RECORRIENDO LAS HUELLAS DE JESÚS: Retiro de Semana Santa

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Martes 7 de abril de 2020 | Padre Carlos Padilla

«Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya»

 

1.     Betania.

2.     El Templo. 

3.     El Cenáculo. 

4.     Getsemaní 

5.     Camino desde Getsemaní a la casa de Caifás. 

6.     Casa de Caifás el sumo sacerdote. 

7.     La cisterna donde Jesús pasó la noche del jueves al viernes. 

8.     El camino al Gólgota. 

9.     El Gólgota. 

10.    La tumba vacía. 

Jesús llega a Jerusalén. Se acerca la Pascua. Llega a la ciudad santa, al templo que ha amado desde niño. Es la fiesta de la liberación del pueblo de Israel de la opresión de Egipto. Camina acompañado de los 12, de algunos discípulos, de las mujeres fieles, de su Madre. Ya no hay multitudes. Desde Jericó, última ciudad antes de Jerusalén sube a su ciudad santa. Sigue curando y levantando a los hombres con los que se encuentra. En Jericó ha curado al ciego de nacimiento y ha comido con Zaqueo el publicano. Sigue tocando a los que nadie toca y mirando a los que nadie mira. Sigue hablando y viviendo un Dios de amor que busca al hombre gratuitamente, sin contrapartida. Sus manos acarician a los excluidos y sus pies se mueven hacia los alejados. Lleva tres años de vida pública contando esa buena noticia, pero ya la confrontación con las autoridades religiosas es clara. Los fariseos y escribas lo buscan no sólo ya para desacreditarlo sino para eliminarlo. Acaba un camino largo para Jesús, desde Galilea hasta Jerusalén. Y empieza otro camino en su corazón al acercarse a mirar su ciudad amada que le da la espalda. La ciudad santa que no quiso oír sus palabras de misericordia.

Me gustaría contar ese camino de Jesús en esos días. Recorrer sus huellas. Desde su corazón, desde lo que Él vivió en su interior. Lo que Él sintió. En esos días, desde su llegada a Jerusalén en los días previos a la Pascua, Jesús pisó caminos y tocó lugares. Quiero proponer acompañarlo, ir a su lado, pisar sus huellas y detenerme con Él en esos lugares que fueron hitos. Tantas veces Jesús me acompaña en mi camino, en mis lugares, en mis opciones, en mis encrucijadas. Él va a mi lado acompañándome. Esa es la experiencia más fuerte de mi vida. Ahora, me gustaría cambiar, y ser yo el que me acerque a su corazón y a su vida. Por una vez me descentro por estar con Él. Quiero ir a su lado recorriendo esas calles y esos montes. He oído estos relatos muchas veces. No importa. Ahora tienen una connotación nueva para mí. Me acerco a Jesús, voy con Él. Ojalá en alguno de los lugares que Él recorre, o en algunos de sus caminos me toque el corazón y le pueda decir: «Te quiero, Jesús, estoy contigo». Le miro a Él, no me miro a mí. Para cada uno será un lugar. Y desde ese lugar, en esta Semana Santa diferente a todas las que he vivido hasta ahora, Jesús me mirará hasta el fondo. Quiero recorrer este camino que comienza Jesús cada Semana Santa. Y quiero que Jesús recorra mi propio camino. En esta ocasión mi corazón está cargado. Tiene miedo, inquietud, pena, amargura, dolor. Tal vez hasta rabia e impotencia. Quisiera adentrarme en el corazón de Jesús para vivir estos días. ¿Acaso Él no sufre conmigo cada momento? Quiero seguir sus pasos, caminar en sus huellas, vestirme de su humanidad. Adentrarme muy hondo en su herida. Quiero que sus sentimientos sean mis sentimientos. ¡Qué lejos estoy tantas veces de sufrir con Él! Estoy lejos de ese amor que se parte por mí. Ese amor que se abaja a lavarme los pies, a sacarme de mi pobreza. Ese amor que se hace pequeño y pobre para que yo me haga más niño y confiado. Ese amor que me dice que mi vida vale la pena. Que muere por mí. Quiero acompañar a Jesús recorriendo el camino que Él vivió. Lo vivo con Él. Lo vive Él conmigo, en mí. Hoy más que nunca su Semana Santa es mi propia semana santa.

1.    Betania

Todo comienza en Betania, días antes de la Pascua. Vuelvo a ese día en el que Jesús resucita a Lázaro. Es en Betania. Este lugar va a ser reiterativo a lo largo de los días santos. Pero ese momento de la resurrección de Lázaro desencadena todo. Ese día deciden los fariseos acabar con la vida de Jesús. Jn 11, 47-53: «Entonces los fariseos y los jefes de los sacerdotes, reunidos con la Junta Suprema, dijeron: –¿Qué haremos? Este hombre está haciendo muchas señales milagrosas. Si le dejamos seguir así, todos van a creer en Él, y las autoridades romanas vendrán y destruirán nuestro templo y nuestra nación. Pero uno de ellos llamado Caifás, sumo sacerdote aquel año, les dijo: –Vosotros no sabéis nada. No os dais cuenta de que es mejor para vosotros que muera un solo hombre por el pueblo y no que toda la nación sea destruida. Pero Caifás no habló así por su propia cuenta, sino que, como era sumo sacerdote aquel año, dijo proféticamente que Jesús había de morir por la nación judía, y no sólo por esta nación, sino también para reunir a todos los hijos de Dios que se hallaban dispersos. Desde aquel día, las autoridades judías tomaron la decisión de matar a Jesús». Un día de fiesta, de alboroto. Un muerto está vivo. ¡Cuánto daría yo porque los muertos más cercanos volvieran a la vida! Siempre lo pienso. Si pudiera echar los pasos atrás. Ese día fue una fiesta para muchos. Y fue un día de pesar para los fariseos: «Gran multitud de los judíos supieron entonces que Él estaba allí, y vinieron, no solamente por causa de Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien había resucitado de los muertos. Pero los principales sacerdotes acordaron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de Él muchos de los judíos se apartaban y creían en Jesús». Lc 12, 9. Lo quieren matar porque cuestiona su autoridad. Es peligroso. No se sabe de dónde viene. No es el Mesías, es un estafador. Pone en tela de juicio su poder. Mejor acabar con uno que puede alborotar a todo un pueblo.

Betania está cerca de Jerusalén. En el monte de los Olivos, más elevado que el huerto de Getsemaní. Es una aldea pequeña. Dista de Jerusalén unos 3 Km. Jesús esos días previos a la Pascua pasa muchas noches con sus amigos, en familia (Mc 11,11; Mt 21,17). En la casa de Marta, María y Lázaro a los que ama. La casa de sus amigos. Unos jardines acogen al que llega a Betania como peregrino. Por ese jardín pasearía Jesús con sus amigos. Los ama tanto. El amor hace que los lugares sean santos. Hoy piso este lugar de Betania. Peregrino espiritualmente hasta allí. Jesús se sabía querido por ellos, sin juicio, sin tener que hacer milagros. Comparten sencillamente la vida, la mesa. Disfrutan estando juntos. ¡Qué descanso sería para Él esa casa! El hogar que no tenía desde el tiempo de Nazaret y Cafarnaúm. La casa a la que poder volver, donde siempre era esperado y donde tiene un lugar de amigo a la mesa. El hogar donde tomar fuerzas para seguir con su misión de anunciar la misericordia de Dios. El evangelio nos cuenta cenas y noches con sus amigos. «Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania. Allí le ofrecieron una cena». Jn 12, 1-2. Momentos cotidianos de la vida. Jesús ya sabe que se acerca el desenlace de su vida. Era perseguido, sus palabras son malinterpretadas. Ya muchos discípulos le han abandonado. Me imagino la tristeza de su corazón por no haber podido llegar a todos, por no ser comprendido. Su inquietud por los suyos, por tener que dejar solos a sus amigos, que no se ha separado de Él desde que los llamó por su nombre en el lago. Miro a Jesús en Betania. Tendría miedo, inquietud, ¿Cuándo sería? ¿Por qué? ¿Qué les sucedería a los suyos? ¿Cómo lo viviría su madre? ¡Qué difícil separarse de los suyos! ¡Qué preocupación por ellos! ¡Cuánto los quiere! ¡Cuántos hombres quedan por amar, por sanar! Aparentemente, ha fracasado. Conozco el sabor de los sueños rotos. Se me han roto ya algunos. Jesús toca el fracaso. Se une a mi experiencia o yo a la suya. En medio de la tensión de estos días, durante el día, Jesús predica y cura en el templo de Jerusalén. Lo hace sin esconderse, no busca la muerte, pero actúa a la luz del día. Y cada noche, sube por el monte de los Olivos hasta Betania. Hasta la casa, la mesa y el corazón de sus amigos. Alguna noche se acerca a Getsemaní, el huerto desde el que ora y abre su corazón de hijo a su Padre. Y así, esos días previos a la Pascua, camina desde Betania a Jerusalén y luego de regreso. En ese camino de ida y vuelta a Jerusalén me reconozco. Mi vida también se mueve entre el descanso y la misión, entre el hogar donde puedo ser quien soy y el lugar donde me entrego sin descanso, ese lugar donde me persiguen a veces sin conocerme, donde me miden por lo que digo y hago. ¡Con cuánta alegría Jesús subiría a Betania al atardecer del día! En días de tormenta en el alma de Jesús cada noche descansa en paz al estar con sus amigos. Es el momento del encuentro de corazones y el descanso para Jesús. Habría risas y miedos compartidos en torno a una mesa. La amistad en ese hogar llena de alegría el corazón de Jesús. No hay relación de interés. No hay expectativas que cumplir. Sólo hay gratuidad. Pienso en el lugar que pisan los pies de Jesús. Betania, tan cerca de Jerusalén. La casa. El hogar.

