- No se han encontrado comentarios
| Evangelio Domingo 11 de Marzo de 2012 - P. Carlos Padilla |
| P. Carlos Padilla |
| 11/03/2012 |
|
III Domingo Cuaresma Éxodo 20, 1-17; 1 Corintios 1,22-25; Juan 2, 13-25 « No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre» 11 Marzo 2012 P. Carlos Padilla Esteban « Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud. No tendrás otros dioses frente a mí. » Tendemos a buscar con intensidad que nos quieran y provocamos, en ocasiones, que nos acaben rechazando. Y es que nos cuesta entender la gratuidad de los vínculos y podemos llegar a forzar demasiado. Nos resulta difícil dejar que crezca el amor en libertad y nos da miedo perder lo que ya tenemos, acabamos siendo posesivos. Además intentamos imponer nuestros puntos de vista, nuestra forma de pensar y presionamos e insistimos para lograr nuestros objetivos. Creemos que si repetimos algo cientos de veces al final convenceremos a los demás de nuestra verdad. Nos enfadamos cuando no nos dan la razón, cuando no hacen lo que queremos, cuando nos evitan. Y al final no logramos nada. Nos cuesta ser más humildes. No nos resulta tan fácil ceder cuando no estamos de acuerdo. No obstante, tenemos que recordarlo siempre, la fuerza que ejercemos en una dirección trae consigo una reacción igual pero en la dirección contraria: «Cuando despliegas energía intentando convencer a alguien es como si ejercieses una fuerza sobre él que lo empuja. Lo siente y eso lo lleva a empujar a su vez en sentido contrario. Si empujas, te repele»[1]. Es un principio básico basado en la ley de acción y reacción de Isaac Newton. Cuando presionamos con fuerza para obtener lo que queremos, es posible que el resultado no sea el esperado. Nos empleamos con pasión e incluso con fuerza, y al final no logramos lo deseado. Parece ser que el camino debe ser muy distinto. El secreto se encuentra en vivir nuestros vínculos con libertad, sin imponer, sin pretender que siempre se haga lo que queremos. Se trata de respetar la originalidad de los demás, sin imponer nuestras formas. Es necesario saber enaltecer y destacar lo bueno que hay en las personas a las que queremos. Sin presionar con ira o con violencia. Dando mucha libertad. Aunque nos gustaría que fuera diferente, es necesario que lleguemos a aceptar un hecho bastante evidente: es imposible que caigamos a todos siempre bien. No vamos a satisfacer nunca todas las expectativas. Es materialmente imposible aunque a todos, en nuestro afán perfeccionista, nos gustaría hacer todas las cosas bien cada día. Sin embargo, es necesario aprender a aceptar nuestros límites. Sólo cuando seamos capaces de aceptar los límites y torpezas de nuestra vida, seremos entonces capaces de tocar el cielo con nuestras manos rotas. Lograremos levantar el sol entre nuestros brazos de barro. Pero si no aceptamos la realidad tal y como es sufriremos demasiado toda nuestra vida. Por eso me gustaba una frase que leía el otro día: «Haz las cosas que te salen del corazón. Cuando las hagas, no estarás insatisfecho, no tendrás envidia, no desearás las cosas de otra persona. Por el contrario, lo que recibirás a cambio te abrumará»[2]. Pero claro, nuestro corazón tendrá que estar ordenado para no dejarse llevar por falsas ilusiones y mover por valores engañosos. Porque está claro que muchas veces ocurre que nos confundimos: «Las personas no han encontrado sentido a sus vidas, por eso corren constantemente buscándolo. Piensan en el próximo coche, en el próximo trabajo, en la próxima casa. Y después descubren que esas cosas también están vacías, y siguen corriendo»[3]. Siempre queremos más, buscamos más y nos dejamos llevar por valores que no llenan nuestro corazón, sólo lo anestesian por un rato. Logran así que no sufra y se distraiga, pero el vacío continúa. Corremos inquietos de un lado a otro mendigando afecto, sin entender lo que Dios quiere de nosotros. Sin saber lo que realmente va a darnos paz y felicidad en el camino. Sin