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Cecilia Sturla
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29/03/2010 |
Por iniciativa del Poder Ejecutivo, en el año 2006, a 30 años del derrocamiento de María Estela Martínez de Perón, el Congreso sanciona una ley por la cual se declara feriado nacional inamovible el 24 de marzo.
Es un día oportuno para recordar y para profundizar en nuestro ser de argentinos: en nuestra historia que es dolorosa y muchas veces incomprensible, pero nuestra. Una plagada de luchas sangrientas e intestinas, que a menudo han hecho tambalear a todos los poderes.
Es un día oportuno para reconciliarnos. El dolor por las muertes y por la violencia sin sentido trasciende las políticas y los gobiernos. Si queremos salir adelante, es preciso que nos reconciliemos entre nosotros mismos, con la historia, con el pasado, para poder encarar un futuro un poco más nítido, un poco más profundo y más humano.
Es un día oportuno para reunir a las partes y volver a empezar. Si nos enfrascamos en la denuncia y en tergiversar los hechos, terminamos con la objetividad del hecho mismo. La historia no es otra cosa que el estudio del pasado. Y las interpretaciones pueden ser subjetivas, pero los hechos son plenamente objetivos: transcurrieron de una sola manera. No debemos confundir el hecho con la interpretación. Con lo cual, y debido a esta misma dificultad, el análisis histórico debe servir para aprender a escucharnos, confrontar las partes y comprender la perspectiva del otro. Es la única manera de entendernos. Sin este diálogo, que nace de la confrontación de ideas, no encontraremos la ansiada reconciliación.
Todos sabemos por propia experiencia que pocas cosas son más difíciles que el diálogo. Porque allí mezclamos formación, preconceptos, puntos de vista muchas veces irreconciliables. Para poder entender al otro necesitamos de una empatía sincera y veraz, poniéndonos en la situación del interlocutor, tanto desde el punto de vista ideológico como psicológico y anímico. De otra manera el diálogo se convierte en un griterío en el que el objetivo es callar al otro por la fuerza, y no precisamente la de los argumentos. Ese no es el diálogo que debemos buscar; porque ése nos lleva al mismo lugar en el que estamos ahora: nos lamemos las propias heridas, pero no miramos las heridas del otro. Triste final el del individualismo.
En lugar de buscar la venganza, Nelson Mandela les dice a sus seguidores: "Tomen sus armas, sus cuchillos y sus [machetes] y láncenlos al mar". Porque: "El perdón libera el alma. Elimina los miedos. Por ello es un arma tan poderosa". Ninguno de los que lo votaron imaginaron que Mandela iba a olvidar los 27 años de prisión y que no buscaría revancha. Una revancha que a los ojos de los comunes mortales era más que justificada. Sin embargo, su primera medida fue conformar un gabinete tanto con sus seguidores como con las mismas personas que contribuyeron en su encarcelación. Les dice a sus incondicionales: "Si quieres hacer las paces con tu enemigo, tienes que trabajar con tu enemigo. Entonces él se vuelve tu compañero".
No cualquiera sabe perdonar, porque el perdón es propio de las almas más nobles; es necesario dejar las convicciones, las ideologías, los intereses y las opiniones personales de lado. Hay que pensar en grande, a largo plazo, proyectarnos en un país que puedan habitar nuestros hijos y nietos, y no en el corto plazo, donde los intereses personales hacen que el interés quede en la detracción del otro y no en el bien común.
Ojalá que esta fecha se convierta, con el correr de los años, en una fiesta en la que nos acordemos del horror, pero también de la reconciliación. Que no sea un hito para seguir zanjando posturas vetustas que ya no existen siquiera en la realidad de los ciudadanos, sino una para recordar: el Día de la Memoria. Para que tengamos presente todos los hechos de la historia, del perdón; para que aprendamos a olvidar esas ofensas que laceran nuestra alma y avalemos la reconciliación nacional; para que juntos, cualquiera sea la ideología, forjemos un país más justo. Porque una patria no se forma con los intereses de unos pocos demagogos, sino con el sentir del pueblo. Y el pueblo quiere y debe perdonar.
