Homilía del padre Carlos Padilla - 8 de marzo de 2020

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Domingo 8 de marzo de 2020 | Carlos Padilla

II Domingo Cuaresma

Génesis 12, 1-4a; 2 Timoteo 1, 8b-10; Mateo 17, 1-9

«Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo»

8 Marzo 2020 P. Carlos Padilla Esteban

«Necesito un abrazo para acallar los miedos. Jesús me mira, abraza mi alma herida, me sonríe. Y a la puerta de mi vida me lleva entre sus brazos. Me sube a su cuello, como a su amado»

¿Qué se puede hacer para cambiar mi historia? ¿Cómo se hace para volver al pasado sin que nada malo haya ocurrido? Retroceder como en una película al momento antes de la decisión equivocada. O simplemente borrar aquellas partes de mí que no me gustan. Me gustaría tener ese don para eliminar de mi vida la enfermedad, la cicatriz, la muerte, el accidente, el robo, el error. Algo así como un avance que impidiera sufrir al ser humano. Pero por más que lo intento no consigo alterar nada de mi historia pasada. ¿Como se puede cambiar la historia futura? Me pregunto asombrado mientras mis ojos contemplan el sol que se pone cada atardecer. ¿Que estoy haciendo yo para cambiar la historia venidera? Me encaro con Dios algunas veces pidiéndole explicaciones. Porque al fin y al cabo si mi vida es fruto de un plan de amor, ¿no debería ser posible que el amor siempre triunfara? Y me encuentro muchas veces enfrentado al mal, al odio, a la ira, a la destrucción, al accidente, a la pérdida. Y me confronto con la desilusión, el fracaso, la soledad, la difamación. No sé bien cómo será todo después de la muerte. No tengo ni idea. Pero sí tengo una intuición verdadera que sostiene mi camino. Creo, que una vez deje de latir mi corazón, mi alma, y en ella toda mi vida, seguirá caminando. Y una vez que se apaguen las luces de mis ojos se encenderá la luz de mi alma y seguiré viendo, seguiré amando, seguiré viviendo. Esa certeza íntima me conmueve y al mismo tiempo me da esperanza. Mi misión no se acaba en estos pocos años, mi vida es para siempre. Con lo cual sé que muchas de las cosas que ahora me preocupan de forma casi obsesiva, tal vez sean relativas. Y algunas de las cosas que me parecen fundamentales a lo mejor resulta que son accesorias. Invierto tanto tiempo en lo no importante, me desgasto de tal forma por aquello que no merece tanto la pena. Con los ojos del alma veré todo de forma diferente. Soñaré como ahora, pero con espacios más amplios. Me vestiré de trajes nuevos que rezumarán esperanza. Y hablaré con palabras que aún desconozco mostrando un infinito que me parece hoy incierto. Pensar así me da paz, alegra mi alma, sobre todo cuando me altero preocupado por el futuro, por los miedos que tengo a perder lo que ahora poseo. Entonces miro mi vida detenida en el suspenso de una vela que se va consumiendo lentamente ante mis ojos. Creo que así es mi amor cuando se consume. No debería perder el tiempo en otras cosas que no fueran amar y ser amado. No debería angustiarme por preocupaciones que me quitan el sueño