Homilía del padre Carlos Padilla - 28 de octubre de 2018

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Domingo 28 de octubre de 2018 | Carlos Padilla

Domingo XXX Tiempo ordinario

Jeremías 31,7-9; Hebreos 5,1-6; Marcos 10,46-52

«Jesús le dijo: - ¿Qué quieres que haga por ti?                                                                           El ciego le contestó: - Maestro, que pueda ver»

28 Octubre 2018 P. Carlos Padilla

«Quiero amar hasta el extremo. Salir de los muros que me encierran en mi interior. Darme por entero, sin miedo a perder nada. En mi alma llevo a los que necesitan, a los que más sufren»

Deseo que la alegría sea el tenor de mi alma. Como una constante escondida detrás de días no tan felices. Como esa paz que baja de lo alto cubriéndome con su sombra. Y sosteniéndome en el aire cuando falla el suelo donde piso. No quiero que la tristeza nuble mi camino. Y repito dentro de mi alma: «El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres». Estoy alegre porque Dios me ha hecho ver en mi vida cuánto me quiere. Pero a veces me olvido del peso de su voz, y de la solidez de sus palabras. Como si ya de nada valiera todo lo vivido. Como si de repente Dios hubiera dejado de mirarme. Hoy me uno a las palabras del profeta: «Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el mejor de los pueblos; proclamad, alabad y decid: El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel». El Señor ha estado grande conmigo y estoy alegre. Miro mi historia y agradezco el poder de su mano. La presencia misteriosa en medio de mis debilidades y caídas. Allí siempre el Señor sosteniendo mis pasos. Miro mi vida y pienso en tantas alegrías que Dios me ha regalado. Creo que la alegría que he vivido me ha ensanchado el corazón. «Decía santo Tomás que se usa la palabra alegría para referirse a la dilatación de la amplitud del corazón»[1]. La amargura quizás crece en el alma por las tristezas vividas. La amargura empaña la mirada y me vuelve mezquino. Por eso necesito cuidar mis alegrías. Pero, ¿dónde descansa mi alegría? ¿Dónde están las fuentes de las que bebo para estar alegre? El otro día un sacerdote de 88 años me decía: «Sólo puedo decir de mí mismo que he sido un sacerdote feliz. Y que la felicidad en mi vida no ha brotado de hacer mi santa voluntad sino de descubrir la voluntad de Dios y adherirme a ella». Es el salto de fe que tanto me cuesta dar. Y pienso a veces que mi alegría está en seguir mis deseos. En hacer sólo lo que yo quiero y negarme a seguir otras sendas prescritas por los que me rodean. Me equivoco. Pienso enlas fuentes de mi alegría en las que bebo. ¿Cuáles son? ¿Es el amor humano una fuente de la alegría? Es verdad que el amor, el vínculo, es algo tan frágil. Puedo herir amando. Puedo amar mal y no despertar ni vivir la alegría. Miro mi corazón enfermo cuando ama creando dependencias. El amor es fuente de mi alegría. Lo sé. Pero si no lo cuido, puede ser fuente de amarguras, de heridas, de rencores. Decía S. Francisco de Sales: «¡Qué alegría amar sin temor de exageración! Pero no hay nada que temer cuando se ama en Dios»[2]. ¿Es posible llegar a amar de forma exagerada? ¿Puedo amar demasiado a una persona? Si amo en Dios esa exageración tiene sentido y nunca es demasiado mi amor. Si amo bien encuentro la paz y se alegra el alma. El amor la ensancha. Me arriesgo a vivir la alegría del amor, de la entrega y la comprensión, de la misericordia. Un corazón que ama es más feliz que el que no ama. Aunque amar duele. ¡Cuánta amargura encuentro con frecuencia! Corazones heridos que no son capaces de amar en libertad. Están heridos. Sienten que no son queridos ni aceptados. Han palpado el rechazo y destilan desprecio. Me duele. El que se sabe amado tiene paz en el alma. Dios me ama con lazos humanos. Me deja ver su rostro en el amor imperfecto del que me ama. Y arrastra hacia Él, tirando de esos lazos humanos. Dios también me utiliza a mí. Lo mismo hace con mi torpe amor, cuando quiero amar exageradamente y no lo hago tan bien como quisiera. En ese momento usa Dios mis cuerdas rotas para atar a los que amo a su corazón. Para lograr que puedan llegar a Él. Sí. Soy feliz amando. Quiero ser feliz siempre y no sólo cuando experimento la aprobación del mundo. Quiero serlo en mi barca en medio de la tormenta a punto de zozobrar. En medio de mis tormentas exteriores e interiores. Quiero tener paz en medio de la vida que está herida. En medio de los acontecimientos que turban mi alma idealista. Me confronto con la realidad de la vida humana en la que Dios se esconde. Y desde ahí quiere que mire más alto, más arriba, que mire las estrellas. Quiero tener una alegría que se sobreponga a todos los desengaños. Que beba de fuentes de las que brota un agua que calma mis miedos y ansiedades. Porque no sé muy bien qué rumbo va a seguir la barca de mi vida. Nada temo. El camino incierto me desconcierta a veces, turba mi ánimo. No quiero perder la alegría. Como decía Santa Teresa en «caminos de perfección»: «Aunque me canse, aunque no pueda, aunque reviente, aunque me muera». Es la actitud del corazón que desea seguir a Jesús allí adonde vaya. Un corazón que lucha y no se desanima nunca. No quiero perder la alegría en ese seguimiento fiel. Lo hago paso a paso.

