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| Evangelio Domingo 5 de Agosto de 2012 - P. Carlos Padilla |
| P. Carlos Padilla |
| 05/08/2012 |
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XVIII Domingo Tiempo ordinario Exodo. 16, 2-4. 12-15; Efesios. 4, 17. 20-24; San Juan. 6, 24-35 « Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna » 5 Agosto 2012 P. Carlos Padilla Esteban « No sólo quiere que pidamos cuando llegue el hambre, quiere que nuestra oración sea un ponernos en sus manos con un corazón dócil y fiel» El otro día una persona me comentaba que quería hacerse del movimiento «Slow», porque vivía demasiado de prisa y quería disfrutar más de la vida. Es la realidad, cuando vamos siempre con prisa, corriendo de una cosa a otra, no encontramos tiempo para lo más importante. ¡Cuántas personas hay que piensan en su corazón: no tengo tiempo para nada! Y es verdad que las 24 horas del día, aunque las dividamos en equitativos paquetes de 8 horas: 8 horas para dormir, 8 horas para el trabajo y 8 horas para la familia, aún así, nos falta tiempo. Por esto tratamos de correr intentando llegar a todo. Quizás tenía razón esa persona y resulte sano apuntarnos al Movimiento «slow». Decía Gandhi: «En la vida hay algo más importante que incrementar su velocidad». Porque la prisa suele ser el motor de nuestras acciones. Queremos hacerlo todo rápido y perfecto, a ser posible. Ese movimiento que he mencionado sólo propone una forma de vivir más tranquila, desacelerada y plena. Es necesario aprender a acelerar cuando corresponde y saber detenernos cuando sea importante para el alma. No obstante, sabemos que la lentitud está cargada de una connotación negativa. Se valora a las personas que hacen todo con rapidez. Por el contrario, se desprecia al que actúa con lentitud. No obstante, es importante que aprendamos a caminar con pausa, a contemplar más la vida y su belleza, a detenernos ante las maravillas de la naturaleza, a disfrutar con calma la comida y los momentos. Así nos lo recuerda Benedicto XVI: «Cada día el Señor nos ofrece tantas alegrías sencillas: la alegría de vivir, la alegría ante la belleza de la naturaleza, la alegría de un trabajo bien hecho, la alegría del servicio, la alegría del amor sincero y puro. Y si miramos con atención, existen tantos motivos para la alegría: los hermosos momentos de la vida familiar, la amistad compartida, el descubrimiento de las propias capacidades personales y la consecución de buenos resultados, el aprecio que otros nos tienen, la posibilidad de expresarse y sentirse comprendidos, la sensación de ser útiles para el prójimo». Son momentos sencillos que nos dan la vida. Sin complicarnos demasiado. Disfrutando ese presente que se nos escapa de las manos cuando no somos capaces de detenernos. Por eso queremos aprovechar el verano para poner las cosas en su sitio. Las prisas y la falta de tiempo suelen traer desorden. Y cuando reina el desorden nos falta paz. Por eso es bueno preguntarnos cómo está el reparto de nuestro tiempo. A veces es la familia la que pierde y se favorece el trabajo. Comparaba el presidente de la coca-cola la vida con un malabarista que llevaba cinco pelotas: «Pronto te darás cuenta que el Trabajo es como una pelota de goma. Si la dejas caer, rebotará y regresará. Pero las otras cuatro pelotas: familia, salud, amigos y espíritu, son frágiles, como de cristal. Si dejas caer una de éstas, irrevocablemente saldrá astillada, marcada, mellada, dañada e incluso rota. Nunca volverá a ser lo mismo. Debes entender esto: apreciar y esforzarte por conseguir y cuidar lo más valioso». ¿Cómo ha sido el reparto a lo largo de este curso? ¿Cuál es la pelota que siempre se nos cae al suelo por nuestras prisas y falta de tiempo? ¿Hemos cuidado de verdad lo más valioso? Hoy queremos detenernos junto al Señor y preguntarnos cómo están dispuestas nuestras prioridades. La vida vuela y las vacaciones también se escapan sin que nos demos cuenta. Y las prioridades se mantienen al volver a la rutina del curso, porque no nos dejamos tiempo para la reflexión. Si resulta que el trabajo es nuestra primera prioridad, todo lo demás pasará a un segundo plano. ¿Qué lugar ocupa la familia? ¿Dónde hemos colocado a Dios? Cuando no tenemos absolutamente nada mejor que hacer, cuando el tiempo que tenemos ya está perdido de