Miércoles, 22. Mayo 2013
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Evangelio Domingo 10 de Junio de 2012 - P. Carlos Padilla
P. Carlos Padilla   
10/06/2012

Domingo Corpus Christi

Éxodo 24, 3-8; Hebreos 91 11-15; Marcos 14-12-16. 22-26

« Tomad, esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. »

10 Junio 2012 -- P. Carlos Padilla Esteban

« Podemos arrodillarnos con humildad. Podemos abrazar la vida que se nos regala y confiar en que todo puede ser mucho mejor en nuestra vida»

Al partir el pan lo reconocieron. Eran dos discípulos sin esperanza de regreso a casa. Era un gesto sencillo, común, cotidiano.  Un gesto que cambió sus vidas. Unas palabras repetidas con calma que encontraron respuesta. Tal vez fueron las mismas palabras pronunciadas hacía sólo unos días: «Tomad, esto es mi cuerpo». Fueron los mismos gestos: «Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio». El mismo amor entregado a lo largo de muchos días, pero especialmente aquella noche. Al repetir los gestos recordaron el amor. El recuerdo de un amor vivo y perdido que permanecía guardado en los rincones de su alma. El corazón siempre recuerda lo que ha ido quedando grabado. La esperanza entonces se dibuja en esas manos que trazan un camino nuevo. Hay gestos que hacen que regresemos a un momento central en nuestra vida y nos demos cuenta de lo que está ocurriendo. Hay palabras que hacen que el pasado se haga presente de nuevo y el corazón arda, se enamore y salte lleno de vida. Pero todo de forma sencilla, en la cotidianeidad de nuestra vida. Sin que nadie más lo observe. Sin que nadie pregunte. Así suelen ocurrir las cosas importantes, las que cambian el camino de los hombres. No aquellas para las que nos preparamos pensando que van a ser definitivas y luego nada sucede. No, me refiero a esas otras cosas que nos ocurren sin que apenas nos demos cuenta. En un solo instante. Como de paso. Así suele ser Dios en la vida del hombre. Cotidiano, presente. Regalando caricias de amor que muchas veces no comprendemos. Porque nos cuesta creer en la sencillez de la vida. Porque nos enredamos buscando respuestas, caminos nuevos, soluciones.

Todos admiramos las cosas simples, pero luego nos cuesta mucho vivir de forma sencilla. Nos atrae una vida alegre y libre, sin muchas complicaciones, pero después, a la hora de la verdad, nos agota la rutina y nos complicamos sin quererlo. Una persona comentaba: «Es curioso, porque yo creo que, si lograra ser sencilla, se acabarían la mayor parte de mis problemas; y puede que, aunque me sorprendiera, el mundo no me querría menos, sino mucho más que cuando aspiro a ser admirada. No obstante, es difícil rectificar una tendencia forjada en años. Da miedo colocarse el último. Mucho miedo». La simplicidad nos atrae y nos provoca, al mismo tiempo, un poco de rechazo o tal vez algo de miedo. Debe ser el llamado «mal de altura». Esta expresión se refiere al conjunto de síntomas ocasionados por la falta de adaptación a la altura. Se aplica a situaciones en la vida en que no nos creemos que podamos dar un salto definitivo, grande, que lo cambie todo. Un salto sencillo, simple. Porque en el fondo nos asusta que la vida pueda ser algo tan simple. La simplicidad nos abruma. Preferimos los cambios, las novedades, los viajes. Preferimos salir y entrar, vivir y disfrutar el momento, casi como si todo se fuera a acabar súbitamente. Sin profundizar en nuestra alma, sin darle vueltas a las experiencias que han tocado el corazón. Sin querer casi que el corazón arda. Porque luego se nos complica la vida. Preferimos entonces seguir caminando sin detenernos. De nuevo surge el «mal de altura». No creemos que nuestra vida pueda ser mejor. Queremos amar y no nos sale tan bien. Buscamos ser amados y nos duele el desamor que recibimos sin buscarlo. Nos complicamos casi sin pretenderlo. Nos agobia el futuro, revisamos con escrúpulo nuestro pasado, dudamos y desconfiamos de los demás y vemos intenciones que no existen. Y no creemos que Dios pueda hacerlo todo nuevo. Puede pasarnos lo que leía hace poco: «Pensaba que era igual al salto en paracaídas que siempre había deseado hacer y pensaba en la respuesta que le daba a la gente cuando me decía que no lo hiciera: - si llego  a los ochenta años y nunca me he podido tirar en paracaídas, lo aceptará, pero no me perdonaría nunca haber tenido la oportunidad de tirarme y, por miedo, no haberlo hecho»[1]. En la sencillez de la vida podemos pasar de largo ante el «pan partido» que exige una respuesta. Podemos obviar la vida que brota en un gesto sencillo de amor. La vida oculta bajo apariencia de pan. Podemos volver la mirada hacia otra parte, para no involucrarnos, para que no haya compromiso. Pero también podemos detenernos ante ese misterio sencillo que nos asusta. Podemos arrodillarnos con humildad. Podemos abrazar la vida que se nos regala y confiar en que todo puede ser mucho mejor en nuestra vida.