Ojalá podamos suscitar, a través de la educación, personalidades capaces de orientar sus vidas hacia los valores más profundos y a los ideales más altos, dejando de lado las ofensas y sabiendo perdonar en serio. Porque es hora de empezar a festejar el Bicentenario mirándonos cara a cara, vislumbrando esa patria que está potencialmente, pero que tanto nos cuesta concretar. Parafraseando a Mandela: "Si quieres hacer las paces con tu enemigo, tienes que trabajar con tu enemigo. Entonces él se vuelve tu compañero". No hay paz que se construya con la guerra ni con el odio. Los argentinos no vamos a tener paz hasta que no nos reconciliemos entre nosotros... Hacia allí debemos dirigir nuestra meta.
Prof. Cecilia Sturla Buenos Aires, Argentina |
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Pablo Crevillén
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21/03/2010 |
Tengo la sensación de que los historiadores del futuro no serán muy caritativos con el siglo XX. La mayoría de los problemas que se plantean en el siglo XIX quedan igual después de dos guerras mundiales, el nazismo, el comunismo y la revolución del 68. Muchas víctimas para que la justicia social y el capitalismo, la intervención de las masas en la democracia y el papel de las mujeres en la sociedad, entre otras cuestiones, sigan abiertas. Y la figura del padre es una de las más discutidas, desde que uno de los acertadamente llamados "filósofos de la sospecha", Sigmund Freud, elaborara el famoso complejo de Edipo; después, con el cuestionamiento de la autoridad, casi la peor crítica que se puede hacer a una organización es que es "paternalista".
En las familias cada vez está más ausente la figura paterna, unas veces porque trabaja demasiado y otras porque simplemente no está. En los medios de comunicación se habla con satisfacción de los nuevos y diferentes "modelos" de familia. Pero el hecho de que existan distintos tipos de convivencia en la realidad social no quiere decir que todos sean "modelo". Según el Diccionario de la Real Academia modelo es "en las obras de ingenio y en las acciones morales, ejemplar que por su perfección se debe seguir e imitar". Y no todas son dignas de imitación. Pueden preguntárselo a los jueces de familia o psicólogos y, en especial, a los hijos de muchas de esas familias. Además, los que celebran la existencia de tan diferentes tipos de familia no suelen mirar con igual admiración a las familias llamadas tradicionales.
Hace unos años un escritor español escribió un artículo sobre la moda de hablar de la familia tradicional. Es como si uno, decía, va a un restaurante y pide un guiso de conejo, y el camarero le responde: «Perdone el señor, ¿se refiere a un conejo tradicional? Porque también podemos ofrecerle un conejo bípedo». Al ser interrogado sobre qué es eso, el camarero contesta: «Es un conejo que además de caminar sobre dos patas, tiene plumas en lugar de pelo y corona su cabeza una graciosa cresta». «Pero usted me está describiendo a un pollo -objeta el cliente-. Y yo lo que deseo comer es conejo». A lo que el camarero indignado responde que el cliente es un fundamentalista que sólo reconoce la existencia de un tipo de conejo.
Pero al fin y al cabo, la reproducción es un hecho biológico y no puede evitarse que alguien tome determinadas decisiones. El problema es que se ha ido más allá; también en algunas legislaciones se reconoce un derecho a desarrollar la maternidad y la paternidad sin ninguna consideración a los intereses del hijo. Así, las técnicas de reproducción asistida surgieron con el fin de solucionar el problema de infertilidad de las parejas heterosexuales casadas o, al menos, estables. Este límite se mantiene en la mayoría de los países. Sin embargo, en España pueden acceder a las mismas, mujeres sin pareja, parejas lesbianas (como ya conté en un artículo anterior) o mujeres viudas que quieren ser madres con el semen congelado del marido. Todo ello ha dado lugar a los llamados "huérfanos biológicos", pues en los dos primeros casos el donante de semen es anónimo (lo es en beneficio de las propias técnicas, para favorecer la existencia de donantes) y, en el segundo, se privó al hijo de la posibilidad de conocer a su padre (distinto es el caso del hijo póstumo, concebido antes de la muerte del padre y que, desde el Derecho Romano, ha recibido la misma protección que los hermanos nacidos en vida del padre).
En psicología es conocida la pregunta por el origen que plantean los hijos adoptados, la necesidad de saber de dónde viene uno. Pero en la adopción se trata de que niños que carecen de padres puedan gozar de una familia. En el caso de la reproducción asistida, la orfandad biológica sólo se justifica por el interés de la madre y la de la clínica de conseguir que la primera se lleve un hijo a casa cuándo y cómo quiera.