antemano, a lo mejor se lo damos a Dios. Le dejamos las migajas de nuestra vida. Pero también los más cercanos salen perjudicados en el reparto. Es como si a ellos no les debiéramos nada y al resto del mundo sí les debiéramos nuestra atención inmediata, nuestra sonrisa y mejor cara. Hoy queremos volver a colocar lo importante en su lugar. En otro orden de cosas, cuando no nos resultan los planes como queremos, o no obtenemos los resultados esperados, nos rebelamos, nos sentimos inseguros y surge el miedo ante al futuro. Si no alcanzamos la medalla de oro, si no rozamos ni tan siquiera el bronce, el corazón sufre. Cuando nuestras expectativas no se cumplen, llega el desánimo y el desaliento. Es la misma reacción del pueblo de Israel cuando comienza a pasar hambre y la liberación soñada se hace difícil: «Toda la comunidad de los israelitas empezó a murmurar contra Moisés y Aarón en el desierto. Los israelitas les decían: -¡Ojalá hubiéramos muerto a manos de Yahveh en la tierra de Egipto cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta hartarnos! Vosotros nos habéis traído a este desierto para matar de hambre a toda la asamblea». La rebeldía surge contra Dios y contra aquellos jefes que han malinterpretado el querer de Dios. Han dejado la vida cómoda de la esclavitud, para aventurarse en la inquietud del desierto con un futuro incierto. Antes podían comer hasta saciarse, mientras eran esclavos. Ahora, una vez libres en el desierto, padecen hambre. Nos gusta más ser esclavos saciados que hombres libres insatisfechos. Porque identificamos torpemente la felicidad con la satisfacción de todos los deseos. Vivimos esclavizados por nuestros impulsos y queremos la paz de esa esclavitud que no nos deja avanzar. Por eso nos rebelamos tantas veces cuando vuelve a surgir el hambre en el alma. El otro día leía cuál debería ser nuestra actitud en la vida: «Ser humilde ayuda a valorar lo que tienes, conservar lo que ganas, relativizar los fracasos y reponerse pronto de ellos»[1]. Cuando tenemos esta mirada positiva podemos llegar a soportar el hambre y la sed, podemos entender que el fracaso es parte del camino y aceptar que no todo saldrá siempre como teníamos pensado. El P. Kentenich comentaba ese miedo que a veces nos paraliza: «Hoy en día solemos pensar con preocupación lo siguiente: -Ante tantos peligros como nos acechan hoy, ¿qué será de nuestros hijos y de nosotros mismos? María habita y obra aquí. Ella quiere sellar una alianza de amor con todos los que se acerquen, y asumir la responsabilidad por su salvación eterna»[2]. Queremos aprender a confiar a María, dejar así la vida en sus manos y seguir nuestro camino por el desierto. Ella nos da la seguridad que nos falta y nos hace confiar en la escasez; su promesa está viva. Sabemos que Dios siempre escucha el gemido del hombre cuando vive la necesidad. Así le dice Dios a Moisés: «Mira yo haré llover sobre vosotros pan del cielo; el pueblo saldrá a recoger cada día la porción diaria; así le pondré a prueba para ver si andan o no según mi ley. He oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: - Al atardecer comeréis carne y por la mañana os hartaréis de pan; y así sabréis que yo soy Yahveh vuestro Dios». Dios les promete un alimento diario incluso cuando conoce la rebeldía del corazón. No nos juzga por ello, tiene misericordia. Sin embargo, a veces nos parece que tarda demasiado en dar respuesta a nuestras súplicas o tal vez nos parece que su respuesta no se corresponde con lo que pedimos. No comprendemos su actuar. Igual que los israelitas que no conocían ese alimento y desconfiaban. Cuando no comprendemos los caminos de Dios respondemos como el pueblo en el desierto: «Cuando los israelitas la vieron, se decían unos a otros: - ¿Qué es esto? Pues no sabían lo que era». Nos cuesta entender sus palabras y sus gestos. Pero su respuesta sacia el hambre de una forma diferente a la esperada: «Moisés les dijo: - Éste es el pan que Yahveh os da por alimento». Aunque nos cuesta entender que su camino es el que nos dará la plenitud, el que ha soñado para nosotros, tenemos que aprender a confiar. Ignacio, el marido de Bárbara, una madre española que murió hace poco de cáncer, después de no haber consentido interrumpir el embarazo de su hija para comenzar el tratamiento de su tumor, decía: «He sentido una fuerza de fe