Humanismo en nuestra sociedad - parte 2

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Este video es la segunda parte de las reflexiones del padre Rafael Fernández sobre Humanismo y Religión,desde la perspectiva del P. Kentenich. Se recomienda leer también los textos adjuntos de nuestro padre y fundador.

Martes 24 de septiembre de 2019 | Padre Rafael Fernández

Haz click aquí para ver la primera parte de este video.

TEXTO TOMADO DE LA JORNADA: EL HOMBRE CRISTIANO" DEL P. Kentenich

2.2. El núcleo de los síntomas de la enfermedad

Después de haber conocido las manifestaciones de la enfermedad en la imagen del hombre moderno, nos preguntamos por el núcleo de la enfermedad. Alguien está enfermo: tiene dolor de cabeza, dolor de garganta, dolor de estómago, etc. El charlatán sólo prescribe remedios contra las distintas manifestaciones de la enfermedad. El médico serio responde a esta pregunta: ¿Dónde está el foco de la enfermedad? Así vemos el cuadro que presenta la enfermedad del hombre moderno: un hombre inarmónico, sin alma, despersonalizado, etc.

Como remedio, se puede prescribir hoy día esto, mañana aquello, y el ser humano se esfuerza por cumplir las prescripciones. Pensemos solamente en la fuerza que necesitamos para recibir la comida y la bebida necesarias. Preguntamos: ¿dónde está el núcleo de la enfermedad? ¿Es, por ejemplo, la despersonalización lo primario o está en otra cosa el núcleo de la enfermedad? El núcleo de la enfermedad es la revolución en el orden de lo religioso; es decir, estamos despersonalizados porque estamos sin

Dios y sin ética. Nos falta armonía entre nosotros porque estamos sin Dios. Estamos sin alma porque estamos sin Dios. ¿Podemos aceptar este diagnóstico? ¿Qué remedios debemos emplear? Debemos formar al hombre enteramente lleno de Dios.

Quizás se diga que así habla el sacerdote desde su punto de vista. Pero esperamos no ser tan superficiales. Lo digo de nuevo: El núcleo está en la carencia de Dios y de ética. No nos han de traer la sanación quienes no nos traigan a Dios y a Cristo. Por cierto, pueden traernos algo de valor: nos traen una imagen del hombre de espíritu amplio, la imagen del hombre cultivada por los masones que aprecian al hombre de cierta valía. Esto está bien frente al animal feroz, pero no es nuestra imagen del ser humano. No nos traen a Dios ni a Cristo. (Véase el undécimo precepto de la educación alemana; ése es el ideal: la educación ética que nada tiene que ver con Dios. Esto es lo que corresponde a un ser humano y así se sirve a la patria).

Allí no se encuentra el núcleo de la enfermedad. El hombre ético y de gran valía no puede ser educado cabalmente si no está anclado en Dios. La pregunta es ésta: ¿Qué actitud tiene la cultura actual ante el Dios personal, ante el Dios de la revelación, ante el Dios cristiano? Con frecuencia, desde nuestras propias filas vemos lo que está vivo en el lado opuesto: una cierta huida de Dios. Nosotros debemos cultivar la búsqueda de Dios. Allí donde se da la huida de Dios, se dan la búsqueda de sí mismo, la búsqueda del yo, el egoísmo.

Debemos tener claridad en nuestro pensamiento, en nuestra voluntad y en nuestro obrar en la educación de nosotros mismos y en la educación de los demás. Con frecuencia el orden está puesto en la cabeza. Objeción: ¿cómo ha de ser posible eso en el caso de la juventud actual? ¿Cómo habrá de lograrse que el hombre se arraigue nuevamente en Dios? A menudo la fuga de Dios crece hasta transformarse en odio a Dios y protesta ante Dios. ¡Con qué frecuencia encontramos esta actitud! ¿Y cuánto olvido de Dios encontramos en las propias filas? ¿Estamos unidos al Dios personal con todas nuestras fibras? ¿El cristianismo tiene todavía hoy una palabra que decir respecto del ordenamiento de las condiciones económicas y sociales?

Todavía existen muchos seres humanos que están vinculados con Dios, pero sufren por ello. Dios se les ha desaparecido. Se dice que la religión es el opio del pueblo, es decir, adormecimiento del hombre natural; ustedes, los cristianos, se engañan a sí mismos; ustedes deben hacer un paraíso de esta tierra y no huir hacia Dios. Así es cómo el hombre moderno está dirigido hacia sí mismo, hacia el mundo. En una palabra, hacia el pequeño yo. Nosotros comprendemos que el Señor dirija al pueblo alemán ese lamento: "¡Jerusalén, Jerusalén, cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina a sus polluelos bajo sus alas, y no has querido!" (Lc 13, 34) ¿No ha asesinado a Dios también el pueblo alemán? "¡Ustedes y yo hemos asesinado a Dios!" (Nietzsche)

Si damos una ojeada a las circunstancias, queda claro que la revolución del ser es la explicación de todos los síntomas de la enfermedad. La expresión "apossasía de Dios" significa el desmoronamiento de la situación de las otras realidades: culturales, económicas, estatales, y de las facultades humanas. San Agustín vivió en circunstancias similares a las que nosotros vivimos hoy. Entonces ocurrían las invasiones de los bárbaros. El dice que es una ley inmutable de Dios el hecho de que todo espíritu desordenado se convierta en castigo de sí mismo. Toda revolución del ser encierra en sí un pedazo del infierno. Es así como se habla del infierno de Dachau. Se puede hablar también del infierno del mundo actual. El infierno está en nosotros mismos. Hättinger dice que la humanidad sin divinidad se convierte en brutalidad y bestialidad.