de forma tan inútil. Me gusta la vida que poseo y más aun me gusta lo que seré un día. Me calma pensar que mi vida está en manos de un Dios que me ha pensado, soñado, ideado y me abraza tiernamente. No me preocupa que los caminos no sean siempre tan claros y diáfanos. Tomaré decisiones equivocadas eso seguro. Me detendré en lugares donde no debería detenerme. Pasaré de largo ante personas que deberían ser importantes. Lo haré sin querer o queriendo. Me he encerrado en mi egoísmo que me hace buscarme a mí mismo en lugar de pensar en los demás. Es tan fácil caer llevado por el peso de mi ego que es más grande que mi propia alma. ¿Cuándo va a educarme Dios para que aprenda mirarlo a Él en cada momento? Tengo en mi alma un vacío inmenso que sólo Dios puede colmar. Y yo intento llenarlo de cosas vacuas que no logran ni siquiera hacerme esbozar una sonrisa. He decidido comenzar esta Cuaresma sonriéndole a la vida. ¿Para qué sirven las miradas tristes y los ojos sombríos? Para nada y quitan fuerza. He decidido emprender el camino por rutas nuevas con el corazón alegre. Disfrutar el presente como si fuera único. Alegrarme con las cosas pequeñas, esas que a veces no valoro, porque estoy pendiente de las que yo creo más importante. La vida son dos días y pienso que estos cuarenta días camino al desierto son para mí una oportunidad para empezar a poner las cosas en su sitio. ¿Por qué me desangro preocupado por tonterías cuando la vida es mucho más que eso? He decidido elevar una bandera blanca de rendición para no oponer resistencia a ese amor inmenso que Dios me tiene. ¡Cuánto me cuesta dejarme querer! Dejar que otros me quieran hace posible que yo mismo acabe queriéndome pese a las dificultades que encuentro para valorarme y apreciar lo que valgo. He decidido entonar una canción alegre de esas que llenan el alma y que te hacen recordar la melodía de forma permanente. Como si se hubiera quedado pegada a la piel. He decidido emprender un camino largo. Ese que va de mi corazón al corazón de Dios, ese que lleva a mi propio corazón, ese que va al corazón del que está más cerca. Curiosamente suele ser el camino más largo. He decidido esta Cuaresma no hacer tanto ayuno que me ponga triste y melancólico. Pero sí he decidido ayunar de tantas cosas que me quitan la paz y me ponen inseguro y nervioso. Tantos ruidos que alteran mi silencio. Tantas voces que inflaman mi nostalgia. He decidido no rasgarme las vestiduras sino todo lo contrario, vestir al desnudo, cubrir al que me necesita, acudir ante el que llora, servir al inocente, cuidar al enfermo, sostener al moribundo. He decidido romper una lanza en favor de la paz. Y no levantar la voz contra aquellos que quieren alterarme. He decidido decir que sí muchas veces y decir que no muy pocas. No por pensar que soy imprescindible sino más bien por pensar que he venido a servir al que me necesita. He decidido enterrar en la tierra la semilla más sagrada que tengo en el alma. Regarla con cuidado y dejar que crezca, aunque no sepa bien el árbol que dará como fruto.