Pablo Crevillén Madrid, España |
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Ana Ochagavía
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15/03/2010 |
Parece un eslogan político, de suma actualidad. Pero no lo es. Por el contrario, el principio moral que nos exige hacer las cosas bien es lo que los antiguos llamaron "virtud" y que muchos modernos tratan de traducir por responsabilidad. Me quedo con la palabra antigua, porque además de serlo, es lo más moderno que hay. Digamos que virtud es la palabra "clásica" que no puede morir, porque su significado trasciende el tiempo, aunque su sonido nos lleve a Aristóteles, Séneca, Agustín y Tomás de Aquino.
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Pablo Crevillén
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03/03/2010 |
Este mes me había retrasado con la entrega de mi artículo. Aunque en Europa estamos con frío y temporales de nieve y viento, allí en Chile es verano y Ana, que se encarga normalmente de que no se me olviden mis deberes, seguramente ha estado de vacaciones.
Cuando este fin de semana iba a ponerme al día, empezamos a recibir las primeras noticias e imágenes del terrible terremoto que tan grandes daños ha producido en Chile. Así que aparqué el artículo que pensaba escribir y he estado unos días dándole vueltas a la cabeza. Nunca he vivido un terremoto. En España sólo se producen, de tarde en tarde, algunos de pequeña intensidad en el sur. Sólo se recuerda un terremoto devastador en 1755 que asoló la vecina Lisboa. Así que no puedo imaginar qué se siente cuando todo se mueve, cuando todo lo que parece firme y seguro deja de sostenernos. Y cuando termina, las réplicas y el tsunami. Después tiene que ser muy duro ver cómo centenares de personas quedaron entre los escombros; las casas, calles e infraestructuras destruidas.
Como siempre que los seres humanos se enfrentan a una situación límite toda una gama de reacciones salen a la luz. Desde la mezquindad de los que aprovechan la situación de caos para saquear, hasta la abnegación de los equipos de rescate o la generosidad de todos los que ayudan material o espiritualmente; desde la estupidez de los que explican los últimos terremotos y desastres meteorológicos porque la Madre Tierra está enojada con los abusos de la humanidad (decía Chesterton que cuando el hombre deja de creer en Dios, acaba creyendo en cualquier cosa), hasta los que en Haití siguen rezando en medio de la total destrucción. No me queda duda de que en Chile en medio del dolor y el sufrimiento, muchos volverán la vista a Dios y los schoenstattianos acudirán al Santuario para pedir a la Virgen por los que no tienen vino y a prestar su ayuda material a los que lo necesiten.
Como decía el Padre Kentenich, el hombre está lleno de miedos de todo tipo. Pese a sus esfuerzos no está en su mano encontrar seguridades en las realidades terrenas. Sólo en la medida en que se sienta especialmente amado por Dios podrá sentirse cobijado aunque todo a su alrededor se derrumbe. Y esto no es literatura. Como sabemos, el Padre Kentenich vivió desde su infancia acontecimientos difíciles, que incluyen un campo de concentración, exilio, calumnia...
Antes del terremoto pensaba dedicar mi artículo a Chile. Me había producido admiración cómo se habían desarrollado los acontecimientos tras las elecciones presidenciales. Sin prejuzgar lo positivo o negativo del resultado, lo que para un extranjero que no conoce en detalle el país sería temerario, me había parecido modélica la forma en que habían comparecido juntos el candidato vencedor y el derrotado, alabándose mutuamente, así como la felicitación al primero por la Presidente Bachelet. Todo ello parecía ir más allá de la mera cortesía que se estila tras un proceso electoral en todas las democracias del mundo. Confío en que esos gestos fueran expresión de una unidad de fondo que va a ser imprescindible para acometer la reconstrucción del país.
Aquí en España se suceden las noticias que recibimos de la Familia de Chile. Las Hermanas de María han abierto una cuenta para recibir donaciones destinadas a las ayudas que sean necesarias allí. También Ricardo Martino y Teresa Nales (del segundo curso del Instituto de Familias) nos han enviado una oración de Mario Hiriart que no me resisto a compartir.