Hoy se quiere crear hombres de valía moral. Humanidad. ¿Qué resulta de ello? Un ser humano que no está en el reino de Dios, crece y se adentra en el reino animal. La bestia se expresa en la brutalidad. Es así como entendemos que la última raíz de la decadencia es la huida de Dios, del Dios personal. "Doble mal ha hecho mi pueblo; a mí me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen" (Jer 2, 13). En la doctrina sobre la imagen católica del hombre, los católicos tenemos ante nosotros una fuente de agua viva. Y, sin embargo, siempre estamos buscando otra fuente. Por eso, la huida de Dios de la humanidad actual es verdaderamente trágica. O bien, pensemos en el deísmo que dice: Hay Dios, pero él deja entregado el mundo a sí mismo. O pensemos en esa otra afirmación que dice que el derecho de los príncipes quiebra el derecho de la Iglesia.

Así comienza la relajación del pensamiento occidental. El humanismo rompe el vínculo del hombre con Dios. El protestantismo desata la religión del dogma. El industrialismo y el materialismo desatan la economía de Dios. Lo percibimos: la separación respecto de Dios se compara con un trozo de nieve que se desprende allá en lo alto de los Alpes y se convierte después en una poderosa avalancha. Comprendemos cuál es el núcleo de la enfermedad. Podemos comparar la separación de Dios con la bomba atómica. ¿Dónde tiene todavía seguridad el hombre frente al prójimo? ¿Qué seguridad puedo buscar todavía entre los hombres?

Estamos en el comienzo de un pavoroso desarrollo. ¿Cómo ha de estructurarse hoy un gran aparato de seguridad? ¿Hemos de creer a los hombres que se separan de Dios? La separación respecto de Dios es la bomba atómica que ya explotó hace tiempo. El derrumbe general de nuestra cultura actual es la repercusión de esta bomba atómica: la separación del hombre del Dios personal.

¿Qué aspecto presenta en detalle la destrucción que se ha producido a causa de esta separación de Dios? Mientras mayor sea la huida de Dios, tanto mayor es la búsqueda de sí mismo. Allí donde el ser humano no deja su lugar a Dios, él mismo trata entonces de colocarse en ese lugar de Dios. El hombre moderno separado de Dios es el ser humano autónomo y que se ensalza a sí mismo. Ya no es Dios el legislador: el hombre es su propia ley. Ya no conoce la ley de Dios: en lugar de ella, conoce un montón de otras leyes, tantas como nunca las ha habido. El hombre rechaza el reconocimiento de la omnipotencia de Dios. En lugar de ella, debe someterse al látigo. ¿Quién no ha experimentado todavía el látigo?

El hombre autónomo pone, en primer lugar, la búsqueda del poder, la embriaguez del poder y, por otra parte, afirma: mi existencia es la existencia de la criatura llena de angustia. El hombre autónomo predica sobre el hombre heroico, pero un heroísmo sin ninguna seguridad. Se dice que hay que apretar los dientes; lo que venga después de mí, no tiene importancia si por el momento dominamos la vida. ¡Rostros helados!
Por cierto que, en los últimos años, se han realizado muchos actos valerosos. El heroísmo debe permanecer. En lo religioso, damos el salto desde la naturaleza al mundo sobrenatural. ¿Debemos, entonces, atrevernos a dar el salto de la fe? Yo sé que hay sobre mí una mano paternal poderosa, ante la cual me inclino. ¿No es acaso heroísmo también el que yo sobrelleve así las penurias de la vida? El hombre moderno ha predicado durante mucho tiempo un movimiento basado en la acción. Después sobreviene la crisis. La vida se torna demasiado pesada, porque no se nos ha educado para soportar las cosas.

¿Cuál es mi posición? ¿Hay también para mí una ley eternamente obligatoria (lex aeterna)? Hoy hemos olvidado un pensamiento inconmovible, poderoso: Dios es la medida de todas las cosas. Debemos amar a Dios con todo el corazón; ése es el primer mandamiento. Cuando Dios da una orden, me inclino ante esa ley, porque me inclino ante el legislador.

