo equilibrio. Entre lo que soy y lo que estoy llamado a ser. Comenta el P. Kentenich: «Pensemos en nuestro propio desarrollo. Observamos en él cumbres y valles, ¡qué lejos estamos de amar con constancia y estabilidad!»[6]. Crezco en el mundo de Dios. De forma constante. Dios sabe cuáles son mis resistencias. Me busco de forma egoísta. Quiero que otros se esfuercen, no yo. Quiero que otros hagan. Y yo permanezco pasivo al borde del camino. Me pongo manos a la obra. Actúo con perseverancia. Sé que la vida se juega en mis decisiones constantes. Vuelvo a elegir dar la vida por Jesús. Merece la pena vaciarme. Nunca quedará mi fatiga sin recompensa. Cuando lo hago todo por Él. ¿Cómo pueden convivir en mí deseos tan opuestos? Quiero dar la vida por entero y luego conservarla cueste lo que cueste. Quiero amar a los demás por amor a Jesús y me encuentro amándolos por amor a mí mismo, por miedo a quedarme solo. Es tan vana mi vida. Mi deseo último parece ser superficial. Yo, que me creo tan profundo. Y me confronto tan a menudo con pensamientos absurdos que me sacan de mi paz interior. Busco dentro de mí al que me trae consuelo. Mientras con mi otro yo busco fuera de mí ídolos que calmen mi sed de infinito. No lo logro y me frustro. Quiero llegar a las cimas dejando los valles. La perfección que Dios me pide tiene que ver con el amor. Un amor que se da por entero. Que ama sin reservas. De forma constante e íntima. Un amor fiel. Un amor grande. Es lo que deseo.

Jesús me pide que mire con pureza de corazón. Pero yo suelo ver lo malo que hay en el mundo, en los demás, en mí mismo. Me dice: «¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: - Hermano, déjame que te saque la mota del ojo, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano». ¡Con cuánta facilidad veo la mota en el ojo ajeno! Me fijo en lo que los otros hacen mal. Y los condeno. Tengo gran facilidad para decir: «Tú, lo que deberías hacer…». Poseo todas las recetas posibles. Sé lo que los demás tienen que hacer para que sus vidas mejoren. Tal vez no me fijo tanto en mi viga propia. En lo que yo hago mal. Para lo mío siempre encuentro excusas. Los demás. Las prisas. Las presiones. Las circunstancias. Para los otros tengo un ojo avizor que descubre el mal y denuncia el pecado. A mucha distancia soy capaz de ver lo que no funciona. Interpreto gestos. Leo debajo del agua. No se me pasa una. Enseguida analizo a las personas y las clasifico. Los que son de fiar, y los que no lo son. Los que son oro refinado. Y los que están llenos de defectos y manías. Sé lo que deberían hacer los demás para ser mejores personas. Se lo digo, no me callo. Me falta humildad. Suelo juzgar el mundo desde lo alto de mi atalaya. Allí me siento protegido y seguro. Como si yo no tuviera puntos débiles. Por eso me viene bien mirar mi corazón. Ver mi propia debilidad. Asumir mi imperfección. El otro día leía: «La conciencia de nuestra fragilidad nos lleva a no juzgar más a nadie y a tratar al prójimo con dulzura humildad y comprensión»[7]. Si fuera consciente de mi fragilidad, de mi pecado, miraría con más humildad a los demás. Me bajaría de mi torre. Me pondría a la altura de los débiles y no los condenaría tan fácilmente. Comenta el Papa Francisco en la Exhortación Amoris Laetitia: «Se dice que (el amor) no tiene en cuenta el mal; puede significar guardar silencio sobre lo malo que puede haber en otra persona. Implica limitar el juicio, contener la inclinación a lanzar una condena dura e implacable». El amor no lleva cuentas del mal. El amor humilde no mira con ojos críticos a los demás. Me cuesta cambiar la mirada. Lo observo todo. Y a menudo no guardo silencio. Estallo. En ocasiones es la rabia la que me mueve. Me molestan los defectos y pecados de aquel a quien amo. Y estallo. Se lo digo. Pero no me importa que mejore por su bien, es más bien por el mío. Lo que me molesta a mí es lo que importa. No pretendo que el otro sea mejor. Sino que yo tenga más paz. No me callo en mis críticas. Soy inflexible. Duro con mis juicios. No tengo misericordia. Y además, olvido que yo mismo tengo defectos que también molestan. Algunos no son pecaminosos. Simplemente son imperfecciones que debilitan mi entrega y mi amor. Me gustaría ser más consciente de todo lo que puedo cambiar en mí. De esta forma sería capaz de mirar mejor la vida. ¿Cuál es la viga que ni siquiera soy capaz de ver? Me creo que yo lo hago todo bien. Juzgo. ¡Qué mal están los demás! Pienso. Ensucian el mundo, la Iglesia. Yo salgo ileso en el juicio. Nadie me condena. ¿Yo tampoco? Miro mi corazón como lo mira Jesús. Lo miro con misericordia. Veo mis defectos y pecados. Veo mis debilidades y deficiencias. Sí, son muchas. No son ni peores ni mejores que otras. Son las mías. Ojalá pudiera crecer y mejorar. Lo intento. Me pongo manos a la obra. No me fijo tanto en los demás. Más bien mi mirada se convierte en mirada llena de admiración. Miro sobrecogido la belleza de los que me rodean. Tienen luz. Más que yo. Los miro con alegría al ver esa originalidad que Dios ha puesto en sus vidas. Dejo a un lado la viga que no me deja ver. Es frecuente en mi alma ese juicio que condena al que no es como yo. Al que hace las cosas de forma diferente. A veces me veo criticando para descalificar al que otros alaban. ¿Me molesta que hablen bien de otros? ¿Tengo envidia? Es como si al criticar a los demás, de forma especial a los que hacen lo mismo que yo, me sintiera algo mejor. Más alto. Más valioso. Más digno. ¿Quién soy yo para juzgar y condenar a nadie? No tengo ningún derecho a hacerlo. Pero no sé cómo me veo metido en esas conversaciones que condenan. Es como si al hablarlo con otros me sintiera mucho mejor. Necesito que me escuchen y colaboren en mi labor denigratoria. Alguien sale perdiendo. Pero no importa. Me siento mejor, más valioso.