que no había sentido nunca. Me siento invencible. Dios me tiene agarrado y no me quiere soltar. Hoy nos queda lo más difícil: buscarle sentido a todo esto que nos ha pasado». Muchas veces no entenderemos que su pan diario es el que nos sostendrá al caminar. Aunque cada etapa sea dura y la oscuridad parezca quitarnos la esperanza. Pero en ese momento tendremos que mirar ese maná caído del cielo que casi no reconocemos y asumir que en él está nuestra esperanza. Es el misterio de esta vida en las manos de Dios. Así nos conduce Dios. Por otro lado, Dios no garantiza el pan para el mes, para toda su vida, sino sólo el pan de cada día: «Aquella misma tarde vinieron las codornices y cubrieron el campamento. Y al evaporarse la capa de rocío apareció sobre el suelo del desierto una cosa menuda, como granos, parecida a la escarcha de la tierra» Exodo 16, 2-4. 12-15. El pan de las codornices es el alimento diario. Es un alimento nuevo, desconocido, que el pueblo agradece más tarde. Así lo exclamamos hoy en el salmo: «Él les dio pan del cielo. Lo que oímos y aprendimos, lo que nuestros padres nos contaron, lo contaremos a la futura generación: Las alabanzas del Señor, su poder, las maravillas que realizó. Dio orden a las altas nubes, abrió las compuertas del cielo: Hizo llover sobre ellos maná, les dio pan del cielo. El hombre comió pan de ángeles, el Señor les mandó provisiones hasta la hartura. Los hizo entrar por las santas fronteras hasta el monte que su diestra había adquirido» Sal 77. 24. 25. Sin embargo, a nosotros nos gusta retener y asegurarnos el futuro. Nos molesta contar sólo con el alimento diario. Pero lo que está claro es que Dios se manifiesta como Dios poderoso en nuestra necesidad. A Él le importa nuestra hambre. Le importa nuestro pan diario. Pero no nos garantiza un futuro sin preocupaciones, sólo nos socorre en el presente. En este caso, como en muchos otros, Dios responde a la oración de Moisés, que intercede por su pueblo. Así lo expresa un matrimonio que veía cómo Dios escuchaba la oración de sus amigos para salvar a su hijo de la muerte: «Pensé en los momentos en que Dios respondió las plegarais, no de los enfermos o moribundos, sino de los amigos de los enfermos o moribundos. Como el caso del paralítico, por ejemplo. En ese momento necesitaba servirme de la fe y de la fortaleza de los otros creyentes»[3]. Dios escucha la oración de los que ruegan por nosotros y nuestra necesidad. Somos Iglesia. Por eso es tan importante que recemos por los enfermos, por los necesitados, por los que nadie reza. Moisés intercede por los suyos. Y Dios escucha sus oraciones y actúa. A veces desconfiamos del poder de la oración. Y es verdad que Dios no le da al hombre todo lo que le pide. Igual que Jesús no hizo todos los milagros que el pueblo le suplicaba. Pero no podemos cansarnos de pedir por la necesidad de cada día, por el pan diario. Al mismo tiempo, no podemos dejar de poner nuestra vida en las manos de Dios. Una persona rezaba así: «Queremos ponernos en tus manos para que nos utilices y nos enseñes lo que debemos hacer en cada momento, que nos lleves de la mano y guíes nuestros pasos por el camino de la verdad. Te pedimos que nos des Paz y Alegría, Serenidad y Amor, Sabiduría para no equivocarnos, y que aprendamos a perdonar y a ser humildes con corazón, como nos has dicho tantas veces». Junto a esa oración de petición por los que sufren, por los enfermos, por los hambrientos, Dios busca nuestra oración de entrega y ofrecimiento. Quiere nuestro amor sincero y desinteresado. No sólo quiere que pidamos cuando llegue el hambre, quiere que nuestra oración sea un ponernos en sus manos con un corazón dócil y fiel. Dios nos cuida y lo único que nos pide a cambio es que seamos coherentes con lo que creemos y actuemos siempre de forma consecuente. Así nos lo recuerda S. Pablo: «Os digo, pues, esto y os conjuro en el Señor, que no viváis ya como viven los gentiles, según la vaciedad de su mente. Pero no es éste el Cristo que vosotros habéis aprendido, si es que habéis oído hablar de él y en él habéis sido enseñados conforme la verdad de Jesús a despojarnos, en cuanto a nuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu de vuestra mente, y revestíos del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad» Efesios. 4, 17. 