Homilía del padre Carlos Padilla - 26 de enero de 2020

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Domingo 26 de enero de 2020 | Carlos Padilla

III Domingo Tiempo Ordinario

Isaías 9, 1-4; 1 Corintios 1, 10-13. 17; Mateo 4, 12-23

«Vio a Simón y a Andrés, que estaban echando el copo en el lago. Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y le siguieron»

26 Enero 2020 P. Carlos Padilla Esteban

«Una fe audaz que busca señales para tomar decisiones y ponerse en camino. Una fe que mueve montañas y hace posible lo imposible. Me saca de mis miedos y vence mis desconfianzas»

He aprendido a caminar muchos caminos. Me he equivocado a menudo sin desearlo, creyendo que estaba en lo cierto. He buscado señales a escondidas para saber si iba en la dirección correcta. He descubierto sombras y luces que mostraban mil caminos posibles. He querido elegir siempre el válido, el aceptado por todos, el que correspondía, el que los demás querían para mí. Pensando que, si acertaba y los demás estaban contentos conmigo, todo sería más fácil. Pero ¿quien decide cuál es el camino correcto? ¿Será la paz el signo que Dios me da para saber si elegí lo adecuado? He sido capaz de tomar una decisión y después la contraria. Y en ambos casos he creído ver que eso era lo que Dios me pedía. ¿Es eso posible? Lo más seguro es que sea Dios quien me siga a mí por los caminos, no yo a Él. Necesito que sea Él quien me abrace y sostenga cuando más me hagan falta sus fuerzas, su apoyo, su ánimo. Puede ser que así importe menos elegir lo correcto en todas mis decisiones. Puedo llegar así a desdecirme de aquello que dije en algún momento. Ya no sé si tengo que ser coherente en todo lo que he dicho, escrito, hecho, caminado, escalado, nadado. Puedo tener incoherencias e inconsistencias tan propias de esta vida limitada que poseo. Me parece imposible mantener tantos años la coherencia absoluta, la lógica imperturbable de todos mis actos, juicios y palabras. Empiezo a dudar incluso de mí mismo cuando quiero contentar a todos creyendo que así seré más feliz. Creo que al menos algo tengo claro en medio de tantas dudas. Conozco ese rostro que me ha mirado una y otra vez en el camino. He sentido su aliento más de una vez en mi espalda. Y ese abrazo suyo lleno de misericordia que me sostiene cada vez que tiemblo y caigo. Por eso he decidido dejar de mirar al de al lado comparándome. Me hace mal, no me deja ser feliz. He decidido no vivir anclado en los errores cometidos. Hurgando en la herida que tanto duele, llorando con melancolía por la leche derramada. He decidido no juzgar tan duramente las decisiones de los demás, tampoco las mías. Aún cuando piense que ha habido precipitación o me haya causado dolor lo decidido. He decidido abrir la persiana de mi alma cada mañana para abrirme a un nuevo día con la ilusión renovada, dejando que el sol entre. He decidido no vivir cuestionándome continuamente mis estados de ánimo. No importa si no siempre sonrío, si no estoy feliz en cada momento. O callo sin hablar de nada. Cada día tiene su afán, su preocupación, su miedo. He decidido no dejar de luchar pensando que subir a lo alto es imposible. He decidido dejar de hacer cálculos y no pensar dónde debería estar mañana o pasado mañana o el próximo año. La vida es larga y da muchas vueltas. Y no quiero tener claros todos los pasos que aún me quedan por dar. He decidido alegrarme con las alegrías de mi hermano. Sin sentir envidia, ni celos, sin querer poseer lo que él ahora tiene. Porque no tiene sentido desear los bienes ajenos. He decidido llorar con el que llora. Porque no puede ser que deje de ver su dolor, viviendo a mi lado. Es inadmisible que viva mi vida tan centrado en mí que no logre ver lo que pasa junto a mí, en el corazón del otro. He decidido salir más de mí mismo, ir al encuentro de mi prójimo y arriesgar mi vida, sin temer perderla. He decidido agradecer a Dios por todo lo que tengo. Ya sea bueno o malo, poco importa. La gratitud, la alabanza, ensanchan mi alma y me hacen ser mejor persona. Recuerdo las palabras de un mexicano muy conocido en la universidad de Monterrey, David Noel. Siendo ya mayor vivía su vida con pasión: «Hay que morir viviendo. Ayudando a los demás. Hay que seguir haciendo lo que te apasiona. Aunque ahora sea bajando la intensidad». Quiero vivir así. Ahora y cuando sea más viejo. En el presente que acaricio. En el futuro que temo. En todo momento vivir amando, sirviendo, haciendo lo que me da la vida. He decidido no dejar de amar un solo momento. No vivir con miedo a lo que pueda pasarme. No temer que me juzguen por lo que digo, hago o vivo. No vivir queriendo que todos me aplaudan. Es imposible y desgasta tanto. Hagas lo que hagas a alguien le parecerá mal. ¿Para qué tanto esfuerzo? Sólo ante Dios al final de mis días rendiré cuentas. No habrá un juzgado popular que condene mis acciones. Sólo miro a Dios cada mañana, cada noche. Y me quedo tranquilo con las horas vividas. Y sonrío a Dios porque me ha sonreído. Y lo abrazo herido, conmovido, alegre, porque me ha salvado. Vivo muriendo. Muero viviendo. Y sigo amando cada paso del camino.