Me gusta tomar conciencia de algo que es evidente, pero a veces lo olvido. En esta vida no voy solo, camino con otros.Camino junto a otros. En ocasiones creo que todo depende de mí. Mi felicidad, mi crecimiento, mis sueños. Pero luego tomo conciencia de que soy parte de un todo, de un cuerpo, de una Iglesia. No es fácil caminar con otros. Lo compruebo con frecuencia. No piensan como yo, no miran la vida con mis ojos. Y yo deseo hacer lo que yo quiero. Busco mi interés y no me dejo ayudar. ¡Cuánto cuesta dejarse cuidar, ayudar, querer! Tiendo a hablar en primera persona conjugando todos los verbos. Quiero solucionar todos los problemas y barreras que encuentro en mi camino. Lo quiero todo. Yo solo. Pero no es así. No estoy solo. En medio de mis miedos y preocupaciones alguien se acerca a mí. Me ayuda. Se solidariza con mi dolor. Me sostiene cuando estoy a punto de caer y me siento impotente. Alienta mis desánimos. Eleva mi alegría. Habla el Papa Francisco de esa comunión soñada: «La unidad a la que hay que aspirar no es uniformidad, sino una unidad en la diversidad, o una diversidad reconciliada. En ese estilo enriquecedor de comunión fraterna, los diferentes se encuentran, se respetan y se valoran, pero manteniendo diversos matices y acentos que enriquecen el bien común»[3]. Asumir las diferencias me enriquece. Dejarme complementar sin querer imponer mi forma de ver las cosas. Es difícil. Me duele tanto no ser capaz de amar al que no es como yo. Me duele mi incapacidad cuando me cierro y busco sólo al que me resulta fácil, al que me ayuda, al que me ama bien. Quisiera tener un corazón más libre y abierto. Un corazón más generoso para darme por entero en una comunión de destinos. No voy yo solo hacia el cielo. Camino con muchos que recorren mi camino. No me dejo estar. Necesito aprender el arte de la complementación. Respetar y valorar al diferente, al que no es como yo. Enriquecerme en una ayuda mutua que me hace mejor. A mí. Al otro. No quiero ser tan individualista. Me cuesta ser autorreferente y buscar sólo mi bienestar o pensar que mi misión es la única que importa. Jesús me pide que viva la misión que me ha regalado. Quiero vivirla con otros, en comunión con otros. Es esa la comunidad a la que estoy llamado. Es una forma de vivir totalmente nueva. Comenta el P. Kentenich: «Comunidad expresa una nueva manera de existir, una forma de ser enteramente nueva. El orden de ser de una comunidad no puede ser concebido como una adición o multiplicación de individuos, sino como una entidad completamente nueva»[4]. Vivir en comunidad con los que caminan conmigo exige mucho de mí. Exige libertad interior para dejarme enriquecer con los que son diferentes. Descubrir que sólo si renuncio a mis deseos puedo abrazar los deseos que otros me proponen. Reconocer la voz de Dios en las críticas, cuando me dicen lo que no quiero oír. Aceptar que no todos tienen que estar de acuerdo conmigo, que eso no es posible. No criticar al que me agrede. No rechazar al que no piensa como yo. Ser misericordioso con el que ha pecado. Acoger al débil y pensar que su vida merece la pena. No descalificar a nadie. Querer a todos en su originalidad. Me parece tan difícil. La comunidad que anhelo es un sueño. Es la familia en la que cada uno tiene un lugar en el que echar raíces. Y el mal de mi hermano me duele tanto como el propio. Y el bien que recibe me alegra tanto como el que yo recibo. Hace falta mucha generosidad para renunciar al protagonismo de las estrellas. Ser uno más, sin muchas distinciones. Aceptar que no reconozcan todo lo que entrego, todo lo que hago. Estar dispuesto al cambio. Siempre en comunidad veo con más claridad mis límites, mis carencias, mis torpezas. Miro a Jesús que vivió con hermanos, formó una comunidad. Hoy escucho refiriéndose al sacerdote: «Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades» Hebreos 5,2. Hace falta mucha misericordia para acoger los errores cometidos y volver a empezar. No quiero dejar de creer en aquel que me ha confiado Dios para caminar juntos. Es el misterio de la vida que se entrega en comunidad. Me vuelvo solidario. Sufro con las debilidades y flaquezas que veo en mi familia. Las miro como las mira Jesús, con un corazón grande que todo lo acepta y bendice. Dejo de mirar sólo mis necesidades. Me pregunto quién sufre a mi lado, quién necesita que acuda en su ayuda. A quién tengo que acompañar y cuidar. Quién requiere mi tiempo y mi vida. Necesito un corazón familia, un corazón hogar. Decía el P. Kentenich: «El hombre nuevo es el hombre interiormente animado, el hombre penetrado de espíritu, que está unido a otros en una verdadera comunidad. Es el que sabe estar espiritualmente en el otro, con el otro y para el otro»[5]. Ese hombre nuevo es el que yo quiero ser. No un hombre individualista y egoísta. Más bien un hombre que vela por el todo. Sufre con los que sufre. Asume como propio el pecado de su prójimo. Y no pasa de largo ante el que sufre. Construye con el caído y con el que tiene éxito. Y mira a los dos de igual manera, con infinita misericordia. Así quiero construir yo mi vida. Así quiero amar hasta el extremo. Saliendo de los muros que me encierran en mi interior. Y dándome por entero, sin miedo a perder nada. Así es la comunidad con la que camino y me salvo. No voy solo nunca. En mi alma llevo a los que necesitan, a los que suplican, a los que más sufren.

