Homilía del padre Carlos Padilla - 5 de mayo de 2019

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Domingo 5 de mayo de 2019 | Carlos Padilla

III Domingo de Pascua

Hechos de los apóstoles 5, 27b-32. 40b-41; Apocalipsis 5, 11-14; Juan 21, 1-19

«Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: - Señor, Tú conoces todo, Tú sabes que te quiero»

5 mayo 2019 P. Carlos Padilla Esteban

«Quiero sentir que valgo más que mis propios pecados, límites y debilidades. Sólo así podré acoger junto al lago la mirada de Jesús. Sólo entonces podré escuchar su invitación a cuidar de sus ovejas»

Siempre, al recorrer los días de Pascua, queda suspendida en mi alma una pregunta: «Mujer, ¿por qué lloras?». Jn 20,11. María Magdalena llora porque no encuentra el cuerpo de Jesús, a quien tanto ama. Llora por el dolor de la pérdida. Llora la muerte de Jesús y su ausencia. El llanto precede a la alegría. Dos veces le hace Jesús la pregunta. Y al final la llama por su nombre: «María». Seguro que en ese momento María lloraría de alegría, de emoción. Lágrimas vertidas por amor. El corazón llora. El otro día un niño le preguntó a su madre: «Mamá, ¿la composición química de las lágrimas de tristeza y de alegría es la misma?». A ella le sorprendió la pregunta. No la tomó muy en serio. Hasta que decidió investigar. Y descubrió algo distinto. Rose-Lynn Fisher descubrió la diferente topografía de las lágrimas vistas al microscopio. Dependía de su origen. Por tristeza o alegría. O simplemente producidas por un elemento externo. Me quedé pensando en las lágrimas. Y sus diversos orígenes. Dicen que es un don llorar. Y no una cruz como algunos sienten. Porque en el llanto, en las lágrimas, soy capaz de verter mi dolor, mi alegría, mi tensión, mi rabia, mi angustia. Mis emociones se derraman en un mar de lágrimas. Creo que es un don llorar. Abrir el canal que deja salir el mar profundo de mi alma. Sufro cuando lloro. Río cuando lloro. Amo cuando lloro. Deseo cuando lloro. Esas lágrimas expresan lo que hay en mi interior. A veces asustan porque tiendo a interpretarlas cuando soy testigo. No quiero juzgar las lágrimas. Simplemente pregunto como Jesús: «¿Por qué lloras?». La pregunta despierta una respuesta desde lo más hondo del alma. El llanto siempre es verdadero. Dejo salir el alma en lágrimas. Expreso en ellas el mundo de sentimientos que tengo dentro. Es sano llorar. Es una gracia que Dios me da para no vivir cerrado en mis sentimientos. Porque siento. Y siento con fuerza. Con hondura. Y necesito que las lágrimas broten con frecuencia. Para aligerar el peso. O expresar con más claridad todo lo que siento. Siempre que me adentro en el alma y trato de expresar lo que vivo por dentro, lloro. Y mis lágrimas no son de pena, son del alma. Porque lo importante en mi vida va cargado