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| Evangelio Domingo 20 de Mayo de 2012 - P. Carlos Padilla |
| P. Carlos Padilla |
| 19/05/2012 |
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Domingo de la Ascensión del Señor Hechos de los apóstoles 1, 1-11; Efesios 1, 17-23; Marcos 16, 15-20 « Subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios» 20 Mayo 2012 P. Carlos Padilla Esteban « Estamos bien hechos, hemos nacido para algo grande » En la vida, con frecuencia, vivimos tratando de satisfacer las expectativas que tienen los demás sobre nosotros. No queremos defraudar a nadie, nos molesta que puedan pensar mal de nosotros y juzgar nuestras actitudes. Por eso, en nuestro interior, deseamos estar bien con todos. No obstante, ¡qué difícil vivir queriendo dar gusto a todos! Por más que nos empeñamos fracasamos. Siempre habrá alguien que no esté satisfecho con nuestra vida. Por todo ello es muy importante ser auténticos y vivir de acuerdo a lo que pensamos, sin miedo a defraudar a los que contemplan nuestra vida. Porque, en realidad, al único que deberíamos dejar contento es a Dios. Tendríamos que escuchar sus más leves deseos, oír sus insinuaciones. Dios nos habla a través de las personas, de sus palabras y de las cosas que nos pasan. Por eso está claro que no podemos conformarnos con una vida mediocre, Dios siempre espera más, algo grande. No podemos dejar que la vida nos lleve sin tomarnos en serio el tiempo y los dones que Dios nos regala. No pueden ser los demás los que determinen nuestra forma de actuar. Estamos bien hechos, hemos nacido para algo grande. El otro día leía: «Cada decisión que tomemos, cada paso que demos, debe estar investido del compromiso de vivir la vida siendo sinceros y coherentes con nuestro yo auténtico y sólo con ese yo»[1]. El camino para vivir así es sencillo: «Buscar el deseo de Dios no es lograr a toda costa lo que queremos o lo que nos gustaría, sino lo que Él propone. La verdadera autonomía humana se logra cuando uno tiene el coraje de hacerse dócil para Dios»[2]. Ser autónomos es posible si somos dóciles a Dios. Parece una contradicción ya que a nadie le gusta depender de nadie. Pero Dios tiene un plan para nosotros, quiere sacar lo mejor, lo más auténtico, y nos muestra sutilmente el camino a seguir. ¿Llevamos una vida auténtica, la vida que queremos llevar, la que Dios quiere y no la que otros esperan? ¿Somos fieles a los ideales que viven en nuestro interior? María se convierte en educadora de nuestros ideales cuando nos ponemos dócilmente en sus manos. Estamos llamados a reflejar el rostro de Dios y de María de forma original. Decía el P. Kentenich: «No debemos ser simplemente la imitación de un modelo, no debemos ser una copia, sino que cada uno de nosotros debe ser un original»[3]. Dios ha puesto en nuestro interior una semilla única. En nuestra forma original de mirar, de actuar, de amar, de ser, de comportarnos, se escribe el misterio de nuestra propia vocación. En nuestros talentos y en nuestros límites, en nuestra belleza y en nuestra fealdad. Decía el P. Kentenich: «Dios habla por medio de palabras; habla también por medio de acciones. Pero Él expresa también sus deseos, su voluntad, a través de las aptitudes originales y de la receptividad original para valores que tiene cada individuo»[4]. María se convierte entonces en educadora de nuestra originalidad. Logra que descubramos nuestros talentos y aceptemos nuestros límites. Por eso es necesario pensar como comentaba una persona: «Estoy bien hecha. Con todas mis debilidades, mis heridas y mis caídas, Dios quiere algo grande de mí. Quizá sea algo grande-pequeño o silencioso, pero algo grande». María va desvelando el camino que tenemos que seguir. Es así como Dios construye sobre el barro con el que nos ha engendrado. Tenemos un proyecto de vida, un camino trazado y soñado por Dios. Arraigados en el corazón de María