“Mi Iglesia”/ “Mi Schoentastatt”

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Las palabras del Papa Francisco en el ángelus de la fiesta de San Pedro y San Pablo, son muy hermosas y de mucha actualidad. Se pueden aplicar análoga mente al hablar de “nuestro Schoenstatt”.

Lunes 1 de julio de 2019 | Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas,

Los santos Pedro y Pablo, que celebramos hoy, en los íconos se representan a veces sosteniendo el edificio de la Iglesia. Esto nos recuerda las palabras del Evangelio de hoy, en las que Jesús le dice a Pedro: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18). Es la primera vez que Jesús pronuncia la palabra “Iglesia”, pero más que en el sustantivo me gustaría invitaros a pensar en el adjetivo, que es un posesivo, “mía”: mi Iglesia. Jesús no habla de la Iglesia como una realidad exterior, sino que expresa el gran amor que tiene por ella: mi Iglesia. Quiere a la Iglesia, a nosotros.

San Pablo escribe: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella» (Ef 5,25), es decir, explica el apóstol: Jesús ama a la Iglesia como su esposa. Para el Señor no somos un grupo de creyentes o una organización religiosa, somos su esposa. Él mira a su Iglesia con ternura, la ama con absoluta fidelidad, a pesar de nuestros errores y traiciones. Como ese día a Pedro, hoy nos dice a todos: “mi Iglesia, vosotros mi Iglesia”.

Y nosotros también podemos repetirlo: mi Iglesia. No lo decimos con un sentido de pertenencia exclusiva, sino con un amor inclusivo. No para diferenciarnos de los demás, sino para aprender la belleza de estar con los demás, porque Jesús nos quiere unidos y abiertos. La Iglesia, en efecto, no es “mía” porque responde a mi yo, a mis deseos, sino para que yo le entregue mi afecto. Es mía para que la cuide para que, como los apóstoles en el icono, yo también la sostenga. ¿Cómo? Con el amor fraternal. Con nuestro amor fraternal podemos decir: mi Iglesia.

En otro ícono, los santos Pedro y Pablo están representados mientras se estrechan en un abrazo. Entre ellos eran muy diferentes: un pescador y un fariseo con experiencias de vida, carácter, modos de comportamiento y sensibilidades muy diferentes. No faltaron entre ellos contrastes de opinión y discusiones francas (cf. Gal 2,11ss). Pero lo que los unía era infinitamente más grande: Jesús era el Señor de ambos, juntos decían “Señor mío” a Aquél que dice “mi Iglesia”. Hermanos en la fe, nos invitan a redescubrir la alegría de ser hermanos y hermanas en la Iglesia.

En esta fiesta, que une a dos apóstoles tan diferentes, sería bueno que cada uno de nosotros dijera: “Gracias, Señor, por esa persona diferente de mí: es un regalo para mi Iglesia”. Somos diferentes pero esto nos enriquece, es la hermandad. Es bueno apreciar las cualidades de los demás, reconocer los dones de los demás sin malicia y sin envidia. ¡La envidia! La envidia causa amargura en el interior, es vinagre en el corazón. Los envidiosos tienen una mirada amarga. Muchas veces, cuando uno encuentra a una persona envidiosa, dan ganas de preguntar: pero ¿qué ha desayunado hoy, café con leche o vinagre? Porque la envidia es amarga. Hace la vida amarga. Qué bueno es saber que nos pertenecemos unos a otros, porque compartimos la misma fe, el mismo amor, la misma esperanza, el mismo Señor. Nos pertenecemos unos a otros y esto es espléndido, decir: ¡nuestra Iglesia!Hermandad.

Al final del Evangelio, Jesús le dice a Pedro: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21,17). Habla de nosotros y dice “mis ovejas” con la misma ternura con que decía mi Iglesia. ¡Con cuánto amor, con cuánta ternura nos ama Jesús! Nos siente suyos. Este es el afecto que edifica la Iglesia. Hoy, a través de la intercesión de los apóstoles, pidamos la gracia de amar a nuestra Iglesia. Pidamos ojos que sepan ver en ella hermanos y hermanas, un corazón que sepa acoger a los demás con el tierno amor que Jesús tiene para nosotros. Y pidamos la fuerza para rezar por aquellos que no piensan como nosotros (este piensa de otra manera, yo rezo por él) para rezar y amar, que es lo opuesto de andar contando chismes, quizás a la espalda. Nunca chismorrees, reza y ama. Nuestra Señora, que llevaba armonía entre los apóstoles y rezaba con ellos (cf. Hch 1,14), nos guarde como hermanos y hermanas en la Iglesia.

 

 

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