20-24. Nuestras acciones son importantes. Estamos llamados a dejar de lado al hombre viejo para vivir como verdaderos hombres nuevos. A veces simplemente reaccionamos ante las acciones de los demás. Si nos tratan mal respondemos con la misma moneda. Si nos hacen un favor, correspondemos. Pero nos cuesta tratar con cariño al que nos muestra su desprecio o su indiferencia. Al reaccionar en una ocasión un hombre así, con indiferencia ante el aparente desprecio de un vecino, su mujer le preguntó: « ¿Acaso no esperas encontrártelo en el cielo?». Me pareció muy importante esta pregunta. Cuando miramos así a los demás y no nos dejamos determinar por sus actitudes, somos más libres para hacer el bien, porque queremos encontrarlos en el cielo. Por eso importan tanto nuestras acciones. El otro día, por el contrario, leía una reflexión del protagonista de una novela que resaltaba la importancia de las intenciones y no de los actos: «Uno sólo es responsable de lo que decide, de lo que planea, de lo que quiere hacer. Uno es responsable sólo de sus intenciones. Las acciones son sorpresas arbitrarias»[4]. Muchas personas piensan hoy. No se hacen responsables de sus actos y creen sólo en la inocencia de sus intenciones. No obstante, leía hace poco: «Más vale una pequeña acción que una gran intención»[5]. No basta con tener buenas intenciones, porque pueden quedarse sólo en eso. Tienen que ser nuestros actos los que nos construyan. Nuestras acciones reflejan nuestro interior, construyen o destruyen, pacifican o violentan, elevan o humillan. El corazón del hombre, en lo más profundo, anhela la eternidad, la plenitud, la felicidad completa, vive insatisfecho. El deseo de Dios está inscrito en el corazón. Todos hemos sido creados para el cielo. Aunque muchas veces nuestros actos nos alejan de Dios y nuestro amor se enfría. Entonces las razones que nos mueven para seguir a Jesús no son tan puras: «Cuando vio la gente que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús. Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron: - Rabí, ¿Cuándo has llegado aquí? Jesús les respondió: - En verdad, en verdad os digo: Vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello». Lo seguimos entonces por necesidad, porque sólo Él puede, aparentemente, enderezar nuestra vida y saciarnos con un alimento perecedero. Lo buscamos porque sentimos que sin Él no podemos caminar. Lo seguimos porque nos da miedo seguir caminos que Él no aprueba. Nuestras intenciones se tornan poco puras. No lo seguimos por amor, por ese anhelo del corazón que sueña con vivir a su lado. Dios nos pide que lo sigamos así, enamorados, convencidos de que sólo Él dará respuesta al anhelo más profundo del alma. Esa actitud refleja la autenticidad del cristiano, a la que apelaba Benedicto XVI ya antes de ser Papa: «Lo que necesitamos son hombres cautivados por el cristianismo en lo más íntimo de su interior y que lo vivan como una gran dicha y con esperanza, convirtiéndose en personas que viven llenas de amor, a las que nosotros, después, llamamos santos»[6]. Son los santos del tiempo de hoy. Santos enamorados que sepan buscar a Dios por amor y dejarse llenar de su fuego imperecedero. Así queremos vivir nosotros, cautivados, enamorados y llenos del amor de Dios. Y es que en lo profundo de nuestro corazón existe el anhelo de actuar con fidelidad a Dios. «Ellos le dijeron: ¿Qué hemos de hacer para obrar la obras de Dios? Jesús les respondió: - La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado. Ellos entonces le dijeron: - ¿Qué señales haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obras realizas? Nuestros padres comieron maná en el desierto, según esta escrito: Pan del cielo les dio de comer». Es un anhelo de llevar una vida plena y santa. Sin embargo, muchas veces lo complicamos todo con exigencias difíciles y se torna muy escarpado el camino, casi imposible. Comenta Santa Teresa de Lisieux: «A veces, cuando leo ciertos tratados espirituales en los que la perfección se presenta rodeada de mil estorbos y mil trabas y circundada de una multitud de ilusiones, mi pobres espíritu se fatiga muy pronto, cierro el docto libro que me quiebra la cabeza y me diseca el corazón y tomo en mis manos la Sagrada Escritura. Entonces todo me parece luminoso, una sola palabra abre a mi alma horizontes infinitos, la perfección me parece fácil». El camino