No toda casa es un hogar. No en toda casa están mis raíces. Hay casas ajenas a mí, extrañas. Jesús no tenía donde reclinar su cabeza. Pero tenía una casa, Betania. Un lugar sagrado. Quizás los lugares son sagrados por los amigos que lo habitan. O tal vez una casa es hogar cuando amo allí y mi corazón ha echado sus raíces. Hay personas incapaces de crear hogar. Y hay otras que hacen de cualquier casa su hogar. En este tiempo me piden que me quede en casa. No en un hogar, sino en casa. No me piden que haga las tareas pendientes. Tenía que vivir en un hogar y resulta que vivo temporalmente en una casa. La diferencia es muy clara. En un hogar todos quieren estar. En una casa casi nadie. Porque la casa son cuatro paredes, o más, unos cuantos cuadros, unas sillas, unas mesas. Puede ser una casa bonita, pero sin vida, sin luz, sin paz. Y el alma sufre. No es lo mismo cerrar la puerta por dentro y quedarme fuera del mundo. Aislarme para estar solo, o mal con los que viven junto a mí. ¿Cómo me invento una manera de vivir la vida que funcione? ¿Cómo hago para estar en casa haciendo de mi casa un hogar cálido y apacible? El corazón se rebela. No es tan fácil. Jesús lo tuvo. En Nazaret con José y María. En Cafarnaúm en la casa de Pedro. En Jerusalén en Betania. Es bonito pensar en Jesús queriendo llegar a casa, a su hogar. Lo esperan. Lo reciben. Lo acogen. Me pongo en sus huellas, camino en sus pies. Voy a Betania. Lázaro lo esperaría cada noche de esos días. Tal vez pensaría en planes para salvar su vida. María querría que les hablara del cielo. Y Marta, siempre ocupada de hacer hogar, disfrutaría cuidando a los que amaba. Así, con miedo todos. Como ahora con miedo a un virus. Las puertas cerradas por miedo a los judíos. Podían llegar allí en cualquier momento. Era la casa de Lázaro, todos lo conocían. El que había vuelto de la muerte. Y no querían que Jesús muriera, ni Lázaro. Había que tomar precauciones. Como ahora yo en mi casa. Cierro la puerta al mundo, al frío, al calor, a la vida. ¿Para qué? Me siento inútil, como un mueble olvidado. Habría tanto que hacer. Tantos hospitales sobrepasados. Tanta ayuda posible. No puedo. Me quedo quieto. Por una vez mi inacción dará su fruto. Una omisión no pecaminosa. Me piden que no haga, que no me mueva, que no vaya. Que no ponga en peligro la vida de otros. Que no cause un mal a nadie de forma involuntaria. Que me quede en casa. Sí, pero si no tengo un hogar, ¿qué hago? Tengo casa, no tengo hogar. Es culpa mía, seguro, que no puse antes los cimientos de mi casa. Una casa en la que desee estar. Por eso me quedo en casa. Para hacer de mi casa un hogar. Un lugar de descanso, de raíces, de paz. Es lo que desea mi alma. Es lo que yo quiero.

2.    El Templo

Sigo las huellas de Jesús y me detengo en el Templo. Sus huellas se detienen allí donde predica y expulsa a los mercaderes. ¡Cuántas veces en esos días Jesús fue al templo a predicar! Habla abiertamente en su templo amado. El templo es el espacio sagrado. El lugar en el que su Padre venía a encontrarse con su hijo. El arca de la alianza. Pienso en tantos templos vacíos en estos días. No hay feligreses. Las puertas abiertas. Todo vacío. Pienso en los templos sin rostros. Allí está Jesús. En el Templo Jesús no tendría miedo. Sería como estar en casa, junto al Padre. Aunque muchos le persigan. Me gustan los templos que me llevan a Dios. El lugar sagrado en el que el silencio me invita a la oración. El Santuario es mi templo. Ahora he renunciado a ir al templo. Pero mis pasos siguen las huellas de Jesús y se adentran en mi propio templo interior. El santuario de mi corazón. Ese templo del Espíritu. Allí habita Dios. Miro hacia dentro, dejo de mirar fuera. Detengo mis pasos para descansar en mí. En este templo santo que soy yo mismo. Mis huellas, mis benditas huellas. Allí descansan. Aprendo a estar solo estos días. Quiero amar mi soledad. Es sagrada. Dios la habita.

3.    El Cenáculo

Sigo las huellas de Jesús y llego al Cenáculo. El Cenáculo es otro lugar de descanso. Betania, el templo y el Cenáculo. La casa con los amigos. El templo de la misión. Y ahora el último paso, la cena con los suyos. La Pascua judía. El paso de Dios por sus vidas. Es la noche del jueves. Aquí comienza el último camino. «Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: - ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?». Mt 26, 17. Me quedo mirando desde la puerta. Jesús se conmueve. Lc 22,14: «He deseado ardientemente comer esta pascua con vosotros». La cena con sus amigos. Con las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea. Con María. ¡Cuánto anhelo tenía Jesús por esa cena! Lo deseaba ardientemente. Él intuía que era la última vez. Esa noche es la despedida y sus gestos y sus palabras tienen valor de la herencia que quiere dejar a los suyos. Su amor ha llegado hasta el extremo. Los quiere tiernamente. ¿Saben los doce lo que va a suceder? No lo sé, pero sí ven triste al Maestro. Jesús hace dos gestos, se agacha para lavarles los pies. Parte el pan y ofrece el vino. Esos dos gestos resumen su vida en la tierra. Muestran lo que hay en su alma, su identidad, su nombre, su misión. Se pone a la altura del hombre, de los que ama, y los sirve lavando sus pies, como un esclavo, agachado. Y se entrega del todo, en su cuerpo y en su sangre. De alguna forma los prepara para lo que va a suceder al día siguiente. Se dona sin reservarse nada. No les pide nada, sólo que repitan lo que Él hace. Ya no va a poder estar con ellos físicamente, pero en el gesto del pan y el vino va a continuar sosteniendo nuestra vida. Es el último encuentro con los que ama. Me conmueve. La cena es ese momento que no quiero que pase. Una cena que bien podría ser eterna. ¿Para qué dispersarse? Juntos tienen más fuerza. En casa, en ese lugar seguro. En Betania o en el Cenáculo, no importa. Parece que quedarse en casa es lo más prudente. Como ahora. Pero Jesús quiere cenar para luego despedirse. Es la última vez en la tierra. Ese lugar será la eucaristía. El encuentro constante entre los hermanos. El encuentro con Jesús en medio de la vida. Me gusta este Cenáculo donde en la actualidad no se celebra misa. Allí fue la primera, la instauración. Todos reunidos. Incluso el traidor, el que iba a negar la amistad. Ese que deseaba otras cosas para su vida, para la vida de los otros.