Creo que Dios me ha dado una misión. Ni mejor ni peor que otras. Simplemente la mía, la que encaja con la forma de mi alma, con la hondura de mis sueños. No quiero agobiarme anhelando esas misiones que otros asumen en sus brazos con la facilidad de los santos. Tal vez la mía sea pequeña y no llame la atención. No resulte novedosa ni salvadora. Pero creo que sí salva. A mí al menos si soy fiel a ella. A otros. Porque quiero hacerlo dando alegría como decía la Madre Teresa de Calcuta: «El gozo es la oración, el gozo es la fuerza, el gozo es el amor. Es como una red de amor que coge a las almas. Dios ama a los que dan con gozo (2C 9,7). Aquellos que dan con gozo, dan más». No importa el tamaño de la misión, su envergadura. Lo que cuenta es el amor que invierto, y el gozo que doy a otros. Lo que cuenta es que sea en comunión con el Señor. Porque como dice la misionera Victoria Braquehais: «Al final lo que cuenta es arrodillarse ante el Señor y entregárselo todo». Entregarle mi vida pobre y débil. Entregarle mis fuerzas y talentos. Entregarlos y ponerlos al servicio de la misión que Dios me ha confiado. Decía el P. Kentenich: «No sobreestimar nuestra misión personal pero tampoco subestimarla. Porque cada individuo está integrado e incorporado al drama de la historia del mundo y de la historia de salvación. Pero esto es sólo una parte muy pequeña del tremendo drama. Por lo tanto no nos pongamos tanto en el primer plano. Estamos incorporados a esa voluntad de salvación universal. No estamos solos»[6]. Me da paz mirar así mi misión. Soy parte de un gran plan, de un gran sueño para la eternidad, para toda la humanidad. Yo aporto un grano, una semilla, doy un paso, vivo un sueño, un deseo. Escribe San Óscar Romero: «Ningún programa lleva a cabo la misión de Cristo. Plantamos las semillas que algún día brotarán. Regamos las semillas que ya han sido plantadas, sabiendo que contienen una promesa futura. Echamos los cimientos que necesitarán posterior desarrollo. Proveemos la levadura que produce efectos más allá de nuestras aptitudes. No podemos hacerlo todo, y al darnos cuenta de ello nos sentimos liberados. Eso nos permite hacer algo y hacerlo muy bien. Será incompleto pero es un comienzo, un paso a lo largo del camino, y una oportunidad para que la gracia del Señor aparezca y haga el resto». Esta verdad tan grande me libera y al mismo tiempo me ata. Me libera de sueños de grandeza y agobios ante la magnitud de las dificultades. Me ata al hacerme responsable de un sí dado, de un amor entregado de rodillas. No lo hago yo todo. Pero sí hago algo. Algo pequeño y pobre. Mi aporte insignificante que tal vez sólo yo veo y aprecio. Mi misión escondida en la maraña de un mundo que anhela la luz de Dios. Estoy llamado a llevar el gozo de Dios. Su misericordia. ¿Cuál es mi misión concreta? ¿Dónde brillan esos sueños que me hacen levantarme cada mañana con el corazón encendido? Un motivo para seguir luchando. Una esperanza cuando las cosas se tuerzan. Un anhelo que despierta todas mis fuerzas. Sí. La misión es concreta y se adapta a las orillas de mi alma. Asumiendo mis miedos y debilidades. Construyendo sobre el barro con el que moldeo mis días. No me quejo de la misión confiada. No puedo hacerlo. Es un don. Simplemente toco a menudo la fragilidad y me conmueve pensar en todo lo que falta por hacer. La misión de Dios en el mundo es inmensa. Y mi parte es la pequeña parte de los hilos con los que tejo el paño de mi vida. ¡Cómo no voy a pensar que hago poco! Siento que hay mucho más por hacer y que mis semillas son una gota en el océano. Mi misión permanece oculta en su mayor parte. Lo visible es sólo un destello, una voz débil que anuncia algo. La misión que importa no es la que todos ven y aplauden o admiran. No es esa. Esa pasa, es fútil, es cambiante. La misión verdadera es la que ocurre en el interior de mi alma. La renuncia y la entrega silenciosa.Esa que casi nadie ve ni aprecia. Es la verdadera entrega de mis días, de mi alma, de mis sueños. Es lo que nadie contará en ningún sitio, porque sólo lo ve Dios. Casi como si no hubiera sucedido. Es la que quedará sin nombre grabada sobre la tierra. Pero es la que más valoro. Es la entrega oculta y silenciosa que de verdad cambia el mundo. Transforma los corazones, el mío el primero. Cambia la vida de muchos sin que casi se den cuenta. Es la misión que se mueve en las alas del Espíritu y multiplica de forma milagrosa mis gestos torpes y vacíos. Esa misión es la que me hace estar orgulloso de mi vida. Porque es tan fácil juzgar a las personas por la superficie, por su apariencia. Sin entrar en sus actos más ocultos. Sin valorar su entrega silenciosa. El ruido nos hace olvidar lo importante. Lo que se ve nos hace obviar la vida oculta y silenciosa de Dios en los hombres, en mi alma. Al final de mis días vendrá Dios a abrazarme en silencio. Sin quedarse en mis errores. Sin rechazarme por mis faltas. Su abrazo sanador purificará lo impuro de mi corazón. Y en su abrazo comprenderé el sentido de mi entrega. Y veré mi misión más clara. Como un trazo de color sobre un pergamino en blanco y negro. Trazado con debilidad por mi mano torpe. Allí veré el sentido de mi sí. De mis noes. De mi amor y de mis faltas. Y sabré que todo habrá valido la pena.

