“NO HAY AMOR VERDADERO SIN JUSTICIA” Columna de Opinión

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La verdad, la justicia y el amor son los tres valores esenciales del nuevo orden social.

| M. Francisca Parodi Gormaz M. Francisca Parodi Gormaz

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Trabajemos entonces para que en la iglesia encuentren cabida todos los hombres. Para ello es necesario atender la situación económica del hombre común, aquel que necesita también del pan material. Contribuyamos a solucionar la crisis socioeconómica que aflige a las masas, descendamos y ayudemos al pueblo a alcanzar el amor y la justicia que necesita. De esa manera la Iglesia Católica será una iglesia popular (…) Seamos Santos sociales hombres hondamente anclados en Dios, convencidos de nuestros ideales, que quieren, por el camino de Schoenstatt, ser uno con la gente, para llevar a los pueblos hacia la Iglesia, hacia Cristo[i]

Si en la cita anterior no apareciera la palabra Schöenstatt, a muchos de nosotros nos costaría asociarla al PJK, ya que hay aspectos de su pensamiento que aún desconocemos. Por ejemplo, respecto al ámbito social-económico, el Padre Kentenich tiene mucho que decir, no sólo porque ha profundizado teóricamente sobre esto, si no más importante aún, porque ha experimentado en diferentes momentos de su vida acercamientos a la pobreza, e incluso la miseria más palpable vivida en Dachau.

Al conocer un poco más los orígenes del Padre resulta bastante coherente que su posición frente a la dignidad de las personas y la situación social de la comunidad sea un asunto de importancia para él. Al pensar en su primera infancia cargada de vínculos en los primeros años de vida junto a la casa familiar de sus abuelos, compartiendo con su madre, primos y amigos, y que luego estos vínculos se “cortan” de alguna manera, al entrar al hogar de niños, pienso en cuántos niños actualmente experimentan esa desolación, e injustamente deben crecer en un lugar que les es “ajeno”, como algún lugar de SENAME (Servicio Nacional de Menores en Chile) por ejemplo. El hogar en el que creció el PJK, era un lugar de carencias materiales, y convivió con niños que deben haber experimentado situaciones muy difíciles de vida. Más allá de las especulaciones o de poder imaginar todas las carencias que pudo haber padecido en torno a lo afectivo, él mantuvo comunicación sana y constante con su madre, lo cual sin duda fue una gran fuente de fortaleza para él, a diferencia de muchos niños en Chile que no poseen ese vínculo sano con sus familias de origen y crecen en el desarraigo familiar sin un “hogar” de verdad. 

Ya en otra etapa de su vida, en Dachau, experimenta sus propios límites y aunque pudo sobrellevar estas luchas, siente en carne propia la dureza de la carencia extrema, lo cual más adelante lo ayudará a ponerse en el lugar de los que están sufriendo carencias materiales. El Padre estaba hondamente arraigado en Dios, y en María y eso le daba fuerzas para sobreponerse ante tanto horror experimentado en el campo de concentración, ver morir violentamente a sus compañeros de encierro debido a golpizas, y también verlos morir literalmente de hambre, son experiencias que sólo logró soportar gracias a su espiritualidad. Él plantea en ese momento tres respuestas ante esta situación: Pleno arraigo en Dios, Coronar a María como madre del Pan y ser caritativos, es decir, dar, justamente lo que les faltaba, compartir el poco alimento que tenían: “Ahora tratamos de contrarrestar la hambruna de tres maneras: a través de una actitud sobrenatural ..., a través del nombramiento de Nuestra Señora como madre del pan, a través de una extensa caridad[ii].

Ese arraigo profundo en Dios es lo que lo salva, el P. J. Kentenich declara que el que haya podido soportar la hambruna sin duda es obra de Dios: “No sentí el estómago; Era como si no existiera. Esto también es un desprendimiento completo del cuerpo. Pero durante meses no puedes soportarlo sin un milagro”[iii]. La experiencia límite de hambre en que vive el Padre lo lleva a poder valorar aún más y a entender mejor como viven tantas familias que están privadas de los mínimos básicos. “Es valioso haber experimentado estas cosas durante años, entonces entiendes a las personas simples hoy en el período de posguerra, que ahora ha caído en una angustia similar. Entonces tienes que decirte a ti mismo: ¿cómo debería una gente así mantenerse despierta y viva si no tiene suficiente para comer? ¿Cómo puede un pueblo en esta miseria vivir razonablemente humano?”[iv].

En esta corriente de coronación, también podríamos conmemorar a María como Reina del Pan como un gesto de humildad inmensa, como una imagen de lo primordial, la confianza plena la Mater, la confianza en la voluntad de Dios, y todo lo que nos enseña este pasaje en la vida del Padre, y a mirar y mirarnos, mirar a tantos que experimentan la incertidumbre y confianza cotidiana.