La realidad cotidiana es que nos resulta difícil encontrarnos con Dios. Nos cuesta descubrirlo en las cosas sencillas y por eso pensamos que son necesarias grandes experiencias, increíbles encuentros, para llegar a tocar a Dios. No es así. Dios se hace carne en cada eucaristía. La fiesta de hoy nació en el siglo XIII. El Papa Urbano IV la estableció con el fin de tributarle a la Eucaristía un culto solemne de adoración, amor y gratitud. El hombre duda de la presencia real de Cristo vivo en su cuerpo y en su sangre. No cree en los misterios, ha perdido la ingenuidad de la fe. Se ha dejado llevar por la razón que quiere encontrarle un sentido a todo y busca respuesta a todas las preguntas. El misterio de la eucaristía cobra hoy un sentido nuevo. Decía el P. Kentenich: «Quiere quedarse para siempre en nuestra casa, en la casa de nuestra alma que es la morada de la Santísima Trinidad en nuestro interior. Ahí quiere permanecer y habitar con nosotros»[2]. Cristo quiso quedarse con nosotros, en lo más cotidiano de nuestra vida, en la comida y en la bebida. Quiso hacer de su presencia una celebración permanente. Pero nos falta fe para creer de corazón en la presencia real de Cristo en la eucaristía. Si realmente nos creyéramos que comemos a Dios, que comemos su carne, su corazón, y que su presencia vivifica nuestra alma y nos transforma, participaríamos en la eucaristía de otra manera. Miraríamos de otra forma a Jesús en la custodia, tendríamos otra actitud de respeto y admiración. Pero hemos perdido el sentido de lo sagrado y no acogemos el misterio. Nos olvidamos que al comulgar nos hacemos más sagrados, más de Dios. Nos sentimos pequeños e indignos. No creemos que Jesús quiera estar en ese corazón tan sucio y desordenado. Quisiéramos no pecar para sentirnos dignos, para pensar que la comunión deja de ser un don para convertirse en un derecho. Quisiéramos tener un alma blanca en la que Cristo quisiera descansar. Pero no es así. Cristo se hace carne para vivificar nuestra carne impura y muerta, para salvarnos del abismo en el que vivimos, para rescatarnos de la apatía que no nos deja amar.