Es difícil dejar que sucedan la belleza y la fealdad al mismo tiempo ante mis ojos. Una canción de paz en medio de una guerra. Un abrazo y un beso en forma de flores al pie de una tumba. Un «te quiero» en tu ausencia. Un «para siempre» en mi infidelidad. Los opuestos encontrándose en el mismo campo de batalla, en un mismo momento. Escribía Reiner M. Rilke: «Deja que todo suceda. Belleza y terror. Sólo sigue adelante. Ningún sentimiento es final». Y yo quiero dejar que todo suceda. El bien y el mal en aparatosa lucha. El futuro y el ayer enfrentados en cada momento. El amor tierno de un niño y el odio cruel de un asesino. La inocencia perdida y la preservada. Los momentos de luz y los de noche. La pérdida y la ganancia. La vida que es tan pasajera. Y los años que parecen eternos cuando es todo rutina. El otro día en la película JoJo Rabbit decía un niño después de la guerra: «Me voy a casa con mi mamá, necesito un abrazo». Y otro aguardaba nervioso a la puerta de su casa: «Y ahora, ¿Qué hacemos?». Me queda claro que el amor es más fuerte que nada en este mundo. Pese a lo que diga el protagonista: «Vas a descubrir que el metal es la cosa más dura sobre la tierra, seguido de la dinamita y los músculos». El amor siempre es más fuerte. Más que el odio y la rabia. Más que la muerte. Supera el límite de mis huesos. Trasciende las fronteras de mi vida. El amor tiene más fuerza. Cuesta creerlo. Mi decisión final es siempre por el amor y no por el odio. Por seguir adelante entre muertes y vidas, entre fealdad y belleza, entre soledad y compañía. El misterio de la vida se juega en decisiones importantes. Hacer o no hacer. Callar o decir. Guardar o entregar. Salvar o perder. Seguir adelante parece la respuesta para no quedarme quieto, inmóvil, sin saber qué hacer ante lo que sucede a mi alrededor. Elijo el sí como respuesta a los desafíos de la vida. Dejo de lado ese no acomodado y lleno de miedo que me impide ponerme en camino y arriesgar. Elijo dar mi sí, a una aventura, a una nueva comida, a un nuevo sueño, a una puerta nueva que se abre, a un nuevo libro, a una película desconocida. Digo que sí a lo que me incomoda y saca de mi rutina. Sí a las sorpresas que llenan mi vida de alegría. Sí a un nuevo amanecer y sí a vivir el fragor de una tormenta. No me detengo con miedo a perder la vida. Me planto serio ante la puerta de mi casa. Lo que tengo que hacer ahora es seguir adelante. Vuelvo a elegir la vida y el amor, el motor del mundo. Elijo el abrazo al volver a casa, cuando me sienta solo y no le encuentre el sentido al dolor en la vida. Elijo mirar al cielo buscando a Dios en mi vida. Lo elijo a Él que contiene en sí todo el sentido. Elijo sus ojos sosteniendo los míos. Elijo la belleza antes que esa fealdad que me disgusta. Elijo la ternura y descarto el odio. Elijo la verdad huyendo de la mentira. Y abrazo tiernamente la inocencia que se encuentra tan herida. Vuelvo a ser niño al comenzar la vida. No hay nada más fuerte que el sí del que ama. Nada más poderoso que unos pies caminando hacia delante. Nada más brillante que una sonrisa. Y nada más inmenso que un abrazo. Y el tiempo que se calma entre los dedos. Contando días, descifrando sueños, despejando caminos para que otros encuentren iluminadas las sendas que recorren. No tengo miedo a perder la vida. Pasarán ante mí fealdad y belleza, paz y guerra, horror y armonía. Sonarán en mis oídos gritos y melodías. No me importa sostener la tensión de los días que tengo ante mis ojos abiertos. Y sonrío como esos niños que se preguntan siempre cuál es el siguiente paso. Y confían en un amor que los abraza. Miro a Jesús en medio de mis guerras. Y me quedo callado a mitad de mi camino. Necesito un abrazo para continuar la vida, para sostener los vientos, para acallar los miedos. Y Jesús me mira, abraza mi alma herida, me sonríe. Y a la puerta de mi vida me lleva entre sus brazos. Me sube a su cuello, como a su amado.

