Sábado, 25. Mayo 2013
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Evangelio Domingo 17 de Junio de 2012 - P. Carlos Padilla
P. Carlos Padilla   
17/06/2012

XI Domingo Tiempo ordinario

Ezequiel 17,22-24; 2Corintios 5, 6-10; Marcos 4, 26-34

«Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos»

17 Junio 2012      P. Carlos Padilla Esteban

« Estamos llamados a vivir la perfección de los hijos de Dios, que se abandonan, imperfectos, en las manos de su Padre »

Es fácil decirle que no a Dios. Fácil seguir otro camino y huir de su presencia. Basta con callar, mirar al frente y desoír la voz del alma que quiere gritar. Basta con dormir sin pretender buscar nada nuevo. Es como esconder la mirada, evitar el encuentro, pasar de largo. Sí, todo eso es posible. Las palabras de S. Gregorio Magno nos hacen reflexionar: « ¿Cómo es posible que un hombre diga «no» a lo más grande que hay, que no tenga tiempo para lo más importante, que limite a sí mismo su existencia?» ¿Cómo es posible que tantos hombres hoy vivan sin buscar Dios, sin querer descansar en Él, pretendiendo ser ellos los dueños absolutos de sus vidas? La razón que el santo daba para esa negativa es que esos hombres nunca habían llegado a gustar a Dios, ni habían experimentado el roce de Dios en sus vidas. Cuando falta esa relación personal con el Señor es muy difícil querer seguir sus pasos. Nadie entrega su vida sólo por una idea. La vida se entrega cuando hay un amor personal que sustenta nuestro sí. El otro día leía: «Una vez se ha experimentado la presencia y el amor de Dios en la propia vida, lo básico del cristiano es hacer a ese Dios presente en el ambiente donde esté. Eso es construir el Reino de Dios»[1]. Para que sea posible hablar de un Dios personal, es necesario que aprendamos a tratar así con Él. La oración es un trato personal, como dice Benedicto XVI: «La oración es el encuentro con una Persona viva que podemos escuchar y con la que podemos dialogar; es el encuentro con Dios, que renueva su fidelidad inquebrantable, su «sí» al hombre, a cada uno de nosotros, para darnos su consuelo en medio de las tempestades de la vida y hacernos vivir, unidos a él, una existencia llena de alegría y de bien, que llegará a su plenitud en la vida eterna». De esa relación personal brota el sí. En medio de las dudas y dificultades somos capaces de seguirlo cuando hemos sentido su abrazo. Entonces dejamos de lado ese «no» mezquino y egoísta que nos hace centrarnos en nuestros problemas y preocupaciones. Dejamos esa tierra árida que no da vida.

A veces, cuando miramos hacia atrás, cuando pensamos en lo que nos ha ocurrido en la vida, cuando consideramos las decisiones tomadas, tal vez nos gustaría echar marcha atrás. Quisiéramos eliminar aquello que no nos gusta, las dificultades que no queremos enfrentar, las cruces que superan nuestras fuerzas. Entonces, nos preguntamos lo mismo que se preguntaba una madre ante la enfermedad de su hija: « ¿Por qué no funciona? ¿Por qué no podemos apretar el «reset» para borrar lo que no va bien?»[2]. Quisiéramos rehacer nuestra historia y tener una segunda oportunidad. Sería casi como volver a empezar partiendo de cero. Quisiéramos volver al principio, cuando teníamos tantas posibilidades abiertas mirando el futuro. Una persona hacía la siguiente reflexión: «A veces cambiando la dirección, otras confirmando el camino, pero siempre con la certeza que los pequeños o grandes silencios que viví y sentí me dejan siempre: la vida es un constante punto de partida, aunque hayamos recomenzado ya muchas veces». En realidad, aunque nunca podamos volver al inicio del camino, al kilómetro cero, siempre es posible volver a comenzar. Después de cada caída se nos da una nueva oportunidad. Nada está perdido definitivamente. Siempre hay una salida. Es difícil ver la ventana que se abre en medio de la oscuridad, del dolor, de las pérdidas. Me entristece mucho escuchar a personas que, en su desesperación, han llegado a desear quitarse la propia vida. La angustia puede llevar a este punto. Me duele por ellos, por aquellos que los quieren mucho y sufren con su tristeza. De nada sirve tratar de animarlos en ese momento porque no ven la luz. Puede que muchos de nosotros hayamos pasado por momentos de oscuridad, en los que no veíamos salida posible. Pero Dios, al final, nos muestra la grieta por la que puede escurrirse nuestra vida. Y entonces, de las propias cenizas, surge de nuevo la vida.