Hoy es el "día de guardia". Porque Chile está primero, estoy con su tierra y su gente. Humanamente, una desgracia aplastante pero me queda la más heroica confianza puesta en ti, Madrecita y en tu Hijo. Tú no te contentas con palabras, pides actos. Si no puedo ser como el roble, que permanece enhiesto ante los embates, y si un ataque más furioso da por tierra con él, más segura es la caña, flexible y resistente. El anhelo es que no sólo construyamos materialmente una casa, sino que forjemos un hogar espiritual. ¡Reinecita, ruego por tu Chile! ahora que tiembla bajo estas embestidas. Úsame como tu instrumento y hazme dócil, para llevar a otros el amor magnánimo con serenidad, en paz interior y exterior, a imagen tuya, siendo una luz, un fuego que muestra el camino como un cáliz de fe, esperanza y amor. "Ven y construye..." en tu Chile, la gracia de vivir en la santa esperanza. Virgen del Carmen: "Tú, honra nuestra nación". |
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Mario Requena Pinto
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25/02/2010 |
Conversando con una siquiatra en una reunión informal, le hice una pregunta sobre cuán irreversible es el trabajo que uno puede hacer sobre el control del carácter, y sobre si es posible superar definitivamente las taras que uno tiene relacionadas con la forma de ser y la manera de interactuar con los demás. Su repuesta fue inquietante: Es posible controlar las fallas que uno tiene, y para ello se necesita un trabajo continuo y permanente, sin embargo es casi imposible superarlas definitivamente, cuestión que se corrobora cuando uno observa cuán fácil es tropezar de nuevo con la misma piedra, y peor aún, en la medida que el ser humano envejece y afloja su esfuerzo de autoformación, la comprensión, la apertura a los demás, la sabiduría y la paciencia ejercida en los años de madurez tienden a convertirse en particularidades exactamente opuestas.
En otras palabras, siguiendo la opinión de esta siquiatra y haciendo una analogía con la parábola del sembrador, pareciera que lo que sembramos en nuestros mejores momentos de crecimiento personal y espiritual, irremediablemente caerá sobre las espinas y piedras que abundan en nuestra alma o sobre el borde del camino que representa las infinitas distracciones y tentaciones que tenemos en este estilo de vida postmoderno.
Recordemos que en la parábola del sembrador Cristo nos enseña que su palabra se dirige indistintamente a todos y que El siembra en todos los terrenos y direcciones. Así, no diferencia entre rico y pobre, erudito y tonto, haragán y aplicado, valiente y temeroso. Y, a pesar de que conoce el porvenir, pone de su parte y de manera permanente, todo lo necesario para que nadie deje de escuchar su palabra. Además, el Señor dice esta parábola para alentar a sus discípulos y educarlos a fin de que no se dejen abatir aunque los que acojan la palabra sean mucho menos numerosos que los que no le hacen el menor caso.
Continuando con la analogía, la siquiatra de marras me estaría entonces diciendo que no sirve esparcir semilla sobre las espinas y piedras de mi alma, o al borde del camino que es ese mundo postmoderno que me atrae hacia él como un agujero negro; sin embargo, dicha afirmación "siquiátrica" no hace alusión a la semilla que cae en buena tierra y que da fruto al treinta, al sesenta y al ciento por uno, permitiendo de esa manera compensar de manera más que suficiente a toda aquella semilla perdida que cayó en terreno inadecuado y, por lo tanto, no dio fruto. Más aún, nosotros los cristianos creemos que el fruto de la semilla que cayó en tierra buena puede llegar a convertir la piedra en terreno fértil o hacer que el camino no sea pisado por los viandantes. O que las espinas sean arrancadas para dar lugar a la libre fructificación del grano. En Schöenstatt a eso lo llamamos la Ley de la Puerta Abierta y la Resultante Creadora, y creemos firmemente que la pedagogía mariana nos lleva a superar definitivamente nuestras peores taras, o al menos a que nuestras cosas buenas se sobrepongan y minimicen nuestros defectos.
Si esto no fuera posible, el Sembrador no habría esparcido en nuestras almas su grano tal como lo hizo. Lo que nos lleva a una pregunta de por sí inquietante: ¿Si la ciencia siquiátrica no cree en Dios, qué esperanza de felicidad le da a sus pacientes?
