| Evangelio Martes 3 de Enero del 2012 - Schvivo |
| Meditación de Juan Enrique Coeymans Avaria |
| 02/01/2012 |
Evangelio según San Juan, capítulo 1, 29 - 34.
Martes de la Segunda Semana de Navidad
Santísimo Nombre de Jesucristo, memoria libre
Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel". Y Juan dio este testimonio: "He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: 'Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo'. Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios". "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo." Jesús nos dice: Juan el Bautista al nombrarme como el Cordero de Dios remite a algo que no entendieron seguramente sus contemporáneos: la víctima que se inmola en al Pascua y con cuya sangre son pintados los dinteles de las puertas de las casas para que el ángel exterminador pase de largo y no mate a los primogénitos. Me llama en el fondo el salvador, con cuya sangre se consigue la liberación, no de Egipto, sino del pecado y de la muerte definitiva. Jesús pagó por mí la deuda de mis pecados, de mis caídas, de mis abandonos de la casa paterna para seguir caminos propios. Y me olvido tantas veces de esa verdad fundamental: he sido salvado por la sangre preciosísima de Jesús. Vivo como si la salvación fuera un hecho histórico que pasó y fue para los otros. Y Jesús murió por mi, sufrió por mi, fue inmolado por mi. También por los demás, pero por mi. Mi vida, tiene sentido cuando la inserto en la vida de Jesús, cuando trato de ser una aparición suya ante los otros. Señor Jesús, gracias por ser el Cordero de Dios que se inmola por mi. Que derrama su sangre por mí. Dame la gracia de no olvidarme en la vida cotidiana de tu amor permanente que me tienes. Regálame el mirarte crucificado, y no sólo glorioso. Humillado, varón de dolores que carga sobre sus hombros las culpas de nosotros los hombres. Y al amarte en la cruz, dame la fuerza para responderte en las pequeñas cruces que me mandas llevar cada día. AMEN |
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