Viernes, 24. Mayo 2013
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Evangelio Domingo 18 de Diciembre de 2011 - P. Carlos Padilla
P. Carlos Padilla   
17/12/2011

IV Domingo Adviento

Isaías 40, 1-5. 9-11; Romanos 16,25-27; Lucas 1,26-38

«Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra»

18 Diciembre 2011      P. Carlos Padilla Esteban

« ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella?»

No somos imprescindibles, aunque nos cueste trabajo aceptarlo con nuestro corazón vanidoso. Una persona me decía el otro día: «El cementerio está lleno de personas que creían que eran imprescindibles». Murieron y el mundo siguió su camino, sin detenerse. Pero también sabemos que Bertol Brecht decía: «Hay personas que luchan un día y son buenas, hay personas que luchan un año y son mejores, hay quienes luchan muchos años y son muy buenos, pero los hay que luchan toda la vida: ésos son los imprescindibles». Las personas imprescindibles para construir un mundo mejor son las que luchan siempre, las que no se cansan, aquellas que dan todo lo que llevan en su corazón. Más aún en estos días en los que muchos quieren trabajar poco y ganar mucho y el esfuerzo no se ve como algo necesario ni valioso en esta vida. Nosotros, la verdad, muchas veces nos creemos imprescindibles y pensamos: « ¿Qué haría mi familia sin mí? ¿Y mis hijos? ¿Mi cónyuge? ¿Qué sería del mundo sin mis aportes, sin mis consejos y planes?» Luchamos, nos esforzamos y pensamos que nadie puede hacerlo como nosotros. Creemos que sin nosotros, sin nuestro aporte fundamental, nada sería igual. El problema peor no es que llegamos a pensar así, algo de por sí poco sano. Lo dramático es cuando vivimos actuando como si realmente no pudiéramos fallar. Buscamos que nos digan: « ¡No sé qué haríamos sin ti!». En ese momento encontramos sentido a nuestra vida y nos enorgullecemos con nuestro papel. Nos gustaría estar en muchas partes a la vez, opinar sobre todos los temas y estar presentes en los momentos importantes. Hacer muchas cosas, llegar a más vidas, hablar mucho. Nos gustaría cambiar solos este mundo, sin contar con nadie, y nos matamos tratando de estar siempre y actuar en todo momento porque somos responsables. No sabemos delegar y tratamos de hacer todo lo que creemos que es nuestra obligación en esta vida. No podemos descansar porque somos imprescindibles y el mundo nos necesita. Hasta que la vida nos pasa factura, o una enfermedad detiene nuestros pasos, o viene un cambio de planes imprevisto. Entonces muchas cosas pasan a ser relativas. Ya no importan tanto. Y no somos tan necesarios. La vida sigue su curso y no se detiene. Pasamos, súbitamente, a ser prescindibles. Y algo de tristeza nos invade.

Porque la verdad es que nos gustaría estar siempre en el lugar y en el momento adecuados. Es como si siendo los protagonistas de la película tuviéramos que estar siempre presentes, para no perdernos nada importante. Nos hubiera gustado estar presentes en el Belén, en ese mismo momento, como los pastores. O con María al pie de la cruz. Muchas veces no estamos en las ocasiones importantes y sentimos que entonces no nos toman en cuenta y no nos valoran. No se alegran con nuestra presencia y no nos buscan; en esos momentos nos sentimos abandonados y olvidados. Pasamos a ocupar un papel secundario en la película y eso no nos gusta. Empezamos a ser reemplazables y eso nos inquieta. Y entonces empezamos a pensar lo que comentaba hace poco una persona: «Estoy desconcertada, perdida. Me siento frágil, débil, vulnerable. Miro al Cielo y pido ayuda. Analizo en mi interior. ¿En qué estoy fallando? ¿Por qué soy tan inútil? ¿Será que hay muchas interferencias entre mi corazón y mi cerebro? ¿Será que no tengo suficiente cobertura? ¿O será simplemente que no entiendo lo que oigo?». Y pensamos que la culpa es nuestra, que no sabemos hacer las cosas bien, que todo nos pasa por ser tan poca cosa, por ser torpes. Dejamos de valorarnos y perdemos la esperanza. Es como si no supiéramos lo que Dios espera de nosotros. Dejamos de esperar. Como si la vida empezara a ser una rutina sin rumbo, un devenir absurdo, un sinsentido en el que Dios ha callado su voz para siempre. Y nuestra vida, entonces, no nos gusta, porque carece de sentido.