Pero lo cierto es que nos falta fe en lo que no comprendemos y nos acostumbramos a utilizar sólo nuestros sentidos en el día a día; con eso nos basta. Utilizamos los cinco sentidos en muchos momentos. Miramos a las personas. Oímos el mundo. Olemos la vida. Palpamos la realidad. Saboreamos las cosas. Sin embargo, es cierto que, además de ser una gran riqueza para relacionarnos con los hombres y con el mundo, son una pobreza. Lo son cuando nos olvidamos de otros sentidos, de los sentidos del alma. Así lo expresa la madre de una hija enferma que había ido perdiendo todas sus capacidades. Esta niña, no obstante, se comunicaba de otra forma con su familia: «Los cinco sentidos son un lujo. Un lujo del que tenemos poca conciencia. Es necesario perder el uso de los sentidos para apreciarlos en su justa medida y comprender también sus límites. Son una riqueza y una pobreza. Riqueza, porque los sentidos se complementan perfectamente entre ellos para permitir que percibamos lo más perfectamente posible el mundo que nos rodea. Pobreza porque nos basta con beneficiarnos de todos estos sentidos. No es posible imaginarlo de otra forma. ¿Sólo tenemos las orejas para oír, los ojos para ver, la boca para hablar, la nariz para oler, la piel para tocar? No lo creo»[3]. Los cinco sentidos nos abren al mundo y al mismo tiempo nos limitan. Decía esta misma madre: «De pequeña leí la historia de Helen Keller. Me quedé admirada por el grado de conocimiento y comunicación al que había llegado esta joven sorda, ciega y muda. Éste es el secreto como alternativa al lujo de los cinco sentidos. Thais propone la riqueza de la empatía. Nos invita a que desarrollemos nuestra capacidad para percibir emociones ajenas. Creo en el diálogo de las almas, de corazón a corazón, en la comunicación a través del amor. Sí, Thais ya no ve pero mira, no oye, pero escucha, no habla, pero dialoga. Y para ello no necesita los sentidos»[4]. Los sentidos son sólo una ayuda, pero pueden limitarnos cuando nos quedamos en ellos, cuando sólo creemos a través suyo. Entonces queremos oler, tocar, ver, oír y oler, para creer, para saber cómo es el mundo. Por eso al hombre le cuesta entrar en contacto con Dios. Ha perdido su capacidad para trascenderse, para creer en un amor invisible que se derrama en nuestra alma. Cristo se quiso quedar en el pan y en el vino para que nuestros sentidos nos acercaran su presencia. Quiso que lo saboreáramos al comulgar. Para percibir así ese sabor que nos recuerda al pan y al vino. Lo olemos. Lo sentimos. Y sabemos, al tocarlo, que es Dios. Lo vemos mudo y roto en nuestras manos. Oímos su presencia al ser partido. Es verdad que podemos captarlo con los sentidos. Así lo ha dispuesto Dios. Para que nuestros sentidos lleguen a ser un trampolín que nos lleve a lo eterno, a lo que no vemos, ni tocamos, ni olemos. Jesús busca algo más. No quiere que nos quedemos sólo en lo que nuestros sentidos alcanzan. No, no es suficiente. Quiere más, busca mucho más. Busca que nos trascendamos, que percibamos su presencia intangible, que nos abramos a su amor inabarcable.

Cristo se hace eucaristía y quiere que nosotros prologuemos su presencia. Dice el P. Kentenich: «Llevamos dentro al Altísimo, igual que María, la Madre de Dios, la portadora de Cristo, la que nos trae a Cristo. También nosotros queremos ser portadores de Cristo, tabernáculos del Altísimo»[5]. Cristo se hace carne en nuestro corazón para que nosotros nos hagamos carne de su carne, custodias vivas de su propia carne. Es la presencia viva en cada eucaristía que sigue presente en nuestro actuar. Al mismo tiempo elige hombres, los busca entre los hombres y escoge a los más pequeños, simples vasijas de barro, para colocar en ellos su carne, su propia carne y su sangre. Así lo ha hecho en la ordenación sacerdotal de Jaime. Cristo se ha hecho carne en Jaime. Dios necesita cuerpos para llegar al hombre. La postración del diácono antes de ser consagrado, mientras en silencio se escucha el canto de las letanías de los santos, es el momento del reconocimiento de la propia indignidad: «No soy digno». Sobre el suelo, con el rostro en tierra, ora el hombre. Los santos lo acompañan en un momento de gracia. Cristo se  encarna en el sacerdote. Rompiendo toda la lógica humana que busca siempre la dignidad. El sacerdote entonces, nuevo Cristo, se parte al partir su cuerpo, se entrega al entregar su sangre. Cristo mismo se hace carne en su fragilidad. «Esto es mi cuerpo», pronuncia conmovido. «Ésta es mi sangre», palabras que pronuncian sus labios. Cristo se encarna entre sus manos, en sus mismas manos. Sus brazos rotos abrazan las miserias de los hombres y con las manos de Dios toca su dolor. Cristo se hace carne en un hombre nuevo. En el mismo hombre viejo en el que ha vencido la luz de Dios, en las mismas dudas iluminadas por la fe, en la misma oscuridad de sus miedos vencida por la claridad de su presencia. Cristo se ha roto en su cuerpo roto.

