Jueves, 23. Mayo 2013
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Evangelio Domingo 8 de Enero de 2012 - P. Carlos Padilla
P. Carlos Padilla   
07/01/2012

Domingo del Bautismo del Señor

Isaías 42, 1-4. 6-7; Hechos de los apóstoles 10,34-38; Marcos 1, 7-11

« Se abrió el cielo, y se oyó la voz del Padre: -Éste es mi Hijo amado, escuchadlo »

8 Enero 2012      P. Carlos Padilla Esteban

« Que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo,      porque Dios estaba con él »

Celebramos hoy la fiesta del Bautismo del Señor, la manifestación del amor del Padre que se derrama sobre su Hijo. Necesitamos recordar el amor de un Dios que se hace carne, un amor que se regala. Porque si no, cuando nos olvidamos, vuelve esa melancolía que nos hace sentirnos no queridos. Al notar la ausencia de amor en el alma, dejamos de valorar nuestros talentos, nuestras obras, lo que valemos ya por el simple hecho de ser hijos. Ya lo sabemos, «nuestra mente está muy ligada a nuestros hábitos de pensamiento, incluso cuando éstos nos hacen sufrir»[1]. Y con facilidad se apoderan de nosotros esos pensamientos que nos llevan a no valorarnos y a sentir que otros no nos valoran y valen, además, mucho más que nosotros. Son pensamientos que se apoderan del alma y nos cuesta mucho cambiar esas formas de pensar. Una y otra vez vuelven a nosotros y con ellos baja nuestra autoestima casi sin darnos cuenta. Los síntomas son muy reconocibles como leía el otro día: «Los síntomas que manifiestan una baja autoestima son los siguientes: autocrítica rigorista, hipersensibilidad a la crítica, indecisión crónica, deseo excesivo de complacer, exigencia exagerada, culpabilidad, hostilidad flotante, actitud hipercrítica frente a todo, indiferencia o pasotismo»[2]. En ocasiones estos síntomas toman posesión de nuestra vida y no nos dejan ver todo lo bueno que hay en nuestro corazón. Puede que sólo se den algunos de ellos, pero siempre que nos descubramos cayendo en alguna de esas actitudes tenemos que preguntarnos cómo está nuestro ánimo. Y la verdad es que cuando no nos valoramos tampoco somos capaces de valorar a otros. Nos encerramos en nuestro egoísmo, detrás de nuestras barreras y huimos así de nuestra responsabilidad.

La baja autoestima nos convierte en personas hipersensibles, incapaces de aceptar la crítica y nos encierran en nuestra inseguridad. Y todo porque no nos atrevemos a enfrentar con alegría las contrariedades, las debilidades propias o las caídas. Nos anclamos en una creencia falsa: «Todo nos tiene que salir bien siempre». En la película «El Castor» decía uno de los protagonistas: «Nos han dicho siempre, nuestros padres y profesores, que todo va a salir bien. Pero, ¿qué pasa si todo de repente se tuerce?». ¿Cómo nos enfrentamos a la posibilidad de que nuestra vida no resulte como pensábamos y no responda a nuestras expectativas? ¿Cómo reaccionamos ante los fracasos y frustraciones? Nuestro umbral de tolerancia del fracaso es muy bajo. La frustración nos vence si no somos capaces de mirar a Dios, en quien se encuentra el amor verdadero que nos sostiene. La Madre Teresa nos hace volver la mirada al amor de Dios: «Cuando nos sintamos solos, cuando no nos sintamos amados, cuando nos sintamos enfermos y olvidados, recordemos que somos algo muy preciado para Él. Él nos ama»[3]. Y hoy resuenan en nuestros oídos las palabras que el Padre, desde el cielo, dice sobre su Hijo: «Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: - Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto». Marcos 1, 7-11. Comprendemos que ese amor nos levanta y nos hace conscientes de nuestra dependencia. Necesitamos oír esa voz cada día, en cada hora. Cuando caigamos en la tristeza o cuando no logremos entender los planes de Dios.