Mario Requena Bolivia |
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Jesús Gines Ortega
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08/02/2010 |
Una vez más, la expresión brillante en contenido y forma le pertenece al Papa. Efectivamente el Pontífice hizo reflexionar a la gente con expresiones como "la dictadura del relativismo" o la "caridad en la verdad". Ahora se trata de una reflexión sobre África, como el continente de una segura esperanza para la humanidad. "África es -les dijo a los obispos africanos del segundo sínodo celebrado recientemente en Roma- el pulmón espiritual de la humanidad".
Más allá de los lugares comunes a que nos tienen acostumbrados los economistas, politólogos y comentaristas socioculturales, quienes mantienen al África entera como el ultimo vagón del tren global, como el último grupo de países en el subdesarrollo, como el lugar donde la guerra, el sida, la corrupción y el desencanto proliferan, el Papa, desde su perspectiva de fe nos dice que es "el pulmón espiritual de la humanidad". Así de simple, de una plumada, sin esperar a cambio ningún comentario de aquellos que siguen concibiendo el mundo como una carrera hacia el "progresismo espiritualmente castrado" y, por lo mismo, insuficiente y confuso.
¿Qué es el pulmón metafórico al que hace alusión el Papa? Sin duda, se asienta la figura en el organismo humano que permite al hombre vivir a fondo la vida, respirar, aspirar con filtro el ambiente que puede estar contaminado, pero que es procesado para hacer que la sangre circule por todas las arterias y las venas en forma normal y, por tanto, satisfactoria.
El tema del calentamiento global, de la producción de desechos tóxicos, el enrarecimiento constante del aire que respiramos, se ha constituido en casi el único tema que nos golpea cada día desde los medios de comunicación. Nos aseguran que de esta generación ya no pasa la humanidad. Se acortan las horas, o como dicen algunos en otra metáfora, en este caso caótica, en el reloj de la historia estamos en los últimos minutos. Y ahora viene el Papa y, contra todo pronóstico y enfrentando a todos los catastrofistas que miran con espanto la abundancia de vida de seres humanos y la disminución de especies animales o arbóreas, nos dice que hay un continente "pulmón espiritual de la humanidad". Es decir, retoma el tema de la polución, del medioambiente físico y químico y nos viene a hablar del medio ambiente del espíritu. Y nos asegura que es precisamente África, el continente olvidado, dejado de lado, condenado al matadero de la historia, el que contiene las reservas espirituales que la humanidad necesita, aun cuando no es ni siquiera consciente de que las necesita.
¿Por qué África, la despreciada, la pobre, la servidora de mano de obra, la de la piel considerada segundona, la del desarrollo vertiginoso del sida, la de las guerras civiles autodestructivas, la de los piratas del Indico, la de los animistas, los musulmanes y los cristianos más pobres, puede ser tildada de "pulmón"?
Es que el Papa es de los pocos líderes mundiales, cuya visión está puesta en el horizonte del Creador, del Redentor y, por supuesto, del Señor Resucitado. Es, también, porque el Papa viene advirtiendo lo que está sucediendo en estos 53 pueblos donde la fe cristiana se extiende como la pólvora, donde las comunidades son más vivas, generadoras de vida y de esperanza; donde están surgiendo por doquier hombres y mujeres consagrados a la proclamación del evangelio, hasta el punto de que se están convirtiendo en la reserva ministerial cristiana del resto del mundo. El único continente donde la Iglesia católica comienza a ser mayoría, donde las conversiones y bautismos anuales se cuentan por millones, donde los catequistas son cientos de miles, donde los seminarios están repletos de aspirantes al sacerdocio y adonde convergen otros tantos misioneros que llegan desde todos los otros continentes "ricos", porque quieren aprender de la riqueza de los "pobres del evangelio", de los testigos fieles del evangelio, de los grandes hacedores de comunidades vigorosas, cuyo progreso consiste en ser más humanos, más cristianos, más ciudadanos, más solidarios.
África, desde los días misioneros del Papa Juan Pablo II hasta estos últimos de Benedicto XVI, está cosechando hasta el ciento por uno que nos daba el evangelio como perspectiva, si primero buscábamos el reino de Dios y su justicia.
Vale la pena darse una vuelta por las noticias de África, las que no aparecen aún en la gran prensa, pero que están bullendo en miles de cartas de misioneros y que son las que dan cuenta de este verdadero milagro ecológico.