descubrimos la forma original de amar que Dios ha pensado para nosotros. El otro día leía: «En toda persona que viene a este mundo hay un proyecto, que no es un destino. Proyecto es una propuesta y se sostiene en la idea de que Dios nos ama y sabe lo que hace. Por eso uno puede fiarse de Él y preguntarle con confianza: ¿cuál es mi proyecto, aquello que tú soñaste para mí desde toda la eternidad y que ahora es momento de realizar? Decía Martín Descalzo que el drama de mucha gente es que muere sin sospechar siquiera que sobre ellos había un proyecto»[5]. El ideal para el cual el Señor nos soñó descansa dormido en el interior del alma. Es necesario que despierte. A través del amor profundo y cálido a María revive y descubrimos así nuestro camino. Su amor nos levanta. Ella nos educa y nos enseña a cultivar nuestra forma original de pensar, de amar y de vivir. Por otro lado, en el fondo del corazón deseamos con frecuencia que los demás cumplan las expectativas que hemos puesto sobre sus vidas. Justamente a aquellos a los que más queremos es a los que más les exigimos. Esperamos que respondan a nuestras expectativas. Por eso juzgamos sus actitudes con frecuencia y pensamos que tenemos que estar de acuerdo con todas sus decisiones, comprender todos sus pensamientos, compartir todas sus acciones. Cuando no es así, cuando no comprendemos su forma de pensar y actuar, entonces juzgamos y condenamos. Es como si los demás tuvieran que pasar necesariamente bajo la vara de nuestro juicio. Cada día un juicio. Si actúan de manera diferente a la esperada, los juzgamos de acuerdo a nuestra forma de pensar, los criticamos e incluso se lo decimos, para que aprendan a comportarse de forma correcta. Y no tanto porque su actitud sea inmoral o no corresponda con su estado, no, simplemente porque no estamos de acuerdo con su comportamiento, porque nosotros hubiéramos actuado, en una situación semejante, de forma distinta. Por lo tanto no hablamos de actos inmorales o que van directamente contra la vocación cristiana, ya que en esos casos hasta sería importante que hiciéramos saber nuestra opinión. Hablamos de actitudes y comportamientos normales pero distintos a los que creemos nosotros que son correctos. No podemos ser jueces de nadie. Es necesario erradicar del corazón ese deseo que nos obsesiona de que los demás se comporten de acuerdo a lo que nosotros esperamos. Tendríamos que aprender a ser más flexibles y misericordiosos, más abiertos y comprensivos. Sólo así lograremos sacar lo mejor del corazón de los hombres. Hay dos virtudes fundamentales que hoy se pierden. Dos virtudes que nos capacitan para el amor y nos permiten ser auténticos. Se trata de la sencillez y de la bondad. Hemos rezado cada día del mes de Mayo una oración del P. Kentenich. En ella hemos repetido al final de la misma una misión muy concreta: «Tal como tú lo hiciste, fuerte y digna, sencilla y bondadosa, repartiendo amor, paz y alegría». Quisiéramos que nuestra vida fuera así. Pero no es tan fácil. Hemos recordado estos días a San Isidro, patrono de Madrid. Con su actitud humilde y bondadosa, sencilla y fuerte, se convirtió en testimonio de amor, de paz y de alegría en medio de los suyos. Para dar alegría a otros, para saber amar de verdad y para sembrar paz, hay dos presupuestos fundamentales, la bondad y la sencillez de vida. Sin un corazón sencillo caemos fácilmente en el juicio, en la crítica y en la prepotencia. La sencillez implica asumir nuestra pequeñez, aceptar nuestros límites y vivir con un corazón abierto a la riqueza de los otros. La sencillez nos permite no caer en las comparaciones que tanto mal nos hacen. No somos sencillos cuando interpretamos intenciones que no existen en las actuaciones de los que nos rodean, nos sentimos ninguneados y no tomados en cuenta, y sufrimos por realidades que nunca llegan a suceder. No somos sencillos cuando disfrazamos la verdad de nuestra