de emoción. Y lo que no me importa, no trae lágrimas consigo. Quisiera ser más empático con el que sufre. Acercarme de rodillas al que llora, como lo hace Jesús con María: «La empatía es la aventura de capturar la emoción o sentimiento implícitos de otro individuo y hacerlo resonar de tal modo que lo que se le dice sea lo que el otro está precisamente sintiendo. La empatía está dirigida a los sentimientos del otro, a su mundo implícito»[1]. Quiero acercarme con respeto infinito a las lágrimas que veo. Sostenerlas con mis silencios. Guardarlas con mi mirada. No quiero que dejen de fluir. No pretendo calmarlas. Son la expresión más bella de sentimientos hondos para los que no bastan las palabras. Se quedan cortas. No sirven. Para poder entender las lágrimas tengo que callar más y preguntar menos. O como Jesús, simplemente llamar por su nombre al que llora. Para que sepa que estoy ahí, aguardando, velando su dolor, su tristeza o su alegría. Como un guardián que ama, sostiene y cuida. Le pido a Dios que me regale a mí lágrimas que dejen salir de mi interior emociones guardadas. Comentaba el Papa Francisco sobre las lágrimas de la Virgen María: «Han traído de Siracusa la reliquia de las lágrimas de la Virgen. Hoy están aquí, recemos a la Virgen para que nos dé a nosotros y también a la humanidad, que lo necesita, el don de las lágrimas, que nosotros podamos llorar: por nuestros pecados y por tantas calamidades que hacen sufrir al pueblo de Dios y a los hijos de Dios». Y le pido a María ese don de lágrimas que dicen dejó ciego a S. Francisco, de tanto llorar por ver a Jesús sufriendo. Y yo quiero llorar por tantos que sufren. Por los que están solos, heridos, moribundos, abandonados, rotos. Quiero llorar por los que han hecho el mal y no se arrepienten. Por tantas injusticias, atentados, asesinatos. Llorar con lágrimas de dolor por el hijo menor que se aleja de Dios y no regresa. Llorar como una madre por su hijo perdido. Dice el Papa en otra ocasión: «El mundo nos dice: la alegría, la felicidad, la diversión, esto es lo hermoso de la vida. Ignora, mira hacia otra parte, cuando hay problemas de enfermedad, de dolor en la familia. El mundo no quiere llorar: prefiere ignorar las situaciones dolorosas, cubrirlas. Sólo la persona que ve las cosas como son, y llora en su corazón, es feliz y será consolada». Quiero ese don de lágrimas que me haga compasivo y capaz de sentir dolor con el que sufre y alegría con el que está alegre. Un don que me deje ciego de tanto verter lágrimas por el dolor del hombre. No quiero esconder el sufrimiento. No quiero huir de él. Mis lágrimas tienen un valor inmenso. Jesús me pregunta por qué lloro, seca mis lágrimas y me consuela. Y deja que llore a su lado. Noto su abrazo y su voz pronuncia mi nombre. Jesús me salva por dentro.