Mientras la humanidad, dirigida todavía por el viejo Partenón europeo, se desangra y ahoga en una visión apocalíptica a ras de tierra, descolgando crucifijos de sus paredes y convirtiendo muchas de sus iglesias en museos, África, desde sus millones de hombres y mujeres creyentes y consecuentes con la fe, católicos, cristianos, musulmanes y animistas , le anuncia al que quiera escuchar que Dios existe, que Dios vive cerca de los humildes, que Dios llama a una verdadera fraternidad universal; que Dios está cerca en la oración, en la celebración, en los rituales y, en muchos casos, en sus dirigentes. Y, desde luego, en sus miles de obispos, sacerdotes, religiosos, catequistas y familias que viven el evangelio con la sencillez de los niños y la fortaleza de los mártires.
Volvamos los ojos a África que algo está pasando. Lo que pasa tiene relación con nuestra Iglesia y, como el Papa nos asegura, con la vida espiritual del mundo. África, el pulmón espiritual de la humanidad.
Jesús Ginés Ortega |
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Juan Emilio Cheyre
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04/02/2010 |
El terremoto de Haití no solamente removió el suelo de Puerto Príncipe, su capital, derrumbando edificios y causando más de 150 mil muertos. También ha removido la conciencia de millones de personas que a través de los medios de comunicación han sido testigos de la tragedia. Cabe preguntarse ¿necesitábamos de tal drama y dolor para tomar conciencia de la situación de Haití? Creo que la respuesta corresponde a cada cual, sin embargo, en estas líneas deseo compartir algunas reflexiones respecto al tema.
Haití muestra una pobreza crónica histórica, falta de gobernabilidad y debilidad institucional, un medio ambiente degradado, una población sin derecho a educación ni salud. Hace décadas se sitúa como uno de los países de mayor subdesarrollo, como un "estado fallido". A mi juicio, la gran diferencia con otras situaciones similares en África u otros continentes es que Haití se encuentra aquí, en América Latina, a más o menos 8.000 Km de nuestro Chile y escasas cinco ó seis horas de vuelo de Santiago. Sin embargo, hasta ahora muchos de nosotros, especialmente quienes profesamos la fe en Cristo, no habíamos reparado en la situación de miseria de Haití, ni en el deber de hacer algo al respecto.
Antes de la última catástrofe ya había pistas que nos deberían haber abierto los ojos y llevado a manifestar preocupación y voluntad por ayudar a esa nación. Hace más de cinco años nuestra prensa informó que nuestras Fuerzas Armadas se encontraban desplegadas en Haití en misiones de apoyo y, a la fecha, más de seis mil soldados chilenos han concurrido por períodos de seis meses para dar seguridad, reconstruir la institucionalidad, permitir elecciones y, en general, ayudar a que dicho país logre sentar bases para un mínimo desarrollo. Adicionalmente, varias instituciones chilenas como América Solidaria, AIS (Ayuda a la Iglesia que Sufre), entre otras, mantienen programas de apoyo en los que nuestros profesionales aportan sus esfuerzos por sacar a ese país del subdesarrollo.
En lo personal, me correspondió conocer la situación de Haití desde que Chile se comprometió a dar su apoyo. He recorrido el país varias veces; pasé la Navidad de 2005 allí junto a mi esposa, las tropas chilenas y haitianos; estuve en contacto con miles de soldados que me correspondió enviar a la isla, así como médicos, periodistas, capellanes, asistentes sociales que me reportaron lo que allí habían vivido. Organizamos en la UC, hace algunos meses, un seminario internacional donde el Primer Ministro haitiano nos pidió: "Sigan ayudando, ya que queremos salir de la miseria para alcanzar una pobreza digna". He dado, asimismo, muchas entrevistas en diarios, radio y televisión acerca de Haití.
Lamentablemente, mi conclusión es que nos cuesta conmovernos y comprometernos con situaciones tan complejas y dolorosas, escapando de ellas con diversas justificaciones. Sin duda, he visto ejemplos contrarios: la absoluta entrega a una causa en cuanto se percibe la necesidad de apoyar, pero son minoría. Como no creo adecuado ser juez de nadie, sólo dejo constancia de este hecho buscando que cada uno de nosotros se cuestione en conciencia.
Concluyo con la profunda convicción de que no necesitamos de un terremoto y la exposición del dolor humano para que nos sumemos a causas de este u otro tipo. Si bien es imposible estar en todas partes y aportar a todo tipo de organización, creo que es posible actuar para forjar un mundo mejor y dar, hasta que nos duela, para enfrentar el drama de un mundo donde hay muchas situaciones como las de Haití que esperan el apoyo de quienes nos sentimos seguidores de Cristo.