vida por vergüenza, porque no acabamos de querernos tal y como somos. No somos sencillos cuando pensamos que nuestra vida no merece tanto la pena, comparándola con otras vidas. Un corazón sencillo se alegra con la vida sencilla, es capaz de disfrutar de un día que parece rutinario, encuentra paz en el amor cotidiano, sin necesidad de grandes aventuras. Un amor sencillo vive con alegría. La bondad, por su parte, es un don que Dios nos regala. María es bondadosa. El sueño de toda madre debería ser tener hijos buenos. Aunque tengamos muchos títulos y capacidades, si no somos buenos nos estará faltando lo más importante. María tiene un corazón grande que mira con misericordia el corazón del hombre. Así era San Isidro, y su bondad se manifestaba en el amor a los más necesitados. Tenía un corazón bueno, que miraba con inocencia al prójimo, sin juzgarlo, sin ver en él otras posibles intenciones. Un corazón bondadoso despierta el bien y las ganas de hacer el bien en los demás. El bien es difusivo, como decía Santo Tomás. El mal engendra el mal. Mientras tanto, el bien trae consigo nuevos actos buenos. Se han cumplido cuarenta días desde la Resurrección. Jesús asciende a los cielos dejando a los suyos sobrecogidos: «Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:- Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse» Hechos de los apóstoles 1, 1-11. Los apóstoles no acaban de comprender y se quedan sorprendidos viendo cómo se aleja de su presencia. Las lecturas de hoy nos hablan de una separación inesperada de la persona amada. Jesús se despide de los suyos y se aleja, como revivimos en los Hechos de los apóstoles: «En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo». También nos lo recuerda el evangelista: «Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios». Es dura la separación después de lo que han visto y compartido durante tantos días. Duele decir adiós a quien queremos y para siempre. El dolor se llena de recuerdos, porque hemos amado y el que ama sufre al perder al amado: «Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios». El otro día leía algo que es muy real en nuestra vida: «Alguien dijo que la vida es una sucesión de separaciones. Desde que uno nace hasta que muere. Unas, separaciones físicas; otras, sicológicas. Unas temporales, otras definitivas. Unas, separaciones de medias tintas; otras, radicales. Unas, separaciones pacíficas; otras, violentas. Rupturas, desgarramientos»[6]. El alma se desgarra porque ama, porque echa raíces en otros corazones, porque cree y confía. Y las separaciones forman parte de nuestra vida. Nos encariñamos, amamos y perdemos. Cuando el alma pierde a quien ama se desgarra. Así estaba el alma de los apóstoles. Ellos habían aprendido a compartir la vida con el resucitado durante cuarenta días y durante sus años de camino haciendo el bien y proclamando la Buena Nueva. Al corazón le cuesta mucho aceptar una nueva separación. Han superado la muerte del Señor y ahora que vive para siempre, no quieren perderlo, se ven capaces de todo. Pero Jesús, cuando se aleja de sus discípulos, los deja con una misión. Sabe cuánto dolor e incomprensión despierta su partida pero también sabe que no van a estar solos. Jesús deja a los que ha amado y, al mismo tiempo, los envía al mundo en la fuerza del Espíritu Santo: «Una vez que comían juntos, les recomendó: -No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo». Alejarse de Jerusalén suponía volver a sus oficios, a sus seguridades, a su tierra anterior a la primera llamada. Por eso era preciso que permanecieran unidos esperando la venida del Espíritu Santo que iba a completar lo que le faltaba a su corazón limitado. Esperan con María. Estos diez días hasta que se cumplan cincuenta días desde la Pascua se refugian en el Cenáculo con María en medio de ellos. Tienen miedo pero esperan. Han perdido a Jesús y todas las seguridades unidas a