En el Cenáculo hay paz. ¡Cuántas cosas podría haber dicho Jesús en su última noche! Podría haber dado instrucciones, recomendaciones, herramientas para predicar, normas. Pero no es así. Ya les ha dicho muchas cosas en estos tres años. Ahora simplemente Jesús se da a sí mismo y comparte con los que ama lo que vive en su corazón. Se entrega, se abaja, se parte, se derrama. Y uno de ellos, el más joven, reposa en su costado. No hay palabras de amor que cambien ese gesto silencioso. Hoy quiero también reposar mi corazón lleno de miedo, de dolor e inquietud por lo que estamos viviendo, cansado, tembloroso, en el pecho de Aquel que está conmigo. Que comparte el dolor por los que amo, porque lo ha vivido. Y porque me ama. Ojalá en algún momento de estos días pueda hacer simbólicamente el gesto de reposar mi cabeza en el corazón de Jesús. Él sabe lo que me duele, sabe que no sé qué hacer, conoce mi impotencia. En su corazón tengo un lugar único.

4.    Getsemaní

Pasa la cena. Es de noche. El amor y el miedo anidan en ellos. Judas se ha ido. Salen como muchas noches al huerto de los olivos llamado Getsemaní. Hay que bajar y atravesar el torrente Cedrón hasta el huerto, fuera de la ciudad. Jesús baja por una escalera de piedra que todavía se conserva. Necesita estar con su Padre para sentirse amado, para tomar fuerzas, para calmar el corazón que tiembla, para hablarle, para escucharlo. Son los últimos pasos en esta tierra que realiza libremente. Por decisión propia. Me impresiona mucho ese camino. Ya le acorralan. No huye. Tampoco se pone a tiro, simplemente hace lo que haría cualquier otra noche. Baja la escalera, atraviesa el río, llega por fin al lugar donde el cielo está más cerca y la ciudad se aparta un poco. Están en Getsemaní. Sigo las huellas de Jesús hasta ese huerto. Al pie del monte. ¡Cuántas veces en su vida iría Jesús a rezar al huerto! Muchas noches las pasó allí rezando. Era su lugar sagrado. Entre esos olivos milenarios. Allí oraba Jesús con frecuencia. Esa noche, su última noche libre, fue a rezar. Se alejó para hacerlo en soledad y quedó a tiro de piedra del lugar donde dormían sus discípulos. Y exclamó lleno de pesar: «Mi alma está llena de una tristeza mortal. Quedaos aquí y velad conmigo». Mt 26,38. ¡Cuánta tristeza tendría el corazón de Jesús para hablar con esas palabras! Me conmueve. Se siente desolado. Se derrumba entre el cielo y los olivos. Él y su Padre se encuentran. No puede más. Ante su Padre es el hijo amado, dolorido. Le habla desde la verdad de su miedo. Si es posible, que pase este cáliz. Suda sangre, se postra. Es de noche. Está solo. Porque en esa hora todos estamos solos. Necesita que velen con Él sus amigos que están alejados a un tiro de piedra. Los necesita, pero están tristes y cansados y no pueden velar, caen dormidos. La soledad del huerto de los olivos me conmueve en esta Semana Santa. Pienso en mi propia soledad, en mi miedo al dolor y a la cruz. Me acerco y oigo la súplica de Jesús: «Padre mío, si es posible aparte de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya». Lc 22,42. No me creo que tu voluntad sea la muerte. Dios no quiere la muerte de su propio hijo. Tampoco ahora quiere la muerte de tantos. No lo quiere. Ama a sus hijos. Como Jesús ama a Lázaro. Como Jesús ama a tantos enfermos que sufren sin remedio. El cáliz, beber el cáliz. Cada día lo bebo en la eucaristía y no le tomo el peso a esa sangre que bebo, a esa vida que entra en mí. No entiendo el dolor ni la muerte. No entiendo lo incomprensible. No acepto a un Dios que quiera el mal para mi vida. No creo en un Dios que mande pruebas para probar mi fe, mi fortaleza, mi ánimo. No lo creo. Jesús me ama tanto como ama a Lázaro. Se conmueve al verme sufrir. Me arrodillo junto a Jesús. No quiero beber de este cáliz. Que pase de mí. Que me evite Jesús lo que menos quiero. ¿Cómo hago para vivir con paz en la tormenta? Mi corazón tiembla, sufre, se acongoja. Tengo tanto miedo a la muerte, al final de mis sueños, a las cenizas, a la cruz que es un madero abandonado en el Calvario.

Jesús quiera ahora que yo vele con Él. ¿Cómo es mi oración? Es abrir el corazón sinceramente ante quien me ama y me comprende. ¿Grito a Dios? ¿Le cuento lo que siento, lo que me hace temblar, lo que me da miedo? Me gustaría estos días buscar momentos de oración del alma. De postrarme junto a Jesús que todo lo comprende y contarle al Padre mi impotencia y mi dolor por los que sufren esta pandemia. Mi desgarro por los que están solos, mi miedo de perder a los que amo. No lo puedo controlar. Pienso en mi tristeza ahora al ver sufrir a tantos, a los míos. Lloro. Me duele tanto el dolor de los que están en casa. El dolor en los pasillos y en las salas de los hospitales. El dolor de los que mueren en sus casas. El dolor de los enfermos solos. ¡Cuánto dolor trae esta enfermedad incontrolable! Quisiera ser capaz de velar con Jesús en su huerto. Siento que me pide que vele ante ese dolor tan grande. Estoy triste y tengo mi razón para estar triste, hay motivos, lo reconozco. Es justo y necesario que esté triste. ¡Cuántas veces he estado triste sin motivo! Entonces no tenía motivos. He sufrido y me he puesto triste por causas insignificantes. Fracasaron mis planes y proyectos. No salió todo como yo quería. Y me pongo triste. Una tristeza evitable porque son proyectos tan pequeños, tan insignificantes. No merece la pena sufrir. Pero no se trata de la misma tristeza que siento ahora. La de ahora duele más, es más honda, más verdadera, más justa. Tengo razones para estar triste. El mundo está sufriendo una guerra contra un virus. 194 países afectados. Tantas vidas perdidas. Tantos ancianos y personas enfermas que mueren. Claro que importa. El dolor de los míos me duele. ¿De dónde brota la tristeza que tengo? ¿Qué me quita hoy la alegría? Siento tristeza y dolor por no poder abrazar al que despide a un ser querido. No puedo velar al que sufre. Es contagioso. No porque me quede dormido. Simplemente porque no me dejan acercarme. Me quedo en la distancia. Y sufro por su soledad, por su abandono. No puedo estar cerca. La tristeza es honda. Jesús sufre hoy conmigo. No logro velar con Él. Tengo derecho al llanto. Jesús lloró porque tiene entrañas de misericordia. Yo quiero también llorar con esas entrañas llenas de misericordia, entrañas de madre. Mi dolor, mi pena, mi tristeza. Tengo derecho a estar triste. La tristeza es como una marea negra que todo lo cubre. Una tristeza que apaga el brillo de mis ojos. Estoy triste. En lo más profundo. ¿Por qué estaba triste Jesús esa noche? Había fracasado con Judas. No había logrado que lo amara. No había conseguido su fidelidad, su amor incondicional. Quizás es el dolor más grande, la traición de un amigo. Jesús está triste, porque los hombres no han comprendido su misión, su paso por este mundo. No han comprendido cómo es su reino. Yo también me he quedado tan a menudo apegado al domingo de ramos. Al domingo de mis sueños y victorias. He puesto mi felicidad en los lugares falsos. He pensado que Jesús era distinto. Pienso a veces que su tristeza es por el pecado del hombre, por su odio. También le entristece el daño causado al débil, la injusticia, la ira que hiere. Todo ese le causa dolor y tristeza. Pero sufre por la dureza del corazón del hombre. Y por ese amigo que hoy lo va a traicionar. Un Judas que no cree en Jesús, no lo conoce, no lo ama, no puede ser fiel a Él. Sufre porque sabe que todo su amor no va a lograr que no quieran matarle. ¿Por cuál de sus obras buenas querrán matarlo? Por todas, por ninguna.