Dios hace una promesa a Abrahán. Quiere que lo deje todo y se ponga en camino: «En aquellos días, el Señor dijo a Abrahán: - Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo. Abrahán marchó, como le había dicho el Señor». Dios quiere que deje sus seguridades, sus dioses, su tierra amada. A las personas de su familia. Quiere que lo deje todo y se haga peregrino. Me conmueve. Él escucha la palabra de Dios y se pone en camino. No duda y, a cambio de todo lo que deja, Dios le promete tres cosas: una tierra, una descendencia y una intimidad con Él. Será una bendición su vida entera. Él cree en la promesa y se hace peregrino. Un arameo errante que sigue los pasos de Dios. Ya no tiene ningún seguro. No tiene ninguna posesión. Está solo, vacío, sin nada. Dios necesita a Abrahán como instrumento. Y para ello tiene que educarlo. Necesita que esté desnudo de sus bienes. Libre de lo que lo ata para educarlo con libertad. Dios necesita a Abrahán entregado totalmente a sus planes. Libre para obedecerlo. Le pide que deje su tierra para heredar otra. ¿Qué sentido tiene? Tengo que dejar la seguridad de mi tierra y ponerme en camino. Tengo que ser peregrino para no vivir atado, esclavo. Tengo que salir de mi tierra predilecta, o de la tierra de la esclavitud. En ambos casos me hago peregrino. Abrahán es peregrino, no tiene tierra, no tiene raíces ni hogar. Pero anhela con fuerza una tierra nueva, una tierra santa en la que tener que descalzarse antes de entrar. La tierra me habla de hogar, de raíces, de infancia, de recuerdos sagrados. Abrahán necesita lo que ya no tiene. El hombre de hoy vive sin hogar. Comenta el P. Kentenich: «El hombre es un ser vinculado al nido. Hoy se ha desvinculado del nido, y por eso debe enseñársele a vincularse al nido en el corazón del Dios eterno»[1]. ¡Cuántos hombres viven sin raíces! El hogar puede ser un hogar físico o un hogar espiritual. El hogar es la roca de mi vida. Vínculos sanos que hablan de hogar. Es algo más hondo. Puede ser el corazón de una persona el que se convierte en hogar para mí. En tierra cálida. Dios le promete a Abrahán una intimidad con Él. Quiero sentirme profundamente amado por Él. Experimentar cada día su amor en intimidad. A cambio Dios sólo me pide que sea fiel a este amor. Me pide que no tenga otros dioses que compitan con Él. No hará falta porque Dios me dará tal intimidad que no necesitaré buscar fuera de su presencia. Dios será siempre fiel. Me lo promete. Yo no lo soy. Tengo un anhelo infinito en el corazón. Una sed insaciable que ningún amor humano por maravilloso que sea podrá nunca calmar. Miraré más alto, más lejos. Buscaré en Dios una intimidad que necesito para vivir. Mi amor es muy pequeño y torpe. El amor de Dios es infinito y misericordioso. Me desborda. Supera mis límites humanos. Lo único que necesita Dios es que yo le diga que sí. Que estoy dispuesto a dejarme querer. Que no voy a ser esquivo ni voy a huir. Sólo quiere mi fiat. Que me quede con Él. Me quiere a su lado sin necesidad de buscar sucedáneos. Es un momento de Tabor continuo en mi vida lo que más anhelo. Un descanso en su presencia. Y por último Dios le promete un pueblo, unos hijos, una descendencia. No quiere que Abrahán esté solo. Quiere que tenga todo un pueblo con él. Mi vida será fecunda en los corazones en los que deje huella. En aquellos a los que ame y me amen. Me gusta esta imagen. Mi vida será fecunda en función del amor. El amor que dé, el amor que reciba. La vida que se entrega desde un amor maduro, sacrificado, santo. Esa será mi fecundidad, mi descendencia. Tal vez nunca llegue a ver a los que Dios me regale multiplicando mi descendencia. Su promesa está viva. No quiere que esté solo. Me promete una tierra, un Dios único, un pueblo con el que camine en solidaridad, la comunión de los santos. Me gusta pensar en Abrahán que lo deja todo para poseerlo todo. Los caminos no son siempre claros ni fáciles, pero él los recorre con el corazón dispuesto. Se fía de Dios. Sube a lo alto del monte. Desciende al encuentro de los hombres. Es el camino que yo emprendo. Me libero de mi tierra, de mis ataduras, para ir al encuentro de Jesús que me espera con un pueblo nuevo, en una tierra nueva y con un amor más grande. Quiero renovar mi sí a Dios a través de mi sí en la alianza. Vuelvo a escuchar la promesa en mi alma y vuelvo a decir que sí, que creo en su amor inmenso y me pongo en camino. Le vuelvo a decir que no tengo miedo a la vida porque Él me sostiene. Ya no me detienen los miedos ni la pereza. Dios puede hacer conmigo cosas muy grandes porque le he entregado por entero mi vida.