Sin embargo, no es así. Hoy Dios nos recuerda que nuestra vida es maravillosa. Y nos dice que tenemos una misión que sólo nosotros podemos cumplir. Dios no prescinde de nosotros tan fácilmente, porque nos necesita. Sabemos que si faltamos, si decimos que no, sólo quedará el vacío. Cuando Dios nos necesita para una misión nos lo hace saber, envía sus ángeles. Sin embargo, muchas veces nos preguntamos: ¿Cuál es la voluntad de Dios? A veces dudamos y no logramos entender sus deseos. Creemos que es uno el camino, el que nos gusta, el que soñamos. Pero, tal vez, el Señor nos quiere sembrar más tarde en otra tierra, casi sin darnos cuenta, y la vida sigue.  O quizás esperamos una misión digna de alabanza, un camino espectacular que el mundo pueda admirar y recordar. No nos conformamos con cualquier papel irrelevante. Nos cuesta entender que en la rutina de nuestra  vida hay un plan de salvación para nosotros. La sencillez del camino nos desconcierta. Dios no se equivoca y nosotros, sin embargo, lo hacemos con frecuencia. Dios busca nuestro sí sin cansarse nunca. La esterilidad de Isabel, la decisión de María, el ángel llevando la noticia. Los caminos de Dios sorprenden. Pero Dios siempre nos espera y nos busca, no se cansa, no desespera. Está claro que no somos imprescindibles, pero para Dios tampoco somos prescindibles. Dios nos necesita. Necesita ese sí musitado de rodillas, con el alma en vilo. Con miedo, como temiendo que nuestro sí tenga claras consecuencias. Nosotros estamos llamados a cristianizar este tiempo Navideño con nuestro sí. En nuestra sociedad tan pagana y alejada de Dios tenemos la sencilla misión de llevar a Cristo, de acercar a muchos a Belén para que se encuentren con Él. Dios necesita nuestra humildad y pequeñez, necesita nuestra confianza, nuestra docilidad. Decía Tomás de Kempis en la Imitación de Cristo: «Verdaderamente es grande el que se tiene por pequeño y tiene en nada la cumbre de la honra. Verdaderamente es prudente el que todo lo terreno tiene por estiércol para ganar a Cristo. Y verdaderamente es sabio aquel que hace la voluntad de Dios, y deja la suya». Queremos aprender a buscar la voluntad de Dios, a seguir sus pasos y entender su voz.

El rey David se sentía muy importante para Dios: «Cuando el rey David se estableció en su palacio, y el Señor le dio la paz con todos los enemigos que le rodeaban, el rey dijo al profeta Natán: - Mira, yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras el arca del Señor vive en una tienda. Natán respondió: - Ve y haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo». David ha tocado el éxito, ha disfrutado de muchas victorias, piensa que todo lo que toca es oro y no conoce el fracaso. Todo depende de su fuerza y su poder. Por eso quiere construir una casa a Dios, no puede seguir todo igual. Él construye, no Dios. No comprende que es Dios el que quiere construirle a él una casa: «Pero aquella noche recibió Natán la siguiente palabra del Señor: - Ve y dile a mi siervo David: - ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre». Los planes de Dios no son nuestros planes, nuestros caminos no son sus caminos. David quiere construirle a Dios una casa, pero será su hijo quien lo haga. El texto habla de Salomón, el hijo de David, que le construirá el Templo de Jerusalén. Pero el profeta va más allá y habla de Cristo, el Hijo de Dios cuyo reinado durará para siempre. Cristo procederá del linaje de David. Será el Hijo que hará posible la salvación. David no comprende los planes de Dios, pero los acepta. En nuestra vida muchas veces no entendemos y le proponemos a Dios nuestros deseos; entonces Dios sonríe. No es fácil entender su voz. Decía el P. Kentenich: « ¿Qué habremos de querer? Lo que Dios quiera. Pero ésta no es aún la cumbre. Más bien hay que decirse: lo que Dios quiere es exactamente lo que yo quería»[1]. Lo que Dios quiere tiene que ser lo que nosotros queremos. Aunque no entendamos, aunque nos parezca imposible. Decía S. Agustín: «Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar lo que manda, te invita a hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas y te ayuda para que puedas». Es la gracia de nuestra vocación. Dios nos llama y nos capacita para nuestra misión. No elige a los capacitados sino que capacita a los elegidos y eso nos alivia. Aun sin saber cómo, Dios sigue llamando en la pobreza, en la oscuridad de Belén, en un corazón sencillo y humilde que se abre sin entender.

