“Nada, pero a la vez todo”

Jesús siempre ha estado más cerca de las personas más humildes, de las que tienen menos recursos. Melanie Wenger es una joven paraguaya que, durante las Misiones Universitarias en su país, descubrió cuan cerca está Dios de los que más carencias tienen y quiso compartir esa experiencia.

Viernes 6 de mayo de 2016 | Melanie Wenger

Este año, durante la Semana Santa, volví por última vez a un pueblo bastante lejos de casa, que se llama Buena Vista.

Buena Vista no tiene lujos, ni está lleno de autos o gente caminando apurada; no se ven comercios en cada esquina o se escuchan las bocinas de los que, nerviosos, van a sus trabajos. Ahí no existen las comodidades de la ciudad, tampoco se ven los grandes grupos de gente movilizándose.

Se podría decir que es un pueblo que no tiene nada. Y me gusta pensar en la idea de que yo, junto a unos cuantos amigos más, pudimos descubrir que una vez que estás ahí, puedes llegar a la conclusión de que Buena Vista, sí, no tiene nada, pero que a la vez… lo tiene todo.

Basilia

Conocí a Basilia en mi último día de misión. Basilia no tiene una vida llena de lujos. Su casa no está hecha de material, ni tiene un aire que prender cuando hace calor. En la casa de Basilia sólo se ve necesidad por todos lados, e injusticia en cada ámbito de su vida.

Se podría decir que Basilia no tiene nada. Y me gusta pensar en la idea de que, junto a unos cuantos amigos más, pudimos descubrir que una vez que estás ahí, conversando con ella, puedes llegar a la conclusión de que Basilia, sí, no tiene nada, pero que a la vez… lo tiene todo.

Maria de la Cruz

Conocí a Maria de la Cruz en mi primer dia de misión en ese pueblo, hace unos años, y tuve el regalo de poder volver a verla cada vez que volví. Maria de la Cruz está a punto de cumplir 100 años; no puede más caminar hace unos cuantos años, ni tampoco puede alimentarse por sí misma; hablar le cuesta muchísimo y el hecho de tener una edad avanzada le genera constantes problemas de salud, cuyos costos ella no puede afrontar por su pobreza.

Se podría decir que Maria de la Cruz no tiene nada. Y me gusta pensar en la idea de que yo, junto a unos cuantos amigos más, pudimos descubrir que una vez que estás en su presencia, puedes llegar a la conclusión de que María de la Cruz, sí, no tiene nada, pero que a la vez… lo tiene todo.

Encuentro con Dios 

Este año, durante la Semana Santa, decidí volver a jugarme por las Misiones Universitarias Católicas una vez más. No tengo un porqué muy específico ni puedo recordar muy bien el momento en que por primera vez decidí ir, pero agradezco a Dios con todo mi corazón, porque una vez que estás ahí, puedes descubrir a ese Dios lleno de sorpresas, que te muestra la razón específica de porqué todas estas personas que nombré antes, a simple vista, sí, a lo nejor no tienen nada, pero a la vez… lo tienen todo.

¿Y qué es? Simple, el amor de Dios que llevan en el corazón.

Dios es, por definición, un amor infinito e incomprensible. Y como Él es la medida final de todas las cosas, es entonces la razón por la cual todas estas personas que conocí sobrellevan las necesidades que diariamente viven. Porque independientemente a las carencias y dificultades, ellos están convencidos de que su posesión mayor y más importante la llevan dentro, en sus corazones: El amor infinito e incomprensible de Dios.

La melodía de Dios 

Estando ahí nos hablaron del sonido que producen unos árboles que hay en el pueblo, como consecuencia del fuerte viento. Me pareció muy raro, porque nunca lo había escuchado, pero la mañana siguiente, mientras me senté a descansar un rato, lo escuché.

Era un ruido suave, sencillo, tierno y aunque una vez que hablabas y te distraias con las cosas que te rodeaban parecía callarse, cuando hacías silencio de vuelta, reaparecía, mostrándote que en realidad, nunca se había ido. Y para mi, esa es la melodía de Dios.

Es que Dios es suave, está en lo sencillo, es un padre tierno y aunque a veces el ruido del mundo y los problemas dan la impresión de que no está, cuando paras todo y haces silencio, te das cuenta de que en realidad, Él nunca se había ido.

Y es esa misma melodía la que en Buena Vista escuchan diariamente Basilia, Maria de la Cruz y muchos paraguayos más; es el ritmo que marca sus pasos y la armonía que los hace felices.

Dios está en lo sencillo 

A mí me tomó tres años escucharla, y creo que en parte fue por mi manía de creer que Dios se complica mucho a la hora de presentarse en nuestras vidas. Pero son experiencias como éstas las que me llevan cada vez más al convencimiento de que Dios está en lo simple, lo casi invisible, lo que muchos desecharían por insignificante. Es ahí donde más está Dios.

Basilia no nos dijo “hola” al entrar a su casa, nos dijo: “Como verán soy una persona humilde de bienes, pero también soy una persona humilde de corazón.”

Y yo hoy espero, rezo y quiero que el sonido de su voz diciendo ésto se quede conmigo por muchísimos años más. Porque estoy convencida de que ahí está el secreto de la felicidad, la razón de porqué, a pesar de que se podría decir que no tienen nada, una vez que estás ahí, puedes llegar a la conclusión de que sí, no tienen nada, pero que a la vez… lo tienen todo, lo tienen a Dios.

Yo soy una misionera en esta tierra 

Termino con mi párrafo favorito del Evangelii Gaudium de Francisco, porque antes de estas misiones, cuando el mundo me aturdía con sus problemas y conflictos, no lograba encontrar algo para sentirme mejor.

Y hoy, me gusta pensar en la idea de que yo, junto a unos cuantos amigos más, pudimos descubrir que una vez que el mundo quiere quitarme la paz, puedo parar todo y recordar que aunque dentro de mí hayan inseguridades y miedos, en el corazón llevo esta valentía de saber que «Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo», consecuencia del amor infinito e incomprensible de Dios, presente en la melodía que escucho cada vez que hago silencio, y recuerdo el sonido que producen unos árboles que hay en Buena Vista, como consecuencia del fuerte viento.

«La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar. Allí aparece la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás. Pero si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades. Dejará de ser pueblo» Evangelii Gaudium, 273.

Fuente: Schoenstatt.org

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