Tengo clara la importancia de amar mi pequeñez. Es mi camino de santidad. Pero me encuentro muy lejos. Comenta el P. Kentenich: «No podemos tomarnos suficientemente en serio. No podemos sentirnos suficientemente importantes. Pero ¿por qué razón? De nuevo lo mismo: mis límites, mi nada, mi miseria son la fuerza impulsora que me empuja y me introduce en las manos y en el corazón del Dios Eterno»[2]. Hablo mucho de mi pobreza, de mi pequeñez. Repito con frecuencia que Dios está en mi pequeñez, que habita en mi pobreza. Pero luego me cuesta tanto pensar en pasar desapercibido. Me cuesta ser invisible en esta vida en la que lo que cuenta es lo que hago, lo que produzco, lo que traigo como mérito, lo que se ve. Es verdad que se me llena la boca al hablar de la pequeñez. Como si de repente esa palabra tuviera que ver con mi alma. La escucho y algo se enciende en mi interior. Un eco profundo. Tiene que ver conmigo, lo sé. Pero después, cuando intento hacerla realidad en mi vida cotidiana, resulta que es todo mucho más complicado. Muy difícil. Me cuesta no estar en el centro con lo que me gusta que se mencione mi nombre. No ser yo la referencia cuando me gusta que se hable de mí. Vivo pensando en mí, en lo que yo pienso, en lo que yo he hecho, en lo que estoy viviendo. Soy el centro del universo. Mis sentimientos, mis miedos, mis alegrías. Vivo pensando en lo que puedo conseguir a base de conquistas y luchas. Vivo enfermizamente obsesionado con tener éxito y dejar huella en este mundo caduco. Vana ilusión la que me persigue. Me siento impulsado por mi propio afán de protagonismo. Deseo halagos que no siempre recibo. Busco destacar y ser importante. Que hablen de mí. Me da miedo ser así. ¿Dónde queda mi búsqueda de la pequeñez? Me resisto a aceptar mis errores. No soy capaz de pedir perdón. No reconozco en público mis debilidades. ¿Cómo va a estar entonces Dios en mi pequeñez si no dejo que se vea? Me duelen las humillaciones y las críticas. Las evito. Y cuando suceden, las escondo. Paso de largo por ellas sin aprender. Porque las humillaciones son siempre una escuela para aprender a ser más humilde. Si las dejo pasar, pierdo una oportunidad de oro. Tiendo a pensar que yo nunca me confundo. Que son los demás los que yerran. Me creo que yo estoy bien y el mundo muy enfermo. Parece que yo tengo las respuestas. Y los demás sólo preguntas. Vivo tratando de arreglarles la vida a los demás, sin detenerme a pensar en la mía. Pienso en mi pequeñez. Yo también me confundo. Abuso de mi poder. Me aprovecho de mis privilegios. Busco los mejores lugares. Espero los aplausos por todo lo que hago. Deseo que me reconozcan y valoren. Pretendo que me promocionen y elogien. Me falta tanta humildad. Quiero aprender a ser prescindible. Decía el P. Kentenich: «Los hombres pueden ser muy grandes, pero Dios sólo los puede utilizarlos para sus fines, sus obras, cuando se vuelven pequeños»[3]. Quiero aceptar que soy pequeño y débil. Pequeño en mi pecado de soberbia y orgullo. Pequeño en mis pretensiones de ser imprescindible. Soy débil y necesitado. Sin mi sí Dios no puede hacer nada. Leía el otro día: «Hacer día a día lo que se nos pide con sencillez, dulzura, paz y humildad y confianza apoyándonos en Dios y no en nosotros mismos. Aceptando nuestras debilidades y limitaciones humildemente con paz sin desanimarnos. No contar con nada más que el buen Dios»[4]. Dios está en mi pequeñez. Habita en mi carne enferma. Se hace fuerte en mi debilidad. Sólo puede hacer cosas grandes conmigo cuando yo menguo. Cuando me hago más pequeño y reconozco mi fragilidad. Sólo puede actuar cuando le dejo entrar abriendo la puerta de los fracasos. Acepto que no lo hago todo bien. Toco la pobreza de mi vida esclava y enferma. No me siento más que nadie. No utilizo a nadie para mis fines. No me doy esperando recibir algo a cambio. No exijo un trato especial de nadie. Esa actitud humilde es la que me pide Dios. Que me haga pequeño. Que reconozca mi fragilidad. Que toque mis heridas conmovido. Y me mire siempre con misericordia.