Creo que pocos textos reflejan tan bien la predilección del amor de Dios por nosotros: «Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo; lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel. Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una dinastía». 2 libro de Samuel 7,1-5. 8b-16. Dios quiere tanto a David que le muestra cómo va a cuidar su vida hasta el final. Le hace la promesa más importante: «Yo estaré contigo». Dios acompañará siempre a David en todas sus empresas. Lo hará famoso, le dará la paz, lo hará grande entre todos los pueblos. ¿No sentimos como hoy estas palabras nos las dirige Dios a nosotros? Dios nos quiere así, como a David, con un amor de predilección. Pero nos cuesta creerlo, como me decía una persona: «En la práctica me cuesta mucho amar con la libertad de quien se sabe amado profundamente por Dios». Se nos olvida que Él nos ha sacado de nuestra pobreza y nos ha elegido como sus hijos del alma. Con facilidad nos sentimos abandonados, rechazados, no queridos y despreciados. Buscamos, en las migajas del amor que nos entregan los hombres, vestigios del amor de Dios. Si nos creyéramos que Dios nos ama con un amor infinito, si no dudáramos de su predilección, podríamos hacer nuestras las palabras que aparecen en la película «El príncipe de Egipto»: «No hay miedo en mi interior, aunque haya tanto que temer. Moverás montañas porque en ti está el poder. Habrá milagros hoy si tienes fe, la ilusión no ha de morir. Si tienes fe lo lograrás». David tuvo fe. Creyó en el amor de Dios y se mantuvo fiel. Su fe apartó los miedos y le permitió luchar contra la desesperanza. El salmo expresa ese amor que recibimos: «Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad. Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo: - Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades. Él me invocará: - Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora. Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable». Sal 88, 2-3. 4-5. 27. Quisiéramos vivir con la certeza de un amor inamovible, firme y fiel que nos sostiene.

En esta última semana del Adviento caminamos de la mano de María. Ella confía y acepta los planes de Dios. María es, como David, profundamente amada por Dios: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». También Ella se sabe entonces elegida, buscada por Dios. Pero Dios, como con David, respeta su libertad: «En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: - Bendita tú eres entre las mujeres. Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: - No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». La promesa resuena en su corazón. María escucha. Quisiéramos aprender a escuchar y a descubrir la voluntad de Dios como lo hizo Ella. María es nuestra Madre y educadora. Ella supo hacer silencio y buscar a Dios. Escuchó sus palabras y las acogió con un corazón pobre y humilde. Buscó los caminos de Dios hasta que Dios la buscó a Ella y le habló por boca del ángel. Supo decir que sí, de rodillas, en silencio. Miramos a María en el momento de luz de su vocación. De rodillas, ante el ángel, su imagen fiel y llena de luz nos da esperanza. La promesa de su vocación resuena hoy en nuestro corazón. María está llena de gracia, en Ella se manifiesta la predilección de Dios. Es amada y el amor de Dios es el que la sostiene. Le pedimos a Dios que nos manifieste su amor. Pero pensamos: «A mí nunca se me ha aparecido un ángel. ¿Cómo saber el camino?» Buscamos ángeles a nuestro alrededor que nos muestren el querer de Dios. Y decimos: «Nunca hemos sentido una llamada especial, Dios no nos ha manifestado una misión importante». Y pensamos que estamos sordos o que Dios no habla. O no escuchamos o Él no grita. Y no tocamos su amor. Por eso miramos hoy a María, porque quisiéramos tener esa comunicación fluida con el Señor. Queremos arrodillarnos hoy ante el Belén a buscar su voz escondida en la carne.

