¿La santidad basta para renovar la Iglesia?

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Muchos se podrían preguntar bueno, pero si ha existido tanto bien y tanto mal en la Iglesia,¿habrá que consolarse con esa situación como una realidad permanente? En alguna medida sí, porque esta formada por seres humanos que tenemos luces y sombras. Pero de ahí a aceptar las crisis como normal sería un despropósito.

Lunes 24 de septiembre de 2018 | Patricio Young

Hace unos días, me llegó el texto de un sacerdote Juan Ruiz Jorge L.C. , quien señalaba; “La historia de nuestra Iglesia ha estado siempre plagada de crisis. Sus mismos inicios estuvieron manchados con la traición de Judas, la negación de Pedro y tantos otros pecados que llevaron a Cristo a la Cruz. En el siglo X se vivió el así llamado "Siglo oscuro", en el que los Papas estaban al servicio de las familias romanas, que los usaban a su antojo para sus intereses políticos y familiares. El Cisma de Occidente vio a tres papas luchando entre sí por ser el legítimo Vicario de Cristo. El Renacimiento tuvo a papas como Alejandro VI o Julio II, que dejaron mucho que desear de su misión como Sucesores de Pedro. En el siglo XVIII, algunos Papas jugaban a ser emperadores e incluso uno de ellos (Clemente XIV) cayó en los juegos políticos de reyes masones y suprimió la Compañía de Jesús. Y la Iglesia siguió adelante...”

El escrito continúa que, frente a esta situación casi cíclica de nuestra Iglesia, han salido grandes Santos que han dado una respuesta a su tiempo. Por lo tanto, este es el camino para resolver la situación que vive hoy nuestra Iglesia, abogar por la santidad de cada uno en el medio que nos toca vivir.

Esta ha sido también la argumentación que he escuchado de parte de varios sacerdotes de nuestra familia.  ¿Es una respuesta suficiente para nuestro tiempo?

¡Sin duda alguna que es muy importante, pero no es suficiente!

Muchos se podrían preguntar bueno, pero si ha existido tanto bien y tanto mal en la Iglesia, ¿habrá que consolarse con esa situación como una realidad permanente? En alguna medida sí, porque esta formada por seres humanos que tenemos luces y sombras. Pero de ahí a aceptar las crisis como normal sería un despropósito.

Efectivamente han existido grandes Santos para tiempos de crisis, como San Francisco, San Ignacio, Santo Domingo,que han dado un tremendo aporte, pero al final su testimonio no ha sido suficiente para superar de raíz el mal que aqueja a nuestra Iglesia y que, en mi opinión, no ha sido cíclica, ha sido permanente.

Frente a la actual crisis en Chile, el Papa Francisco la definió muy bien como abuso de poder que se manifiesta en el manejo de consciencia, en el abuso de autoridad y sexual. Lo mismo señaló frente a la crisis de Estados Unidos, de Irlanda y en general de gran parte del mundo.

Es la perdida del sentido cristiano de la autoridad y el consiguiente abuso del poder. Que implica en definitiva darle la espalda a Cristo en lo más esencial de su mensaje; el amor al prójimo y el servicio a ese prójimo como el sustento de la autoridad, la misma que se ha concebido a si misma como “Jerarquía”.

¿Este fenómeno es nuevo? claro que no, se ha venido dando por años y siglos, sin ser superado. Ni siquiera todo lo que hoy vivimos es realidad de este tiempo, sino que se ha venido anidando por décadas.Si releemos toda la breve historia contada al inicio por el sacerdote, veremos que allí está el sustrato de todo.Por lo tanto, el problema se ha seguido repitiendo a través de los siglos, con ciclos de expresiones y manifestaciones diversas. Pero la crisis de autoridad ha sido y sigue siendo el sustrato de fondo y no ha sido resuelto. Ya en nuestro tiempo el problema se torna más complejo porque, como bien señala Francisco, se ha constituido en una Cultura que debe ser transformada.

¿No fue una crítica a la autoridad lo que llevó a nuestro padre al exilio? ¿No fue un abuso de autoridad el que le otorgó dicha pena? Lo nuevo es que esta realidad está siendo objetivada por los fieles y el propio Vaticano.

Por lo tanto,es evidente que paraello hay que entrar a “picar” en las estructuras de poder de nuestra Iglesias, porque es allí donde se anida la causa de toda la crisis durante estos siglos.

Para enfrentar esta realidad hay que considerar:

a)     La polaridad necesaria entre laicado y personal consagrado. La corresponsabilidad implica que ambos tengamos un rol importante en el funcionamiento y la vida de la Iglesia, pero solo con funciones distintas. No significa de por sí, que ser consagrado implica una instancia de poder superior sobre el laico.

En la visión de nuestro padre; solo y en la medida que se logre un adecuado equilibrio entre ambas polaridades, se generará una tención positiva y se podrá dar una gran resultante creadora. En definitiva, el desequilibrio de esta tención es el caldo de cultivo para el abuso de poder de unos sobre otros.

b)      La superación del Clericalismo, que implica una maduración de laicos y personal consagrados para vivir una nueva realidad eclesial. Ambos necesitamos aprender a convivir en una nueva forma de relación; una Iglesia familia, que se basa en el respeto mutuo y en el servicio amoroso al otro como real principio de autoridad. En una Iglesia existencialmente sustentada en el amor, las relaciones entre personal consagrado y laicado debe estar basada en la misericordia, no en la lucha de poderes.“Lo repito alto y fuerte: no es la cultura de la confrontación, la cultura del conflicto, la que construye la convivencia en los pueblos y entre los pueblos, sino ésta: la cultura del encuentro, la cultura del diálogo; éste es el único camino para la paz”(Papa Francisco 1 de Septiembre2013) Lo que sirve para la sociedad, también sirve para la Iglesia.

c)      La conformación de una nueva estructura eclesial que tenga al pueblo de Dios como la base y el sentido mismo de la Iglesia y un personal consagrado al servicio del pueblo. Una participación de todos mucho más activa, responsable y decisiva para la Iglesia. En esta dirección, el pueblo (laicos y consagrados) deben tener alguna responsabilidad en la elección de la autoridad.

