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| Cultura chilena actual y “Cultura de Alianza” (II) |
| Patricio Chaparro | |||
| 29/06/2012 | |||
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Tendencia a la complicación Pasando a asuntos cotidianos de la vida chilena, sean del transporte, la educación, la salud, la vivienda, el trabajo, opino que en general tendemos a la complicación. En efecto, la mayoría de los asuntos relacionados con tales materias no pueden hacerse sino de manera difícil; es como si fuéramos guiados por una admonición que reza "para qué hacer las cosas fáciles si las podemos hacer difíciles". Así, en la cultura chilena nada o casi nada, puede hacerse de manera expedita y simple. Siempre existe o es posible diseñar una manera difícil de hacerlas, de modo complicado y complejo, y ésa es precisamente la elegida. La contienda política De otro lado, y de vuelta a la política -que es culturalmente una materia de gran importancia entre nosotros- puede concluirse que la mayor parte de las actitudes y conductas políticas de nuestros políticos y aspirantes a serlo se pueden explicar por una orientación básica que he graficado como "quítate tú para ponerme yo". Así, cuando se examinan las declaraciones, las estrategias, las actitudes y las conductas políticas específicas diarias de quienes practican esa difícil, dura y compleja actividad humana, se puede percibir que ellas no son, de hecho, al menos principalmente, guiadas por ideas, valores, proposiciones programáticas específicas, sino por contiendas y conflictos entre personas y grupos de personas que aspiran a un mismo lugar de poder político. En mi opinión, la aludida orientación se aplica no solamente a las contiendas y conflictos entre partidos y agrupaciones políticas o ciudadanas, sino a las relaciones internas entre todos y cada uno de sus integrantes. El ejemplo preclaro -aunque no el único- de aplicación de lo que sugiero se encuentra en los procesos de selección y designación de candidatos para las elecciones, especialmente las parlamentarias y, más aún, las presidenciales. El conflicto generacional Por otra parte, entre nosotros está siempre vigente y presente, a veces de manera sutil, el conflicto generacional. Los jóvenes, aunque no lo reconozcan, en el fondo consideran que cualquier persona que tenga canas o le quede poco pelo en el cuero cabelludo –como es lamentablemente el caso de éste, vuestro atento y seguro escribidor, perdón, servidor- es y debe ser tratado como un fugitivo del camposanto. Los jóvenes, y los no tan jóvenes, jamás reconocen que son los viejos del futuro y tienen un rechazo instintivo a los viejos de hoy, que serían quienes casi ya no tienen/tenemos/tengo, futuro. Por cierto, los jóvenes manifiestan públicamente su aprecio a los años, a la experiencia, proclaman orgullosos su tolerancia a los viejos y su intención de no discriminar por edad. Pero, de hecho, en privado, discriminan, y dicen de ellos que "pasó la vieja"; lo cual es un craso error, puesto que el que pasó es el viejo y las mujeres nunca, jamás, son viejas; a este último respecto convengamos que existe certeza absoluta. Por su parte, los viejos respetan, admiran y, más aún, envidian, a los jóvenes y los impulsan a hacer lo que ellos no pudieron o no supieron hacer o hicieron mal o muy mal. Entonces, la gran mayoría de los viejos no enfrentan, no desafían, no expresan abiertamente sus propias perspectivas y opiniones y son a-críticos con los jóvenes, adoptando una actitud y conducta condescendiente para con ellos. (Continuará y finalizará en la próxima columna).
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