Juan Emilio Cheyre Director Centro de Estudios Internacionales Pontificia Universidad Católica de Chile |
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Padre Hugo Tagle
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02/02/2010 |
De tan concentrados en nosotros mismos, casi nos estábamos olvidando de la humanidad. Haití se nos vino encima por el caso de la muerte de algunos chilenos pero, así y todo, ya nos parece distante y ajeno.
Bueno es tener presente que el mundo sigue girando y que las necesidades en él son miles. La Iglesia chilena llamó a dar la colecta de estos domingos para las necesidades de ese sufrido pueblo. Las mismas muestras de solidaridad se ven en muchas partes del mundo. No será gran cosa, ya que la situación en Haití requiere de medidas económicas de mayor envergadura, pero al menos una gota de agua dentro de ese desamparo y desolación. Cuando se sufre tanto, el dolor pareciera evaporarse. Vamos perdiendo el sentido de las proporciones. Decir mil es lo mismo que diez o cien mil. La verdad, tanta tragedia no se puede asimilar sin más.
Quizá sea una sabia protección: ante el exceso de dolor, nos anestesiamos. Pareciera que se sufre más con una picadura de insecto que con la muerte de miles de personas. Tanto más entonces nos debemos hacer cargo concientemente de quien sufre. Sólo el hombre es capaz de compadecerse de su prójimo. Pero debe asumir el dolor ajeno concientemente.
Dentro de lo propiamente humano se encuentra la "compasión", el padecer con el otro, el sentirse un igual, colocarse "en sus zapatos". El resto de los mamíferos algo saben de eso, pero en pequeña medida. Su instinto de conservación los traiciona, por lo que el más débil se encuentra inexorablemente condenado a desaparecer. El hombre, en cambio, es capaz de romper esa cadena de insensibilidades e ir tras alguien que, fríamente hablando, no significa nada. Ahí radica nuestra grandeza e infinita diferencia con el resto de los mamíferos: invertimos donde nadie daría un peso. Vamos en ayuda de quien quizá nunca nos podrá devolver la mano.
Haití es una herida abierta en medio del mundo occidental, el grito desesperado de una pobreza sin sentido, abandonada a su propio destino hace tiempo: una prueba a la capacidad de orden y concierto de pueblos desarrollados y cultos. Un gran desafío a su inteligencia y habilidades.
La grandeza de un hombre se prueba en la superación de la adversidad, tanto propia como ajena. Pero cuesta entender tanta tragedia. Haití, el país más pobre de América, ya golpeado por el desorden y la corrupción. Y ahora esto. Surge la pregunta por un Dios que pareciera indiferente ante el dolor humano. Pero igualmente salta la respuesta de que nosotros, el resto de los mortales, estamos ahí para ir en su ayuda.
La fragilidad de la naturaleza nos recuerda vivamente nuestra gran dependencia de ella. Se nos mueve el piso -literalmente- cada cierto tiempo. Si no es aquí, será en otra latitud. El desarrollo técnico no frenará la inestabilidad de un globo esencialmente precario, de un equilibrio de reloj. Las grandes seguridades no las encontramos aquí, sino en un ser superior, en alguien que nos acompaña y conduce desde el misterio. Tenemos solo esta vida para ayudar a otros. Haití nos lo recuerda.
Padre Hugo Tagle Sacerdote Schoenstattiano |
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27/01/2010 |
Allá en los comienzos de la década del ´80, llegó a la TV abierta una novela mexicana con Verónica Castro que se llamaba “El derecho a nacer”. Yo tenía escasos 8 años, pero me acuerdo que siempre me llamó la atención el nombre. Con mi mente de niña, hasta parecía ridículo plantearse el tema del “derecho” y del nacimiento, ya que el nacimiento no pide derechos. Se nace y punto.
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27/01/2010 |
Cuando nos hemos enfrentado a una nueva crisis del mundo financiero en Estados Unidos que ha venido a tener repercusiones mundiales, surgen de inmediato los recuerdos de nuestra propias crisis bancaria de los 80. Sin embargo la mayor preocupación es en definitiva si las soluciones y salvavidas son solo para los Bancos e instituciones financieras y si en definitiva, allá como acá, llega a la gente.
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