El 20 de enero de 1942 se cumplió el plazo que el P. Kentenich tenía para tomar una decisión. Era la fecha marcada. En ese momento se jugaba su futuro y tal vez el de la familia de Schoenstatt. Podía decidir algo o no decidir, dejar pasar el plazo. Podía hacer algo o no hacer nada. Así es en la vida tantas veces. Puedo hacer o no hacer. Hablar o callar. Ir o quedarme donde estoy. Puedo asumir un reto o dejarlo pasar. Aceptar mi responsabilidad o esquivar la culpa. Puedo seguir un camino u otro. Siempre hay plazos, fechas que me impulsan a decidir. Hay voces que me gritan en una dirección, o en la otra. Puedo hacer algo o no hacerlo. Escuchar al que me exige o no hacer caso. Puedo luchar o quedarme quieto. El P. Kentenich, en el calabozo de Coblenza, esa noche del 20 de enero se encontraba en una encrucijada: «Había luchado conmigo mismo toda la noche para descubrir cuál era la voluntad de Dios». Podía elegir un camino y tal vez quedar libre de la muerte en un campo de concentración. En su mano no estaba eludir el campo, pero sí poner todo de su parte para evitarlo. Sólo tenía que solicitar una revisión médica para intentarlo. Quizás podría quedar exento por su pulmón. Los medios humanos podían salvarlo. ¡Cuántas veces no dijo él mismo que había que poner todo de nuestra parte en la toma de decisiones en Dios! Si Dios me abría un camino ante los ojos. ¿No sería esa su voluntad? ¿No tendría que seguirlo? Podría ser así. Pero luego se escuchan otras voces. Gritan en el alma los gemidos del Espíritu. Ahí habla Dios con voz potente, incluso cuando no escucho nada. En medio de mi oscuridad Dios enciende una tenue luz para que logre ver la senda escondida. Esa noche de enero el Padre vio brillar una luz rasgando la penumbra. Como si Dios le pidiera la confianza absoluta. ¿No lo amaba Dios como a su hijo predilecto? ¿No había tenido la certeza de su misericordia tantas veces en su vida? Ahora tenía que volver a confiar en su conducción. Nunca hubiera elegido ir al campo de concentración. Era una amenaza que podía llevarle a la muerte. No quería dejar sola a toda la familia. Dependían de Él. Era su Padre. Pero al mismo tiempo sentía que no podía usar esos medios humanos a su alcance: «Ahora tenía claridad. No firmaré la solicitud. Si yo tengo que elegir, que decidir, entonces: para mí la muerte y las cadenas, para la familia ha de ser la libertad». Nunca como en ese momento había tomado conciencia de la trascendencia de una decisión. El paso que daba tal vez no le llevara a la