La oración cambia el corazón de Jesús. Fue consolado en su pena y en su miedo. En su dolor humano. En su tristeza y en su fracaso aparente. Dios lo consuela, le manda un ángel, acoge su dolor y sus palabras suplicantes. No sé bien qué sucedió en esa oración, pero Jesús terminó con paz. Y con la entrega más grande del hijo obediente. Que no se haga mi voluntad, sino la tuya. Desde ese momento Jesús vivió la pasión con una paz interior increíble. Sereno y en pie. Ese fue el momento decisivo, cuando lloró y abrió su corazón al Padre en Getsemaní. El cielo entero se asomó y se arrodilló asombrado ante Dios hecho hombre que por amor sufría tanto. No es el plan del Padre, es más bien el plan de los hombres que no saben acogerlo. Jesús se levanta. Todo está entregado. El amor a los hombres y a su Padre llenan ahora el lugar donde estaba el miedo. Sale victorioso de la lucha. Me gusta este momento en que Jesús acepta todo en su interior antes de que lo prendan. Es una decisión libre de su alma. El Padre lo sostiene en su noche y ahora puede vivir con paz lo que va a venir. Y podrá sostener a otros. Está en pie y lleno de paz. Dios siempre calma el miedo del alma cuando se lo pido. Ojalá estos días encuentre ratos para que mi alma repose. Esa oración de Getsemaní es un momento muy humano de Jesús. Hoy pienso en todo lo que llevo en mi corazón, siento que va a estallar. No puedo más. Quiero adentrarme en el huerto para suplicarle a Dios. Que pase este cáliz. Siempre hay un ángel que vendrá a consolarme. Siento al Dios que me ama más que nadie. Él me lleva en la palma de su mano y me regala su paz y su amor. Lo hace conmigo como lo hizo con Jesús.

5.    Camino desde Getsemaní a la casa de Caifás

Llegan al huerto los soldados y lo prenden. Basta un beso de un amigo para acabar con todo. Un beso que le duele a Jesús más que las espadas de los soldados. A él también lo amaba. Sus amigos se desperdigan. Pedro le sigue de lejos. Se queda solo con sus perseguidores. Lo encadenan. Se deja llevar. El Dios que todo lo puede se deja prender, atar, encadenar. Es el respeto a la decisión humana. Es la hora de las tinieblas.

He seguido las huellas de Jesús por la escalinata que le llevó al huerto desde el Cenáculo. Y ahora veo a Jesús subir encadenado por esos mismos peldaños hasta la casa de Caifás. Jesús bajó con miedo horas antes esa misma noche, acompañado de sus discípulos, libre, sin cadenas. Y ahora asciende siendo arrastrado, ya no es libre, está atado y solo, sin sus discípulos. ¡Cuánta diferencia entre los dos momentos! Es curioso. Las mismas piedras. ¡Qué diferente puede ser un mismo lugar según lo que vivimos allí! Jesús atraviesa el río atado, rodeado de palabras y gestos agresivos. Sube la misma escalera de piedra. Los mismos escalones. Desde ese momento otros deciden dónde va. Él ya no puede optar exteriormente. Y, sin embargo, ¡qué libertad de alma! Jesús atado es profundamente libre, porque se ha entregado al Padre, porque ha dado un sí, aunque duela, a esta locura de los hombres. Ha dado el sí a una muerte segura. Ha dicho que sí a lo inevitable, y es libre.

Pienso en esta situación de confinamiento en que me obliga a estar en casa. Ya no puedo decidir salir, no puedo decidir cada día dónde voy. Me han quitado algo tan vital como la libertad. No puedo abrazar, ni besar, ni estar con otros. Pero yo puedo decidir libremente quedarme en casa. Optar por eso en mi interior. Por amor a otros, para que no sufran, para que no se enfermen. Entonces soy libre cuando lo elijo, aunque no puede salir. Y descubriré que algo se desata en mi corazón, un nudo que me aprieta por dentro. Ante Jesús profundamente libre, mientras otros lo arrastran y deciden por su vida, también yo decido ser libre y optar por lo que no puedo cambiar. Esa es la verdadera libertad interior, la santa indiferencia, la santidad a la que me invita Jesús. Gracias a mi sí me hago sujeto activo y no sólo pasivo de las situaciones. Aprendo de Jesús. En ese ejercicio interno de libertad está la vida en abundancia. Quiero ser como Él y le pido que me enseñe a vivir esa dignidad humana que Él vivió. Ante lo que no puedo cambiar puedo interiormente optar por ello. Y eso lo cambia todo. Cambia la mirada, cambia el corazón. Y me libera de mis ataduras y miedos. No soy arrastrado por las circunstancias, por las decisiones de otros. Yo decido. Tomo la vida en mis manos. Aunque esté atado y me duela mi falta de libertad exterior. Aunque me sienta impotente ante tantas cosas que no puedo hacer, que no puedo cambiar. Yo decido cómo lo vivo. ¿Cuál es la decisión interna que quiero tomar estos días? Jesús es atado, encadenado y llevado por la voluntad de otros. Ese hombre libre en cadenas me conmueve. Él conoce mis cadenas. Sabe de mis esclavitudes. Y lo único que quiere es que yo sea libre. Mi hondo deseo del alma es la libertad.

6.    Casa de Caifás el sumo sacerdote

Entran en la ciudad de nuevo y llegan a la casa de Caifás. El camino desde el huerto termina en la casa del sumo sacerdote. Es otra casa. Pero no es un hogar. Es de noche y hace frío. Me detengo en el patio en el que los criados se calientan en el fuego. Me gusta contemplar este patio lleno de gente inquieta. Todos nerviosos, algunos llenos de rabia. El sumo sacerdote quiere juzgarlo por la ley judía antes de entregarlo a los romanos, los únicos que pueden decidir por ley matar. Es el momento más tenso. Tienen que encontrar pruebas para condenarlo. Algunos temen por su suerte. A otros les resulta indiferente. Los fariseos quieren que su plan funcione y tienen miedo de fracasar y que Jesús venza y quede libre. Temen una revuelta. O que Jesús por fin manifieste un poder sobrenatural, imposible de detener. El juicio tiene lugar en medio de la noche, a escondidas. La mentira siempre sucede en la oscuridad. Hay testigos falsos. Hay algunos que no quieren sumarse como Nicodemo. Jesús permanece en pie, con toda su dignidad. Es un hombre libre. Le preguntan y Él calla. Es reo de muerte. Lo deciden. Pero es injusto. Deciden quitarle la vida. Lo condenan por blasfemo. ¿Cómo se atreve a nombrar a Dios su Padre? Esa es la causa de su muerte. En realidad, antes de esa parodia de juicio, ya está decidido todo en el sanedrín. Jesús lo sabe, por eso no habla. El corazón de Jesús tiene paz y dolor. Pero sabe que su Padre no lo deja nunca y que los ángeles vendrán a sostenerlo en su agotamiento y dolor. Jesús parece indefenso. Demasiado callado y mudo. No lo entiendo. me gustaría otro Jesús en esta casa de Caifás. Un Jesús fuerte que se enfrente a los fariseos como otras veces. Con un tono de voz seguro y firme. Dispuesto a que la verdad venza y se imponga ante tanta mentira. ¿Va a aceptar Jesús que venzan los testimonios falsos? Me asusta esa mentira que conduce a la muerte. Me da miedo la injusticia, la difamación, la traición. Treinta monedas de Judas. Eso basta para acabar con todo. No estaba previsto. Judas es un amigo. Me quedo dentro del patio.

