Lunes, 22. Septiembre 2014
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Evangelio Sábado 9 de Julio del 2011
Lucas Del Villar   
09/07/2011
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Evangelio según San Mateo 10, 24-33
Sábado de la Decimocuarta Semana del Tiempo Ordinario.

El discípulo no es más que el maestro ni el servidor más que su dueño. Al discípulo le basta ser como su maestro y al servidor como su dueño. Si al dueño de casa lo llamaron Belzebul, ¡cuánto más a los de su casa! No les teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas. No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena. ¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo. Ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros. Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres.

Meditación de Lucas Del Villar.

"No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma."

El Señor parece decirnos: Hijos míos, el mundo que les ha tocado vivir a Uds. parece estar plagado de peligros y de muchos que viven de los riesgos que los acechan y preocupan. Les digo que no vivan preocupados más que por las cosas del Espíritu. Recuerden mi promesa de vida eterna, sólo el pecado los puede matar por lo que serán invencibles si creen en mí. La victoria es nuestra fe. Porque el que confiesa mi nombre y mi reinado, empezó a recorrer el camino al cielo.

El Señor nos promete tener fe para alcanzar la vida eterna y la resurrección en Él. Sin embargo instintivamente sentimos un terror inmenso a la muerte. Nuestra naturaleza física insiste en mostrarnos que somos unos simples mortales pese a que nuestra alma intuye que hay algo más allá. Cuán difícil es abstraerse de lo material y tangible para entregarse a creer en la promesa del Señor. Que fuerte es el instinto de supervivencia por sobre nuestras propias convicciones.

Señor, sí sólo creyéramos en Tí y perdiéramos ese miedo instintivo a la muerte, de seguro viviríamos la vida en plenitud, generosamente, sin guardarnos nada, como el maravilloso regalo que es, y de seguro seríamos felices. Esa certeza en tu promesa la reservas exclusivamente a los santos, pero nosotros también podremos ser santos al intentar amarte y amar a nuestros hermanos, y así alcanzaremos también esa vida eterna que nos prometes.

AMEN

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