Abordar el abuso de poder, es una tarea compleja y difícil porque implica cambiar la forma como se da y se ejerce la autoridad en todos los ámbitos,desde el Vaticano hasta nuestras parroquias. El abandono de los espacios de poder no es fácil, pensemos que el lugar que le corresponde a los laicos en la Iglesia, según el Vaticano II, ha sido olvidado por 50 años.

El Papa Francisco en Evagleii Gaudum señala: “Hay estructuras eclesiales que pueden llegar a condicionar un dinamismo evangelizador; igualmente las buenas estructuras sirven cuando hay una vida que las anima, las sostiene y las juzga. Sin vida nueva y auténtico espíritu evangélico, sin «fidelidad de la Iglesia a la propia vocación», cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo. Una impostergable renovación eclesial” (Nº26)

Una vida que las anima, las sostiene y las juzga, con auténtico espíritu evangélico dice el Papa. Estas deben ser las bases que generen la nueva estructura de nuestra Iglesia que de por sí, para ser juzgada, deberá ser permanente evaluada.

En nuestra Iglesia se repite la pregunta que nos planteamos frente a la sociedad, por donde comienzan los cambios; por la persona o por la estructura. La respuesta, las ha dado la propia Iglesia en su pensamiento social; los cambios deben ser simultáneos. Al respecto vale citar un texto del Papa Francisco: “Insisto, digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta…”(9 de julio de 2015, Movimientos Populares).

“Para que fuésemos santos e irreprochables en su presencia” (Ef 1,4). Nos eligió a cada uno de nosotros para ser testigos de su verdad y su justicia en este mundo. Creó el mundo como un hermoso jardín y nos pidió que cuidáramos de él. Pero, con el pecado, el hombre desfiguró aquella belleza natural; destruyó también la unidad y la belleza de nuestra familia humana, dando lugar a estructuras sociales que perpetúan la pobreza, la falta de educación y la corrupción”. (18 de enero de 2015). Si bien en ambos textos se refiere a la sociedad, es siempre muy pertinente para nuestra Iglesia. Porque como dice el refrán popular no podemos “ser el cura Gatica que predica, pero no practica”.

Así entonces, para superar la crisis de nuestra Iglesia, es muy importante que aspiremos a la santidad, pero también que luchemos en contra las estructuras de poder que han llevado a esta permanente crisis de nuestra Iglesia. En estas nuevas estructuras será fundamental contar con una presencia clara y responsable de laicos que constituye el gran Pueblo de Dios y que asegurará el que nuestra Iglesia no desnaturalice su fin, como lo ha señalado el Papa en el caso de nuestra Iglesia Chilena.

Es maravilloso constatar que el Señor ha querido que sea nuestra Generación la que comience este largo proceso, que nos lleve a buscar una solución más permanente al abuso de poder en nuestra Iglesia. Es de esperar que con la fuerza del Espíritu comencemos a vivir una nueva etapa; la Iglesia de las nuevas Playas que soñaba nuestro padre.

Comentarios
Total comentarios: 2
25/09/2018 - 00:29:32  
Muy de acuerdo con la reflexión de Patricio sobretodo con la necesidad de enfrentar la crisis con acciones de sinodalidad.
Existe el peligro de esconderse tras el mal entendido postulado teologico de que la Iglesia es santa formada de pecadores.. A Santa Teresa de Avila le provoco un vomito cuando una religiosa dijo "Total soy asi...somos pecadoras". La verdadera dimension de ello es que siempre estaremos en crisis porque la maleza sofoca el trigo hasta el final e los tiempos..Lo que indica es un llamado de vigilancia a la no pasividad o entreguismo sino luchar para "abonar' el trigo que no sea deborado por la cizaña. La santidad entonces es dinámica en cuanto es capaz de proponer estructuras de Iglesia donde no tenga espacio el cundir de la maleza, instalada en su mismo seno como lo indica Patricio en esta reflexiom. Por ello" Hay mas alegría en el cielo por un pecador que se convierte que muchos que cumplen..". Y es la santidad la que provoca esa alegría/
Bendiciones

John Hitchman
China
24/09/2018 - 20:20:43  
No veo por qué la aspiración a la santidad sea diferente a la lucha por mejorar las estructuras...en la práctica, quien quiera ser un santo de la vida diaria y se deje llevar por el abuso de poder, placer y poseer, no está realmente en camino a la santidad. Pero también es verdad que, en ocasiones, no es que nos dejemos llevar, sino que somos llevados por fuerzas superiores a nosotros, que institucionalmente acomodan nuestra conciencia a normas que se contradicen unas con otras, y terminamos obedeciendo , más que a la voz del buen Pastor, a los caprichos de las ovejas...pidamos al Espíritu Santo que sea nuestro defensor y a Jesús sacramentado que sea nuestro alimento, para que unidos en una misma fe, esperanza y amor,seamos libres y fieles testigos de Cristo en cada momento de nuestra vida y de la vida de la Iglesia.

Maria Isabel Herreros Herrera
Viña del Mar, Chile
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