"Alégrate, llena de gracia"

Reflexiones para el Mes de María - DIA 1 - 8 Noviembre

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Se inicia el mes de María en Chile, Argentina y otros países, invitamos a unirse en esta valiosa tradición de oración en las familias y en las comunidades parroquiales. Cada día publicaremos en este espacio un tema que apoye en la meditación a quienes lo deseen utilizar.

| P. Rafael Fernández P. Rafael Fernández

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Tema 1, para el día 8 de Noviembre

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¡ALEGRATE, LLENA DE GRACIA!

Texto: Lucas 1, 26-28

La obra de salvación del mundo por Cristo comienza con una invitación a la alegría. El mensajero de Dios no apela, en primer lugar, al temor ni al sentimiento del deber. Trae un encargo del cielo, tiene que confiar una misión. Pero sus instrucciones o son de abrumar ni aplastar con tremendas responsabilidades. Va a comenzar una historia de liberación y es necesario que la primera protagonista, de quien depende todo el proceso, esté liberada de toda angustia opresora: "¡Alégrate!".

La historia de salvación nunca más perderá su sello inaugural de alegría, liberada y liberadora. Al nacer Juan el Bautista, precursor del Mesías, su misión será definida como un preparar los caminos para la visita del Señor, Sol que nace de lo alto. El Salvador que viene no es ya el Dios de la tempestad y el trueno, el Señor de tremenda majestad, el juez de las venganzas divinas: será como una caricia, un rayo de sol que delicadamente entibia y alegra el universo.

Lo dirán expresamente los ángeles, al anunciar que Cristo ha nacido: "Será alegría para todo el pueblo".

Y así fue. Fue así ya en la vida temporal de Jesús. No sólo porque pasó haciendo el bien y sanando a los oprimidos por el diablo, sino porque hablo expresamente de la alegría, invitó a la alegría, vivió en la alegría.

Todo su programa quedó condensado en as bienaventuranzas: promesas de alegría, caminos de alegría. "¡Dichosos, felices los que tienen un corazón pobre y uro, los que trabajan por la paz, los que son perseguidos y calumniados por ser fieles a mí!

Dijo también que el Espíritu Santo reposaba sobre él y lo consagraba para anunciar a los pobres la alegre noticia de su liberación.

Describió, con una plasticidad no superada, la alegría de la misericordia, la alegría de perdonar y acoger al extraviado, la alegría de dar, mejor aún que la de recibir.

Palpar la presencia y acción de Dios en los pequeños y sencillos lo hacía estremecerse de alegría. La misma de la cual disfrutaba admirando la confianza ingenua de los pájaros y la gratuita belleza de los lirios del campo, y descubriendo allí el secreto de la alegría de los hijos de Dios.

Jesús proclamo dichosos a los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica: lo decía por experiencia. Toda su vida fue un escuchar al Padre para conocer sus deseos y realizarlos. Nos dejó una confesión reveladora, la clave de su alegría: "Mi Padre nunca me deja solo, porque yo hago siempre lo que le gusta a él".

El Padre quiso que él diera la vida por sus amigos y hermanos; y esta suprema prueba de amor fue también su suprema alegría. Horas antes de consumarla, invitó a sus discípulos a amar así, como él, hasta dar la vida por sus amigos. Entonces -les dijo- mi alegría estará en ustedes y la alegría de ustedes será perfecta.

Cuando los discípulos del Señor quisieron escribir su vida, se preguntaron cómo titularla. Y no dudaron: la llamaron "evangelio". La vida, los hechos, las palabras del Señor, todo en él quedaba resumido en esa definición: "Alegre noticia".

Verdaderamente tiene que haber sido irradiante y contagiosa la alegría de un Hombre-Dios que se atrevió a decir: "Vengan a mí los que andan agobiados por trabajos y cargas: en mí encontrarán alivio y descanso".

El mismo alivio y descanso, la misma alegría que él aprendió a encontrar en los brazos y el rostro de su Madre. Estaba aún en su vientre cuando alguien la llamó "feliz". "Dichosa tú, porque creíste". Fue su prima Isabel, llena del Espíritu Santo, la que comprendió y proclamó que es la fe la fuente de la inextinguible alegría.

Y por eso la Iglesia, que saluda María como madre de la fe, le reserva el hermoso título de "causa de nuestra alegría alegría". Un Padre de la Iglesia va un poco más allá y la llama "raíz de nuestra alegría". Quizás para poner de relieve que en ella y por ella entramos en contacto vital con Cristo y permanecemos arraigados en "Aquel que es la fuente única de donde dimana nuestra alegría".

"Alégrate, llena de Gracia, el Señor está contigo". Así comienza la historia de nuestra salvación por Cristo, con una invitación a la alegría. Expresamente a la alegría de la gracia, de la amistad con Dios: la alegría de la fe, de la esperanza y del amor. Alegría de saber que Dios está con nosotros. Más que eso, que Dios está por nosotros, porque nosotros, como María, lo acogemos con un corazón pobre y puro, y queremos hacer lo que a él le gusta.

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