mirar al cielo. Entender que Dios es nuestro Dios y que Él es quien puede llenar nuestro corazón, es el camino que tenemos que recorrer: «En aquellos días, el Señor pronunció las siguientes palabras: -Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud. No tendrás otros dioses frente a mí. No te harás ídolos, figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un dios celoso: castigo el pecado de los padres en los hijos, nietos y biznietos, cuando me aborrecen. Pero actúo con piedad por mil generaciones cuando me aman y guardan mis preceptos». Nuestro Dios es un Dios fiel que permanece siempre en nuestro camino cuando nosotros caminamos a su lado. Es un Dios liberador, porque nos ha sacado de nuestra esclavitud. Aunque nosotros vivimos esclavos y no nos dejamos liberar por Dios. Decía el P. Kentenich: «El Espíritu Santo quiere abrirnos los ojos, quiere mostrarnos que estamos atados y fundidos a cadena de esclavitud que nos hacen infelices. Pero también nos quiere enseñar y convencer que podemos romper esas cadenas de esclavitud. Él quiere enseñarnos el camino de la justicia y de la santidad verdadera por medio del Señor que nos ha abierto el camino hacia el Padre y Él mismo nos ayuda a andar ese camino»[4]. En esta tercera semana queremos liberarnos de nuestras ataduras. Nos atamos a nuestros vínculos, pretendiendo que las personas llenen el espacio que sólo podrá llenar Dios. Nos atamos a nuestros puntos de vista, pensando que los demás están equivocados. Pretendemos hacerlo todo bien, pensando que así seremos felices y el mundo estará feliz con nosotros. Son ataduras, cadenas, que no nos dejan mirar a Dios con un corazón libre. Estamos demasiado apegados al mundo. Creamos relaciones poco libres que nos atan. Y no aceptamos que es imposible que todos nos quieran. No llegamos a todo, no podemos, es necesario aceptar nuestros límites. Son las cadenas que no nos dejan aspirar a lo más alto. Suplicamos que venga en esta cuaresma el Espíritu Santo y nos haga ver dónde están nuestras ataduras. La cuaresma, como ya hemos escuchado al hablar del desierto y del monte, es una invitación a vivir cerca de Dios, a estar con Él. Marta Robin, campesina y analfabeta, es una mística francesa del siglo XX. Entregó su alma a Dios a los 79 años de edad. Vivió los últimos cincuenta y tres paralizada en una cama, cincuenta y dos padeciendo los estigmas del Señor y los cuarenta y dos finales, ciega. Todo aquel tiempo lo pasó sin comer ni beber, en un sacrificio ofrecido de modo voluntario. Pero a ella no le costaba gran esfuerzo: «Tengo deseos de gritar a los que me preguntan si como, que yo como más que ellos, pues me alimento en la Eucaristía de la sangre y la carne de Jesús». Lo cierto es que Marta no podía tragar la hostia que ponían sobre su lengua. La absorbía sin comerla, produciendo unos efectos espirituales inmediatos sobre ella: «Es como si un ser vivo entrase en mí». Y le rezaba a María: «Oh, María, mi dulce mamá, concédeme en este día el abandono completo, el abandono perfecto, el abandono pleno de amor al Amor. Que por tu medio, contigo, y en ti, Virgen pura, yo ame, adore, ruegue, expíe, suplique y sufra cada día con mayor amor. Que mi vida sea un «sí» de amor. Que yo sea un alma enteramente consagrada a Jesús». Al escuchar este testimonio comprendemos que es posible vivir y descansar en Dios, que es posible abandonar nuestra vida en sus manos. Aunque también sabemos que nosotros necesitamos a las personas, su amor limitado y pobre para llegar al corazón de Dios. Pero lo que no queremos es que esos vínculos nos alejen de Dios. Al contrario, queremos llegar a Dios a través de aquellos a los que amamos. Porque sabemos que sólo Dios colma la sed de infinito que padece el alma. Sin embargo, muchas veces nos empeñamos en buscar otros alimentos, queremos otros consuelos, buscamos una paz que sólo momentáneamente nos dan los hombres y las cosas y, así, vivimos descontentos. El Dios al que seguimos es un Dios que busca nuestra amistad y nos pide ser fieles siguiendo un camino marcado por sus mandamientos: «No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso. Porque no dejará el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso. Fíjate en el sábado para santificarlo. Durante seis días trabaja y haz tus tareas, pero el día séptimo es un día de descanso, dedicado al Señor, tu Dios: no harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el forastero que viva en tus ciudades. