Miércoles, 22. Mayo 2013
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Evangelio Domingo 23 de Octubre del 2011 - P. Carlos Padilla
P. Carlos Padilla   
23/10/2011

XXX Domingo Tiempo Ordinario

Éxodo 22, 20-26; Tesalonicenses 1, 5c-10; Mateo 22, 34-40

«Amarás al Señor, tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo»

23 Octubre 2011      P. Carlos Padilla Esteban

«Os volvisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo »

Para lograr tener relaciones sanas y profundas en nuestra vida, es esencial aprender a manejar nuestra capacidad de vincularnos y de amar. Sin embargo, muchas veces vivimos en conflicto con el mundo, con los hombres y con Dios. Al no saber manejar los conflictos, nos sentimos desbordados y nos encerramos debajo de una buena defensa para no sufrir más de lo necesario. Nuestra autoestima, en este mundo tan competitivo y lleno de tensiones, sufre. Nos comparamos llenos de inseguridad y acumulamos en el subconsciente pensamientos negativos, que no nos dejan vencer las dificultades. Cuando no nos amamos bien a nosotros mismos, resulta muy difícil amar bien a los demás. Sabemos que todo comienza en nuestra infancia. Y por eso entendemos lo importante que es cuidar bien la autoestima de aquellos que Dios nos ha confiado, de los niños, de nuestros hijos, de aquellos que Dios pone en nuestro camino para que los eduquemos. El otro día leía un artículo en el que hablaban de cómo mejorar la autoestima de los hijos. Decía: « ¿Cómo se aumenta la autoestima de un chico? Primero, si eres padre o educador, descubrirás lo que llaman «la isla de competencia». Descubres esa cosa que el chico hace bien y haces de eso una gran cosa. Lo celebras. Debes ser buscador de talentos, descubrir las cosas que hace bien. Porque cada vez que elogias a un chico, cada vez que le dices: «Muy buen trabajo», le estás aumentando la autoestima». Elogiar, alabar, enaltecer, son verbos que conjugamos con dificultad en primera persona: «Yo elogio, yo alabo, yo enaltezco». Nos gusta más ser enaltecidos nosotros, pero, ¡qué poco enaltecemos a los demás! Esto vale para todas nuestras relaciones personales. Tenemos que ser buscadores de talentos, descubrir la belleza detrás de la roca. Me parece una misión muy importante y valiosa. Descubrir la belleza de los otros. Lograr que sean mejores. Sacar lo mejor de cada uno. El otro día me decía una persona: «La tarea del profesor es descubrir lo que el alumno ya tiene y trabajar a partir de lo que hay para sacar lo mejor que puede llegar a dar». Muchas veces no somos conscientes de todo lo que podemos llegar a lograr con lo que Dios nos ha dado.

Para ser capaces de ver la belleza en nuestra vida necesitamos un alma muy joven. Porque cuando el alma envejece antes de tiempo no es capaz de ver lo bueno, lo valioso y se queda en la queja. Lo más habitual es encontrarnos con personas que destacan sólo lo negativo, que se regodean en los fracasos de los otros, que se ríen de las desgracias ajenas y ven con tristeza cómo la vida se les escapa sin ver la luz. Sor Verónica, fundadora de «Iesu Communio», describía en Roma esta semana el sentimiento de muchos jóvenes que llegan a su convento en la Aguilera: «No es la tristeza por lo que se tiene sino la tristeza por lo que no se tiene, por lo que se anhela, sin que uno pueda dárselo a sí mismo y quizás sin capacidad para ni siquiera expresarlo. Ese anhelo lleva consigo la certeza de que no merece la pena vivir por menos de lo que intuimos, o de que malvivimos cuando renunciamos a entendernos en el designio con el que Dios quiere plenificarnos». Es el anhelo del corazón que no se conforma con una vida mediocre o triste. Aunque muchas veces no logra superar el miedo a avanzar. Si aprendiéramos a ver el bien en las personas podríamos decir lo que pensaba alguien hace poco: «Que la naturaleza humana es buena, que en lo más profundo del corazón humano, de toda persona, por vil que nos parezca, habita un vivo deseo de ser mejor». Estamos llamados a ser mucho más de lo que hasta este momento hemos logrado. Estamos en camino y no podemos conformarnos con el tramo ya recorrido, con una vida apacible y pobre. Un alma joven siempre quiere aprender más, busca más y no se cansa de luchar.