muerte, como así fue. Pero sí cambió algo en él y en toda la familia. Hizo más consciente en ese momento una realidad: la pertenencia a Cristo. Le pertenezco a Él, junto a todos los hijos de Dios y cualquier acto mío, cualquier decisión que tome, tiene una repercusión en el Cuerpo de Cristo. Estamos unidos, entrelazados. Los unos caminamos en los otros. Es la llamada solidaridad de destinos. La vida se juega en los pasos que doy, en las decisiones que tomo. Pero no estoy yo solo. Todas mis acciones y omisiones. Todo el bien que hago, todo el mal que evito. Mis grandes actos y mis obras más frágiles. Mi pecado y mi virtud. Todo tiene un efecto para la vida eterna y en el corazón de los que me acompañan. Para lo bueno y para lo malo, no estoy solo. Mi santidad repercute en la aspiración a la santidad de mis hijos, de mis hermanos. Por eso elijo la vida, el amor, la entrega. Elijo ser fiel, ser auténtico, hacer el bien. Elijo la bondad, la verdad, la alegría. Elijo lo que Dios permite en mi vida, sin entender tan a menudo por qué las cosas son como son. Elijo a Dios, a Jesús en mi camino, en mi barca, en mi alma. Elijo el sí como respuesta en medio de los noes de mi fragilidad. Me levanto, no me hundo. Rompo el velo de la noche que me cubre. Y entra el sol por la herida de mi corazón roto llenándome de esperanza. Muchos no entendieron la decisión que tomó el P. Kentenich esa noche hasta pasados algunos años. Fue algo que él intuyó en lo más íntimo de su alma, esa noche frente a Dios. El Padre ya no recorrió solo nunca más su camino. Todos fueron con él a ese campo de concentración. Y él se quedó con todos en el camino de santidad que cada uno tenía que recorrer en lo más hondo de su corazón. Su libertad entregada por la libertad de su Familia. Es la solidaridad de destinos. No estoy yo solo. Voy con mis hermanos. No me dejan solo. No dejo a nadie solo. Esa conciencia le da un valor a cada paso que doy, a cada decisión que tomo. A cada palabra, a cada gesto. Todo tiene un eco en el mundo de Dios, de los hombres. Por todo eso sé que no me hundo ya después de cada caída. Muchos me sostienen. La fuerza de su oración me levanta. Mi entrega y oración levantan a otros. Los lazos que no se rompen son los que teje Dios con la fuerza de su amor. Son para siempre. Esa noche del 20 de enero, en esa lucha de Dios con el hombre, brotó una vida nueva, una manera diferente de vivir el presente. Y todos los miedos descansaron en el corazón de Jesús. Brotando de ese encuentro una confianza nueva.