Hoy es el monte la imagen de la Cuaresma. Del desierto en el llano subo a la montaña. Dejo el valle y asciendo a las cumbres. Me fijo en la escena del Tabor. Los amigos de Jesús suben con Él a lo alto del monte: «En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y subió con ellos aparte a un monte alto». Me gusta subir a los montes. El esfuerzo de la pendiente me asusta al principio. Luego voy poco a poco, paso a paso. Y a medida que asciendo la vista va mejorando. El sol, el calor, el cansancio, todo pesa. Pero no me desespero. Me mueve la esperanza de llegar a la cumbre. Es el anhelo del alma, no bajar la guardia, no tirar la toalla, no dejar de luchar. Quiero llegar al lugar más alto y tocar la cumbre más elevada. El corazón no se conforma con vivir en el valle, en el llano, allí donde falta altura para ver bien el paisaje que me rodea. Muchas veces los árboles no me dejan ver el bosque. Los problemas me angustian y no me dejan saborear la vida, disfrutar lo que sí funciona en mi entorno. El corazón anhela las cumbres, sueña con subir a lo más alto y desde allí tener una visión privilegiada del valle. Tengo ganas de luchar. No bajo la guardia. En la subida un paso sigue al otro. Y el corazón sigue soñando. Al llegar a lo alto las cosas se ven de otra manera. Dicen que en lo alto del monte los problemas de antes parecen pequeños. Antes pesaba el cuerpo bajo su peso. Ahora, desde lo alto, me siento más liviano, más ligero, más cerca del cielo. Me importan menos los problemas agobiantes de hace tan poco, cuando caminaba entre los árboles, agobiado por el presente. Es verdad que en lo alto siguen los problemas presentes, eso seguro, pero ya no me afectan de la misma manera. El peso de la tormenta sobre los hombros puede ser el mismo pero mi cambio de mirada aligera el peso. El ánimo lo es todo para no dejar de luchar. Importa mucho más que el físico. Si me hundo en la depresión y la tristeza me resulta imposible avanzar, aunque físicamente me encuentre en plena forma. Lo anímico juega un papel decisivo. Es la chispa que me ayuda a vencer esa barrera infranqueable que me separa del éxito. Mi estado de ánimo me ayuda a subir las cuestas más empinadas. O me retiene en el valle incapaz de dar un paso más. La montaña parece demasiado grande para mis fuerzas cuando me faltan. Me equivoco si pienso que son las fuerzas físicas. La clave sigue estando en mi mirada, en mi actitud. Esos ojos nuevos son los que cambian la realidad. Hoy pienso en las montañas de mi vida. Esas cumbres que han despertado todos mis anhelos. Esas montañas a las que subo para estar solo, en paz, más cerca de Dios. ¿Quién me animó a subir a lo alto cuando dudaba de mis fuerzas? Alguien me dio ánimos. Alguien tiró de mí cuando ya casi no podía. Hoy Jesús se lleva a sus amigos y tira de ellos. Les somete a un esfuerzo mayor animándoles en el ascenso. Quiere que lleguen con Él a la cumbre. No siempre tengo fuerzas para subir a lo alto yo solo. Me falta el ánimo. Necesito a personas junto a mí que tiren de mi brazo, que me saquen de mi apatía y tristeza. Decía Santa Teresita: «Entonces busqué en los libros santos algún indicio del ascensor, objeto de mis deseos: Si alguno es pequeñito, que venga a mí. Un ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús. Y para esto, no necesito crecer, por el contrario, es menester que permanezca pequeña y que cada vez lo sea más»[2]. Otros serán mi ascensor. O Dios mismo se encargará de que suba la distancia imposible que me separa de la cumbre. Hoy le suplico: «Nosotros aguardamos al Señor: Él es nuestro auxilio y escudo». Para eso tengo que reconocer mi pobreza. Soy pequeño. Sólo contando con mis fuerzas no puedo caminar. Necesito que me arrastre Jesús. Necesito el ascensor que me lleve a las alturas. Quiero caminar a la cumbre en los brazos de Jesús. Sólo tres apóstoles fueron los elegidos esta tarde. Pedro, Juan y Santiago. Sus más cercanos hijos. ¿Y el resto? No tuvieron la posibilidad de ascender con Jesús al Tabor. Se quedaron en el llano. No vieron su gloria. ¿Estaría yo en los elegidos por Jesús? ¿Me alegraría al ver que otros iban mientras yo me quedaba en el valle? Me gusta estar en todas las fiestas. Ser tomado en cuenta y valorado en toda ocasión. Me duele cuando otros son más apreciados que yo. Necesito que me consulten, que me pregunten para sentirme importante. Quiero ser de esos hijos preferidos de Jesús. Uno de los llamados a estar con Él en los momentos importantes. Me gusta sentirme especial en sus manos. Quiero subir a las cumbres a su lado y ser el más cercano. ¿Y cuando no me siento tan valorado y elegido? Surgen los celos y las envidias. Me siento despreciado. Me hace bien hoy alegrarme cuando otros son más valorados que yo, más apreciados. Decía el cardenal Rafael Merry del Val en sus letanías de la humildad: «Del deseo de ser alabado, del deseo de ser aplaudido, del deseo de ser preferido a otros, del deseo de ser consultado, del deseo de ser aceptado, del temor a ser humillado, del temor a ser despreciado, del temor a ser reprendido, del temor a ser calumniado, del temor a ser olvidado, del temor a ser ridiculizado, del temor a ser injuriado, del temor a ser rechazado, líbrame Señor. Que otros sean más amados que yo, que otros sean más estimados que yo, que otros crezcan y susciten mejor opinión de la gente y yo disminuya, que otros sean alabados y de mí no se haga caso, que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil, que otros sean preferidos a mí en todo, que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda». Pido vivir así. Alegre cuando me eligen y también feliz cuando me dejan de lado. Con paz en los dos momentos. Cuando soy apreciado y cuando no lo soy. Cuando logro subir a la cumbre y cuando me quedo solo en el valle por no haber sido tomado en cuenta. Alegre siempre.