Hace 97 años algo sucedió en una pequeña capillita en un pueblo de Alemania, un pequeño milagro, una alianza de amor que cambió la historia. En el silencio de una mañana soleada de domingo, unos jóvenes creyeron en un sacerdote joven e inexperto. La fe de esos hombres, todavía niños, fue más fuerte que el terror de una guerra que comenzaba. El miedo era el mensaje que corría de corazón en corazón. Sin embargo, María creyó en esas vidas ofrecidas con confianza y alegría y aceptó el pacto, se estableció en esa tierra alemana. La alianza de amor quedó sellada y, desde entonces, María derrama sus gracias en todos los Santuarios del mundo. ¿Es nuestra fe tan sólida como la de aquellos jóvenes sin experiencia? ¿Creemos en el poder transformador de la Alianza de amor como creyeron ellos? Decía el P. Kentenich: «Todos aquellos que se unan y entreguen a Ella, a quienes Ella “atrae hacia sí”, permanecen eternamente jóvenes del alma, aunque el cuerpo esté agotado y las fuerzas flaqueen»[1]. Un alma joven. Todos queremos ser jóvenes y nos alegramos cuando nos echan menos años de los que tenemos. Pero el alma a veces envejece antes de tiempo. Nosotros miramos hoy a María en el Santuario con el deseo de permanecer jóvenes, de no perder nunca ese corazón dispuesto a todo. Queremos renovar nuestra alianza de amor, volver a decir que sí con un corazón joven. Entendemos las palabras del P. Kentenich: «Lo que habéis heredado de vuestros mayores, conquistadlo para poseerlo»[2]. Es necesario que hagamos nuestra la historia que está a punto de cumplir cien años. Si no revivimos en nuestro interior el sí de María, el sí a María, Ella no podrá utilizarnos como sus instrumentos dóciles y audaces.

María busca instrumentos dóciles que se pongan en sus manos para la gran misión que tiene Dios para el hombre. La debilidad de nuestros hombros contrasta con la grandeza de la misión encomendada. Siempre sorprende esta desproporción. Decía el P. Kentenich en el acta de fundación de Schoenstatt: « ¡Cuántas veces en la historia del mundo ha sido lo pequeño e insignificante el origen de lo grande, de lo más grande! ¿Por qué no podría suceder lo mismo con nosotros?» Es lo mismo que nos preguntamos en este día. ¿Acaso no puede hacer María con nosotros grandes obras? Y el P. Kentenich nos dice como a los primeros congregantes: « ¡Ya están ardiendo vuestros corazones!». Y es cierto. Nuestros corazones arden cuando nos hacemos hijos de María y dejamos que su vida plasme nuestro corazón. Cuando soñamos alto y pensamos que nuestros anhelos encuentran eco en el corazón de Dios. Arden nuestros corazones al ver cómo la vida ha crecido a partir de un pequeño santuario oculto en un valle de Alemania. Lo que es pequeño para los hombres, no es pequeño para la mirada de Dios. Sus ojos ven la grandeza de nuestra vida, la inocencia de nuestro sí, la disponibilidad para comenzar un camino guiado por la mano de Dios. En la homilía de la misa del encuentro de nuevos evangelizadores en Roma el pasado fin de semana, decía Benedicto XVI: « Aprended de la Madre del Señor y Madre nuestra a ser humildes y al mismo tiempo valerosos; sencillos y prudentes; equilibrados y fuertes, no con la fuerza del mundo, sino con la de la verdad». Por eso hoy miramos a María y le suplicamos que nos enseñe a caminar por la vida con su humildad, con su sencillez, prudencia, fortaleza y equilibrio. En Ella descansamos, en Ella volvemos a empezar.