Celebramos esta semana a María como Madre de nuestra esperanza. Ella nos ayuda a mirar la vida con un corazón alegre y confiado. Porque el peligro ya lo conocemos: «Cuando sobreviene la prueba, uno reacciona a menudo con ira o desesperación, rechazando legítimamente lo que le parece injusto. Pero la ira vuelve sordo y la desesperación ciego. Dejamos pasar la ocasión que nos ha ofrecido para madurar»[2]. Queremos mirar la vida con optimismo, con esperanza en un mundo que pierde la alegría y deja de confiar. Muchas personas se desesperan en medio de la crisis, ante el dolor o la enfermedad. Me parecen interesantes las palabras que me decía una persona enferma de cáncer: «A veces lo que más me cuesta es que la enfermedad sea el centro de mi vida. Me gustaría salir de mí misma y poder ayudar a otros a luchar por la vida. Mi vida me parece inútil». Cuando giramos en torno a nuestro dolor. Cuando nos desesperamos y dejamos de ver más allá, perdemos la ilusión por la vida y dejamos de luchar. Pensamos sólo en lo que necesitamos, en las cosas que nos hacen bien, en lo que los demás nos entregan y aportan. La Navidad es la ocasión para abrir el corazón, para salir de nuestro dolor, para entregar la paz que no tenemos. Cuando salimos de nosotros mismos y nos entregamos, logramos regalar la esperanza que vive en nuestro corazón. Cuando nos abrimos a los que nos rodean, la vida ya no es inútil.

El Adviento es un tiempo de conversión y de cambio. En el fondo del alma, anhelamos un cambio verdadero y permanente. A veces sentimos que estamos bien, que nuestra vida es decente y nos conformamos con nuestra mediocridad. Pero lo cierto es que, en el crecimiento de nuestra fe, experimentamos la debilidad y no avanzamos. Decía el P. Kentenich: «Nos hemos esforzado por la santidad, pero siempre hemos experimentado las leyes de la gravedad con todo su peso; nos hunden una y otra vez. Pero si tenemos el valor de empezar cada día de nuevo, no es explicable por un fenómeno puramente natural, es porque el Espíritu Santo habla una y otra vez en nosotros»[3]. Queremos empezar siempre de nuevo. Queremos avanzar y crecer. La conversión, nuestro seguimiento a Cristo, no es algo que sólo nos concierna, estamos implicados en él. Esta distinción es importante porque a veces en la vida vivimos como si nuestra pertenencia a Cristo fuera algo que sólo nos concerniera pero no nos implicara. Para explicarlo mejor basta el ejemplo conocido de la tortilla de jamón. Es algo que le concierne a la gallina. Pero en ella el cerdo está implicado. Así debería ser nuestra fe. Una fe que nos implique, que nos haga comprometernos por entero. No una fe que sólo nos concierna en ciertos aspectos de nuestra vida y no en todos. Nos hace falta una santidad de la vida diaria, no sólo del día domingo. Por eso en este tiempo de Adviento hemos querido mirar el ideal de santidad hacia el que caminamos. No podemos conformarnos con lo que ya somos. Aspiramos a mucho más. El ideal brilla ante nuestros ojos y nos anima en la entrega diaria. Si sólo pensamos en nuestros pecados y debilidades, en los límites que marcan nuestra realidad, no aspiramos a nada más y vivimos satisfechos. Decía el P. Kentenich: «En cierta medida y cierto grado se puede alcanzar el ideal, pues la tendencia original del alma ya es ideal. No obstante, el ideal entraña siempre algo inalcanzable. Y esto perdura toda la vida hasta que esté en la eternidad»[4]. El ideal que vive en nuestro interior nos ha de mover y ayudar a salir de nuestra comodidad y egoísmo. Si perdemos de vista hacia dónde vamos, si no miramos dónde están las cumbres que soñamos, nos acabaremos conformando con lo que hay y ya no lucharemos toda nuestra vida por llegar más alto. Por eso hoy renovamos nuestro anhelo de darlo todo aunque nuestro camino, nuestra misión en esta vida, nos parezca poco importante, casi prescindible. Dios busca nuestro sí, quiere nuestra entrega.

