La Humanidad Congelada

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¿Qué hacer con los embriones fecundados y que se congelan luego de un proceso de fertilización? La opinión en el mundo ha ido cambiando sobre este tema en las últimas décadas. Ésta ha ido tendiendo a tratarlos como si fueran más un objeto que un ser humano. "Lo llamativo de las sentencias -dice el autor de este texo- es que analizan la cuestión desde el punto de vista exclusivo de los intereses y derechos de la pareja. En ningún caso se toma en consideración la situación de los embriones, su interés en ser concebidos o su derecho a la vida".  

| Pablo Crevillen (España) Pablo Crevillen (España)

Una de las consecuencias de la utilización de la fecundación in vitro es la existencia de embriones congelados, cuyo número exacto se desconoce, pero que en España son decenas de miles. Los profanos suelen creer que la pareja que acude a una clínica de reproducción asistida, se somete al tratamiento y vuelve con un niño a casa. Pero nada más lejos de la realidad.

Aunque tampoco existen estadísticas muy fiables y hay grandes diferencias según el tratamiento y la pericia de la clínica, no mucho más del 25% de las mujeres consigue el objetivo de dar a luz un hijo. Por su baja tasa de éxito, es por lo que los embriones fecundados se congelan, para utilizarlos en ciclos sucesivos, si fuera necesario.

No obstante, cuando la pareja consigue un hijo o cuando desisten de continuar desanimados por los fracasos o por una separación, los embriones quedan olvidados. El problema es qué hacer con ellos. Es curioso ver cómo ha cambiado la opinión a lo largo del tiempo. En 1981, en una clínica australiana, el matrimonio formado por Mario y Elsa Ríos (norteamericanos de origen chileno) y de enorme fortuna, dejó dos embriones congelados. Poco después, el matrimonio falleció en un accidente de aviación.

Muchas mujeres se interesaron por que se les transfirieran los embriones. No se trataba tanto de un impulso altruista, sino de dar a luz a los herederos del patrimonio de los fallecidos. Al final, el Ministerio de Justicia ordenó la destrucción de los embriones, aplicando la idea de que el embrión antes de la implantación en el útero no es un ser humano digno de protección. Esta idea se había establecido en un informe británico (el Informe Warnock, por el apellido de la Presidente de la Comisión que lo elaboró).

Sin embargo, este criterio es arbitrario, según el propio informe: "no hay un único estadio identificable en el desarrollo del embrión más allá del cual el embrión in vitro no debería ser mantenido con vida. Sin embargo, acordamos que ésta era un área en la que debía tomarse alguna clara decisión, con el fin de disipar la ansiedad pública".

A partir de ahí, convertir a los embriones en una cosa fue algo fácil. Las legislaciones de muchos países permiten su utilización (y destrucción) para investigación. Y una de las manifestaciones más tristes es el conflicto sobre el destino de los embriones cuando la pareja se divorcia. En Estados Unidos y Gran Bretaña, los Tribunales han resuelto siempre a favor del miembro de la pareja que se negaba a que se gestasen los embriones, reconociendo un derecho a no reproducirse (como si al consentir en constituir los embriones no se hubiera ya reproducido), incluso aunque el otro miembro de la pareja (normalmente la mujer) no pudiera tener hijos biológicos de otra forma. Lo llamativo de todas esas sentencias es que analizan la cuestión desde el punto de vista exclusivo de los intereses y derechos de la pareja. En ningún caso se toma en consideración la situación de los embriones, su interés en ser concebidos o su derecho a la vida.

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