A menudo me siento como Pedro. Él ha visto al maestro, ha vuelto a Galilea como les dijo Jesús a las mujeres. Y ahora está esperando. No sabe bien lo que espera, ni él, ni los otros discípulos. Mientras tanto se pone a hacer algo. Se pone a hacer lo que mejor sabe hacer, lo que más ama: «Simón Pedro les dice: - Me voy a pescar. Ellos contestan: - Vamos también nosotros contigo. Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada». Y sus amigos le siguen. Pasan toda la noche pescando. Deseando que las redes se llenen de peces. Toda la noche esperando, haciendo algo. Y al final el resultado es desalentador. No consiguen nada. Muy a menudo busco resultados. Invierto mis fuerzas. Creo que sé hacer las cosas bien. Y actúo yo con mi poder. Digo que cuento con Dios, pero soy yo. Yo decido cómo y dónde echar las redes. Yo sé pescar. Y por eso pesco. Me acostumbro a lo que sé hacer bien. Y le pido a Dios que haga fecunda mi entrega. Me doy por entero, eso creo al menos. Y le pido a Dios que me haga dar frutos. Por los frutos me conocerán, he escuchado tantas veces. Y me asusta que no haya nada que contar al hacer memoria de mi historia. ¿Qué he hecho de provecho? ¿A quién he salvado la vida? ¿Quién recordará mi paso por su historia? Me asustan las redes vacías. Los días rotos. El alma herida después de tanta entrega. El olvido. Tengo la tentación de ponerme en el centro. Quizás me han dicho que sólo así mi vida valdrá la pena. Tengo que producir y ser fecundo. Siento que soy yo el que pesca, el que produce, el que hace. Y vivo alterado, corriendo de un lado a otro, tratando de hacer cosas. ¿Por qué estoy inquieto? Porque tengo que dar resultados. Como si al final del día me esperara Jesús para medir mis frutos. Por los frutos me conocerá. Sabrá si soy perezoso o diligente, bueno en mis intenciones o mezquino. Verá si hay maldad en mi alma o bondad. ¿Qué es lo que he hecho con mi vida? Quisiera ser más dócil y apartarme del centro de la escena. Pretendo ser el protagonista. Y no dejo espacio a Dios. Decía el P. Kentenich: «El instrumento en las manos de Dios sólo quiere una cosa: - Dejar espacio a Dios, y que Él haga espacio a su fecundidad. De ahí su serio esfuerzo por desasirse por completo de sí mismo, porque el capricho humano quita espacio a Dios y su acción»[5]. Desasirme de mis caprichos, de mis sueños. Hoy Jesús les cambia los planes a los discípulos. Estaban cansados. No habían pescado y no habían dormido nada. Y Jesús les pide que vuelvan a intentarlo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces». Me cuesta entender sus planes, pero su mirada ve más que la mía. Hoy los discípulos hacen caso a Jesús sin haberlo reconocido antes, sin saber que era Él el que estaba en la playa. Se fían. A mí me cuesta más. Escuchaba el otro día una definición de santidad del P. Kentenich: «Santidad es la finura de oído y la docilidad para escuchar las inspiraciones del Espíritu Santo»[6]. Basta con leves insinuaciones. ¡Qué lejos estoy de la santidad! ¡Qué sordo soy! Me gustaría ser capaz de ver más. De oír mejor. Me gustaría no ponerme en el centro continuamente y poner más a Jesús. Añade el P. Kentenich: «En nuestra condición de instrumentos sólo deseamos lo que Él desea; por eso queremos sólo la fecundidad que Él haya previsto para nosotros»[7]. Quiero ser como ese servidor fiel que sólo hace lo que tiene que hacer. ¡Cuánto me cuesta ser fiel en lo pequeño sin esperar nada! Simplemente tengo que echar la red a la derecha. Aunque haya bregado ya antes durante toda la noche. Aunque esté cansado. No importa. Me vuelvo a fiar. Yo no lo sé todo. No tengo el control de todo. Mejor dicho, no tengo el control de nada. Mi vida no está en mis manos. No soy dueño de todo lo que hago. Mirar la vida como instrumento me sana, me libera. Dejo de ser el principal protagonista de la historia. Sólo soy el instrumento que Dios usa para conseguir lo que Él desea. Soy la misma red. Soy el hombre dócil que obedece. ¿Me cuesta obedecer? Mucho, lo sé. Me cuesta hacer lo que otros me dicen. Y entender que, en sus palabras, en su entendimiento, humano como el mío, me está hablando Dios. Esa forma de mirar la vida no es sencilla. Necesito que el Espíritu Santo cambie mi corazón y me haga abierto y dócil. Quiero ser tierra fértil en la que la semilla de su Palabra arraigue y pueda así dar fruto. Dejo de conjugar mi vida en primera persona. Es Él. Es lo que quiero gritar con Juan al reconocerlo en mi vida: «Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: - Es el Señor». Lo veo en la playa de mi mar. Lo veo esperando a que yo vuelva con las redes cargadas o vacías. Lo veo y lo reconozco. Grito con fuerza: «Es el Señor». Es Jesús que me ama con locura y ha venido a mi barca, a mi lago, a mi orilla. Ha venido a mis rutinas. A mis trabajos, a mi cansancio. Le ha conmovido mi entrega generosa. Sólo me dice que le haga caso y eche las redes donde Él me dice. Yo hago caso. Quiero ser dócil a su palabra.