su persona. Temen la muerte y se sienten indefensos. Pero en ese miedo María no los abandona. Decía el P. Kentenich: «Aunque todos a nuestro alrededor nos abandonen, Ella nos será fiel; Ella se preocupa y cuida de nosotros, comparte con nosotros el último mendrugo de pan. Por eso es muy natural y obvio que en medio de nuestro desvalimiento nos volvamos hacia nuestra Madre celestial»[7]. Las palabras de una persona en su oración nos dan ánimo: «María, ayúdame a abrazar mi cruz, lo que hayas dispuesto para mí. Confío en ti». Muchas veces nos sentimos solos, desolados y perdidos en nuestra vida. No le vemos sentido a lo que hacemos. No sabemos lo que deberíamos hacer. La desorientación de la fiesta que hoy celebramos es la misma sensación que a veces nos invade. ¿Qué espera Dios de nosotros? Sólo quiere que esperemos. En esos momentos María se convierte en nuestra única seguridad. Es la experiencia de una madre en la enfermedad de su hija: «Se acabó el afán de adivinar la cima en medio de los nubarrones, hemos avanzado pasito a pasito, con prudencia, con un pie delante del otro. Un día tras otro. Y hemos llegado hasta aquí, más solidarios que nunca. Me siento orgullosa de nuestra vida. De todos los que forman parte de la larga cordada solidaria y silenciosa que nos acompaña en esta peligrosa ascensión, sin temblar ni flaquear. Afianzan nuestros pasos, consolidan nuestras marcas. Sé con una certeza inquebrantable que un día escalaremos este pico encaramado en lo alto, por encima de las nubes»[8]. En ese camino de dudas que es a veces nuestra vida necesitamos a María, necesitamos la fuerza del Espíritu y necesitamos la compañía de los nuestros, de los que nos sostienen con su vida y oración. Los apóstoles se unen para rezar. Nosotros nos apoyamos en el camino que es duro y asciende buscando las cumbres. En el cenáculo imploramos la luz del Espíritu. La misión que Jesús nos deja es inabarcable. Dice Marcos: «En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: -id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación». El mundo entero, cuando nuestro mundo pequeño ya nos parece inabarcable. Los apóstoles, tal vez como nosotros, no acaban de entender lo que Dios espera: «Ellos lo rodearon preguntándole: -Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?». Su corazón no está preparado, no comprenden. Esperan ya el Reino definitivo que acabará con la sombra de este mundo. Por eso es necesario que venga el Espíritu Santo. Una persona me comentaba ese miedo que a veces nos impide emprender un nuevo camino: «Tengo miedo de romperme, de entregarme del todo y morir, y ése es el miedo que me impide amar. Ése es el miedo que me hace daño y me bloquea. Quizá si pasara por encima de mi miedo a hacer el ridículo, mi miedo a que no me quieran como soy, a que entregar mi corazón signifique que lo hieran. ¡Mi miedo a romperme! Quizá así lograría amar de verdad». El miedo pesa en el corazón de los discípulos en este tiempo antes de Pentecostés. Son diez días de espera llena de miedos y dudas. No saben lo que Dios realmente quiere de sus vidas. Es necesario profundizar en el silencio para poder entender los deseos de Dios. Es fundamental que aprendamos a dejarnos tiempo para estar con Dios, para poder descansar en Él y tener vida. El cenáculo es silencio y espera. Una persona hacía la siguiente reflexión: «Vivimos en la paradoja de querer respirar y asfixiarnos. Vivimos corriendo, siempre en movimiento. Sé que es preciso parar, oír, hacer silencio, para así poder volver a optar y recomenzar. El silencio nos permite percibir esta verdad. Pero, al mismo tiempo, puede traernos falta de paz e intranquilidad. Entonces volvemos a necesitar que el silencio nos diga una vez más el camino. Necesitamos oír esa voz que nos dice que somos nosotros, que soy yo, que eres tú». Nos cuesta mucho parar, detenernos, y enfrentarnos con nuestro mundo interior lleno