Hoy Jesús va rodeado de gente. Lo buscan, lo siguen, reclaman su atención: «En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: - Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí». Sentado al borde del camino hay un ciego que pide clemencia. Jesús está en camino. Muchos lo buscan y exigen. A menudo me quejo y digo que estoy cansado. Que la vida que llevo me exige mucho y no doy abasto. Que las cosas no son como yo quiero. Que vivo reaccionando sin tomar yo la iniciativa y el dominio sobre mi vida. Corro el peligro de vivir cansado. Hay personas especialistas en mostrar su cansancio: «He tenido un día de locos». Comentan entre suspiros. Quizás uno de esos días en los que siento que no llego a nada. O no logro hacer bien todo lo que se me exige. Veo que no estoy a la altura de lo esperado. Un día de locos. Un día cansado, exigido. Un día de esos en los que todo me pesa. No me imagino a Jesús quejándose por la noche ante sus discípulos y mostrándoles cuánto trabaja por hacer el bien. No, Jesús no se queja. Simplemente está rodeado de sus discípulos y bastante gente. Piden que los sane. Piden que les dé alguna palabra de esperanza. Tengo claro que el cansancio merma mis fuerzas. Me desanima, me quita esperanza. Y sé muy bien que sólo si Dios actúa en mí mi cansancio merece la pena. «Si el Señor no edifica construye la casa, en vano se cansan los albañiles» (Sal 127,1). Si Dios no actúa en mí con su poder y no hace fecundas mis obras, yo nada puedo. El cansancio sano que aturde mi cuerpo después de haberlo dado todo no es malo, es bueno. Pero también veo que en ocasiones me canso porque no sé descansar, porque no desconecto y no hago caso a mis voces interiores que me piden que me detenga. Porque tal vez sea la única solución a problemas todavía sin respuesta. Leía el otro día una reflexión acertada: «La auténtica sabiduría te da una única respuesta posible para cada situación. De momento lo que tienes que hacer es descansar y cuidarte hasta que des con una solución. Vuelve a meterte en la cama para que, cuando llegue la tempestad, tengas fuerzas para enfrentarte a ella. Y la tempestad llegará. Muy pronto. Pero esta noche no. Por tanto: Vuélvete a la cama»[7]. Cuando estoy cansado tengo que aprender a descansar. Y dejar de hacer todo lo que el mundo me exige. Para poder estar fuerte para darme. Para poder guardar fuerzas cuando lleguen momentos complicados. El cansancio crónico me inhabilita para amar, para darme, para ser generoso. Desconectar y descansar es lo que necesito. Tomar en cuenta las alarmas de mi alma, de mi cuerpo, es el camino para servir mejor. No soy Dios. Sólo soy hombre que quiere llegar a todo. A veces en un afán enfermo por ser reconocido y valorado. No todo lo puedo hacer. No todo me corresponde. Me abruma ese momento en la vida de Jesús. Sale de Jericó después de haber predicado, sanado, curado. Y sale rodeado de bastante gente. Abrumado por las exigencias y peticiones. Desbordado por el hombre que tiene una sed infinita. Y en ese momento un ciego pide misericordia. Un ciego de nacimiento. Un hombre abandonado y rechazado. Un hombre miserable que no tiene a nadie a quien pedir misericordia. Ve a Jesús y le grita: «Ten compasión de mí».Grita a Jesús el compasivo, el misericordioso. A Jesús que es misericordia. ¿Cómo podía pasar de largo? Yo con frecuencia tengo la tentación de pasar de largo cuando me requieren. Me gritan al borde del camino y yo tengo prisa, estoy cansado. Abrumado por la vida. O huyo del que más me exige. Del que requiere mi atención, mi cariño, mi tiempo. Sigo de largo. Como aquel que pasa de largo en la parábola del buen samaritano. No hago caso del herido. O me excuso diciendo que no llego a todo, que no puedo contentar a todos los que reclaman. Que no todos los heridos me corresponden. ¿Jesús hizo lo mismo? No se quejó nunca, porque la queja no estaba en su corazón. Estaba tan unido a su Padre que vivía para ser Él mismo misericordia y compasión. No tenía el tiempo medido. Su tiempo era la eternidad. No calculaba sus fuerzas. No medía su entrega. Miro a Jesús intentando que hoy se me pegue algo de su misericordia, de su compasión. Me siento lejos de esa mirada compasiva. Yo no veo al que está al borde del camino. Yo no escucho la voz del que grita. Y tampoco soy compasivo con el que me hiere o hace daño. No soy misericordioso con el que no hace las cosas bien, o como yo esperaba. Me gusta la mirada del Papa Francisco sobre Dios: «Fiaros del recuerdo de Dios: su memoria no es un disco duro que registra y almacena todos nuestros datos, sino un corazón tierno de compasión, que se regocija eliminando definitivamente cualquier vestigio del mal». Jesús no tiene en cuenta mi mal. Me abraza con su misericordia para elevarme por encima de mi miseria. Se detiene para sacarme de mi barro y vestirme con vestidos blancos que no merezco. Así es su misericordia y su compasión. Me gusta esta mirada tan lejana de la mía que sólo piensa en el objetivo y pasa por delante del herido. Y no perdona al que le ofende. Y no pasa por alto sus afrentas.