Hace poco tiempo surgió esta pregunta: ¿Debemos reconstruir las antiguas catedrales? El hombre moderno debe, en primer lugar, aprender de nuevo a dar gloria a Dios. Debe dejar de adorarse a sí mismo. Si se esfuerza por volver hacia Dios, no busca al Dios del ser, sino a un Dios que está en gestación. El hombre moderno dice: Dios no ha creado al hombre, sino que el hombre ha creado a Dios. El hombre es un dios, un dios en gestación. El movimiento, la vida, el trabajo: eso es la religión. ¿Soy yo de esta índole? ¿Me he fabricado también la imagen de un ídolo para adorarlo? El hombre actual, el hombre ario, quiere representar, de entre todas las cualidades de Dios, la omnipotencia antes que nada. Nosotros, los arios, lo podemos todo si permanecemos unidos; no puedo soportar que deba ser de otro. Eritis sicut Dei.

Goethe dijo: "Al principio era la acción". Pero el cristianismo dice: "Al principio era el Verbo y el Verbo se hizo carne". Al principio está el ser, está la verdad. El hombre moderno rinde tributo a una gran doctrina errónea: El ethos precede al logos, es decir, el acto subjetivamente orientado, el obrar, está por encima de la verdad. ¿Percibimos la enfermedad? Estamos infectados; nosotros, como profesores y sacerdotes católicos, compartimos la culpa por estas falsas doctrinas.

Hemos enseñado brillantemente, pero hemos vivido poco de acuerdo con ello. No conocíamos entonces el ideal: vinculación armónica entre logos y ethos. Ahora experimentamos el menosprecio de la verdad. ¡Cuán mal se usa esa palabra! ¿Estaba preparado para morir por la verdad? Por lo tanto, volvemos al Dios personal. El ser humano que ya no tiene un apoyo en Dios se destruye a sí mismo. "Quien quiera salvar su vida, la perderá" (Lc 9, 24.Recordemos el saludo de Pascua de resurrección dado por el Señor: Pax vobis. Pax significa tranquillitas ordinis: tranquilidad en el orden querido por Dios.

Debo llegar a ser un buscador de Dios. Debo despertar hambre de Dios. Paz significa tranquilidad en el orden. Tenemos que ver el orden total. Debemos ver el mundo sin vida y el mundo animado, el mundo natural y el mundo sobrenatural. Si tenemos hambre de Dios, nos liberaremos del yo. Tranquillus Deus.

Cita en "Desafíos de nuestro Tiempo", p. 32

A fin de caracterizar las tendencias liberadoras del tiempo ac- tual, cito una frase de Hettinger: "Humanidad sin Dios se con- vierte en brutalidad", y, agrego yo, en último término, llega a la bestialidad. ¿Comprenden lo que significa esa lucha puramente ética (que prescinde de Cristo y de la gracia), por conquistar un humanismo lleno de valor? Significa que se ha dejado el centro de gravedad que es Dios: Humanidad sin religiosidad se con- vierte en brutalidad. El hombre que no vive en el orden de ser querido por Dios, termina hundiéndose en la brutalidad. Y esta brutalidad llegará a convertirse en bestialidad. Ahí tienen uste- des la situación del hombre contemporáneo, tal como la expe- rimentamos en los campos de concentración y tal como la vivi- remos cada vez peor en el futuro próximo.
Apostasía significa desintegración. Se ha abandonado la fuente de agua viva para construirse cisternas agrietadas. "Doble mal ha hecho mi pueblo: a mí me dejaron, Manantial de aguas vi- vas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen". (Jer. 2, 12)
Consideremos otra forma de expresar el mismo contenido: El homo sapiens, se convierte en el homo faber, y el homo faber se convierte en el homo lupus; el homo lupus se convierte en el ho- mo diabolicus. La Edad Media llamaba al hombre homo sapiens. Veía en él al hombre lleno de sabiduría, abierto a Dios y que se dejaba orientar por él. Hoy día, el homo sapiens se ha convertido en el homo faber. Es el eterno trabajador que ya no tiene tiempo para Dios. Ya no quiere nada con Dios. Constantemente gira en torno a lo terreno: trabajo, trabajo y más trabajo. Es el tra- bajador, el obrero, que quiere crear un mundo nuevo, sin Dios. Este homo faber se ha convertido en un homo lupus, en lobo. Se ha desarrollado en el hombre una naturaleza de fiera. Por eso, la codicia de lobo, los colmillos de lobo, las crueldades de lobo.

Comentarios
Total comentarios: 1
24/09/2019 - 23:23:44  
Sin negar el hecho de que un humanismo sin Cristo conduce a la bestialidad, frase que nuestro padre y fundador adoptó y repitió muchas veces, sólo digo, en relación al artículo de Patricio Young -quien pone como ejemplo de países más felices aquellos donde predomina el luteranismo-, que hay una diferencia entre la vida, (y sobre todo la muerte, de Lutero (googlear un poco), y la vida y muerte de Cristo. La revelación de las verdades de la fe nos habla de una herida en nuestra inteligencia, voluntad y corazón, que separa la fe de la vida. La práctica de la verdadera religiosidad im- implica estar ligado, en y con Cristo, al Padre; no abandonar la Casa del Padre; que siempre nos está esperando. No podemos ser felices si cortamos el vínculo con Él.

Mariia Isabel Herreros Herrera
Viña del Mar, Chile
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