A lo lejos veo a Pedro, entre la gente. Puedo ver también a Judas escabullirse de la escena. El corazón de Pedro está lleno de miedo. Tiene valor y se adentra buscando una mirada, la de Jesús. ¿Busca algo de consuelo? ¿Puede esperar paz del hombre que se encuentra encadenado, condenado? ¿Puede hacer algo por liberar al Maestro? ¿Acaso no ha prometido él liberarlo si es apresado? Tantas promesas rotas. No tiene fuerzas. Quizás tenía razón Jesús cuando le dijo: «Adonde Yo voy no puedes seguirme ahora». Jn 13,36. Pedro, la roca, está cerca del Maestro. ¿Cómo va a poder vivir sin Él? Le ha cambiado la vida y el corazón, se ha sentido amado como nunca. ¡Qué tristeza tan grande tiene! ¡Qué miedo a perder su propia vida y la vida del Maestro! Miedo a que todo deje de tener sentido. En un patio rodeado de gente, ¿qué puede hacer? Sé muy bien cómo ocurre todo. El canto del gallo. Las tres negaciones. Las tres traiciones. Le reconocen como parte de los amigos de Jesús. Y él responde: «No lo conozco. No lo soy. No sé de qué me hablas». Tres veces niega pertenecerle y tener nada que ver con Él. «No cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces». Tres negaciones que duelen. ¿Dolerán más que la traición de Judas? A Pedro aún puede salvarlo, pensará Jesús. Duele la promesa incumplida. Pedro ama a Jesús. Sólo que es débil, torpe, incapaz. Llora entonces por haber negado que pertenecía, que conocía y que amaba a Jesús. Demasiadas negaciones. Jesús escucha sus gritos cobardes. Gritos tan cobardes como los míos cuando permanezco escondido. No soy un guerrero. No tengo armas. Me siento uno de ellos. Yo también estoy dispuesto a recurrir a la fuerza cuando las cosas se ponen feas. Me impresiona mi vulnerabilidad. Canta el gallo. Su corazón tiembla y cae. Me impresiona. ¿Escuchará Jesús sus negaciones? Puede que sí, que le lleguen los rumores. O los gritos de Pedro defendiendo su vida. Lo cierto es que sus miradas se cruzan en un momento: «Y el Señor se volvió y miró a Pedro» (Lc 22, 61). Y entonces, ante sus ojos, Pedro se acuerda de todo y llora como un niño, amargamente. ¿Qué hay en esa mirada de Jesús? Coincide con el gallo. O es su canto el que une las miradas. Los dos recuerdan. Una mirada basta para saber la verdad. Pedro lo mira con vergüenza. Jesús lo mira con amor, con misericordia. Esa mirada se clava como un puñal y duele más que las flagelaciones. Esa mirada levanta el corazón de Pedro que está destruido. Esa mirada se queda guardada en el corazón de Pedro esas tres noches hasta la Pascua. Jesús lo mira, no con condena, no con un «te lo dije». Lo mira con amor, con perdón, con ánimo. Sosteniéndole. Jesús solo y abandonado por sus amigos, se preocupa de Pedro, de que no desespere, de que crea que es posible el perdón. De que no deje de creer en su amor. Jesús lo ama y eso le dicen a Pedro sus ojos. Lo ve en esa mirada cuando se vuelve hacia Pedro y deja de atender a su propio proceso para mirar hasta lo hondo a su amigo. Pedro llora. Es tan débil. Él, que ha sido escogido por Jesús, que se cree especialmente cercano, le abandona. No puede estar con su amigo. ¿Podrá perdonarse a sí mismo? ¿Es de verdad esa mirada de Jesús la posibilidad del perdón? ¿Puede existir un amor así en esta tierra?

Me detengo en este patio abarrotado de gente. La multitud me permite esconderme en la masa. Allí no tengo un rostro preciso. No saben quién soy. Me gusta el anonimato. Por si fallo, por si caigo, por si traiciono. Pero la mirada de Jesús es personal. Me busca entre todas las miradas. Me levanta entre todos los caídos. Me salva entre todos los condenados. Tan frágil que soy. ¡Cuántas veces ha cantado el gallo en mi vida! Después de cada caída. Después de cada traición. Yo me siento tan unido a Pedro. Todavía no puedo seguir a Jesús. No sé si algún día podré hacerlo de corazón. Quizás sea Jesús el que cargue con mis huellas, y se amolde a mis torpezas. No lo sé. Pero sí quiero abrazarlo desde mi debilidad. Él puede salvar mi alma si le dejo hacer. Él puede recomponer mi corazón roto, si me dejo. Tal vez nunca seré capaz de seguirlo, pero Él lo puede hacer. Yo lo busco a Él. ¿Quién me ha mirado así en mi vida? ¿Quién ha dejado sus cosas, sus proyectos, para darse la vuelta y mirarme a mí? ¿Creo en esa misericordia de Jesús que me mira hasta dentro, me conoce, me ama sin condiciones, aunque falle, aunque me aleje? Quizás no me han enseñado la gratuidad y dudo de ella. Y creo que son mis méritos y mi fidelidad lo que me acercan a Dios. Pero es Dios el que se abaja día y noche para amarme, para esperarme. Jesús se vuelve y me mira. Detiene todo por mí. Me mira muy dentro. Ojalá mi dureza del corazón se ablande ante este amor imposible. Ante esos ojos que no se apartan nunca de mí. Su amor es más grande que mi culpa, por grande que me parezca. Los ojos de Jesús esa noche en la casa de Caifás rompen al hombre que se cree roca inquebrantable. Hoy me gustaría pensar que Jesús me mira a mí así.

Siento que suelo huir de los problemas y de los fracasos. Quiero que Dios haga algo. Ahora le pido que acabe con esta enfermedad. Es lo justo. Igual que es justo liberar a Jesús para que no muera. El otro día vi una película. Se llamaba «Milagro en la celda 7». Acusan a un hombre discapacitado de haber asesinado a una niña. Parece no haber testigos y todo apunta a que es culpable. Lo van a ahorcar como castigo ejemplar. Durante toda la película uno desea que haya un milagro. Casi hasta el final. Es lo justo. Que no muera él, que no muera nadie. Fue un accidente. O que alguien decida entregarse en lugar del justo. Estos mismos sentimientos albergan mi alma cada Semana Santa. Me veo a mí mismo en el patio de la casa de Caifás, deseando que Jesús sea liberado. Es inocente, es justo. Como ese padre joven de la película, Memo, que tenía una discapacidad. Pero era bueno, era un ángel. No puede morir al igual que Jesús tampoco puede morir. ¿Por cuál de sus obras buenas quieren matarle? Jesús no se defiende. Como Memo en la película tampoco lo hace, porque no sabe. Jesús ya ha entregado su vida horas antes en Getsemaní. Ahora es más libre que nunca. Entregó sus miedos y tiene paz. Pero yo sigo empeñándome en que lo liberen. Que alguien lo salve. Que alguien entregue su vida por Él. No me importa quién sea. Yo no, pero sí alguien. Y así se salve el justo, el que sólo ha amado y ha hecho el bien a todos. Tanta inocencia concentrada en un corazón puro, sin malicia. Corazón de ángel. Jesús es inocente, está lleno de verdad y de pureza. Y aún así quieren matarlo. Mejor que un justo muera para salvar a todo un pueblo, eso dicen. Me sorprende esa afirmación. En lugar de un justo que mueran mejor los que son injustos. Es lo que pasa ahora con la enfermedad cruel que nos aqueja. Mueren los vulnerables, los mayores inocentes, los que están enfermos. Están muriendo tantos justos Me duele el alma. Mueren solos, atrapados en sus casas. Sin esperanza. No se puede hacer nada. Tantas vidas vulnerables. Un mal oculto que se lleva las vidas más débiles. Me duele el alma. ¿Es este un mundo de los fuertes en el que los débiles no tienen un lugar? No sé si todo esto cambiará mi mirada y lograré mirar cada corazón en su verdad. Y no me quedaré en su fortaleza, en sus capacidades. Miraré en lo profundo y veré un alma pura, detrás de las flaquezas que yo mismo tengo. Miraré a cada uno, porque cada vida importa. No son números en una estadística que empeora cada día. Son almas, son vidas maravillosas. Cercenadas de forma injusta. Me duele tanto el alma. Vidas que se acaban de repente. Miro a Jesús y le pido su paz.