En ocasiones opto por lo prudente. Y lo prudente parece ser no gritar, no exigir, no llamar la atención en exceso, no forzar las cosas, no presionar, no insistir: «Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: - Hijo de David, ten compasión de mí». Intentan callarlo pero el ciego no cede. Insiste, grita con más fuerza. No se desanima. No es prudente. Lo discípulos sí lo son. Nada de exageraciones. No corresponde molestar al maestro cuando está en camino. Seguro que tiene algo que hacer. O va a predicar a algún otro pueblo. Las personas importantes son así. Siempre están haciendo algo importante. No pueden permitirse el lujo de perder el tiempo con pequeñeces. Están cambiando el mundo mientras nosotros dejamos pasar las horas. Jesús era importante. Era el Hijo de Dios. No podía perder el tiempo. Un ciego en el camino era una pérdida de tiempo. No era importante. No valía la pena detener los pasos ante Él. Los discípulos son prudentes. El ciego es imprudente e insiste. Siempre me han sorprendido las personas insistentes. Son insaciables y no se dejan llevar por el desaliento. Insisten aunque sean rechazadas. Lo vuelven a intentar después de haber fracasado. Me impresiona tanta perseverancia. El otro día leía: «La persona afectivamente madura es capaz de ir a contracorriente con respecto a los impulsos de distinto género que recibe, tanto desde el punto de vista personal como social. Esta capacidad está en la base de la perseverancia respecto de una decisión adoptada y que se mantiene aun en medio de las más diversas dificultades»[8]. Me gusta la perseverancia del ciego. Creo que soy débil y me cuesta perseverar. Insistir cuando he recibido un no como respuesta o un silencio a mis preguntas. Me resulta violento perseverar en mi llamada, en mi exigencia. Peco de prudente y callo. Si me dicen que calle, yo callo. Y no persevero en la búsqueda de mi deseo. Me desanimo ante los contratiempos. Dejo de luchar cuando veo que todo resulta infructuoso. Si no obtengo premio rápido a mi entrega, dejo de dar la vida. Desconfío de poder llegar a la meta marcada cuando arrecian las dificultades. Me parece imposible y desisto de mi interés. Es como si ya no me hiciera falta lo que sueño. Y pienso que no quiero pecar de pesado. Me sucede algo parecido en mis proyectos. Inicio algo con mucha ilusión. Comienzan las tormentas y complicaciones y pierdo el ánimo. Demasiado sensible a las inclemencias y dificultades. Como si me faltara una fuerza interior que me hiciera más resiliente ante las complicaciones del camino. Quiero aprender a perseverar. No dejo de gritar pidiendo ayuda, como hace el ciego. No dejo de insistir. Si me desanimo habrá muchas cosas que se queden sin hacer. No lo quiero. Deseo luchar hasta el final. Exigirme siempre un paso más. No perder la esperanza en medio de la batalla.