Sin embargo, aunque lo comprendamos con la cabeza, nos cuesta hacerlo vida en el corazón. Una derrota, una victoria, son sólo parte del camino, no es lo más importante. Porque al final volvemos a la vida, nos lanzamos de nuevo y surge otra vez la esperanza. El otro día, después de ganar un gran torneo, decía Rafael Nadal: «Siempre me he tomado tanto las victorias como las derrotas con calma porque, desde mi punto de vista, es la mejor forma de encarar el futuro. Evidentemente siento felicidad, pero el tenis es un deporte en el que hoy ganas y mañana pierdes, por lo que tienes que disfrutar de la situación, del momento y mirar al futuro para encarar próximos objetivos». Cuando perdemos queremos «resetearlo» todo y borrar los errores. Cuando ganamos quisiéramos que fuera eterno ese instante de plenitud que parece tan fugaz entre las manos. La vida sigue su curso de forma inexorable. El camino vuelve a extenderse a nuestros pies limpio y abierto. Sabemos que la vida se nos regala como un don, no como un deber. Suplicamos la sabiduría para aprender a vivir, para saber hacer las elecciones correctas en cada momento. No siempre es fácil. Por eso decía Juan XXIII: «Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente este día, sin querer resolver de una sola vez el problema de mi vida. Puedo hacer el bien durante un día. Lo que me desalentaría sería pensar en tener que hacerlo durante toda mi vida». Queremos aprender a hacer el bien hoy, en este momento, con la persona que Dios ha puesto ante nuestros ojos. Sin cargar con el peso de una vida impecable. Es verdad la reflexión que me hacía el otro día una persona: «Estamos llamados a dar testimonio de alguien más grande que nosotros, de un amor que se nos ha dado. No queremos ser ejemplos perfectos, como si todo dependiera de nosotros, de nuestra voluntad y talentos». Estamos llamados a vivir la perfección de los hijos de Dios, que se abandonan, imperfectos, en las manos de su Padre.

El deseo que tiene Dios al mirar nuestra vida es un deseo grande. Quiere que nuestra vida merezca la pena. Las palabras del profeta reflejan este deseo: «Esto dice el Señor Dios: - Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré. De sus ramas más altas arrancaré una tierna y la plantaré en la cima de un monte elevado; la plantaré en la montaña más alta de Israel; para que eche brotes y dé fruto y se haga un cedro noble. Anidarán en él aves de toda pluma, anidarán al abrigo de sus ramas. Y todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes, que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré» Ezequiel 17,22-24. El deseo es que nuestra vida dé fruto, florezca y dé sombra a aquellos que quieran cobijarse bajo sus ramas. Dios puede hacerlo, Él nos ha elegido a nosotros, por eso Él es quien puede cambiar nuestra forma de vivir. El otro día escuchábamos en la eucaristía en labios del profeta Elías: «Para que sepa este pueblo que tú, Señor, eres el Dios verdadero, y que eres tú quien les cambiará el corazón». Dios cambia el corazón. La imagen del profeta Ezequiel hoy nos habla de una elección. Dios nos ha trasplantado y ha hecho que brote vida de nuestro corazón seco. Es la experiencia de la vocación a vivir con Cristo. Cuanto más cerca del Señor vivimos, más vida darán nuestras manos. Es la vocación del que  ha sido elegido, llamado por Dios, entresacado y trasplantado. Pero la elección no tiene lugar gracias a nuestras cualidades y talentos. Dios elige por amor. La semana pasada fuimos testigos de la ordenación sacerdotal del P. Jaime. Dios elige a quien quiere y cuando quiere, busca sus instrumentos. Y así, en nuestra debilidad, pretende manifestar su gloria. Nosotros sólo tenemos que intentar no opacar su luz con nuestra torpeza.