No sé bien cómo hacer para facilitar la vida a los demás. A veces necesito quedarme quieto, simplemente no hacer nada y callarme. O alejarme en silencio. Otras veces tengo que hablar, decir lo que conviene, exhortar, animar, dar un abrazo. En ocasiones mi sonrisa y mi risa ayudan. En otras son mis lágrimas llenas de emoción las que sanan y acompañan. No he nacido con un manual de instrucciones bajo el brazo. Y por eso me cuesta más manejar los tiempos y las maneras. Reconocer mis emociones y las de los otros con tacto y delicadeza. Los vínculos no entienden de razones. Las relaciones no crecen con teorías. Tal vez no conozco todos los libros que existen. Ni me he leído todos los caminos que hay que recorrer. No me lo sé todo, lo reconozco. Me confundo una y otra vez. Cometo errores de bulto, hiero y hago daño. Donde debería haber permanecido en silencio, hablo sin parar. Donde debería haber sonreído, permanezco muy serio. No lo entiendo. Creo hacerlo bien y estoy sembrando distancias, construyendo muros, dividiendo lo que parecía tan firme en su unidad. ¡Qué intrincada es el alma humana! ¡Cuántos matices tiene que no controlo! Abrazo y es excesivo. Saludo distante y debería ser más cercano. Digo unas palabras de cariño y me quedo corto. Callo por no saber qué decir y no estoy haciendo lo que corresponde, porque no acojo con la mirada, con mis gestos. ¿Cómo hacía Jesús para sanar siempre el alma de los que se encontraban con Él por el camino? Incluso en su vida entre los hombres muchos se alejaron, no comprendieron su amor, no lo acogieron. Yo no tengo la palabra adecuada. No sé consolar con gestos sabios. No se me ocurren los consejos perfectos en momentos delicados. No entiendo lo que siente aquel que se me confía. No soy capaz de descifrar ni sus silencios ni sus palabras. Todo me resulta extraño. Hoy escucho: «Poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir». Parece tan sencillo ponerse de acuerdo con los demás. Pienso que son los demás los que deberían estar de acuerdo conmigo, con mis intuiciones, con mis puntos de vista tan válidos. No entiendo su ceguera cuando esto no ocurre. ¿Es que no lo ven? Me indigno. Deberían verlo todos igual que yo. Todo sería más fácil. Critico fácilmente su torpeza. Y no entiendo que pueda haber otras maneras de pensar, otras formas de hacer las cosas. Parece todo tan sencillo como yo lo hago, como yo lo veo. Pero no lo es. Es un milagro no vivir dividido. Me parece una utopía tener un mismo pensar y un mismo sentir. Me resulta un sueño. «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo. ¿Está dividido Cristo?». Cristo es uno. Quiere que seamos uno en Cristo. Una unidad que nadie pueda romper. Ni el tiempo, ni las derrotas, ni los enfrentamientos, ni las luchas. Una unidad sagrada que ha sembrado Jesús en mi alma. ¿Estoy capacitado para unir? No lo sé. Me siento tan débil. Me cuesta tanto unir lo que es diferente. Unir al que no piensa como yo. Unir al que es de otro lugar, de otra tierra, de otro bando. Unir al que tiene otro acento, otras vivencias y expectativas sobre la vida. Unir es un arte sagrado. Un don de Dios en mí. Lo más fácil es dividir. Hablar mal de otros. Exigir que piensen como yo. Alejarlos cuando disienten. El pensamiento único da tranquilidad. Convivir con posturas enfrentadas inquieta el alma. La unidad en el corazón de Jesús es un milagro que le pido a Dios cada día. Dice el Papa Francisco en la exhortación apostólica Amoris Laetitia: «El verbo unirse en el original hebreo indica una estrecha sintonía, una adhesión física e interior, hasta el punto de que se utiliza para describir la unión con Dios: - Mi alma está unida a ti». Esa unión es la que yo deseo. Estar unido a las personas, a Dios, de una manera que no se pueda romper. El amor es el fuego que hace posible la unión. Y amar supone aceptar, comprender, renunciar a lo mío por amor a lo del otro. Dejar de lado el amor propio y aceptar la verdad que se me ofrece. No querer imponer mi manera de ver la vida. Buscar la felicidad de aquel al que amo, no la mía. Una unidad sin amor es frágil, poco fiable. El amor teje lazos irrompibles de corazón a corazón. Una cadena que nada puede romper. La unión con Dios me da fuerza para ser instrumento de unidad. Pero es frágil esa unión que percibo en mi interior. Decía el Cura de Ars: «La oración es el acto más noble, más sublime y sólido. Eleva al hombre a la altura de Dios. La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es una felicidad que supera nuestra comprensión»[1]. Dos trozos de cera fundidos en uno solo. Debo estar unido y en armonía para ser instrumento de unidad. Cuando estoy dividido por dentro. Cuando mi orgullo me lleva a la lucha y al enfrentamiento, es difícil que una a los demás. Vivo en tensión. Busco ser el centro. Quiero que los demás me admiren. No admiro al otro porque lo veo como mi enemigo, como aquel con quien compito. No me alegro con sus éxitos, no disfruto de los halagos que recibe. Esa lucha interior me lleva a vivir en guerra, rompiendo vínculos. Me duele ver la división que existe en mi propio corazón. Sé que si permanezco unido a Jesús en lo más íntimo podré vencer distancias infinitas.