Pero la realidad es que nos cuesta mucho ver a Dios en las dificultades y en las cruces. El otro día leía: «La vida es así; uno rara vez se da cuenta al instante de que los momentos difíciles tienen una función oculta: conducirnos a la madurez. Los ángeles se disfrazan de brujas y nos entregan maravillosos regalos cuidadosamente envueltos en innobles embalajes»[5]. No logramos entender la cruz como parte del camino. Por eso nos hace bien mirar este camino de María con José a Belén buscando posada. Ellos se mantienen fieles aunque no entienden. Sin rebelarse contra esos planes confusos de un Dios que ha prometido la plenitud. Belén y la huída a Egipto son dos realidades difíciles en el comienzo de un camino. Pero ya antes, en esa tarde en Nazaret, María había aprendido a entender que los planes de Dios no siempre son comprensibles: «María le dijo al ángel: - ¿Cómo será eso, pues no conozco a varón? El ángel le contestó: - El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María comenzó a caminar movida por el amor profundo de Dios. Creyó y se fió de su Dios. No quiso saberlo todo, no pidió explicaciones, no buscó claridad. Sólo se puso en camino. A nosotros nos gusta siempre saberlo todo y queremos entender el sentido del dolor y de las cruces. El camino es tan sencillo como el que conduce a Belén. Nos queda sólo confiar y arrodillarnos ante ese Niño frágil y pequeño en los brazos de María. Llegamos así con nuestra pobreza.

La oscuridad de la cruz, de la enfermedad, del hambre, de los planes frustrados, de las derrotas, nos parece algo incomprensible. No resulta tan fácil asumir la actitud de María: «María contestó: - Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y el ángel la dejó» Lucas 1,26-38. Nuestra rebeldía nos hace huir muchas veces de Dios. Por eso es tan importante poner hoy la mirada en el sí de María, en ese sí sencillo y firme, valiente y fuerte. Anhelamos que nuestro sí se haga semejante al suyo. Es el sí con el que soñamos al mirarla a Ella arrodillada ante el Ángel. El sí de su virginal pureza consagrada por entero a Dios. Es el mismo sí que refleja una oración que leí hace unos días. En ella aparece el sí ante la llamada de María, ante la llamada de Dios: «Madre, ignoro la dureza del camino, la amargura del silencio, la angustia del vacío. Madre, ignoro el dolor de la ruptura, la fatiga de la lucha, el pesar de la escasez. Sólo sé, ante ti, de rodillas, que no puedo negar la evidencia de su voz; que no puedo esconderme, ni decir que no siento su presencia en mi dolor. Madre, aún sabiendo todo lo que ignoro, contemplando todo lo que sé, en silencio, me duele todo el alma y no puedo más que decir sí». Queremos que nuestro sí abrace los silencios y las sombras de nuestra vida. Queremos decirle que sí a Dios en lo que somos y tenemos, en sus planes llenos de misericordia. Aunque muchas veces surja el miedo queremos avanzar con confianza. Quisiéramos pronunciar el mismo sí en la tormenta, en la oscuridad, en los silencios en los que Dios parece callar, pero va con nosotros.



[1] J. Kentenich, “En las manos del Padre”, 86

[2] Laurent Gounelle, “No me iré sin decirte adónde voy”, 138

[3] J. Kentenich, “Mi Santuario corazón”, 38

[4] J. Kentenich, “En libertad plenamente hombres”, H. King, 269

[5] Ibídem

Comentarios (1)

  • Invitado (Johnny Hitchman.)

    Agradeciendo esta reflexion tan oportuna e inspirada me permito sugerir que sea publicada en la vispera de cada domingo de ese modo se ganarian tres objetivos: al participar en la Misa se tendria una mejor receptabiliad de la Palabra. En segundo lugar en aquellas partes donde despues de la Misa se tiene un encuentro-cafe servira para tener tema mas alla de hablar del tiempo. En tercer lugar una gran alegria del celebrante es si alguien se le acerca despues de la Misa para decir algo mas que "Muy buena su platica" sino comentarle que "lo que usted dijo le lei ayer .." con este u otro matiz.
    La Misa es de todos.

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