Esta semana hemos celebrado el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado corazón de la Virgen María. Ambos corazones están unidos para toda la eternidad. El corazón humano de Jesús y el corazón humano de María. El amor de Dios se reviste de entrañas de misericordia humanas. Jesús tiene un corazón humano y nos ama con su carne. Un corazón llagado que se convierte en fuente de vida. Un corazón de carne que nos ama. Así tienen más fuerza las palabras del P. Kentenich: «Amar adecuadamente no significa ahora amar en forma desenfrenadamente sobrenatural. Amar adecuadamente significa amar en forma natural-instintiva, espiritual y sobrenatural. Cuando más sobrenaturales más naturales tenemos que ser»[3]. Queremos amar con la humanidad del corazón de Jesús, con sus mismas entrañas de misericordia. Las palabras de Jean Vanier expresan muy bien cómo ha de ser ese corazón de carne del hombre. Un corazón en el que muchos puedan encontrar amparo, como a la sombra de un gran árbol: «Acoger es un verdadero signo de madurez humana y cristiana. Se trata de darle un espacio en el corazón para que pueda existir y crecer, un espacio en el que se sepa aceptado como es, con sus heridas y sus dones. Esto supone que existe en nuestro corazón un lugar silencioso y pacífico en donde los demás pueden encontrar el descanso. Si el corazón no está en calma, no puede acoger»[4]. Estamos llamados a dar fruto, a ser ese árbol en calma en el que muchos encuentren paz y descanso. Tener un corazón de carne es tener un corazón que respete lo humano, que comprenda, que mire con humildad, que sirva. Un corazón herido y pacificado, lleno de vida y esperanza.

Las parábolas que Jesús utiliza tratan de acercar el misterio del Reino de Dios. Intentan explicar lo que el corazón no comprende. Jesús lo hace así con los que lo escuchan: «Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado» Marcos 4, 26-34. ¡Cuánto nos cuesta entender lo que Dios quiere decir! Pero no es que Dios no hable, lo hace, pero no comprendemos. Decía el P. Kentenich: «La diferencia entre las personas no está en que Dios le hable a unos y a otros no, sino en que hay gente que hace silencio y crea espacio interior para escucharlo y gente que tiene tanto ruido dentro que es prácticamente imposible que perciba su voz»[5]. Dios parece no hablar pero habla siempre. Guarda silencio pero se está comunicando. Sus palabras son silencios, y sus caricias soledades. Su amor se manifiesta en gestos que casi no percibimos. Son las paradojas de su amor presente y ausente al mismo tiempo. Se aleja de nosotros y permanece a nuestro lado. El corazón, sin embargo, permanece embotado e incapaz de comprender. Necesitamos volver a escuchar y leer siempre de nuevo: Dios nos quiere, no por nuestros talentos y logros, no por nuestros éxitos, sino simplemente por ser como somos. Es la principal experiencia del Reino de Dios, que viene para todos, para cambiar la vida de aquellos que están abiertos a escuchar su voz. Dios no hace acepción de personas, no excluye a nadie. Lee el corazón del hombre y espera sólo nuestro tímido sí.

El Reino de Dios es la presencia de Cristo en medio de los hombres, en el mismo corazón del hombre: «El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha». La semilla crece sin nuestro esfuerzo. Estamos tan acostumbrados a saber que las cosas no ocurren por casualidad, que nos cuesta creer en la verdad profunda de esta parábola. Sabemos que los grandes logros en la vida suelen ser fruto de un trabajo continuado y perseverante. Sin embargo, la semilla de nuestra parábola produce fruto en la oscuridad de la noche, sin que el dueño haga nada en absoluto para ello. Sin esfuerzo hay fruto. Durmiendo, la vida crece. ¿Acaso Dios no quiere que nos esforcemos? ¿No le importa nuestra entrega concreta, nuestro sí alegre y decidido de cada día? ¿No crece más la semilla si nos esforzamos más sobre el terreno? Dios parece hoy decirnos que no, que podemos dormir tranquilos sin esforzarnos, que la vida crece sola. Nos suena contradictorio con otros muchos mensajes del Señor. ¿No es necesario actuar para que Dios salve? ¿Dios salva sin nuestras obras? El cristiano siempre se debate entre dos posturas extremas: la fe sin obras o con obras. Hacerlo todo como si todo dependiera absolutamente de Dios o hacerlo todo como si dependiera sólo de nuestro esfuerzo. Las vírgenes necias se durmieron y no fueron precavidas. Como consecuencia no recibieron fruto. Pero hoy se nos invita a dormir tranquilos, porque la semilla crece sin nuestro esfuerzo. ¿Entonces? ¿Dormimos o no dormimos? ¿Vivimos tranquilos y confiados o nos esforzamos por lograr que la semilla dé su fruto?