Jesús recibe la fuerza del Espíritu Santo en el Jordán y comienza su predicación por Galilea: «Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: - Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos». Es señalado entre los hombres como el Mesías y es como si continuara la misión de Juan. Sus palabras me recuerdan a las de su primo. Es necesario convertir el corazón para poder iniciar una nueva vida. Hay que dejar de lado el pecado, porque daña el alma. Hay que abandonar las esclavitudes que me debilitan por dentro. Todo eso es necesario para cambiar de vida e iniciar un nuevo camino. La conversión es una gracia que necesita el hombre. Lo escucho hoy como un imperativo. Es necesario cambiar para ser más feliz, para que los demás tengan una vida más plena. Tengo que dejar a un lado lo malo que hay en mi vida, y elegir definitivamente lo bueno. Pienso en la conversión que necesitaron todos los santos. El otro día leía sobre la vida de S. Ignacio. Ese momento de su conversión en la cueva de Manresa: «¿No se está convirtiendo en un caballero distinto, al servicio de Dios? ¿No es Su causa la que quiere defender y servir? Pues bien, ¿por qué no velar estas nuevas armas, el bastón y la calabaza? Al imaginar la escena no puede evitar sonreír, emocionado y lleno de entusiasmo. Llega, al fin, a Montserrat»[2]. Se convierte en un caballero de María, de Dios y vela sus nuevas armas. Ignacio abandona su antigua vida e inicia una distinta. Rompe con lo anterior, amando el futuro que se le abre. Se despoja de lo que le pesa para elegir lo que le libera. Sufre en su alma el desgarro de su vida pasada. Es necesario tantas veces el desgarro en mi vida para emprender el vuelo. Me libero de lo que me ata para volar hasta las cumbres. Duele, pero es el camino de la conversión al que Dios me llama. Tan a menudo me apego a la realidad que amo, que sufro cuando la pierdo, cuando cambian las circunstancias. Sufro la soledad después de haber amado tanto la compañía. Y acaricio la herida abierta provocada por la pérdida. Es necesario que me convierta para emprender un nuevo camino. Me impresiona el dolor que me provocan los desgarros y las pérdidas. Duelen la renuncia y la conversión profunda. Me he acostumbrado a ciertas rutinas, a algunas formas y maneras de ver las cosas. Dejarlas atrás para acoger otras nuevas me exige un esfuerzo excesivo. Pero sé que quiero cambiar y comenzar de nuevo. Hay momentos en los que la conversión en mi vida llega a ser un imperativo. Como el que hoy escucho en los labios de Jesús. Quiere que me convierta para que sea feliz, pleno, santo. Quiere que deje atrás algunas cosas y cambie otras. Quiere que rompa con mis cadenas. Que entierre hábitos malsanos. Que abandone mi pecado, mi egoísmo. Quiere que mi vida sea diferente sin dejar de ser la misma, sin dejar nunca de ser yo mismo. La conversión sólo es posible si la luz de Dios me penetra hasta lo más hondo y me cambia por dentro. Hoy escucho: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló». La luz de Jesús irradia en mi alma que tan a menudo ha vivido en tinieblas. Su luz rompe la noche de mi corazón, rasga las oscuridades. Me conmueve esa luz de Jesús que viene a traer claridad a mi vida. Necesito dejar atrás lo que me pesa, lo que me encierra, lo que me limita. ¿Qué quiere que haga Jesús? ¿Qué tengo que cambiar en mi interior al comenzar un nuevo año? ¿Qué cadenas no me dejan ser un hombre libre y volar? Jesús me pide que cambie. Conviértete, escucho muy dentro de mi alma. Quiero convertirme en una mejor persona. Quiero convertirme en alguien más santo, más puro, más niño, más dócil. No puedo hacerlo solo porque romper con lo que tengo me parece imposible. No soy capaz de desgarrarme a mí mismo. ¿Cómo puedo hacerlo? Sólo con realismo. ¿Cómo me ven los demás? ¿Qué ven ellos en mí que yo no veo? Las críticas constructivas me ayudan a crecer. Cuando me dicen dónde tengo que mejorar logro dar un salto grande. Los comentarios sobre mi forma de hacer las cosas me ayudan. No quiero agradar a todos. Pero sí quiero escuchar lo que los demás dicen, piensan, callan sobre mí. En ocasiones me blindo. Me reviso y creo que todo lo hago bien. No admito comentarios críticos. No acepto que me digan cómo tengo que hacer las cosas. Si esta es mi actitud es imposible iniciar el camino de la conversión. Me abro al hermano y a sus comentarios. Lo escucho con alegría porque detrás de sus palabras que duelen está Jesús podando en mi corazón. Necesito ser más humilde para aceptar con alegría las humillaciones. Siempre quiero hacerlo todo bien, pero no es posible. Conversión tiene que ver con humildad. Para dejarme hacer por Dios no tengo que estar demasiado apegado a mi ego. Cuando me libero de él me abro al cambio. Acepto que puedo mejorar, crecer y ser más santo.

