Mi encuentro con el Papa

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Mi encuentro con el Papa - Recuerdo nítidamente como si fuera hoy cuando apareció Juan Pablo II caminando por el pasillo entre la multitud...

| Mariana Grunefeld Mariana Grunefeld

Tenía 20 o 19 años, no recuerdo bien. En todo caso era mi primer viaje a Europa. Era pleno invierno, había nevado y corría un viento que calaba los huesos, un detalle para el grupo de buses repleto de jóvenes ansiosos por pasear, conocer y reír. Ante nosotros aparecían las espléndidas catedrales góticas, los incomparables Alpes con sus iglesias acebolladas, la legendaria ópera de Viena, la ciudad luz con su magnífico Arco de Triunfo, Roma con su remolino de autos y gente, Madrid y el sur de España con sus plazas, su olor a jamón crudo y la fabulosa mezcla arquitectónica morisco cristiana. Pero ni una maravilla estética e histórica pudo compararse a la suerte, a la inmensa fortuna que tuve un día miércoles de febrero.
Como grupo de más de setenta chilenos que éramos, nos habían programado asistir como parte del tour, a la audiencia papal de los miércoles. Juan pablo II había sido elegido hace poco más de un año. Insólitamente era polaco, venía de una tierra sufrida e invadida, pero él era joven, fuerte, alegre. Apenas entramos al recinto cerrado nos botó una bocanada de voces, cantos, rosarios, banderas. Los guardias suizos atentos vigilaban como estacas mientras se corría el rumor de que el Papa era impredecible, que no hacía caso de las indicaciones de los guardias, que si los otros Papas habían salido por allá, éste lo hacía por acá, y que le encantaba el contacto con la gente. Claro todo esto pasaba mucho antes que sufriera el atentado en la plaza de San Pedro y de que cayera el Muro de Berlín.
Recuerdo nítidamente como si fuera hoy cuando apareció Juan Pablo II caminando por el pasillo entre la multitud. Un huracán de emoción se apoderó de mi corazón y las lágrimas salieron. Iba estrechando cientos de manos y lo que trasmitía era fuerza, vida, alegría. Me pareció alto, atlético, tenía unos ojos tan claros en su cara de facciones eslavas y una sonrisa blanca y generosa. Yo tenía un rosario colgando de la mano, quería que me lo bendijera, quería que me mirara, que se fijara en mí aunque fuera por un segundo, pero yo había quedado atrás en medio del barullo. A pesar de mis esfuerzos, no me vio. Se inició la audiencia ante miles de personas. Al nombrar el Papa por micrófono a cada país presente afloraban los cantos, aplausos y hasta himnos nacionales. España, Alemania, Colombia, Brasil, Chile... entonces el griterío fue ensordecedor. El Papa sonrío y esperó la calma. Luego siguió con sus saludos y su homilía. Cuando todo terminó la gente empezó a irse. Una amiga y yo nos quedamos sentadas, no queríamos irnos. Entonces sucedió lo insólito.
La sala estaba prácticamente vacía cuando se acercó a nosotros alguien que dijo: "El Papa quiere sacarse una foto con el grupo chileno". Nos miramos, miramos alrededor y no había nadie. Éramos las únicas dos, el resto –supimos después- había partido a vitrinear a las calles de Roma. Los impertérritos guardias suizos nos abrieron las rejas y nos hicieron pasar, sí a nosotras las dos chilenitas. Nos escoltaron hasta el escenario y allá se sumaron una monja ursulina y tres chilenos más. Éramos seis. Nos dijeron que esperáramos. Tomé mi rosario con fuerza y abrí mi cartera buscando la billetera para sacar las fotos de la gente que me importaba, mi pololo –actual marido- mis padres y hermanos. Las agarré y de pronto el Papa llegó; sí el Papa venía a nosotras. Lo saludamos de beso en el anillo, y empezó una rueda rápida para mostrarle cada una nuestras fotos y que las bendijera. No recuerdo lo que le dije. Nos apuraron para sacarnos fotos. Todos agarraron puestos y yo no tenía donde estar. Entonces, me acerqué por atrás y me tomé del brazo del Papa, me empiné y haciéndome un hueco, apoyé mi cabeza en su hombro. El me miró, me sonrió y click, la foto. Todavía hoy al recordar el momento no tengo idea lo que dijo el Papa en su discurso ni lo que yo le dije después, sólo recuerdo como si fuera hoy, la tibieza que sentí, lo cómoda y feliz que estuve apoyada y tomada de él.

 

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