Me conmueve la humanidad de Jesús. A Él le importan mi vida y mis necesidades. Le importa lo que a mí me importa: «Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: - Traed de los peces que acabáis de coger. Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Vamos, almorzad. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado». Me impresiona esa preocupación por lo cotidiano, por las necesidades básicas. En Emaús cena con los dos discípulos y parte el pan. Hoy en el lago Jesús quiere comer con ellos. Llevan toda la noche pescando. Están agotados. Prepara el fuego para ellos. Parte el pan. Les da de comer de sus pescados. Jesús resucitado no vive en las nubes. Sigue en la tierra. Es humano. Es hombre y Dios. Hombre con un cuerpo glorioso. Pero tiene hambre. Come con los suyos. Parte el pan con ellos. Como en esa última cena. El pan que es su vida rota por amor. Le preocupa mi vida en las mismas cosas que a mí me preocupan. No me habla sólo de la vida trascendente. No me muestra sólo el cielo. Me pide que ame la tierra. Que me alegre con lo más sencillo, con la comida y la bebida. Que no viva sólo de las ideas. Es un amor humano. Su vida gloriosa sigue los mismos parámetros que su vida cuando estaba vivo. Comía con sus discípulos. Compartía lo cotidiano con sus miedos y preocupaciones. El peligro que tengo es dejar de vivir en las cosas de la tierra al sentir que me alejan de Dios. Es sólo una tentación. Cuando me vuelvo Cristo. Cuando Él toma posesión de mi vida. En ese momento asume todo lo humano que forma parte de mi vida. Decía el P. Kentenich: «Dios tomará posesión de toda nuestra vida interior, con todas nuestras capacidades. Realmente será Cristo quien viva y piense en nosotros; no sólo de manera abstracta sino reflejándose en nuestras actitudes y vida cotidiana. Guiará y conducirá nuestro entendimiento. Sí; el espíritu de Dios pensará en nosotros»[8]. El Espíritu Santo no me transformará en un Espíritu sin carne. Jesús toma posesión de mí. De todo lo mío. También de mis necesidades humanas más básicas e instintivas. Nada de lo humano le es ajeno. Aun así, Jesús quiere que sueñe con lo más alto. Quiere que no me conforme con lo más humano. Quiere que aspire al cielo y a dejar que el Espíritu calme mi sed infinita. Leía el otro día: «Los carteles publicitarios que flanquean nuestras calles nos invitan a luchar unos contra otros, a pisotearnos recíprocamente en la competición, para satisfacer nuestros deseos ilimitados; nuestro Dios nos ofrece la satisfacción de un deseo infinito, gratuito como un don. Deseemos, por tanto, de un modo más profundo»[9]. No me detengo en la satisfacción de mis deseos inmediatos. Deseo con más hondura. Miro en mi corazón y veo necesidades que con frecuencia descuido. Lo que Jesús hoy me regala es la paz de saber que todo es don. La satisfacción de mis deseos es don. Que la red se llene de peces es don de Dios. Aprendo el sentido de la palabra gratuidad. Se me quedan grabadas unas palabras que leía el otro día: «Sé que desde que era niño mi corazón ha estado continuamente implorando intimidad, y siempre he vivido como si tuviera que ganármela. Al no lograr alcanzar lo que deseaba, intenté con tenacidad probarme a mí mismo, que merecía el amor que sentía necesitar para vivir»[10]. El anhelo de intimidad es el deseo más verdadero y sagrado que tengo. Busco esa intimidad con los hombres. Busco un hogar. Donde estén las brasas encendidas. Y los pescados asados. Y el pan partido. Y una mirada cómplice de misericordia. La mirada de los hombres que me muestran a Jesús. La mirada del mismo Jesús en otros ojos. Una mirada que me salva y me regala un espacio sagrado de intimidad en torno a una hoguera y a un pan partido. En comunidad, en familia. En el hogar donde puedo ser yo mismo y descansar. Allí donde no tengo que demostrar nada. No tengo que defenderme. No tengo que luchar para ganarme un espacio porque lo tengo sin merecerlo. Como don sagrado que Dios me da. Soy un buscador de hogar. Quiero sentirme en casa. Y hoy Jesús construye la casa junto al lago, en la orilla, en torno al fuego, junto a aquellos a los que ama. No hay nada que mendigar. Tampoco tengo derecho a ese espacio santo. Todo es gracia, es don. En lo cotidiano se me regala la gracia de una intimidad que no me pertenece. Es de Dios. Él me la da para que aprenda a vivir el cielo en la tierra. Jesús resucitado ese día junto al lago dibuja el cielo en la arena. Hace realidad una pesca imposible. Y convierte lo más humano en un momento de hondura. Allí todos se sienten aceptados. No hay reproches. No hay quejas. No hay miedos. No hay ira guardada en el alma. Todo es paz y descanso en torno al fuego. Me gustaría ser constructor de hogares. Que en torno a mí cualquiera tuviera su hogar y su descanso. Me gustaría poder estar en casa con aquellos a los que amo y me aman. Allí donde soy amado en mi pobreza. Tal y como soy sin necesidad de ganarme ningún derecho.