Esa alianza de amor con María, sellada con algo de temor, con el corazón algo encogido por la envergadura de la misión, ha sido capaz de crear una nueva cultura. La llamada cultura de alianza debería plasmar la vida del hombre arraigado en el corazón de María. La misma experiencia de los primeros cristianos se repite cada vez que el Espíritu vuelve a regalar su misión a los hombres: «Sabéis cuál fue nuestra actuación entre vosotros para vuestro bien. Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la palabra entre tanta lucha con la alegría del Espíritu Santo. Así llegasteis a ser un modelo para todos los creyentes. Desde vuestra Iglesia, la palabra del Señor ha resonado no sólo en Macedonia y en Acaya, sino en todas partes. Vuestra fe en Dios había corrido de boca en boca, de modo que nosotros no teníamos necesidad de explicar nada, ya que ellos mismos cuentan los detalles de la acogida que nos hicisteis: cómo, abandonando los ídolos, os volvisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que nos libra del castigo futuro». Tesalonicenses 1, 5c-10. La experiencia de los primeros congregantes se asemeja a la de los primeros cristianos transformados en la fuerza del Espíritu. La fe de unos pocos hombres cambió la historia del hombre. El cristianismo ha logrado cambiar la faz de la tierra aunque muchos sigan sin ver su fuerza redentora. La Iglesia tiene la misión de transformar al hombre desde sus cimientos y lograr que refleje un nuevo rostro, el rostro transfigurado de Cristo.

Para que nuestra vida llegue a gestar una cultura de alianza, es necesario que estemos dominados por una sola idea: vivir como hijos de María, en alianza con nuestra Madre y Reina. Decía el P. Heinrich Walter, superior general de los Padres de Schoenstatt, cuando celebró la misa para la familia de Schoenstatt el 17 de agosto, durante la JMJ en Madrid: «La cultura de alianza comienza con vinculaciones, con vínculos vivos y personales. La manera en la que hablo y tomo decisiones, todo desde la alianza. Mi forma de usar los alimentos, cómo conduzco, cómo me comporto haciendo deporte y navego en internet, todo está relacionado, desde la alianza. Cuando compro ropa y me deshago de otra, cuando me maquillo, cuando discuto con mi madre, desde la alianza de amor. Se nos debería notar la cultura de alianza. Sólo el fuego en nuestros ojos podrá convencer». La cultura de la alianza cambia la realidad cuando nosotros cambiamos nuestra forma de vivir, de pensar y de amar. El testimonio de nuestra vida ilumina. Decía el P. Kentenich que, para los que así viven, la alianza de amor entonces: «Se convertirá en su más personal forma de vida, en su actitud interior más característica y fundamental, actitud con la cual tomará todas sus decisiones y plasmará, concretamente, todas sus acciones»[3]. Sólo así lograremos transformar el mundo que nos rodea y hacer nueva la realidad. Sólo anclados en María nos adentramos profundamente en el corazón de Cristo y, en Él, en la fuerza del Espíritu, hacemos nuevas todas las cosas. Dice una oración del Hacia el Padre, libro de oraciones escrito por el P. Kentenich: «En unión con María quieres salvar a los hombres, encadenándolos igual que tú a la voluntad del Padre. Ella es y será siempre el señuelo, el imán, al cual nuestro corazón difícilmente podrá resistir»[4]. Es María nuestro gran tesoro y nuestra misión: «Así como María ha hecho todo para “atraer hacia ella nuestros corazones”, así nos hemos esmerado nosotros para regalarle nuestros corazones y para edificar y extender su reino en todas partes, como sus fervientes apóstoles»[5]. Tenemos como sus hijos la misión de acogerla en nuestras vidas y dejar que Ella transforme nuestra forma de pensar, de vivir y de amar. Nuestro amor se hace nuevo en la entrega a nuestra Madre. Ella nos enseña una nueva forma de amar al hombre, de amar la vida, de amar el camino que Dios nos regala. Ella nos enseña a darlo todo sin guardarnos nada.