Si vivimos de esta forma, será posible recorrer ese camino en el que volvemos a empezar siempre de nuevo. Es fundamental que podamos llegar a valorar todo lo que recibimos como un don: «Poco a poco aprenderás a centrar tu atención en tus cualidades, tus valores, todo cuanto hace de ti alguien bueno. El sentimiento de tu valía personal se inscribirá progresivamente en ti hasta convertirse en una certeza. Desde ese momento ningún ataque, ninguna crítica, ningún reproche, podrá desestabilizarte»[4]. Mirar nuestro gran valor es el camino. centrarnos en lo que sí que hacemos bien, en lo que nos hace fecundos, no queriendo ser los primeros en todo, no pretendiendo hacerlo todo bien. Si cambiamos nuestra forma de pensar, poco a poco irá cambiando nuestra actitud interior ante la vida, ante las decepciones, ante las críticas. El perfeccionismo nos angustia muchas veces, el deseo de hacerlo todo bien, la exigencia de no caer nunca. Todo ello nos hace creer que nuestras obras pueden ser perfectas y, cuando no es así, caemos en una sensación de constante fracaso. Por eso es tan importante descubrir la belleza de nuestra vida, encontrar el sentido por el que nos levantamos y luchamos cada día. Es muy valioso potenciar nuestros talentos y no vivir lamentándonos por lo que no tenemos. Queremos vivir agradecidos por todo lo recibido, sin exigir cosas distintas, sin pretender una vida diferente a la que tenemos. Dios nos quiere hacer fecundos en nuestra pobreza.

Lo más verdadero, la certeza de nuestra vida, es comprender que somos elegidos por Dios, que somos hijos, enviados por un amor que nos reconoce cada día. Las palabras del profeta resuenan en el corazón ayudándonos a caminar: «Así dice el Señor: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas». Isaías 42, 1-4. 6-7. La misión de Jesús se convierte en nuestra misión. Somos Cristo, somos sus miembros, estamos llamados a ser alianza de los hombres, a sanar los ojos ciegos, a liberar corazones esclavos, a dar luz donde reina la oscuridad. La verdad de esta elección es la que nos hace confiar siempre de nuevo en un amor de Dios que nos busca y quiere con locura. Por eso las palabras de Goethe encuentran eco en el alma: «Tan pronto como confíes en ti mismo, sabrás cómo vivir». Cuando descubrimos que Dios confía en nosotros, aprendemos a confiar y a caminar hacia dónde Dios nos conduce. Cuando somos conscientes de nuestros límites y de nuestros talentos entendemos que no podemos pelear todas las batallas, que Dios nos ha pensado para una misión concreta y nos quiere hacer fecundos siendo fieles a la semilla plantada en el corazón. Sin compararnos, sin buscar caminos diferentes al nuestro, sin envidias.

La fiesta que hoy celebramos nos habla del amor paternal de Dios que no se desentiende de nuestra historia. Benedicto XVI nos recuerda algo importante: «Dios tiene un amor tan fuerte por nosotros, que no puede permanecer en sí mismo, que sale de sí mismo y viene entre nosotros, compartiendo nuestra condición hasta el final. La respuesta que Dios ha dado en Jesús al clamor del hombre supera infinitamente nuestras expectativas, llegando a una solidaridad tal, que no puede ser sólo humana, sino divina». El amor de Dios desborda nuestra expectativa y nuestra imaginación, por eso  nos cuesta tanto trabajo tan siquiera atisbar la fuerza de su amor. Dios providente conduce nuestra historia y nos permite caminar con seguridad en un mundo inquieto que parece ir, muchas veces, a la deriva. El P. Kentenich explica cómo tiene que ser nuestra seguridad y confianza en Dios: «En muchas ocasiones llamé a esto la seguridad del péndulo. Una seguridad de allá arriba, no de aquí abajo. Una seguridad en el corazón de Dios, una seguridad en el Dios del amor, una seguridad en el convencimiento de que el Padre Dios me sostiene. Él tiene una tarea que me ha encomendado y cuida de que yo cumpla esta tarea o, mejor dicho, Él cumple esta tarea a través mío»[5]. Es la seguridad con la que vivimos cuando nos sabemos seguros en las manos de un Dios Providente que guía nuestros pasos. Y continúa: «Cuando el amor infinito de Dios ilumina e interviene en el abismo de la indecible pequeñez e impotencia del hombre, su vida se hace posible»[6]. Nuestra pequeñez, la conciencia de nuestros límites, podría paralizarnos. Sin embargo, cuando aprendemos a poner nuestras vidas en las manos de un Dios todopoderoso, las cosas cambian y comenzamos a verlo todo con otros ojos, con los ojos de Dios.