Jesús no quiere caminar solo. Y entonces llama a los suyos. Busca a sus amigos. Quiere que sean pescadores de hombres con Él: «Paseando junto al lago de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: - Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron». La llamada a seguir a Jesús es radical. Penetra el alma. Cautiva, enamora. Es una palabra dicha en el silencio. Un fuego que ilumina la noche. Una brisa suave en medio de la tormenta. Es un de repente que conmociona mi espíritu y me saca de mi inmovilidad. ¿Cuándo llegó a instalarse en mi tienda ese Jesús al que sigo? ¿Cuándo y cómo se decidió a tirarme del caballo para caminar conmigo? Me quedo en silencio, pensando. Todo sucedió de repente. Fue un accidente, un grito en mi silencio, una voz callada que no lograba descifrar en mi torpeza. Me resistí, dudé, no confiaba en la promesa que se iba asentando en mi alma. Fue su amor un abrazo que cambió mi vida para siempre, por la espalda. Me presentó una ruta que parecía imposible y un horizonte nuevo quedó abierto ante mis ojos. Fue una barca y fueron unos pies caminando sobre el agua. Yo tenía el miedo grabado en mis entrañas y no me atrevía a dar el paso. Era el miedo a lo nuevo, a lo desconocido. El desconcierto al ver que no era posible contener entre los dedos todo un océano que se me ofrecía. Una invitación a recorrer bosques desconocidos entre árboles milenarios. Una llamada a no volver a estar nunca solo siendo sólo para Él. La soledad siempre hiere y asusta. Me quedo callado ante una misión que enciende el corazón joven que sueña con tocar las cumbres más altas. Con beber el agua más cristalina y hollar las arenas más vírgenes. Guardo en mi interior esa llamada de Jesús, cuando todo a mi alrededor parece estar en calma y seguro. Acojo su invitación a soltar amarras, a creer en lo que pocos creen en este mundo falto de creencias. Cuando la fe deja de ser algo concreto, asible, atractivo, fascinante. Escucho esa petición profunda que se concreta lentamente en el alma. ¿Será verdad lo que Dios me pide a mí que no sé hablar su lenguaje? Escribo lentamente en un papel en blanco palabras que me encienden, me llevan a mares ignotos y a cielos nunca explorados. Y siento en lo profundo de mi alma un deseo inmenso de dar la vida en lugar de vivir buscándome. Abrazo a Jesús lleno de alegría y paso a vivir buscándolo. ¿Dónde estarán sus huellas para poder seguirlas? Me adentro en la selva de mis sentimientos. Una marejada de emociones nueva. Quisiera abrazar el sí primero. Ese que pronuncié un día siendo joven y que he repetido tantas veces. Ahora mismo lo pronuncio de nuevo en medio de la noche, en medio del mediodía de mi vida. Más viejo. Todo más nuevo. El alma más herida porque el tiempo siempre deja su huella en las arrugas de mis entrañas. El miedo es hondo de nuevo y a la vez brota en mi interior una confianza que Él me da, para que no tema. Y siento suave su caricia al caminar despacio. Vuelvo a decirle que sí a Aquel que pasó ante mi barca invitándome a cambiarlo todo, a pescar siempre a su lado, nunca más solo. No dejo de tener dudas: ¿Y si no es verdadero ese grito de mi recuerdo, ese grito que hoy vuelvo a escuchar? «Venid y seguidme». Lo vuelvo a escuchar nítidamente en mi alma, en mis oídos. Y me pregunto: «¿A quién temeré?». Se alegra mi alma al escuchar su voz. Con la sencillez de un niño me abrazo a los pies del maestro. La vida no es un juego, me repito, después de haber acompañado el dolor, enjugado tantas lágrimas, sanado muchas heridas, calmado dolores. La vida que me ofrece Él tiene una luz que todo lo penetra y despierta claridades. Desaparece así la oscuridad del alma. Siembra con su bendita mano esperanza en mi seno. Y sonrío feliz ante un camino largo. Le digo que sí mientras lo dejo todo. Las redes caídas, mis sueños de niño, mis heroicidades de entonces, mis debilidades que me lastran. Lo dejo todo y le entrego mi vida al mismo tiempo. Me vuelve a llamar ahora más viejo, más dentro. Es más verdadera su voz que nada de lo que tengo.