Pedro negó a Jesús en la oscuridad de la noche. Cuando el miedo fue más fuerte que la esperanza. La noche más oscura que el día. Y la frustración se apoderó de sus fuerzas. Y sobrevino la angustia. Pedro quería salvar a Jesús. Quería regresar con Él a Galilea. No quería que todo se acabara en esa Pascua, en esa semana bendita. Por eso quiso defender su vida con la fuerza, con la violencia. Pero no pudo. No hubo batalla. La muerte parecía tener más fuerza que la vida. El odio que el amor. El mal que el bien. Vencía la rabia. Se hacía fuerte la injusticia. Y en medio del caos Pedro sólo pudo negar que amaba, que creía, que soñaba. La batalla estaba perdida y Pedro negó lo evidente. ¿Para qué perder su vida en vano? No podía salvar a Jesús. Pero al menos podría salvar su propia vida. Estando vivo podría seguir haciendo tantas cosas. Daba miedo la muerte. Era injusta. La muerte arrasa con todo y no respeta la vida, ni los sueños. Es devastadora y no se puede enfrentar. ¿Cómo se puede hacer morir a la muerte? Lo que está muerto ya no puede morir. Pero lo vivo se puede defender. Y Pedro lo hizo. No quiso morir ese día y negó a su maestro. Tuvo que negar la verdad más sagrada de su vida. Lo hizo con la voz, no con su corazón. Muy dentro de su alma no renegó de Él, eso no podía hacerlo. El amor es más fuerte. Pero negó a Jesús con palabras. Dijo lo que no creía. Lo que no vivía. Dijo que no era de los suyos. Mentira. Que no tenía su acento. El mismo. Que no lo conocía. Lo amaba. Y en esa triple negación quedó roto por dentro. Porque la mentira siempre rompe. Acaba con mi integridad. Me debilita. Me hace vivir la doblez. Digo una cosa y luego vivo por dentro otra muy diferente. Pedro negó su verdad más sagrada, su historia santa. Negó el amor que lo rescató del lago. Era de Cristo y lo era para siempre. Porque el amor no se elige. Escribe Julio Cortázar: «Lo que mucha gente llama amor consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio». Pedro no eligió amar a Jesús. Sobrevino en su vida, de repente, un rayo. Y se vio roto por un amor más grande, infinito. Traspasado. Esa era su verdad. Su historia de amor no había sido en vano. Él amaba a Jesús con toda su alma y para siempre. Pero el miedo hiere por dentro. Es poderoso. ¿Cómo fue capaz de negarlo en esa hora crucial? El miedo fue más fuerte. A veces en la vida parece que no hago lo que quiero hacer. Digo amar a Dios y lo niego. Digo amar a ciertas personas y luego las dejo solas, las olvido, las abandono. Digo muchas cosas y no tengo fuerzas para ser fiel. Brota entonces un dolor profundo y sordo. El dolor de mis silencios o de mis negaciones. ¿Cómo puedo vivir después de haber mentido? ¿Cómo salvar mi alma después de haberla perdido? Lo contrario al amor no es siempre el odio, con más frecuencia es el olvido. Tal vez no odio, pero no amo. No tengo ira, sólo indiferencia. No busco la venganza, simplemente olvido. El corazón de Pedro tal vez tenía más odio hacia los que traían la muerte y la injusticia. Pero seguía amando a Jesús en un silencio culpable y frágil. Sus negaciones le hicieron ver la verdad de su vida. Era muy débil. No resistió la tentación. No pudo. Y su orgullo herido lloró amargamente. El salvador de Jesús era un fracasado. El defensor herido. Su orgullo herido lo sumió en un llanto triste y oscuro. ¿Cómo volver a sonreír? ¿Cómo ser capaz de mirar el cielo de nuevo? ¿Dónde quedó oculto el reino de Dios que venía a salvar el mundo? ¿Qué sentiría Pedro, la roca, después de sus negaciones? Se sentiría roto, en guerra. Leía el otro día: «Lo contrario de la paz es la frustración, el vacío, la insatisfacción. Nuestras frustraciones muchas veces alimentan nuestros conflictos con los demás. No soportamos a los demás porque no nos soportamos a nosotros mismos»[11]. El vacío, la insatisfacción, la frustración. La falta de amor a mi persona. Lo que me divide por dentro es mi orgullo herido que no acepta los fracasos, ni las pérdidas debidas a mi debilidad. Hoy quiero mirar mis negaciones. Quiero hacerme eco de mis silencios culpables. Quiero perdonarme a mí mismo. Quiero sentir que valgo más que mis pecados, límites y debilidades. Sólo así podré acoger junto al lago la mirada de Jesús. Sólo entonces podré escuchar su invitación a cuidar de sus ovejas. Sólo cuando he ido, he fracasado y he vuelto herido de la batalla. Herido pero reconciliado con mi pasado, con mi vida. Quiero sentir que estoy donde tengo que estar después de muchas batallas perdidas. Después de muchas muertes. Y entonces sonreír al saberme amado en mi verdad. Perdonado y salvado para siempre