Es entonces, al descubrir que nuestra vida descansa en Dios, cuando se hace posible vivir con paz las cruces, la enfermedad o la muerte de seres queridos, aunque nos siga doliendo el corazón. Ernesto Sábato, doctor en Física, después de la muerte de su hijo, escribe lo siguiente: «Después de la muerte de Jorge ya no soy el mismo, me he convertido en un ser extremadamente necesitado, que no para de buscar un indicio que muestre esa eternidad donde recuperar su abrazo. En mi imposibilidad de revivir a Jorge, no buscaba a Dios como una afirmación o una negación, sino como a una persona que me salvara, que me llevara de la mano como a un niño que sufre». Cuando no comprendemos sus planes, lo que nos sostiene es la voz de Dios en el alma que nos recuerda que somos suyos, que le pertenecemos, que nos ama. Es el abrazo de un Dios que es Padre y nos sostiene. Esa verdad, aunque a veces no sintamos nada, aunque nos encontremos secos en nuestros afectos, es la verdad de fe que tiene que mover nuestra vida en la oscuridad. Es la certeza inamovible, como una roca, sobre la que podemos empezar a construir de nuevo. Sobre esa certeza asentamos nuestra propia vocación, el camino trazado. Nos aferramos a la verdad que no hace más comprensible el dolor pero lo hace más llevadero y soportable. Aunque no logremos entender el sentido, aunque no aceptemos las pérdidas, podemos volver a levantar nuestros pasos y continuaremos de la mano de un Dios que nos quiere con locura.

Esta semana hemos celebrado otra manifestación del poder de Dios. En el día de los Reyes Magos celebramos el poder de un Niño oculto en un pesebre. Nos ha nacido un Rey, un Salvador, y nos hemos alegrado con su venida. Los Reyes Magos, con su presencia, han alegrado nuestras vidas y nos enseñan a reconocer a Dios oculto en las sombras. Las caras llenas de asombro de los niños al ver los regalos, su alegría y su sorpresa al pensar en unos reyes que todos los años visitan todas las casas dejando regalos, nos parece un misterio lleno de esperanza. ¡Cuántos padres hacen posible cada año este milagro! ¡Qué poco cuesta dibujar la sonrisa en el rostro de un niño! ¡Qué fácil alegrar los corazones entregando regalos, entregando amor en los regalos, dejando algo de nosotros en el misterio de un día en que los reyes se abajan para adorar a un Niño! La sorpresa ante lo inesperado es un regalo de Dios. Quisiéramos tener la inocencia de los niños para alegrarnos cada día con los regalos que vienen de lo alto. Pero muchas veces hemos perdido esa ingenuidad y hemos dejado creer en la gratuidad. Creemos sólo lo que vemos. Creemos en los derechos y nos aferramos a lo que nos corresponde. Nos olvidamos de la gratuidad. Hacemos las cosas con un fin, damos algo para obtener algo a cambio. Regalar sin esperar nada como contrapartida no es algo habitual.

Llegaron los tres reyes a Belén siguiendo una estrella y sus pasos se detuvieron ante la cueva que albergaba a un rey. Entonces, colocaron sus coronas ante el Rey de reyes. Los reyes fueron capaces de adorar a Cristo, porque antes habían sido capaces de renunciar a su poder y a su honor para arrodillarse ante un niño. Renunciaron a sus riquezas y entregaron su pobreza. Hace falta valor para renunciar a lo que ya poseemos. Nosotros, sin embargo, ponemos muchas veces nuestra seguridad, nuestra felicidad y nuestro valor en lo que poseemos. Por eso nos cuesta tanto renunciar a nada. Aunque ya lo hemos escuchado: «Las personas más felices no tienen las mejores cosas, simplemente aprecian las cosas que tienen». Pero no dejamos de compararnos y de encontrar a personas que tienen más que nosotros. Nos sentimos pequeños ante ellas, indignos y perdemos la paz y la felicidad. Encerrados en nuestro egoísmo buscamos la felicidad. Cuando lo que está claro es lo siguiente: «Dándonos a los demás encontraremos la felicidad, no esperemos a mañana. La felicidad está en nuestro día a día, a nuestro lado, con nuestras familias, amigos, compañeros de trabajo y todo lo que podemos hacer por los más necesitados. La felicidad está en la satisfacción del deber cumplido y del trabajo bien hecho». Es la felicidad de la rutina, del día a día. La felicidad que busca siempre más porque en todos queda siempre una cierta insatisfacción. No pretendamos estar siempre satisfechos, colmados, llenos. Es inútil. La mera satisfacción de nuestros deseos no es sinónimo de felicidad, no nos llena. Un alma satisfecha cae en el hastío y en el aburrimiento y pierde el deseo de vivir cosas nuevas.