María es la presencia viva del amor de Dios en nuestra vida. En María aprendemos a ser morada de Cristo, portadores fieles de su presencia transformadora. Comenta el P. Kentenich: «El Señor nos ha regalado el corazón de María como hogar. Aunque nuestro hogar externo sea pobre, vivimos en un palacio»[6]. Ella es educadora, no sólo un señalizador en el camino, no sólo la discípula de Cristo. Añade: «Queremos ir de la mano de María hacia el mundo del más allá. Adentrarnos en el propio santuario del corazón, donde adoramos al Dios Trino. Adentrarnos en el santuario del corazón en el que se encuentra la cruz y debajo la Mater dolorosa»[7]. María es Madre de todo sacerdote, Madre de todo hijo que se abraza a la voluntad de Dios. María nos acoge a todos con amor infinito y nos sostiene. María quiere que nuestras vasijas de barro se mantengan firmes para no dejar que se derrame la gracia. Sana nuestras heridas, eleva nuestra alma enferma, sostiene nuestra debilidad. En María Cristo se hace carne y su carne se hace vida en nosotros. Nos abrazamos a Ella, tocamos a María. Queremos que nos permita mirar con sus ojos más allá de nuestra ceguera.

El amor de Jesús que hoy celebramos es el amor más grande, ese amor que desborda nuestra capacidad de recibir amor. Es un amor que siempre supera nuestra entrega. Un amor que se parte y se dona: «Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: -Tomad, esto es mi cuerpo. Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo: -Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios. Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos» Marcos 14-12-16. 22-26. Se trata de unos bienes que nos llenan porque son bienes definitivos: «Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos». El amor de Cristo es personal. Ha venido para cada hombre, para cada corazón que necesita la conversión. Es un amor personal, no como el nuestro, que muchas veces sólo logra amar ideas. Decía el P. Kentenich: «Está despersonalizado nuestro amor al yo, nuestro amor a los hombres y, con ello, también nuestro amor a Dios. No podemos ver a Dios de otro modo que como una idea primordial. ¡Qué poco original y espontánea es nuestra relación con Dios!»[8]. Hoy el amor de Cristo se hace carne para que aprendamos a amar. Se muestra en su carne para que no olvidemos cómo nos ama. Nos ama en la carne de nuestros hermanos, de la familia en la que nacemos. Decía Benedicto XVI en el encuentro mundial de las familias en Milán: «Esta vocación de la familia no es fácil de vivir, especialmente hoy, pero el amor es una realidad maravillosa, es la única fuerza que puede verdaderamente transformar el mundo». El amor de Cristo se derrama para hacer nueva nuestra vida y hacer de nuestros corazones un verdadero santuario de su amor. Sólo así crecerá el amor e nuestras familias. Es un encuentro personal, en su carne, en nuestra debilidad. En Cristo volvemos a nacer. Somos más de carne. Somos más de Dios.

Contemplar y alegrarnos con la presencia de Cristo vivo en la Eucaristía nos lleva a querer hacer siempre su voluntad. Hoy hemos escuchado: «En aquellos días, Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandatos; y el pueblo contestó a una: - Haremos todo lo que dice el Señor». Nos gustaría hacer siempre todo lo que dice el Señor. El otro día pensaba en San Felipe, diácono. Conocemos el texto que narra cómo servía al Señor. Cuando Felipe escucha a Dios obedece, aunque su mandato parezca no tener sentido: «Ponte en marcha hacia el sur, por el camino del desierto que baja de Jerusalén a Gaza». Pero Felipe obedece y va a un camino desierto. Cuando está allí ve pasar un carruaje de un alto funcionario etíope. Entonces escucha que Dios le pide: «Acércate y corre junto a ese carro». De nuevo una petición extraña, pero Felipe obedece. Al ponerse a correr ve que el etíope va leyendo a Isaías y él se lo explica. Entonces se convierte y quiere ser bautizado: «Mira, aquí hay agua. ¿Qué impide que yo sea bautizado?» Y de nuevo Felipe obedece. Hace falta mucha fe para hacer siempre lo que Dios nos pide. Sobre todo si nuestros sentidos no comprenden. Pero primero tenemos que tener el corazón abierto para escucharlo. Decía el P. Kentenich: «Su Hijo viene a nosotros con la intención manifiesta de hacer fluir de nuevo la vida divina en nuestra alma, para que nuestra alma asuma más profundamente la relación íntima con la Santísima Trinidad. El Señor quiere vivir su vida dentro de mí, de forma original, hasta el más mínimo detalle»[9]. Al recibir a Cristo en la comunión, el Señor se va apoderando de nuestra alma, la va haciendo suya. Para que podamos hacer nuestras las palabras que hoy escuchamos: «Haremos todo lo que manda el Señor y lo obedeceremos. Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo: -Ésta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos» Éxodo 24, 3-8. Cristo ha renovado la antigua alianza. Ha sellado con su sangre una nueva alianza con el hombre que ya no desaparecerá. En la eucaristía renovamos nuestro sí a Dios, nuestra voluntad de entrega, nuestro deseo de amar siempre más.