7.    La cisterna donde Jesús pasó la noche del jueves al viernes

Jesús es llevado a una cisterna en la casa de Caifás. Una cárcel subterránea. Ya ha sido condenado por el sanedrín. Está atado y solo. Pasa su última noche en la tierra, la noche del jueves, en ese lugar frío y húmedo. Hay sólo una abertura arriba. Me gustaría meterme en su corazón en esas horas. Adentrarme en ese lugar húmedo y oscuro. Sentir lo que Él sintió. Yo me siento aprisionado ahora en mi casa y pierdo la paz fácilmente. Me falta paciencia. No quiero ni pensar cómo me sentiría en esa cisterna. Pero siempre me gusta volver a ese lugar cuando voy a Tierra Santa. Quisiera abrazar a Jesús esa noche. O más bien, que Él me abrazara. Pienso en tantos enfermos que pasan sus noches solos en el hospital o solos en sus casas, sin nadie que los abrace. Estoy seguro de que Jesús pasa cada noche recorriendo las camas de los hospitales, abrazando enfermos. Ellos necesitan ese abrazo de Jesús, de María. Pienso que María estaría cerca de Jesús en esa noche, y que de alguna forma su aliento llegaría a su hijo. No le quiero dejar solo estas horas. Velo con él y con tantos que sufren en estos momentos. Porque están solos en su enfermedad, porque no han podido acompañar a familiares que mueren, porque han dejado de creer. También a veces yo vivo en una cisterna y todo me parece oscuro. Jesús lo vivió y está a mi lado. Sabe lo que se siente. ¿Cuál es mi noche oscura? ¿En qué momentos de mi vida o de mi historia he sentido la frialdad de una cisterna, la soledad que me desgarra? Pienso en esa soledad llena de amor de Jesús. Esa noche seguramente Jesús nombró en su corazón a cada uno de sus hijos amados. Los recordó con ternura. Y de nuevo, los amó. A ellos y a los que vendrían después. Esa noche no está reflejada en los evangelios. No se escribe una sola línea sobre esas horas. Quedaron en la intimidad de Jesús y su Padre. Jesús, ya entregado, abre su corazón hasta el extremo para todos hasta el amanecer. María permanece cerca. Esta Semana Santa me gustaría recuperar el sentido de velar con Jesús. Con los hombres que son sus amados. Velo junto a Jesús. Y Él pasa la noche al lado de tantos hombres que están sufriendo, por esta pandemia o por otro dolor, abrazándolos. Creo en eso, en que el dolor de los hombres llena el corazón de Jesús. Esa noche en la cisterna su soledad comprendió la mía. Y yo comprendo un poco más la suya.

8.    El camino al Gólgota

Amanece el viernes. Es muy temprano. Llevan a Jesús atado hasta el pretorio, ante el gobernador romano Pilatos. Sólo él tiene potestad para matarlo. Atraviesa la explanada del templo, su templo amado. ¡Qué duro pasar delante de ese lugar donde había orado, donde había ido con sus padres de niño! Es un camino conocido. Un lugar muy familiar. La diferencia es que ahora nadie le apoya, está solo, nadie se acerca. Él camina arrastrado por otros. Los lugares amados lo miran impasibles. Los pasos de Jesús ya no caminan libres como cuando estaba en Galilea. Ya no van a buscar a los hombres allí donde estén. Sus pasos van donde le llevan, sin que Él decida. Su corazón sí se mueve, eso no se lo arrebatará nadie. Sigue amando, sigue cargando con los heridos, con los abandonados, con los que nadie ama. Sigue llevándolos muy dentro. No deja de amar. Es libre para acoger el nuevo camino que se abre ante Él. Ya ha dado su sí en el huerto. Y ahora es libre. Llega ante el pretorio. Pilatos sabe que es inocente. Pero no es tan importante como para enfrentarse por Él a los judíos. Es mejor evitar una revuelta. Los judíos no van a ceder. Hace algún intento por salvarlo. Lo flagela, ante la mirada de María que lo sostiene. Propone liberar a un preso y lo enfrenta a Barrabás. Lo lleva hasta Herodes, rey judío de Judea, para evitarse la decisión. Ni siquiera es capaz de optar, es mejor que otro tome la decisión. No decidir en realidad es decidir de alguna forma. Callar es permitir. Tolerar es dejar que ocurra. Me callo, no hago nada. Mi pasividad puede permitir el mal. No hago un bien que puede exigirme o costarme caro. Ser fiel a lo que veo y creo puede tener consecuencias. Pilato lo sabe. Por eso lo lleva hasta Herodes. Pero Herodes sólo quiere un milagro, un espectáculo. Como yo tantas veces que le pido a Dios que haga magia. Que haga lo que quiero y tal como lo quiero. En este tiempo en que caen mis planes y todo se paraliza me veo pidiéndole a Dios un milagro, que haga magia, que todo sea como antes. Que se acabe la enfermedad, que todo resulte bien. Me siento como Herodes ante Jesús. Casi caigo en su actitud de burla. Herodes lo viste de rey y se lo devuelve a Pilatos porque no ha cumplido con sus expectativas. Me cuesta este Dios impotente. ¿Cumple Dios todas mis expectativas? ¿Hace posibles todos mis planes? Pilatos no ha conseguido librarse de este preso. Le devuelven a Jesús. Y entonces tampoco decide nada, sencillamente se lo entrega a los judíos para que lo crucifiquen. Se lava las manos. No hace nada ni para salvarlo, ni para condenarlo. No opta ni es consecuente con lo que piensa en su interior. No merece la pena este hombre galileo. Es mejor contentar a los judíos que claman por Él antes que exponer su propia fama, su nombre, su prestigio, su puesto. Sabe que no ha hecho nada que merezca la muerte. Me impresiona que la muerte de Jesús en la tierra la decide alguien que ni siquiera está convencido. Simplemente para calmar los ánimos, para no complicarse la vida. Es tan superficial todo. Me asombra cada Semana Santa la indiferencia ante la vida de un hombre. Puede morir, no pasa nada, es solo un hombre. Ahora que está muriendo tanta gente en el mundo me da miedo quedarme en las cifras. Miles de personas. Números, ni siquiera nombres. Me gusta decir sus nombres en la eucaristía. Recodarlos en este momento en el que corro el peligro del olvido. La vida es tan valiosa. No importa ni la edad, ni la salud. Hay que salvar vidas, hombres, historias santas. Eso es lo que cuenta. En esta escena se desenmascara mi indiferencia, mi superficialidad, mi incapacidad de optar y llevar a cabo lo decidido en conciencia. ¡Cuántas veces mi mayor deseo es simplemente no meterme en líos, pasar de largo, que no me compliquen la vida! No quiero que me molesten, que me incomoden, que me saquen de mi confort. Parece aleatoria la muerte de Jesús. Ante el fanatismo de los judíos y la indiferencia de los romanos. Y mientras tanto, Dios hecho hombre es condenado a muerte como un delincuente. Nadie lo evita. No hay nada más injusto que esta sentencia condenatoria. No ha hecho nada, sólo el bien. Pero quieren su vida.

Jesús, ya condenado, golpeado, insultado, agotado, es llevado por las calles de Jerusalén, ante los ojos de todos. Empieza el viacrucis. Es llevado entre mercaderes y visitantes. Le obligan a llevar su propio lugar de muerte: la cruz. Cansado, cae, se deja limpiar con compasión, se deja ayudar a llevar el peso del madero. Cae otra vez, se repone al mirar a su madre, cae de nuevo. Es un camino de encuentros. María se acerca a Él y en ese momento creo escuchar de sus labios un «Te quiero». Y Jesús responde: «Hago todas las cosas nuevas». En ese momento de angustia, de dolor. En ese momento en el que no puede hacer nada. En ese momento en el que caído bajo el peso del madero es un despojo de hombre. Ecce Homo. Aquí está el hombre. Aquí está Dios ensangrentado haciéndolo todo nuevo. En ese momento todo es nuevo. Parece imposible, pero es verdad. Todo cambia en ese camino. Cuando uno va a Jerusalén y pasa más o menos por las mismas calles, muy distintas ahora, muy diferente la ciudad. En ese viacrucis que cada peregrino a Tierra Santa recorre. Siempre hay algo que me llama la atención: la indiferencia. La gente me mira con indiferencia. No se emociona con mi dolor, no reza con mi oración. Me mira o simplemente no me ve. Es algo parecido a lo que Jesús vive ese último día. Todos lo miran. La mayoría con indiferencia. Sólo algunos lo aman en silencio, lo miran entre lágrimas, se acercan para darle ayuda o consuelo. Y ante esa indiferencia de la multitud, los mismos o parecidos a los que el domingo le aclaman, Jesús camina cansado, con paz, con dignidad, es libre. El camino lo conduce fuera de Jerusalén y lo llevan al lugar de la calavera o Gólgota. El lugar donde se crucifica a los delincuentes comunes, fuera de la vida de la ciudad. Marginados, para que no estorben al ritmo cotidiano de los hombres respetables. Para que no manchen las celebraciones religiosas. Me conmueve este camino sagrado de Jesús llevando su madero. Me impresiona la injusticia. Me gusta seguir sus huellas, cada paso ensangrentado. ¿Cómo miro yo a los que sufren en sus caminos? ¿Qué hago por hacer más livianas sus cruces, el peso de su madero? Muchas veces soy indiferente. Tanto sufrimiento me endurece, me enfría. No quiero que sea así.