El anhelo de infinito permanece en el alma y no se sacia nunca. Se trata de ese anhelo que nos saca de nuestra tierra aburguesada, de la realidad donde nos encontramos seguros y nos pone en camino en busca de un Rey. Buscamos un Dios que pueda calmar nuestra sed, saciar el hambre, colmar nuestro amor. Por eso las palabras de Toni Nadal a su sobrino Rafael Nadal nos parecen muy importantes: «Mira, tienes dos caminos para elegir, decirte a ti mismo que ya ha sido suficiente y abandonar, o bien prepararte para sufrir y seguir adelante. Aprender a superar la debilidad y el dolor, esforzarte hasta el límite sin derrumbarte nunca»[7]. Muchas veces nos damos por satisfechos, por vencidos, cuando se agotan las fuerzas y dejamos de luchar. Tiramos la toalla y no queremos abandonar la comodidad de nuestra tierra. Pensamos que luchar por un mundo mejor que parece imposible. En la película «Amazing Grace» el protagonista es un soñador que cree que hay que luchar por la abolición del comercio de esclavos. Pese a las dificultades y obstáculos cree en el cambio: «Una vez estuve ciego pero ahora puedo ver. Lucha toda tu vida por hacer un mundo mejor». Es posible cambiar la realidad que nos rodea. Pero todo comienza con el cambio de nuestro corazón. El P. Kentenich fue un educador de santos, de hombres capaces de luchar por un mundo nuevo: «Siempre tuve el afán de proteger a la juventud que me estaba confiada de una práctica de imitación propia de esclavos. Ni siquiera el revivir la vida de los santos está al resguardo del peligro de suscitar el desarrollo de un impersonalismo, de criar esclavos, borregos, no personalidades vigorosas»[8]. El Padre soñaba con educar santos, hombres libres y auténticos capaces de cambiar su mundo. No nos basta con ser buenas personas, aspiramos a más. Queremos dejarnos hacer por Dios, luchar por dar la vida.

La fiesta de la Epifanía trae cada año a nuestros corazones el deseo de dar alegría. El que regala se entrega y pone su mirada en hacer feliz a los otros. A menudo vivimos buscando nuestro bien, nuestra propia felicidad, nuestra satisfacción. En estas fiestas pensamos en aquello que hace felices a los que nos rodean. El otro día leía algunas reflexiones sobre la verdadera felicidad: «Felices quienes pueden ver y valorar los pequeños-grandes milagros que se producen cada día en nuestro mundo, desde el amanecer hasta la puesta de sol con un corazón de niño. Felices quienes son capaces de prescindir de todo lo que les ata, porque ya son libres. Felices quienes saben distinguir cada día qué es lo necesario y qué lo superfluo en su existencia. Felices quienes siguen soñando, recuerdan sus sueños e intentan hacerlos realidad. Felices quienes saben experimentar gratitud por todo lo que la vida les ha regalado. Felices quienes saben compartir con los demás lo que tienen». La Navidad y la Epifanía, nos invitan a darnos, a entregar, a buscar el bien y la felicidad de los otros. No perdamos la perspectiva. Buscando hacer felices a los demás seremos felices. Como decía J. Kierkegaard: «La puerta de la felicidad no se abre hacia dentro, quien se empeña en empujar en ese sentido sólo consigue cerrarla con más fuerza. Se abre hacia fuera, hacia los otros». Abriendo nuestra vida, aprendiendo a regalar, creamos vínculos verdaderos y profundos.