Jesús no se desentiende y llama al ciego que insiste: «Jesús se detuvo y dijo: - Llamadlo. Llamaron al ciego, diciéndole: - Ánimo, levántate, que te llama. Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús». Me gusta ver cómo Jesús lo llama ante tanta insistencia. No pasa de largo. No se irrita con sus gritos. No les pide a sus discípulos que lo manden callar. Escucha y se detiene. Deja de lado sus prisas. No rehúye la exigencia que le plantea la vida. Alguien lo necesita y Él responde. Regresa para cuidar la vida. Me conmueve. ¡Cuántas veces yo quiero seguir de largo para no perder mi valioso tiempo! Es como si pensara que mi agenda tiene prioridad sobre la vida que surge. Sobre los imprevistos que suceden a mitad del camino. «Quien sabe escuchar la voz del Espíritu, reconoce que en la vida las cosas grandes tienen su origen a menudo en imprevistos o hechos casuales»[9]. Quisiera aprender a escuchar la voz del Espíritu en todos los imprevistos de mi vida. En las personas insistentes al borde del camino. En las sorpresas con las que no contaba y cambian el rumbo de mis pasos complicándome la vida. Me cuesta escuchar esa voz que susurra dentro de mí. Esa voz que me llama a detener mis pasos que se apresuran y observar la vida que brota con lentitud al borde de mi camino. Quiero un corazón abierto y flexible. Quiero aprender a ver al que sufre y no ser ciego. Quiero una mirada amplia que no va buscando con estrechez sólo el siguiente paso. Quiero más libertad interior ante los compromisos asumidos. Me gusta vivir así, abierto a la sorpresa. A lo inesperado. A lo nuevo.