9.    El Gólgota

Lo clavan y lo levantan. Se acercan las tres de la tarde. Muchos miran de lejos. María y Juan están cerca. Siempre pienso en dónde estaría yo ese viernes santo. Pienso que miraría desde lejos. No podría irme, no podría dejar de mirarlo, porque le quiero, porque me duele, pero desde lejos porque soy cobarde. Dios suspendido entre el cielo y la tierra salva al mundo. Están clavadas esas manos que acariciaron, bendijeron, abrazaron, tocaron, sanaron. Están sujetos esos pies valientes que recorrieron libres tantos caminos saliendo al encuentro del hombre. Esos pies peregrinos, misioneros, que se acercaron a tantos enfermos, hombres endemoniados, solitarios. Ahora ya no puede ni moverse. Sólo pende en la cruz. Casi no tiene fuerzas para hablar. Muchos lo ven sin verlo de verdad. A sus pies los soldados juegan a los dados indiferentes. Ellos no odian a Jesús como las autoridades religiosas judías. A ellos sencillamente no les importa su vida. Están acostumbrados a ver morir a muchos delincuentes. Es uno más, aunque algunos digan que es un hombre justo. Sólo esperan que este hombre no entorpezca su rutina. Se reparten sus ropas. Han ganado algo.  Su vida seguirá exactamente igual que hasta entonces. No saben mirarlo.

En ese lugar desierto de la calavera, unos hombres sí reconocen a Jesús. Son sólo unos pocos. ¿Qué hay en su corazón? Búsqueda, sed, honestidad, pureza en la mirada. A veces no sé mirar a Jesús y no sé descubrir su corazón amante. A veces no sé ver a los que están a mi lado. No veo a Jesús en su alma. ¿Quiénes de todos ellos, de todos esos espectadores, miran a Jesús en su corazón? El centurión romano reconoce en ese despojo humano al hijo de Dios, porque sólo Dios puede perdonar así, sólo Dios puede amar así: «Verdaderamente era el Hijo de Dios». Este centurión mira por dentro a Jesús y se encuentra con Dios. Sabe verlo. Juan y María nunca dejan de mirarlo, nunca dejan de creer. Juan se preocupa por María. Siempre he admirado a los que en medio de su propio dolor sólo piensan en otros que sufren más. Juan cuida a María y le duele su pena, aunque él también tenga roto el corazón. En estos momentos de pandemia, pienso que la paz está en salir de uno mismo para cuidar a otros que sufren más que yo, sin mirarme tanto a mí mismo. Sin pensar en mi dolor, en mi cuarentena, en mi negocio, en mi pérdida. Mirar fuera de mí me sana, me salva, me libera. Quiero hacerlo como Juan. Quiero ser como Jesús. También el ladrón bueno reconoce a Jesús como el salvador, como el Mesías, como ese inocente condenado injustamente. Ese ladrón se atreve a pedir a Jesús, aunque no se merece nada y lo sabe, que lo lleve con Él. No le pide la vida, ni que lo baje. Mira a los ojos a Jesús, y se convierte. No pide un milagro. Sólo quiere ir al lugar al que Él va. Algo ha visto que se le escapa al resto. Jesús se conmueve ante su mirada. Y también mira su corazón contrito y arrepentido. Él mira siempre en lo más hondo de mi alma. Y le hace la promesa más hermosa: «Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso». Lc 23, 43. Estar con Él es para mí desde siempre el deseo más hondo de mi corazón. Jesús le promete, no le pone condiciones, ni siquiera le dice que se arrepienta, sólo le ofrece estar con Él en el paraíso. Yo quiero estar con Él para siempre. En la vida y en la muerte. En la salud y en la enfermedad. La vida es distinta vivida con Él. Esa es la roca que me sostiene. Esa es mi esperanza. Y esa es la promesa que Jesús hace a cada hombre, sea cual sea la hora que esté viviendo. Hoy me dice: «Te lo aseguro, hoy estarás conmigo». Me gusta este hoy. A veces, sobre todo en este tiempo de confinamiento e incertidumbre, tengo la tentación de vivir deseando que termine todo, que pase el confinamiento y poder hacer así mi vida normal. Salir, abrazar, ir de un lado a otro. Cuento los días que llevo confinado, leo las noticias para calcular cuándo podré volver a salir y a vivir como antes. A comer con los míos, a caminar bajo el cielo, a nadar en el mar. Es normal, no pasa nada por pensar así. Pero no quiero ser superficial. Quiero vivir hoy con intensidad. Jesús me enseña algo que necesito. Hoy estará conmigo, cada día. Hoy no me va a dejar. Hoy, no mañana. Hoy me hablará al corazón. Hoy estará a mi lado y me consolará en mi dolor. No tengo que esperar a mañana. Todo lo que vivo hoy le interesa a Jesús por ser mío. Mañana volverá para mañana. Así será cada día de mi vida hasta el cielo.

Miro la cruz y miro a Jesús en ella. Él desata su brazo para abrazarme desde el madero. Él sí puede tocarme. Mi dolor y mi miedo, mi angustia y mi pérdida, mis sueños y mis pecados, las personas que amo, mi historia de sombras y luces, mis hondas alegrías. Puede tocar todo lo mío. Porque todo tiene un lugar en su costado, un lugar en la cruz. En ese costado abierto por amor cabe toda mi vida. Ahí quiero descansar. Miro a Jesús muerto. ¡Cuánto dolor! ¡Qué injusto todo! No lo han salvado. A veces tengo la tentación de creer que la muerte de Jesús fue querida por Dios Padre. Como que estaba en su plan de amor. Llego a decir que Jesús murió para calmar el enfado de Dios con el hombre. Que Él fue la víctima para reconciliarme con Él. En esta interpretación parece que los hombres seguimos el plan de Dios. Y que en ese plan Judas, Pilatos, Herodes, sólo fueron necesarios cooperadores del plan de salvación de Dios. Casi que tengo que darles las gracias. Se niega la libertad humana. Parece como si todo estuviera trazado y previsto, determinado. No creo en esta interpretación. En mi corazón no cuadra con esa imagen de Dios Padre que me muestra Jesús. ¿Cómo va a querer Dios la muerte de su hijo amado, el predilecto? ¿Cómo va a querer el dolor de nadie, el sufrimiento de un justo? El plan de Dios es la salvación y la plenitud de los hombres. El plan de Dios es el amor que se hace carne en Jesús y se da cada día en forma de un amor compasivo. Ese amor infinito envió a su hijo amado para que caminara conmigo y fuera su rostro de misericordia para todos. Jesús me mostró cómo me ama Dios, profundamente, incansablemente, incondicionalmente. Es un Dios que me busca, sin pedir nada a cambio, gratuitamente. Jesús se acerca al lugar donde me encuentro. Cura la parálisis de mi cuerpo y de mi alma. Ama a cualquiera sin importar su condición. Todos son su prójimo. Toca heridas con delicadeza. Libera de cadenas y levanta del suelo al caído, al pecador. Mira su corazón en lo más hondo y sacia su sed infinita. Y ese plan de amor tan maravilloso se ve frustrado por el odio de los hombres, por su egoísmo, por su afán de poder. La posesión de la verdad, el miedo a perder el poder ante un hombre que habla distinto de Dios, la cerrazón del corazón ante lo que implica cambiar de vida, ante la misericordia. Ellos fueron libres y optaron. El plan de Dios fue roto por la libertad del hombre. Yo soy siempre libre. Aún así, Dios, sólo Él, tiene la capacidad de sacar bien del mal, de volver a trazar su plan tras mis opciones libres. Eso me da tanta paz. Aunque tome decisiones equivocadas, elija caminos que me alejen de los hombres y de Él, Él sale siempre de nuevo a buscarme. No deja que me pierda. Y vuelve de nuevo, desde ahí, a mostrarme su plan de amor. Una y otra vez me da la oportunidad de elegirlo a Él, de optar por su misericordia. Cada día puedo hacerlo. No hay nadie perdido. No hay nada que haya podido hacer en la vida que Dios no pueda perdonarme. Siempre hay un camino de retorno al Padre. O mejor dicho, siempre hay un camino que Dios recorre para encontrarse conmigo de nuevo, en mi rebeldía. Esa cruz elevada con Jesús me lo dice. Del mayor mal brotó el bien más grande. De la fuente que querían secar brotó el agua que limpia todas mis heridas. Del costado que abrieron para provocar la muerte surgió una vida infinita. Jesús venció en la vida del hombre. Desde la cruz Jesús y el Padre me aman sin medida. No me juzgan, no me condenan. Es el amor imposible con el que sueño siempre y para el que estoy hecho. Es ese amor clavado sólo por mí. Nunca tuvo tanto poder Jesús como ese día en que no podía hacer nada. En ese madero se rompió mi barrera y la de todos los hombres. Hoy estará conmigo. Esa es mi esperanza. Pongo ante Él mi cruz, esa que cargo quizás silenciosamente cada día. Esa que cargo hoy. ¿Cuál es? ¿Qué nombre lleva? Jesús la conoce y la abraza. Y la besa con ternura. Sabe lo que me cuesta cargar con ella. Conoce mis caídas. Y me dice que no tema, que la carga conmigo. Mi cruz no es la última palabra. Ni mi cruz ni la suya.