La reflexión de este domingo nos lleva a meditar sobre la importancia del amor en nuestras vidas: «Los fariseos formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: - Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Él le dijo: - Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: -Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas». Mateo 22, 34-40. El principal mandamiento es el amor. Nos podemos obsesionar con los resultados, con el éxito, con la fama, con las normas, con el dinero y los bienes, con el placer y los lujos, sin embargo, al final sólo importa el amor, basta con amar y ser amados. Más aún, como leía el otro día: «Recuerda que querer es siempre más valioso que que te quieran. Querer mueve y detiene mundos, que te quieran, si tú no quieres, te acaba aletargando»[6]. Importa más que queramos, que nos demos hasta que nos duela, que hagamos el bien y logremos sacar lo mejor de todos. El otro día escuchaba en una película al protagonista, venido de otro planeta, que decía: «Nosotros, a diferencia de los humanos, amamos con un amor que es para siempre». Pensaba en la calidad de nuestro amor, en la fragilidad de nuestra fidelidad y soñaba con que Dios nos regalara ese espíritu que es «de otro planeta», el don de saber amar para siempre. Amar a Dios, amar a los hombres, amar la vida. Que el corazón no se enfríe, que no nos invada la indiferencia. Aspiremos a pasar por encima de las crisis; luchemos con los imprevistos.

Celebramos este domingo el día del Domund, el día de la misión. El día en que miramos a nuestro alrededor y vemos que la mies es grande y pocos los obreros. El lema que se ha escogido es: «Así os envío yo». El Señor nos envía para ser fecundos, para transmitir un amor más grande que el nuestro. No estamos llamados a vivir con la paz de los hombres satisfechos con sus vidas. Esa paz es la que Dios no quiere que esté en nosotros, la paz de la comodidad y el aburguesamiento. Estamos llamados a dejarnos comer, como pan que se parte, como la vida entregada en el amor. Es la misión del amor que se hace misericordioso, como nos muestran las palabras de la primera lectura: «No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto. No explotarás a viudas ni a huérfanos, porque, si los explotas y ellos gritan a mí, yo los escucharé. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo» Éxodo 22, 20-26. Dios es compasivo y quiere que regalemos al hombre su compasión. Quiere que seamos un signo de su misericordia. Estos días ha estado presente una noticia dramática. Hemos visto las escenas de esa niña china atropellada y abandonada en medio de la calle. Lo más inhumano de este accidente es que, durante siete minutos, dieciocho personas han pasado junto a la niña, que yacía en el asfalto sobre un charco de sangre, sin detenerse a ayudarla. Sólo una mujer inmigrante, que recogía basura, tuvo un gesto de misericordia y la socorrió. Por lo extremo del caso todo el mundo alza la voz y denuncia la actitud de los viandantes. Pero este acto aislado es reflejo de una actitud muy común y también muy nuestra. Todos llevamos en el corazón la tentación de seguir nuestro camino, de pasar de largo ante el sufrimiento humano, de ignorar a los que necesitan nuestro amor y nuestra entrega.

Pensaba en la misión que tenemos de salir al mundo y llevar un mensaje de esperanza y  de amor. Pensaba en los indignados que se han echado masivamente a la calle en la jornada mundial de la indignación, promovida en cientos de ciudades del planeta la semana pasada. El movimiento 15-M ha exhibido la fuerza de aquellos días de mayo y ha manifestado su indignación. Su lema ha sido: «Unidos por el cambio global». Cientos de miles de personas se han manifestado con un mensaje: los «poderes establecidos» deben actuar en beneficio de todos y no de unos pocos. También nosotros estamos indignados, somos los indignados de Cristo. No nos conformamos con este mundo lleno de injusticias y de odio. Sin embargo, esa indignación nuestra no está llena de amargura ni de rabia, porque surge del amor, nos mueve el amor. Ese amor tan grande que viene de Dios y no nos deja conformarnos con lo que hay. Pensaba en las palabras del P. Kentenich: «Cristo no redimió al mundo por sus prédicas ni en las horas en que las multitudes lo seguían entusiasmadas sino cuando sufrió obedientemente la voluntad de su Padre en el patíbulo de la ignominia, muriendo como un malhechor». No son nada las multitudes y no significa nada reunir a miles de personas. Porque todo pasa. Los números permanecen sólo en los libros de estadísticas. Sólo la vida entregada, sólo el amor sacrificado, logran cambiar el mundo. El amor es lo que cambia el mundo, no el odio o el desprecio, ni los gritos ni los grandes discursos. La vida entregada llena de esperanza al mundo y no así los corazones que sólo rebosan amargura e indignación. Las palabras del salmo resuenan en el corazón: «Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos». Sal 17, 2-3a. 3bc-4. El corazón que ama en Dios, que se ha sabido amado por Dios, puede cambiar la realidad.