Jesús no fuerza, no impone, sólo pregunta y entonces hace el milagro: «Jesús le dijo: - ¿Qué quieres que haga por ti? El ciego le contestó: - Maestro, que pueda ver. Jesús le dijo: - Anda, tu fe te ha curado. Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino». Me gusta la sucesión de verbos. ¿Qué quieres que haga? Que vea. Estás curado. Y lo sigue por el camino. Quiere ver, es curado, ve y sigue a Jesús. Todo sucede tan rápido. Jesús se detiene, pregunta, escucha, cura y se deja seguir por el ciego vidente. Y todo cambia de golpe para ese hombre paralizado al borde del camino. Ese hombre que no hacía nada, porque la ceguera paraliza. Y la vista fortalece el ímpetu y el deseo de andar. Cuando puede ver sigue los pasos del que lo ha salvado. Pero antes de recobrar la vista tiene que saber lo que de verdad desea: «¿Qué quieres que haga por ti?». Esta pregunta resuena hoy en mi corazón. ¿Qué quiero que Jesús haga por mí? ¿Qué deseo en lo más profundo de mi alma? A menudo paso por encima de esta pregunta. Como si no me interesara. Como si me pasara lo que me decía una persona: «A mí me enseñaron un falso olvido de sí, que me llevó a pensar que cualquier mirada al interior de mi misma era ser soberbia, por no estar mirando a los demás para servir». Como si pensar en mí, en mis dolores, en mis temores, fuera un acto egoísta. Me acostumbro a vivir volcado hacia los demás pensando que soy el mejor cristiano. Pero me olvido de mí mismo, de mis miedos, de mis obsesiones, de mis angustias. Quiero aprender a escuchar la voz de mi alma. Ser capaz de detener los pasos y escuchar al grito que surge en mi interior: «Ten compasión de mí». Quisiera tener más fuerza interior para hacerme más caso. Dejar que Dios mire en mi corazón y me pregunte por mis deseos más verdaderos. Tengo un deseo hondo, oculto, una sed infinita. «La pobreza más terrible e inhumana es la falta de Dios. La ausencia o el rechazo de Dios es la miseria humana más extrema. No hay nadie en este mundo capaz de colmar ese deseo del hombre. Sólo Dios sacia y lo hace infinitamente»[10]. Necesito tocar a Dios. Y que Dios me toque. Que se abaje sobre mi impotencia. Que sane mis heridas más humillantes. Esas que no quiero reconocer, porque no me atrevo. Soy ciego. No veo al que me necesita. No veo a Dios en mi vida. No veo más allá de mi problema. Quiero tener claro lo que deseo que Jesús haga en mí. Como si sólo pudiera pedir tres deseos y se me acabara el tiempo. Pienso que lo urgente, lo que ahora me inquieta, tal vez no es lo principal. Quiero pararme en mi camino como un ciego que no ve, que no se ve por dentro. Porque es verdad que no me veo. No sé percibir mis más hondas angustias. Busco dando palos de ciego. Quiero calmar la sed de mar que tengo en mi alma. La sed de un océano sin orillas donde calmar todos mis gritos de soledad. Le pido a Dios lo inmediato demasiadas veces. Hoy no quiero hacerlo así. Me detengo ante Jesús que me mira con misericordia. Él lo sabe todo de mí. Conoce mis miedos más profundos y ha tocado las angustias que me quitan la paz. ¿Qué quiero que haga por mí? Me llevo esa pregunta al silencio de mi alma. Quiero decirle la verdad, mi verdad. Callo esperando encontrarla.



[1]Papa Francisco, Exhortación Amoris Laetitia

[2]J. Kentenich, Un paso audaz: El tercer hito de la familia de Schoenstatt, Rafael Fernández

[3]Papa Francisco, Exhortación Amoris Laetitia

[4]J. Kentenich, Milwaukee Terziat, N 21 1963

[5]J. Kentenich, Milwaukee Terziat, N 21 1963

[6]Kentenich Reader Tomo 2: Estudiar al Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus

[7]Elizabeth Gilbert, Come, reza y ama

[8]Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad

[9]Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad

[10]Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio, 66

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