Hemos comenzado un año nuevo y el gran anhelo del corazón, como cada año, sigue siendo la paz. Así lo hemos repetido en el Salmo: «El Señor bendice a su pueblo con la paz. Hijos de Dios, aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, postraos ante el Señor en el atrio sagrado. La voz del Señor sobre las aguas, el Señor sobre las aguas torrenciales. La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica. El Dios de la gloria ha tronado. En su templo un grito unánime: « ¡Gloria!» El Señor se sienta por encima del aguacero, el Señor se sienta como rey eterno». Sal 28, la y 2.3ac-4. 3b. Es la paz que desea el corazón. La paz que no significa ausencia de conflicto sino la presencia de un Dios que pacifica el corazón. Es una paz que no hace distinciones, que no divide sino que une allí donde hay diferencias: «Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo. Que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él». Cristo pasó entre los hombres sembrando su paz. Sus palabras, sus obras, su carne salvadora trajeron a los hombres un mensaje de esperanza. Pasó haciendo el bien y la paz se quedó en todos aquellos que abrazaron el misterio. Es la paz que nadie nos puede quitar. Estamos llamados a ser testigos de la paz de Dios. Somos pacificadores. Con tristeza, muchas veces comprobamos cómo nuestras palabras siembran la desunión, nuestras críticas hieren y dividen, nuestra ira destruye la armonía. Muchas veces, cuando estoy con personas que critican mucho, pienso: «Seguramente, cuando yo no esté presente, seré objeto de sus críticas». Y, lamentablemente, a veces es así. Si nos acostumbramos a hablar mal de los demás, a resaltar ante otros sus defectos, a quedarnos en una crítica destructiva que sólo da rienda suelta a nuestro desahogo, no estamos construyendo la paz, estamos dividiendo, estamos condenando y destruyendo la fama de  los otros.

El Adviento tuvo en Juan Bautista el gran protagonista que preparaba el camino al Señor. Con Juan Bautista hemos allanado los senderos y nos hemos hecho voz que grita en el desierto. Hablar de Navidad en estos días es un verdadero grito en el desierto del mundo, porque acaban las fiestas y muchos no han reconocido a ese Niño que es Dios. Hoy, al final de la Navidad, sus palabras vuelven a tocarnos el corazón y nos permiten poner el cierre a este tiempo Navideño. Con la manifestación de Dios hecho carne en el Jordán concluye este tiempo en el que Cristo ha venido a nacer en nuestras vidas: «En aquel tiempo, proclamaba Juan: - Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo». Sus palabras vuelven a tocar nuestro corazón. Su humildad, la conciencia de ser sólo una voz en el desierto, un rayo de la luz que es Dios. La experiencia de Juan se hace nuestra experiencia cuando hacemos lo que él hizo. Cuando nos colocamos en segundo plano y señalamos a Cristo: «Conocéis lo que sucedió cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo». Hechos de los apóstoles 10,34-38. Y Juan comprendió que su misión era bautizar al que no necesitaba perdón, bendecir al que era Él mismo una bendición, permitir que se arrodillara ante Él aquel a quien él mismo no era digno de desatar sus sandalias. «Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán». Tendríamos que sentirnos muchas veces así ante Dios. Pequeños, indignos, sin derechos. Para no caer en el orgullo, para no pensar que la luz es nuestra, que la vida es un derecho. Cristo viene para darnos una esperanza nueva, para manifestar su poder, para indicarnos el camino. A Él queremos seguir. Sus pasos son nuestro camino.



[1] Laurent Gounelle, “No me iré sin decirte adónde voy”, 166

[2] Xavier Quinzá Lleó, SJ, “Ordenar el caos interior”, 72

[3] Madre Teresa, “El amor más grande”, 42

[4] Laurent Gounelle, “No me iré sin decirte adónde voy”, 169

[5] J. Kentenich, “Dios Presente”, 28

[6] J. Kentenich, “Dios Presente”, 29

[7] Rafael Nadal, “Mi historia”, 74

[8] H. King, J. Kentenich, “Textos pedagógicos”, 336


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