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra y el mar y lo que hay en ellos. Y el séptimo día descansó: por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó. Honra a tu padre y a tu madre: así prolongarás tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás testimonio falso contra tu prójimo. No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él» Éxodo 20, 1-17. Muchas veces, al pensar en los mandamientos, pensamos en un decálogo de prohibiciones y mandatos y no vemos el sentido. Porque nos perdemos en la casuística y dejamos de alegrarnos con la vida. Dejamos de pensar entonces que las palabras de Dios dan la vida. Así lo hemos repetido en el salmo: «Señor, tú tienes palabras de vida eterna. La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; más preciosos que el oro fino; más dulces que la miel de un panal que destila. La norma del Señor es límpida y da luz a los ojos. La voluntad del Señor es pura y eternamente estable. » Sal 18, 8. 9. 10. 11. Sus mandatos nos ayudan a poner cada cosa en su sitio, a establecer nuestra escala de valores, a colocar nuestras prioridades y saber qué tiene que ser lo importante. El amor es el comienzo y el final. Comienza con el amor a Dios y sigue con el amor al prójimo. Porque sin amor la vida deja de tener sentido. Si nuestro amor es maduro podremos seguir a Dios con facilidad y entender que su camino es dulce y su voluntad preciosa. Pero el sólo deseo de cumplir los mandamientos nos puede volver rígidos. No los obedecemos para ser perfectos, porque creamos que sólo así todo nos va a ir bien y Dios va a estar contento. No, los mandamientos son una sabiduría de vida, un camino, una enseñanza que nos muestra cómo actuar en cada momento. Nos enseñan a comportarnos en relación con nuestra familia, con Dios, con los demás, con nuestros bienes, con nosotros mismos y nuestras inclinaciones. Son una escuela para saber vivir mejor. Cuando Dios nos presenta el desafío de seguir unos mandamientos lo hace para proteger el verdadero templo de nuestro corazón. Porque entiende que si nos dejamos llevar por la vida y las tentaciones no llegaremos nunca a un buen puerto. Porque el mundo no sabe lo que es correcto y lo que no lo es. Decía Benedicto XVI: «La cultura contemporánea parece haber perdido el sentido del bien y del mal, por lo que es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es «bueno y hace el bien» Sal 119,68». Volver a mirar estos mandamientos y meditar sobre su sentido más profundo, nos ayuda a entender lo que Dios sueña para nuestra vida. ¿Cuál es nuestra escala de valores? ¿Cuáles son nuestras prioridades y principios fundamentales? Muchas personas se dejan llevar por las corrientes del mundo, sin pensar demasiado, sin profundizar. Cuando nos dejamos llevar por el mundo, acabamos pensando y viviendo de acuerdo al mundo. El templo de Jerusalén estaba lleno de vendedores y cambistas y para todos era algo normal. Las normas del pueblo judío lo permitían. Así también nuestra alma está llena de vendedores que buscan su propio interés y nosotros lo permitimos. Nos dejamos llevar y aceptamos que el alma esté llena de otras prioridades. Dios no tiene el primer sitio en nuestra vida diaria. Hoy nos recuerdan que el verdadero templo es Cristo y Cristo quiere hacer morada en el templo de nuestro interior. Decía el P. Kentenich: « ¿No es mi cuerpo también templo del Espíritu Santo? Sí, tenemos que tomar esto al pie de la letra. Este templo está consagrado