del seguimiento, la vocación a la que somos llamados, es un camino sencillo. Una forma nueva de vivir la vida desde la pureza de un corazón entregado. Así lo explica Jackes Philippe: «Obtendremos la gracia de ser fieles en las cosas importantes a fuerza de ser fieles en las cosas pequeñas a nuestro alcance, sobre todo cuando esas cosas pequeñas son las que nos pide el Espíritu Santo llamando a nuestro corazón por medio de sus inspiraciones»[7]. El Espíritu Santo va guiando nuestros pasos en lo pequeño, en el andar diario, en el pan que se entrega cada día. Allí nos sugiere que seamos fieles y nuestra fidelidad se torna fuente de gracias nuevas para la vida. Dios nos habla en lo pequeño. La invitación que hoy nos hace el Señor es a ser fieles y a alimentarnos siempre, cada día, de su pan. Su alimento es para la vida eterna: «Jesús les respondió: - En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el pan que baja del cielo y da la vida al mundo. Entonces le dijeron: -Señor, danos siempre de ese pan. Les dijo Jesús: - Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed» San Juan. 6, 24-35. Benedicto XVI nos recuerda esa gran verdad de nuestra vocación a la eternidad. Porque no queremos tener nunca sed de nuevo: «El cristianismo no promete tan sólo la salvación del alma, en un más allá cualquiera donde todos los valores y las cosas preciosas de este mundo desaparecerán como si se tratara de una escena que se hubiera construido en otro tiempo y que desaparece desde aquel momento. El cristianismo promete la eternidad de todo lo que se ha realizado en la tierra». El alimento diario que se nos regala para el camino es el pan consagrado, es la eucaristía que da sentido a nuestros pasos diarios. Comenta Benedicto XVI: «El Sacramento de la Caridad de Cristo debe permear toda la vida cotidiana». Es el pan partido que nos alimenta y nos permite volver a levantarnos cada vez que caemos. Así lo leía el otro día: «Siempre nos hallamos ante un nuevo comienzo y eso mismo conlleva las esperanzas de todo comienzo»[8]. La eucaristía es el momento de la acción de gracias y es el trampolín para volver a levantarnos después de las caídas. El gran regalo en esta vida es aprender a vivir con sencillez, sin miedos, sin darle importancia a lo que no lo tiene y valorando los regalos de cada día. Porque Dios nos hace regalos diarios, como su pan partido, como su entrega en gestos de amor. Queremos aprender a vivir amando, sin poner excusas. Decía el hermano Rafael Arnáiz: «El camino de la santidad cada vez lo veo más sencillo. Más bien me parece que consiste en ir quitando cosas, que en ponerlas. Más bien se va reduciendo a sencillez que complicando con cosas nuevas». Tal vez consiste entonces en ir quitando cosas que nos sobran y nos duelen. Recuerdos que nos atan y nos paralizan. Rencores que no nos dejan amar. Miedos que nos impiden avanzar. Angustias que hacen que la vida deje de ser valiosa. El otro día volví a rezar una oración del P. Joaquín Allende que refleja esta actitud ante la vida: «Sí, acepto Madre, sí, tomar tu mano, sí, subir el monte, besar la cruz. ¡Morir con Cristo! Sí, aunque es de noche. Sí, te estoy mirando. Sí, acepto Madre, morir por ellos, sembrar el mundo, si voy contigo. Sí, acepto Madre, sí, tomar tu mano, sí, subir el monte, besar la cruz. ¡Morir con Cristo!». Nuestra vida quiere reflejar esta actitud positiva y dispuesta para acoger la voluntad de Dios y dar la vida por los que nos confía. En la película «el elefante blanco», repetía el protagonista el lema de un sacerdote, que había dado su vida por amor a los que Dios había puesto en su camino: «Sueño con morir por ellos, hazme vivir para ellos y combatir la violencia con amor». Estamos llamados a dar la vida con amor, con nuestros gestos y palabras. De forma sencilla. Sin grandes pretensiones. ¿Qué nos sobra para vivir nuestro camino de santidad con sencillez? [1] Bernabé Tierno, “El triunfador humilde”, 178 [2] J. Kentenich, “Retiro familias 1950”, 22 [3] Todd Burpo, “El cielo es real”, 81 [4] Sándor Márai, “La herencia de Eszter”, 128 [5] Bernabé Tierno, “El triunfador humilde”, 176 [6] Joseph Ratzinger, “La sal de la tierra”, 293 [7] Jackes Philippe, “En la escuela del Espíritu Santo”, 21 [8] Joseph Ratzinger, “La sal de la tierra”, 292
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