Las palabras que escuchamos en la segunda lectura expresan el valor de Cristo, el valor de la vida de Dios que se hace carne: «Su tabernáculo es más grande y más perfecto. No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna. Por esa razón, es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna». Hebreos 91 11-15. El sacrificio de Cristo es imperecedero. Es la acción de gracias que repetimos con los labios y con el corazón. Ya lo hemos hecho hoy en el salmo, en señal de agradecimiento: «Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor. ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor» Sal 115, 12-13. 15 y 16bc. 17-18. Cristo ha renovado su alianza. Ha hecho todo nuevo con esa entrega en la cruz que renovamos cada día. En cada eucaristía vuelve a entregarnos su vida y su amor. Vuelve a recordarnos que nos ha amado siempre. Permanece a nuestro lado en nuestra necesidad diaria, para que tengamos vida en abundancia. Se hace presente y lo adoramos. Se hace carne de nuestra carne para que vivamos con una esperanza nueva.

Hoy queremos seguir los pasos del Señor. El otro día escuchábamos cómo Jesús los mandaba a predicar al mundo entero. Hoy nos hacemos eco del deseo de Cristo: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua? -Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: -¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos? Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena. Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua». Es la misma pregunta que le hacemos cada día al Señor: « ¿Dónde quieres que celebremos la cena de Pascua? ¿Dónde quieres que nos entreguemos? ¿A quién quieres que amemos con todo nuestro ser?» Todos los actos de nuestra vida son importantes. A veces no nos damos cuenta de que el amor se hace manifiesto en gestos. El cielo y la tierra se unen en nuestro corazón, en nuestro amor. Hay una continuidad y coherencia como comenta Benedicto XVI: «Es pues, imperecedero lo que hemos llegado a ser en nuestro cuerpo, lo que ha crecido y madurado en el corazón de nuestra vida, unido a las cosas de este mundo. Es «el hombre total» tal cual está situado en este mundo, tal cual ha vivido y sufrido, el que un día será llevado a la eternidad de Dios y tendrá parte en Dios mismo, por la eternidad». Lo que amamos en la tierra tiene repercusión en el cielo, tiene su proyección, lleva la semilla de eternidad enterrada. Por eso nuestros actos importan. Importa nuestra fidelidad y nuestra infidelidad. De lo que sembremos cosecharemos. Hoy mucha gente no quiere hacerse responsable de sus actos. Cuando se han equivocado no quieren dejar huella. Un estudio hecho en España reveló que el 55% de los españoles sería infiel a su pareja si supiese que ésta nunca iba a enterarse. No nos gusta que nuestros actos dejen huella y nos cuesta asumir la responsabilidad por lo que hacemos. En la película «La fuerza del honor», escuchamos: «La madurez de un hombre consiste en aceptar su responsabilidad» A un empleado le ofrecen un ascenso solamente si accede a mentir sobre el número de productos recibidos en un pedido de la empresa. Después de pensarlo con su familia llega a esta respuesta: «No puedo hacer lo que me pide porque está mal. Deshonraría a Dios y a mi familia si lo hiciera». Su jefe entonces le responde: «Gracias por su integridad, no abunda». Se trataba de una entrevista para ver su honestidad. Faltan personas honestas, responsables de sus actos y dispuestas a vivir de forma coherente. Personas que asuman las consecuencias de todo lo que hacen. Valorando cada acto, pensando sus consecuencias, entregando siempre la vida.



[1] Alberto Reyes Pías, “Historia de una resistencia”, 57

[2] J. Kentenich, “Mi corazón tu santuario”, 32

[3] Anne-Dauphine Julliand, “llenaré tus días de vida“, 177

[4] Anne-Dauphine Julliand, “llenaré tus días de vida“, 177-178

[5] J. Kentenich, “Mi corazón tu santuario”, 48

[6] J. Kentenich, “Mi corazón tu santuario”, 49

[7] J. Kentenich, “Mi corazón tu santuario”, 46

[8] J. Kentenich, “Las fuentes de la alegría”, 359

[9] J. Kentenich, “Mi corazón tu santuario”, 30


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