Entonces puede Pedro mirar a Jesús y responder con paz a esta triple pregunta: «Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: - Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos? Él le contestó: - Sí, Señor, Tú sabes que te quiero. Jesús le dice: - Apacienta mis corderos. Por segunda vez le pregunta:  - Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Él le contesta: - Sí, Señor, Tú sabes que te quiero. Él le dice: - Pastorea mis ovejas. Por tercera vez le pregunta: - Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: - Señor, Tú conoces todo, Tú sabes que te quiero. Jesús le dice: - Apacienta mis ovejas». Pedro ya había escuchado esas preguntas unos días antes. En una noche oscura sin amanecer posible. En un patio lleno de miradas acusadoras. Allí le preguntaron por tres veces si amaba a Jesús más que el resto, más que ninguno. Se encontraba solo porque sólo él se había atrevido a tanto. Estaba muy cerca de Jesús. Podía verlo de lejos. Casi podía tocarlo, abrazarlo, sostenerlo. Sentía en su alma un dolor muy hondo. Una angustia profunda y seca. No podía salvarlo. Podía haber respondido que sí, que era de ellos y que lo amaba. Y haber muerto a su lado. Una cuarta cruz, quizás. Deseando entrar en el paraíso. Pero no fue capaz. Y ahora Jesús le pregunta si lo ama. ¿Me amas más que el resto? ¿Pero es que no ha visto Jesús esa negación tan clara? ¿Es que no ha mirado sus ojos llorosos? ¿Es que no oyó cantar el gallo? ¿Por qué le pregunta si le ama si ya ha oído sus negaciones? Pero Jesús pregunta. Vuelve a creer, a confiar, a esperar. Quiere palabras. Antes Pedro le había mostrado hechos. Una traición es un hecho. Tiene más fuerza que cualquier promesa. ¿Cómo puede Jesús volver a confiar en él? Le ha fallado. Le ha mostrado su debilidad. Ya no es el Pedro valiente de la última cena que hubiera respondido erguido a estas preguntas. No es el apóstol que tiene todas las respuestas reveladas en su carne por el Espíritu. Ya no es el Pedro que desenvaina la espada en el huerto de los olivos, pretendiendo defender al Maestro. Ya no es el Pedro audaz que se esconde entre la gente siguiendo a Jesús con la mirada. Ese Pedro era otro. Era altivo y valiente. Orgulloso y firme. Seguro de sí mismo e íntegro. Sin mancha. Era un Pedro glorioso. ¿Qué podía ofrecerle ahora este Pedro roto? Ahora está ante Él otro Pedro muy distinto. Es un Pedro que ha sufrido. Ha experimentado el fracaso de sus fuerzas. Ha caído cuando ningún otro había caído antes tan bajo. Ha visto el dolor de sus heridas. Ha huido tembloroso. ¿Dónde está el Pedro que Jesús amó en Galilea? Ha cambiado. ¿Cómo iba a responderle que sí a Jesús que lo sabía todo y conocía tan bien su pecado? ¿Cómo iba Jesús a amarlo a él que ahora era tan débil? La piedra convertida en arena. ¿Cómo construir nada sobre una roca hendida en lo más hondo? Una roca quebradiza y frágil. Jesús no lo ve igual. Para Jesús es verdad que Pedro ha cambiado. Pero para bien. Es lo que soñaba. Un Pedro herido, débil, pecador. Un Pedro lloroso y lleno de miedo. Quizás este Pedro sí que pueda seguir ahora al maestro. Ha cambiado. Es otro hombre. Alguien en quien puede entrar y hacerse roca. Está abierta la hendidura. La herida en la roca. La grieta que abre la puerta del cielo. Jesús pregunta a Pedro lo que nunca le había preguntado. El amor precede a la acción. El amor va antes. Le pregunta. Pedro dice que sí, que lo ama. Que su corazón ama como el primer día. Tal vez más. Más que estos, incluso. ¿Cómo tiene valor para decir que sí? Tal vez yo hubiera dicho que no. Que mis actos valen más que mis palabras. Y mis silencios culpables tienen más fuerza que mis síes de ahora. Yo no sé si hubiera sido capaz de enfrentar estas tres preguntas sin turbarme, sin llorar, si huir. Tendría miedo. Un Jesús resucitado que mira mi alma y conoce mi pecado. ¡Cuántas veces huyo de Dios cuando peco, caigo y no soy valiente! Huyo esquivando su mirada. Huyo no creyendo en su misericordia. Si Dios es justo, pienso, no merezco el perdón. Merezco el castigo, la soledad y el abandono. Jesús levanta a Pedro. Lo alza sobre la roca rota de su vida. Lo levanta por encima de sus miedos. «Apacienta mis ovejas». No sólo lo perdona, sino que lo hace pastor de ovejas. Cabeza de su pueblo. Piedra de su Iglesia. Sobre su amor herido construye el reino: «Dicho esto, añadió: - Sígueme». Me parece imposible. El amor de Jesús levanta a Pedro y lo hace todo posible. Puede seguirlo ahora, no antes de haber negado. La humillación de Pedro salva su vida para siempre. Todo comienza de nuevo. Con tres preguntas. Con tres respuestas.