de voces y misterios. Nos resulta complicado no dejarnos llevar por la inercia de la vida. Vamos corriendo de un lado a otro tratando de llegar a ninguna parte y lograr dar respuesta a las expectativas del mundo sobre nosotros. En todos los lugares parecemos imprescindibles y, sin nuestro aporte, nada funciona igual. Por eso vamos corriendo, porque nos necesitan. No nos detenemos a escuchar. Decía al respecto el P. Kentenich: «Ya no nos tomamos tiempo para tener una vivencia serena de Dios. Corremos precipitadamente de una idea a otra. Debemos aprender de nuevo a estar serenamente de rodillas ante el Dios sereno»[9] . No permanecemos serenos ante el Dios de nuestra vida. No nos calmamos ante su imagen. Decía el P. Kentenich: «Debo querer a Dios no sólo con mis pensamientos sino también con los afectos de mi corazón; estar vinculado a Dios con mi vida instintiva, con mi interioridad profunda»[10]. Para que nuestra vinculación sea instintiva, profunda, es necesario cuidar el tiempo de silencio, de paz, de soledad junto a Él. Faltan diez días de dudas y miedos antes de Pentecostés. ¿Qué misión tienen que llevar a cabo? ¿Cómo van a hacerlo posible si no tienen apenas fuerzas? Les dice Jesús: «No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo». Nosotros, como los discípulos, también queremos conocer los detalles del camino. El cómo y el cuándo. Sin embargo, hasta que no llegue el Espíritu Santo no cambiará nuestra vida; tampoco cambió hasta ese momento la vida de los discípulos. Entonces comprendieron muchas cosas. Así lo hemos escuchado en la segunda lectura: «Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos» Efesios 1, 17-23. Es el Espíritu que llena los corazones y da plenitud. El Espíritu que permite comprender lo que antes no comprendían los apóstoles. Es el Espíritu que imploramos en el cenáculo. En la fuerza del Espíritu seremos capaces entonces de emprender un nuevo camino y llevar una vida auténtica y plena: «Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban» Marcos 16, 15-20. Las señales también son claras: «A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos». No nos creemos el poder del Espíritu cuando lo dejamos actuar en nuestra vida. Los milagros que haríamos nos llevarían a repetir las palabras del salmo: «Pueblos todos aclamad a Dios con gritos de júbilo; porque el Señor es sublime y terrible, emperador de toda la tierra. Dios asciende entre aclamaciones; tocad para Dios, tocad, tocad para nuestro Rey, tocad. Porque Dios es el rey del mundo; tocad con maestría. Dios reina sobre las naciones» Sal 46, 2-3. 6-7. 8-9. No obstante, el camino entre la ascensión y Pentecostés tenemos que recorrerlo con frecuencia. Es el mismo espacio que existe entre el camino que lleva a Emaús y la vuelta a Jerusalén. Una persona lo explicaba así: «Emaus para mí es la distancia, corta pero enorme, entre la cruz de la unidad y el sagrario, entre el fracaso, la decepción y el dolor y la alegría de reconocerle en la fracción del pan donde arde mi corazón y descanso. Yo voy y vengo por ese camino un montón de veces». Pasamos de la tristeza a la alegría, de la desilusión a la esperanza. Siempre podemos volver a levantarnos para emprender el camino. Caemos, nos hundimos, perdemos el norte y volvemos a luchar caminando hacia las cumbres. [1] Robin Sharma, “Las cartas secretas del monje que vendió su ferrari”, 63 [2] Alberto Reyes Pías, “Historia de una resistencia”, 39 [3] Herbert King, “Textos pedagógicos”, 338 [4] Herbert King, “Textos pedagógicos”, 351 [5] Alberto Reyes Pías, “Historia de una resistencia”, 39 [6] Anne-Dauphine Julliand, “Llenaré tus días de vida“, 200 [7]Jonathan Niehaus, “Héroes de Fuego”, 142 [8] Anne-Dauphine Julliand, “llenaré tus días de vida“, 110-111 [9] Herbert King, “Textos pedagógicos”, 357 [10] J. Kentenich, “Las fuentes de la alegría”, 269
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