por medio de los sacramentos y yo lo tengo que cuidar, custodiar y vestir bellamente»[5]. Jesús humano protegía con ira el lugar sagrado, el lugar de las oraciones y quería que estuviera dedicado sólo a Dios. De la misma forma quiere cuidar nuestra vida, quiere que seamos coherentes, quiere que amemos con pureza de corazón. Decía San Agustín comentando este Evangelio: «Los que venden en la Iglesia son los que buscan lo que les agrada y no lo que le agrada a Jesucristo, haciéndolo todo vendible, porque quieren ser pagados. Era de aquellos que vendían palomas, porque el Espíritu Santo apareció en forma de paloma; pero la paloma no se vende, se da gratis, porque se llama gracia». Todo es don y estas palabras no lo recuerdan. Lo importante en nuestra vida no es lo que podemos comprar o vender, no es aquello por lo que nos pagan. Todo es don. Todo es de Dios. Nos acostumbramos a hacer las cosas por interés y entonces el alma se llena de cambistas. No nos damos con libertad. Esperamos algo a cambio de todo lo que hacemos. Y así el alma no le pertenece a Dios, no es casa de oración y su Espíritu no nos consuela. La ira santa de Dios nos vuelve a sorprender hoy: «Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: -Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre. Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: -El celo de tu casa me devora». Al ver la ira de Jesús, el corazón no entiende. ¿Cómo se compagina el trato lleno de ternura del Jesús que hace milagros, cura enfermos, sana con sus manos al ciego, libra de la lepra, resucita a los muertos, con ese látigo que en su mano echa a los cambistas? ¿Cómo entender que es el mismo Jesús el que calla ante Pilato, habla de las bienaventuranzas, se muestra manso y humilde de corazón, soporta paciente los latigazos y este Jesús que clama contra aquellos que han convertido la casa de su Padre en cueva de ladrones? La ira y la ternura, el amor comprensivo y el grito que recrimina. No entendemos. Quisiéramos que este pasaje despareciera de la Biblia porque nos incomoda. No podemos entender que la ira sea el camino y no nos gusta ver esa emoción tan humana de Cristo echando a los que vendían en el templo. No comprendemos el gesto de violencia, porque vemos mucha violencia a nuestro alrededor, gritos, insultos, agresiones, asesinatos. El mundo tiene ya demasiada violencia como para ver a Cristo actuar con ira. Por eso no entendemos. Su violencia expulsando a los mercaderes y limpiando la casa de su Padre nos parece difícil de asimilar. Nos sentimos más cerca de Jesús orante, sanador, misericordioso, herido, humillado. Se nos hace más cercana la cruz que la violencia. Su silencio que sus gritos. La ira del Señor para arrojar del templo a los mercaderes ha permitido que mucho escribieran al respecto. No solo sucedía que los cambistas estaban robando al pueblo, sino que la historia nos informa que aquellos que vendían los animales, que se usaban para el sacrificio en el Templo, estaban cobrando precios excesivos. Resuenan en sus gestos las palabras de Isaías: «Estoy harto de vuestros holocaustos. La sangre de novillos y machos cabríos no me agrada. No me traigáis más dones vacíos que no los aguanto. Vuestras solemnidades y fiestas las detesto, se me han vuelto una carga que no soporto más» Is 1,11-13. Pero la ira de Jesús es una ira santa. El celo por la casa de su Padre lo mueve a actuar. El celo de Jesús es el celo de Dios, expresado así en el Decálogo: «No tendrás otros dioses frente a mí. No te fabricarás ídolos, no te postrarás ante ellos ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso». Jesús estalla al ver la injusticia, el olvido de una vida santa y la ausencia de pureza del corazón. No tiene pecado, su ira es santa, no nace del odio, sino del amor. Ya lo decía S. Juan Crisóstomo: «Quien habiendo causa no se irrita, peca. La paciencia irracional es semillero de vicios, fomenta la negligencia e incluso a los buenos incita al mal». Muchas