Miro mis dolencias, miro la enfermedad de mi alma que no me permite vivir en libertad, sin miedo. Hoy escucho que Jesús viene a liberarme: «Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo». Jesús pasó haciendo el bien, dando paz a los atormentados. Yo vivo pensando que tengo que hacerlo todo bien. No hacer el bien, sino todo bien. Y eso es imposible. Una y otra vez lo intento y mi deseo de hacer el bien fracasa. Me equivoco, o mis pasos no logran el bien que busco. Tengo miedo. Un miedo profundo a equivocarme, a fallar, a desilusionar. Un miedo que se atraganta en mis entrañas. Un miedo de niño abandonado que no escucha los pasos de su padre volviendo a casa para abrazarlo. Un miedo de hombre solitario que ha sentido el rechazo en su vulnerabilidad. El miedo a perder la alegría de forma permanente. El miedo a no notar su presencia, su abrazo, su paz. El miedo a vivir sin seguros, sin la confianza de su cercanía, sin la certeza de su amor. Me detengo conmovido ante ese Jesús que quiere que viva en libertad, con paz profunda, con alegría. Lo miro enseñándole en mis manos heridas todos mis miedos. Mi miedo a perder el camino, a cometer errores. Mi miedo a darme por entero y equivocarme. El miedo al juicio cuando me expongo. El miedo a desilusionar a los que han creído en mí, en mis palabras. El miedo a perder la fe o a creer sin obras. El miedo a no estar a la altura de mis propias exigencias. El miedo a naufragar en los mares del mundo. El miedo a no saber cuál es el siguiente paso. El miedo a la duda, a las preguntas sin respuestas. El miedo a un futuro incierto. El miedo a la soledad que lacera mi alma. El miedo a una vida sin frutos, sin alegrías. El miedo al dolor en forma de pérdida, ausencia, enfermedad, desgracia. Ese futuro que no controlo. El miedo a traspasar líneas que yo mismo u otros han dibujado para limitar mis pasos. El miedo a fallar, a no cumplir y no estar a la altura. El miedo a sufrir y no encontrar el sentido a tanto sufrimiento. El miedo enferma, aísla, bloquea, detiene mis pasos y mis luchas. Me da tanto miedo no ser fiel a su llamada y huir de Él cuando todo se ponga peligroso, y amenacen con quitarme la vida. Ese miedo de los discípulos enamorados y temerosos. Jesús recorre mi alma para liberarme de mis enfermedades y dolencias quitándome el miedo. Yo soy uno de esos que se detienen junto a Él esperando esa mano que me libere de mis ansias. ¿Qué puede salir mal si todo está en sus manos? leía el otro día: «El Diablo ha aportado como prueba de que Dios no es amor la existencia del sufrimiento. Así que si hoy eres esclavo del Diablo es por el miedo que tienes. (…) El arma del Enemigo es el miedo, el miedo a la muerte»[3]. No quiero ser esclavo de mis miedos. Se los entrego a Él. Él