El Evangelio no nos invita a dormir durante el día, sólo durante la noche. Es una gran diferencia. El problema es cuando en la noche seguimos agobiados y sin paz pensando en los frutos que aún no tenemos. Dios lo que nos pide es que confiemos, que descansemos aguardando un fruto que no se debe a nuestro esfuerzo. Nosotros sólo tenemos que sembrar la semilla, donde Dios nos pida, como Él quiera. El otro día una persona gravemente enferma reflexionaba días antes de su muerte: «Me planteo mi vida ahora con otras prioridades y otras labores que hacer. Veo que Dios no me quiere haciendo todo lo que me gustaría hacer: las clases de teología, las reuniones de mi grupo de fe, las ongs. Ahora mi trabajo y mi lucha consisten en vestirme y no pasar el día en pijama, desayunar, leer un rato, comer, salir de paseo y cenar. Suena ridículo, pero esa es mi actividad y mi fuente de santificación y puede llegar a ser tan duro como el trabajo en la mina». No siempre vamos a llevar la vida que queremos, ni vamos a realizar todas aquellas empresas a las que nos sentíamos llamados. Nos sentiremos inútiles en ciertos momentos. Los grandes sueños se convertirán entonces en pequeños desafíos diarios. Esfuerzos ímprobos que, sin embargo, nadie desde fuera puede valorar. Tal vez tampoco nosotros, porque miraremos en menos todo lo que hacemos. Al pensar en la enfermedad pensaba en que muchas veces nos esforzamos en hacer muchas cosas pensando que así daremos mucho fruto. Pero en ese activismo no se encuentra la clave. El secreto está en nuestro sí silencioso y sacrificado. En nuestro sí humilde y paciente a la voluntad de Dios, a lo que Él quiere. Un sí sencillo y oculto.

La semilla se siembra para que muera y dé fruto. Pero su muerte sucede sin grandes aspavientos. En la oscuridad de la noche. En el silencio de la soledad. Sin aclamaciones, sin reconocimiento. Esta parábola nos habla de la paciencia y la serenidad. Son dones escasos. La prisa no es buena consejera. Vivimos en mundo de grandes velocidades. Todo va muy rápido. Queremos que todo suceda inmediatamente, sin respetar procesos. Nos cuesta esperar serenamente. Lo mismo nos sucede con nuestro camino de fe. Queremos llegar a las altas cumbres de un salto. La ansiedad y las prisas nos abruman. Es la sabiduría de Dios la que se construye sobre la paciencia. Nos falta fe para creer en lo que no vemos. Pensamos en el fracaso y nos inquietamos. Quisiéramos aprender a descansar más en Dios. Pero el corazón duda, desconfía, pierde fuerza y decae. Creemos que todo depende de nuestras fuerzas. No somos capaces de mirar las cumbres con optimismo. Miramos lo que todavía nos falta y no sabemos aguardar con paciencia. Lo empezamos a ver perdido antes de que hayamos empezado a perder. Lo mismo les pasaba a los discípulos escondidos en la noche de los juicios sobre Jesús. El miedo al fracaso siempre está presente. Quisiéramos ser pacientes con nosotros mismos, con nuestras debilidades y carencias, pero nos inquietamos en seguida. Una persona reflexionaba sobre el desánimo que le producía su pecado: «Se ha apoderado de mí un desánimo que me induce a pensar que un defecto lleva a otro; es algo que siempre he percibido así, que un vicio necesariamente contiene los demás; me cuesta mucho separar y darme cuenta de que no es así». Podemos caer fácilmente en la desesperanza. Podemos impacientarnos tanto con nuestras caídas que no sea posible entonces dejar espacio a Dios. Queremos pedirle hoy a Dios un corazón paciente y sereno que sepa levantarse y volver a confiar. Una persona reflexionaba así en su enfermedad: «Veo mis defectos y me da miedo no irme al Cielo, hay cosas que sigo sin vencer de verdad. Veo esas miserias y pienso con pavor que voy a estar pululando por el purgatorio siempre». El miedo a nuestra pobreza y a nuestro pecado es fuerte. Nos impacientamos con Dios que no logra transformar nuestro corazón. No vemos frutos, la semilla tal vez no ha muerto todavía. No hay vida nueva. Queremos que Dios se dé prisa, la vida es corta y nos falta tiempo para crecer y ser felices.