Jesús muere en ese madero tal como vivió. Muere vacío, desprovisto de todo, sin seguridades, sin planes. Vivió para los hombres y para su Padre, sin guardarse nada. Así muere. La tierra tiembla ante tanta injusticia. Seguro que como ahora ante la injusticia de esta pandemia. Ante tantas muertes injustas que cuentan las noticias. En ese viernes santo Dios parece ausente en el mundo. A veces me siento así, sin Dios. Pero hay siempre una luz de esperanza más allá de ese madero. María vela junto a Jesús muerto. Ella cree y espera. Nunca ha dejado de esperar ni confiar. Ella es la única luz en esa noche del viernes santo. Es la única que sabe que la tumba no es el final. Que todo se va a cumplir. Que el amor es más fuerte que el odio, siempre. Ella es mi luz. Recogen a Jesús. José de Arimatea, con ternura, lo baja de la cruz y se lo entrega a su Madre. José es el hombre valiente que se atreve a señalarse ante Pilato como amigo de Jesús. Ella abraza en Jesús a cada uno de sus hijos que sufren. ¡Qué dolor para Ella! Me duele mucho en este tiempo de pandemia cuántos familiares no pueden acoger el cuerpo de sus seres queridos que han muerto. No pueden abrazarlos muertos como María. Hoy Jesús muere en todos ellos. Y María los abraza a todos ellos. Nadie muere solo, aunque lo parezca. María siempre está ahí, sostiene en su regazo a quien muere, lo abraza. A veces a través de manos humanas compasivas, médicos o enfermeras o algún sacerdote, otras veces directamente. Ella cuida cuando yo no puedo cuidar a los que amo.

10.                  La tumba vacía

El signo de la vida es una tumba vacía. El cadáver de Jesús ya no está aquí. «Aquél a quien buscáis». Jesús resucita con sus heridas. Se llenan de luz sus cicatrices abiertas. Cumple la promesa de estar siempre conmigo. Se aparece a los que ama, para llenarlos de alegría. Esta es la misión de Jesús: llenarnos de alegría porque está vivo. Vive y está a mi lado. Para comenzar de nuevo, para enseñarme a amar, para ayudarme a que el sueño de amor del Padre se cumpla en mí. Para sanar mis heridas. En medio de este tiempo tan oscuro, de encierro, veo muchos signos de resurrección que me dan esperanza. Pienso en la puerta cerrada de mi sepulcro, de mi propio corazón. Jesús viene a abrir esa puerta. Veo a mi alrededor muchas puertas que se abren y traen luz. Pienso en tantas personas que son luz. Que se preocupan más de los demás que de sí mismos. Es el amor imposible a la medida de Jesús. En ellos Él está vivo. En ellos toca y camina por las calles Jesús, por las habitaciones de los hospitales. Y lo reconozco, ellos son Cristo para mí. Algunos ayudan a llevar comida a personas mayores. Otros toman la mano de pacientes enfermos que sufren solos en los hospitales y lloran con ellos. Otros llevan gratuitamente en coche a enfermos o médicos. Algunos restaurantes cocinan gratis para los sanitarios de guardia en los hospitales, para animarlos y apoyarlos. Personas anónimas escriben cartas a enfermos en su soledad. Otros llevan comida a los que lo han perdido todo. Sacerdotes que se acercan a los que mueren exponiéndose al contagio para consolarlos. Médicos y enfermeros que velan día y noche para salvar una vida y cansados vuelven a empezar de nuevo al siguiente día. Gente que en sus domicilios fabrica mascarillas o respiradores y los pone a disposición de todos. Cantos en las redes sociales para llenar de luz los hogares. Conciertos para alentar el corazón. Religiosos que nos muestran a Jesús en la Eucaristía, en adoraciones que despiertan el deseo de estar con Él, de adorarlo. Los que rezan e imploran por los que más sufren, en silencio.

Esta cuarentena me ayuda a estar más cerca de los otros. En estos días todos hemos sido despojados de muchas cosas, y nos sentimos hermanos. La compasión abre el corazón a los demás. Rueda la piedra que cierra el sepulcro de mi corazón. Todo esto me habla de que el amor es siempre más fuerte. Se despierta la vida dentro de mí. Ahí está Jesús resucitando. Ahí se está apareciendo Jesús vivo entre los que mueren, entre tantos enfermos, entre los que están solos. Se aparece como lo hizo con María Magdalena a la que llamó por su nombre. Ahora también me nombra a mí en lo más profundo del corazón. No soy uno más, le importo. Se aparece a los suyos atravesando la puerta cerrada. Hoy también entra en muchos hogares y atraviesa las paredes en las que estoy encerrado por la pandemia. Entra en mi cuarto. Vence mis muros. Me muestra sus heridas. Por ellas lo reconocen los que lo ven, yo también lo reconozco. Y Él me reconoce a mí. Las heridas son de alguna forma mis marcas de amor. Es lo que me diferencia del resto. Son mi identidad. Cuando pase esta situación de crisis, estaré herido. Pero pienso que esas heridas se llenarán de amor, de vida, de luz. Espero saber mirar a los otros de un modo más humano y compasivo. Jesús se aparece a Tomás. Tomás no cree a sus amigos por envidia, por pena. Se siente apartado y menos querido. Y Jesús vuelve hasta él sólo por amor, para que entienda que sólo por él ha vuelto. Sólo por mí vuelve siempre. Ahora me detengo ante la tumba vacía. En tierra santa uno espera horas para besar esa piedra. Ahí lo pusieron. Ahora beso la piedra vacía. No hay cuerpo, ni restos. Mi fe tiene como sostén esa piedra. Esa roca. La tumba vacía. No hay una presencia física. No hay nada más como prueba, sólo el vacío y la fe que se construye desde ese lugar santo y perfumado. Juan y Pedro llegaron corriendo esa mañana muy temprano. Juan entró primero, vio y creyó. Yo también creo. 

Epílogo

He querido recorrer las huellas de Jesús desde Betania hasta llegar a la tumba vacía. Es el signo de esperanza, de resurrección. El punto final, el de inicio. Donde todo muere todo comienza de nuevo y ya para siempre. Espero que cada uno haya podido reconocer como propio algún lugar, algún camino de los que Jesús pisó en las últimas horas de su vida en la tierra. Tal vez le ha tocado especialmente algo de lo que Jesús sintió. O quizás ha caminado silencioso a su lado, con el corazón algo cerrado. Pero aún así siempre algo me toca cada año. Ante Él o ante sus hijos que sufren tanto estos días, mi corazón se conmueve. Os propongo que hagamos este camino, que recorramos con Jesús los lugares santos por los que Él pasó. Son lugares llenos de vida. Quiero meterme en su corazón humano. Sentir lo que Él sintió. Y, en alguno de esos lugares, quiero arrodillarme ante Él, pobre como estoy y con el corazón dolorido por lo que estoy viviendo. Allí quiero mirarlo a los ojos. Y ser mirado por Él. Como Pedro fuer mirado. Quiero levantar mis ojos y mis manos hacia Él. Quiero decirle que le quiero. Que quiero estar con Él. Que creo en su amor. Pienso que Jesús encontrará la forma de encontrarse conmigo si le abro mi corazón. Nunca he necesitado tanto su presencia en mi vida como ahora. Él lo sabe. Él es para mí, para cada uno, la vida en plenitud. Jesús está vivo a mi lado y viene cada día. Y sostiene mi vida de una forma misteriosa. Es mi esperanza y mi alegría.

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