Jesús me habla hoy de la importancia de los frutos. Y me dice algo evidente que no quiero olvidar: «No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano. Cada árbol se conoce por su fruto; porque no se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos». El fruto que doy es el que me corresponde por mi originalidad. Jesús no me pide que dé un fruto que no tenga que ver conmigo. Si soy olmo, no daré peras. Si soy manzano, no daré uvas. Lo tengo claro. Pero quizás me lo dice para que no me angustie cuando no dé el fruto que esperaba. A lo mejor no es mi fruto, es el de otro. Me gusta la imagen de los frutos, pero a veces me da miedo. Porque creo que yo pienso en el fruto como hombre y no como piensa Dios. Me creo que Dios me va a exigir una serie de frutos al final de mi vida y yo vivo exigiéndome lo imposible para llegar a la cima marcada, a la nota exigida. En la vida profesional se habla de incentivos. Son estímulos que se ofrecen a una persona con el objetivo de incrementar la producción y mejorar el rendimiento. Me aseguran que si llego a una cifra determinada de frutos recibiré más como recompensa. El fruto trae consigo un beneficio. Cuando más fruto dé, más felicidad habrá en mi alma. Pienso como los hombres, no como Dios. Hoy escucho: «El justo crecerá como una palmera, se alzará como un cedro del Líbano, crecerá en los atrios de nuestro Dios. En la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso». Si soy justo seguiré dando fruto. No me cansaré. Daré buen fruto, el que me corresponde. Seré feliz. Pero Jesús no quiere que me quede en las categorías humanas. El fruto de todo lo que hago y entrego no es gracias a mí. No soy yo el que lo logra. Es Dios en mí el que da un fruto infinito que yo no alcanzo a ver. Quiero creer más en la gratuidad de Dios. Y no tanto en el pago por mis méritos. Leía el otro día: «Los dones de Dios son gratuitos no por esfuerzo humano son fruto de su misericordia. Recibir con corazón humilde y pobre. La religión cristiana no es una religión del esfuerzo sino de la gracia. Pequeños y humildes ante Dios»[8]. Una religión de la gracia. Yo sólo trabajo la tierra. El fruto es de Dios. Y el mayor fruto es que mi alma esté llena de Dios, de su bondad. Que mi corazón se abra y se llene de su presencia. Hoy escucho: «Porque de lo que rebosa del corazón habla la boca». ¿De qué está lleno mi corazón? Me gustaría que hubiera en él cosas buenas. Sentimientos nobles. Bondad, misericordia, alegría. Pero siento a menudo rabia, rencor, desprecio, desidia, envidia. Brotan la pereza y la dejadez. ¿De qué está llena mi alma? De mí mismo. De mi vanidad. De mi amor propio. De mi orgullo. De mis éxitos y logros. De eso es de lo que hablo. Lo que digo es lo que tengo dentro. No viene de fuera el mal a mi vida. Lo incubo en mi alma. Y hace daño. Me hace daño a mí en primer lugar. Me duele por dentro. «El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal». Mis frutos son buenos cuando dentro de mí hay paz. Lo que sale será constructivo. Edificante. A veces me veo diciendo lo que no deseo. Y brotan de mí actos que nunca he querido. Lo que tiene mi corazón en su interior. Deseo que venga Jesús a limpiarlo con su Espíritu. Y acabe con lo que no está en orden. Y saque de mi interior lo que no le pertenece. Parece fácil pero no lo es. Quizás por eso veo con más facilidad lo malo en los demás. Me fijo en lo que otros hacen mal. Y mis frutos no son buenos. Mis obras no dan vida. Ni esperanza. Me gustaría tener un corazón más grande. Más dócil al querer de Dios. Más vacío de mí mismo para dejarle entrar. Pero a veces me dejo llenar de lo que no me hace bien. Abro la puerta de mis sentidos. Busco lo que no me trae paz ni tranquilidad. Dejo de lado el silencio interior. Y no miro sólo lo que me sana por dentro. Me lleno de imágenes que no me dejan tranquilo, ni en paz. Necesito su Espíritu que me llene de luz por dentro.



[1] H. King, Textos pedagógicos, J. Kentenich, 215

[2] H. King, Textos pedagógicos, J. Kentenich, 219

[3] Jacques Philippe, Si conocieras el don de Dios

[4] Kentenich Reader Tomo 3: Seguir al profeta, Peter Locher, Jonathan Niehaus

[5] Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio, 37

[6] Kentenich Reader Tomo 3: Seguir al profeta, Peter Locher, Jonathan Niehaus

[7] Jacques Philippe, Si conocieras el don de Dios

[8] Jacques Philippe, Si conocieras el don de Dios

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