En la cumbre del monte Jesús les mostró el cielo abierto. En medio de la noche les hizo ver las estrellas. En mitad de sus angustias les hizo apreciar la plenitud a la que estaban llamados: «Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: - Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: - Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». Se transfiguró ante sus ojos y les mostró la trascendencia dentro de la inmanencia. Un Dios presente en sus vidas, un Dios de carne, que era a la vez el Dios eterno todopoderoso. Comenta el P. Kentenich: «El hombre de hoy necesita ambas cosas, tanto la trascendencia como la inmanencia de Dios, pero en gran medida tenemos que entregarnos a la inmanencia de Dios. ¿Qué significa esto? Contemplar a Dios en las cosas»[3]. Un Dios inmanente, hecho carne, que se transfigura dejando ver el otro lado del cielo, el otro lado de la vida, del tapiz. Dicen que los tapices por un lado muestran los nudos inconexos y por otro lado un paisaje perfecto y precioso. Los nudos me hablan de la incomprensión en mi vida. Hay tantos sucesos que no tienen explicación. Faltan los por qué a tantas preguntas. Pretendo buscar explicaciones teóricas para tranquilizar el alma. Pero es imposible. Los nudos siguen siendo indescifrables. No los entiendo, no los acepto y me rebelo contra ellos. Quiere Dios que aprenda a vivir con ellos con el corazón en calma. Quiere que viva tranquilo con mis miedos y angustias, con mis incomprensiones. Quiere que aprenda a vivir en el valle entre árboles que no me dejan ver el bosque. Quiere que bese lo que no entiendo, esas enfermedades y desgracias que me superan, esos dolores que no logro aceptar con alegría. El valle es eso, caminar cada día para cada día sin dejarme hundir por las angustias y tristezas. Los momentos de Tabor son la ocasión para ver el otro lado del tapiz, de mi vida. Me detendré maravillado en el monte ante la belleza que Dios ha creado y me muestra. Esa tarde en el Tabor los apóstoles vieron el paisaje perfecto, la vida sin mancha, el cielo abierto. Vieron la perfección a la que estaban llamados. La paz eterna que un día poseerían. ¡Cuántas veces, tiempo más tarde, volverían a ese momento de cielo para coger fuerzas antes de la cruz! Ver el cielo los hizo fuertes, los hizo confiados. Allí, en lo alto del monte, se les mostró el camino hacia el que se dirigían. Y entonces dejó de importar tanto ese anuncio de la cruz escuchado horas antes. Ahora el Tabor hacía que todo fuera perfecto. Sin llanto, sin dolor. ¡Qué bien estaban ahí! ¡Qué bien estoy en ciertos momentos de mi vida cuando se me hace evidente el amor de Dios en personas, en sucesos, en encuentros! ¿No tengo acaso muchos momentos de Tabor en mi vida en los que he visto el cielo abierto? ¿No guardo como un tesoro momentos de cielo en la tierra, momentos de alegría que quise que fueran eternos? Claro que sí. Los atesoro con cuidado para no olvidarme de ellos. En esos momentos escuché del cielo esa voz llena de amor. Soy el hijo amado del Padre, soy su predilecto. A mí me alegra ser escogido. Vuelvo a esos momentos en los que me he sentido especialmente amado, elegido, querido por Dios, por personas. Son momentos de Tabor que me alegran y dan fuerza. Cambia mi mirada en lo alto del monte. Desaparecen las angustias y el cielo se abre ante mis ojos. Venzo el miedo. «Levantaos, no temáis». Guardo la petición de Jesús como un tesoro en mi alma.

 



[1] Herbert King. King Nº 5 Textos Pedagógicos

[2] Santa Teresita del Niño Jesús, Historia de un alma

[3] J. Kentenich, Un paso audaz: El tercer hito de la familia de Schoenstatt, Rafael Fernández

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