veces callamos y puede ser necesario, como me decía una persona hace un tiempo: «Pero cuando tengo la tentación de decir algo, a veces logro callarme y pedirle a la Mater que me ordene el corazón. Sé por experiencia que cuando digo algo siembro esa misma porquería que tengo en el corazón y encima pierdo aun más paz. ¿Para qué hablar? ¡Ni siquiera me sirve de desahogo! Y la Mater me hace verlo y vivirlo un poco». Es verdad que en ocasiones determinadas nuestro silencio es más valioso que nuestras palabras. No siempre es tan bueno decir lo que pensamos. Además, en cualquier caso, no es bueno que la ira nos domine. En esos momentos dejar de ser una ira santa. Ya lo decía S. Gregorio: «Que la ira no llegue a dominar la mente; que no se porte como señora, sino como sierva, dispuesta a obedecer las órdenes de la razón». Estamos llamados a dominar la ira que nos hace pecar. Sin embargo, no es mala esa ira santa que, movida por la injusticia y el mal que nos rodea, busca recuperar la pureza que se ha perdido. A Jesús lo movía esta ira santa. Porque la verdad es que en ocasiones nuestros silencios nos hacen cómplices del mal. Decía Benedicto XVI: «La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de 'corregir al que se equivoca'. Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana. Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien». La llamada «correctio fraterna» es una responsabilidad de todo cristiano hacia aquel que se desvía del camino marcado por el Señor. Muchas veces nuestro silencio nos hace cómplices de los pecados del hombre. Callamos y así consentimos. Damos por buenos comportamientos que no están llenos de bondad. Decía Benedicto XVI: «La Iglesia no puede pactar con el espíritu de los tiempos. Tiene que cargar con todo el peso y responder a los peligros de cada época. Tiene que hablar a las conciencias de los poderosos y a las de los intelectuales, pero también a las de los desaprensivos y a muchas otras conciencias»[6]. En nuestra sociedad en la que todo vale se tiene que escuchar la voz del cristiano, que anuncia y denuncia. Siempre con amor pero respetando la verdad. El equilibrio entre las dos realidades es fundamental. El amor va unido a la verdad. Jesús manifiesta que Él es ahora el verdadero templo: «Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: - ¿Qué signos nos muestras para obrar así? Jesús contestó: -Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. Los judíos replicaron: -Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días? Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús. Muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre». Juan 2, 13-25». Jesús es el templo que van a destruir, pero luego será reconstruido. Es la única ley que nos gobierna: Cristo muerto y resucitado: «Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero, para los llamados -judíos o griegos-, un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres» 1 Corintios 1,22-25. Adoramos a un Cristo muerto en la cruz, Él es el verdadero templo. La debilidad crucificada. Un Dios abandonado. Hacemos la señal de la cruz muchas veces en el día, para recordarnos que todo pasa por la cruz. Sin la cruz nada vale. Lo débil del hombre es elegido por Dios. La necedad, la pobreza, el barro, la impotencia. La cruz del cristiano es necedad y escándalo para muchos. Lo vemos en nuestro mundo donde no se entiende nuestra forma de vida. Sin embargo, cuando seguimos a Cristo muerto y resucitado, sabemos que nuestro poder no está en la fuerza y en los bienes. El verdadero tesoro está en vivir con un alma totalmente consagrada a Dios. [1] Laurent Gounelle, “No me iré sin decirte adónde voy”, 159 [2] Mitch Albom, “Martes con mi viejo profesor”, 148 [3] Mitch Albom, “Martes con mi viejo profesor”, 157 [4] J. Kentenich, “ Mi santuario corazón”, 40 [5] J. Kentenich, “Mi Santuario corazón”, 41 [6] Joseph Ratzinger, “La sal de la tierra”, 89
|
Desarrollado por DesignNet S.A © 2010
Comentarios