El silencio de la semilla que muere por la noche y desaparece nos puede llevar a pensar en el fracaso de Dios. Sin embargo, como dice Benedicto XVI: «Dios no fracasa. “Fracasa” continuamente pero en realidad no fracasa, pues de ello saca nuevas oportunidades de misericordia mayor. No fracasa porque siempre encuentra modos nuevos de llegar a los hombres y abrir más su gran casa, a fin de que se llene del todo. No fracasa porque no renuncia a pedir a los hombres que vengan a sentarse a su mesa, a tomar el alimento de los pobres, en el que se ofrece el don precioso que es él mismo. Dios tampoco fracasa hoy. Aunque muchas veces nos respondan no, podemos tener la seguridad de que Dios no fracasa»[6]. No fracasa en la apariencia de su ausencia. No, está presente en la noche y en la aridez del campo en el que no se ve el fruto. Está presente en las respuestas negativas que llenan el aire, en los gritos de rabia, en la derrota humillante. Dios no fracasa. El cuerpo nos ata al mundo y el mundo nos puede quitar la esperanza. Pero Dios vence al final. Las palabras de S. Pablo nos hacen tomar conciencia de que estamos de paso en esta tierra: «Siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras vivimos en el cuerpo, estamos desterrados, lejos del Señor. Caminamos guiados por la fe, sin ver todavía. Estamos, pues, llenos de confianza y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor. Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir el premio o el castigo por lo que hayamos hecho en esta vida» 2Corintios 5, 6-10. Vivimos en nuestro cuerpo, nuestra propia cárcel que nos aleja muchas veces de Dios. No queremos desanimarnos, no puede ser que perdamos la esperanza al pensar en el fracaso. Dice Benedicto XVI: «La esperanza contiene ese elemento de confianza absoluta frente a los continuos riesgos y peligros de la historia. Sí sabemos que la vida eterna es nuestro futuro y también la fuerza que va marcando la historia»[7]. La confianza absoluta es un don que se nos tiene que dar desde el corazón de Dios. Creemos en un Dios que da fruto en nuestro campo.

Nuestra vida es semilla. Nuestra entrega muere en el silencio para dar vida. Nos olvidamos de esto muchas veces. Nuestra semilla es valiosa, tanto como la semilla de mostaza: « ¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra». Lo importante es que nos conozcamos y descubramos nuestra riqueza interior. Nos alegramos de la semilla escondida en el alma. Descubrimos lo que somos, nuestra riqueza, y así podemos amar a los hombres desde lo que hay en nosotros. Decía el P. Kentenich: «No se puede ser humilde si no estamos en posesión de nosotros mismos, si no tenemos conciencia de nosotros mismos, un reconocimiento de la propia autonomía y originalidad. La humildad no es lo primero, lo más importante es la conciencia de uno mismo. Dios me ha creado como soy, me acepto a mí mismo»[8]. Nuestra semilla es valiosa. La más amada de Dios. Dejemos que el agua de Dios nos dé la vida.



[1] Alberto Reyes Pías, “Historia de una resistencia”, 70

[2] Anne-Dauphine Julliand, “llenaré tus días de vida“, 94

[3] J. Kentenich, “En libertad ser plenamente hombre”, 238

[4] Jean Vanier, Hombre y mujer los creó, 60

[5] Alberto Reyes Pías, “Historia de una resistencia”, 60

[6] Benedicto XVI, “Los caminos de la vida interior”, 49

[7] Benedicto XVI, “La sal de la tierra”, 126

[8] J. Kentenich, “En libertad ser plenamente hombre”, 243


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