sabe lo que puede hacer conmigo. Puede sanarme y liberarme. Puede hacer que me perdone en mis caídas. Y me levante en medio de mis miedos. Sólo quiere que confíe. Me dan fuerza las palabras de Santa Teresita: «Jesús se complace en mostrarme el único camino que conduce a ese fuego divino: ese camino es el abandono del niñito que se duerme sin miedo en los brazos de su Padre. El que es pequeñito, que venga a mí, dice el Espíritu Santo por boca de Salomón y este mismo Espíritu de Amor dice también que ‘la misericordia es concedida a los pequeños’»[4]. La misericordia de Dios conmigo. Tanto hablo de esa misericordia y tanto me cuesta confiar en su amor infinito que lo perdona todo. Si creyera de verdad no me costaría nada perdonarme las caídas. No sé por qué tengo dudas. ¿Será tan misericordioso como me han dicho? Necesito su mirada sobre mí diciéndome que soy su hijo precioso, el más amado. Aquel por el que ya ha dado Él la vida. Yo no tengo que hacer mucho más. Simplemente sujetarme en sus brazos, descansar como una oveja sobre sus hombros. Y sonreír. No puedo cambiar las páginas pasadas. Ni borrar las manchas de mi historia. No puedo eliminar los pecados cometidos. Sólo puedo notar el abrazo de Dios misericordia. Su sonrisa diciéndome que me necesita, que me ama con locura, que soy su hijo predilecto. ¿Por qué no me lo creo? Vuelvo a escuchar las palabras duras de mi propio juicio. Hoy miro a Jesús con miedo y con paz al mismo tiempo. Él me ama y me lo dice al oído. Vuelvo a confiar. Vuelvo a nacer en sus brazos. La esperanza brota dentro de mí. Como un pequeño riachuelo que apenas lleva agua. Es posible confiar de nuevo después del dolor y las caídas. Jesús sólo quiere que pase haciendo el bien y no pretende que no me equivoque nunca. Borro de mi alma esos imperativos de perfección, que alguien de niño grabó en mis entrañas. Le pido a Jesús que con su abrazo lo borre todo. Y siembre una confianza divina en lo más hondo. Estoy en sus manos. ¿Qué puedo temer? Nada. Él conduce mi barca en medio de las tormentas. Él cree en mí. Miro con paz mi vida. Y creo en todo lo que puede hacer conmigo. Yo soy un sanador herido. Él se alegra al verme sonreír como un niño. Sana mi enfermedad. Me libera del llanto. Siembra en mí su alegría.

 



[1] Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio, 66

[2] José María Rodríguez Olaizola, Ignacio de Loyola, nunca solo

[3] Diego Blanco, Un camino inesperado: Desvelando la parábola de El Señor de los Anillos

[4] Santa Teresita del Niño Jesús, Historia de un alma

Comentarios
Total comentarios: 1
26/01/2020 - 07:07:13  
Muchas gracias Padre Carlos.
Muy oportuna su meditación.
Nuestra Mater lo bendiga.
John

John Hitchman
China
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