 



[1] Edgardo Riveros Aedo, Focusing desde el corazón y hacia el corazón

[2] J. Kentenich, MT 63

[3] J. Kentenich, carta 1957

[4] Jacques Philippe, Si conocieras el don de Dios

[5] Kentenich Reader Tomo 2: Estudiar al Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus

[6] J. Kentenich, 1928

[7] Kentenich Reader Tomo 2: Estudiar al Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus

[8] Kentenich Reader Tomo 3: Seguir al profeta, Peter Locher, Jonathan Niehaus

[9] Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad

[10] Henri J. M. Nouwen, Esta noche en casa. Más reflexiones sobre la parábola del hijo pródigo

[11] Jacques Philippe, Si conocieras el don de Dios

Comentarios
Total comentarios: 2
06/05/2019 - 01:50:47  
El Padre Carlos nos recuerda en su comenario del Dgo 5 la defincion de santidad ue nos da el PK. "fineza de oído y la docilidad para escuchar las inspiraciones del Espiritu Santo.
Y tambien cuando explica que cada relación con el prójimo esta determinada desde mi persona. Espcialemente cuando juzgamos .
Gracias padre Carlos

John Hitchman
China
06/05/2019 - 01:25:39  
Que Bueno recorder sea sencilla y profoundly definition que da el PK sobre santiago
FInura de oido y la docilidad para escuchado las inspiraciones del Espirutu .
Y recordarnos que toda relation con el projimo comienza en uno mismo..especialmente al juzgar.
bendiciones

John Hitchman
China
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