La doble vertiente del amor nos permite hoy profundizar en el doble aspecto del mandamiento del amor. Por un lado se nos pide amar a Dios: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Tenemos el subconsciente tan lleno, tan poco limpio, que nos cuesta acercarnos a Dios sin prejuicios, sin miedos, sin barreras. Decía el P. Kentenich: «Deberíamos tener más en cuenta la purificación del subconsciente. Es como un barril lleno. Aunque sólo se llene gota a gota, finalmente termina por desbordar cuando está lleno. Aquí es muy valioso el cultivo de una vida afectiva religiosa. No sólo debemos pertenecer a Dios con la voluntad, sino regalar también el subconsciente a Dios y a María»[7]. Hoy queremos dejar que Dios penetre en nuestro subconsciente, que María vaya vaciándolo y dejándolo listo para Dios. Hoy quisiéramos amar a Dios con toda el alma, pero nos resulta tan difícil vaciarla para Él. Dios quiere que lo amemos con las fuerzas que no tenemos, con la pasión que recibimos de Él mismo. Dios quiere que lo amemos en la oración, pero también quiere que lo amemos en todo lo que hacemos, en cada gesto, en el trabajo, en la diversión, haciendo lo que nos toca hacer. La Madre Teresa decía: «Cada uno de nosotros hemos recibido un don especial. A lo mejor yo sólo puedo pelar patatas, yo debo hacerlo con el amor más perfecto. Más importante que lo que hacemos es el amor que ponemos en ello». No quiere Dios que nos recluyamos en la clausura, quiere que nuestra vida esté consagrada por entero a Él, aunque lo que nos toque hacer parezca no tener nada que ver con la oración. Nada de lo humano le es ajeno. En todo lo que hacemos tenemos que poner amor, sea lo que sea. Y no dejar que otras cosas ocupen en el alma su lugar.

Por otro lado Jesús pone el acento en el amor al prójimo: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Estamos llamados a amar y a dar la vida por aquellos que Dios ha puesto en el camino. Pero nos cuesta mucho amar bien, con libertad, con un corazón grande y abierto. Nos cuesta dejar que nos quiten nuestro tiempo, que nos consuman. Hoy Jesús nos propone amar hasta darlo todo. La medida que se nos presenta es el amor que nos tenemos a nosotros mismos. La medida es la medida de nuestro amor propio. Ese amor a nosotros mismos que nos lleva a luchar, que nos hace superar las dificultades, que busca el bien propio. Ese amor propio que nos hace sentirnos heridos fácilmente, cuando no somos tomados en cuenta, cuando no somos tan queridos como otros. Ese amor propio que nos hace girar en torno a las necesidades de nuestro yo herido, cuando las heridas nos incapacitan para amar bien. Decía Anselm Grünn: «Hay hombres que de niños han sido heridos. Si no ven sus heridas, si no las asimilan ni se reconcilian con ellas, están condenados a herirse permanentemente a sí mismos y también a los demás. El dolor que el niño sintió al ser herido fue tan grande que tiene que reprimirlo parea volver a vivir. Pero la represión del dolor hace que, para poder sobrevivir, haya que eliminar poco a poco todo sentimiento». Si reprimimos nuestras heridas para no sufrir, nos volvemos incapaces de romper la barrera que nos separa de los demás. La medida del amor es un amor que supera el egoísmo del yo, para volcar en el tú nuestro amor y generosidad, lo que somos y tenemos.



[1] José Kentenich, “El secreto de la vitalidad de Schoenstatt”, 1ª parte, “Espíritu y forma”, 85

[2] Ibídem

[3] José Kentenich, “El secreto de la vitalidad de Schoenstatt”, 1ª parte, “Espíritu y forma”, 86

[4] José Kentenich, “Hacia el Padre”, Estr. 86

[5] José Kentenich, “El secreto de la vitalidad de Schoenstatt”, 1ª parte, “Espíritu y forma”, 103

[6] Albert Espinosa, “Si tú me dices ven lo dejo todo…pero dime ven”, 198

[7] J. Kentenich, H. King, “En libertad ser plenamente hombres”, 262

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