El Padre, sabe lo que se siente tener hambre, hambre de verdad, la que debe corroer por dentro, el hambre como primera necesidad que se presenta de manera brutal entre la vida y la muerte; sabe de debilidad física y de pobreza material. Yo me pregunto ahora, cuando nos cuentan esa “anécdota” del Padre en Chile, estando con las hermanas se acerca una persona a pedir algo de comida y el Padre pregunta, ¿qué pasa?, y una hermana le responde: no es nada es un hombrecito, y el Padre de manera muy fuerte la corrige y le dice no hay “hombrecitos” (refiriéndose a la manera de nombrarlo), siempre me ha llamado la atención este relato, porque nos habla de un hombre siempre preocupado de dignificar a todos, no se debe “discriminar” ni siquiera positivamente con: el “pobrecito”, Hombrecito”, etc.; en esta experiencia el Padre nos da una lección de Dignidad en todos y ante todo. Ahora profundizando aún más en ese relato pienso: ¿El padre en ese momento habrá recordado su paso por Dachau y su hambre? Él quería, que como hermanos nos pusiéramos en los zapatos del otro, pensáramos en cómo no ofender y pudiéramos conocernos y reconocernos en una experiencia de convivencia social natural, familiar, sin importar las jerarquías sociales. “Hemos recibido la Misión de luchar por la renovación de la iglesia. Y parte de esa renovación es la superación del sistema de castas: superiores y súbditos, bando de sacerdotes, bando de laicos, etc.[v]

Esforcémonos por separar la distancia que nos separa de los trabajadores[vi] El Padre no se refiere sólo a buscar nuevos modelos económicos que saquen lo mejor de los modelos que se conocen, no se refiere sólo a la justicia, colaboración, solidarismo; el Padre también reflexiona incluso en los estilos de vida, y la  importancia de la austeridad y cómo incluso, sin mediar intención, el demostrar estilos de vida que están muy alejados de las realidades cotidianas de la gran parte de la población, se puede ofender al otro, el PJK tiene la delicadeza de explicar cómo ciertas “actitudes” superfluas y ostentaciones, pueden insultar o provocar a quien trabaja de sol a sol y no le alcanza para mantener a su familia, ¿cómo no entender entonces de alguna manera el estallido social?. Ponerse en el lugar del otro, ¿cómo me siento?, ¿cómo se siente estar en los zapatos de una eterna sala de espera de un Hospital?, ¿en la larga lista de espera de una operación que no llega?, ¿impotencia?, ¿cómo puedo sentirme digno? si no soy considerado en el sistema de salud, educación, pensiones, o si soy “considerado” sólo como un número más que debe esperar y esperar por una atención de baja calidad, muchas veces negligente y de trato vejatorio. ¿Cómo me voy a sentir digno si no estoy al alcance de mínimos derechos?, si no puedo optar a un colegio de mejor educación para mis hijos, si no puedo optar al trabajo que me hace sentir pleno, si no sólo al que tuve acceso. No podemos ser ciegos ante las injusticias sociales, no podemos. “Que la iglesia crezca en pobreza, que busque ser pobre y rehúya toda pompa. Que sea amiga de los pobres”[vii].

El padre Kentenich se refiere en diferentes momentos a la importancia de la dignidad “De la dignidad del hombre como hijo de Dios y miembro del cuerpo de Cristo, se desprenden para el Padre Kentenich tres derechos fundamentales: el derecho a la libertad, a la propiedad privada y al trabajo. La violación a estos derechos constituye una herida a la dignidad del hombre y, por lo tanto, una ofensa a Dios”[viii]. Entonces como iglesia, y como movimiento ¿no tenemos una clara labor respecto a problemas sociales concretos que se experimentan en nuestra sociedad?, y en los que debiéramos colaborar activamente para su solución. “Si no logramos colocar en el centro de todas las reformas sociales al hombre mismo, si no alcanzamos con éxito la salvación de la dignidad del hombre y aseguramos sus derechos fundamentales, es decir, el derecho a la libertad personal y a la propiedad privada, jamás superaremos las desigualdades económicas y sociales”[ix]. No es posible el nacimiento de un hombre nuevo en una nueva comunidad si no nos reconocemos como dignos e iguales entre todos y corresponsables unos por los otros.

Una de las frases del padre (JK) que siempre me resuena es “el respeto antes que el amor”, definitivamente creo que el respeto debiera estar en primerísimo plano siempre, el respeto es Dignidad, valor al otro como persona en toda su trascendencia, no por sus títulos, contactos, cargo, apellido, situación social y económica. La persona vale per se, pero esto no lo entendemos así, quizás el que vivamos tan juntos el uno al otro no nos ha ayudado a valorarnos en nuestra propia originalidad, la masificación, el que seamos un número, una persona clasificable, categorizable, por comuna, colegio, o los aspectos que mencioné antes.

No nos conocemos realmente, no hay un real encuentro del uno con el otro, no formamos comunidad familia real entre todos ¿Cuánto aprenderíamos del otro?, Cuántas veces la iglesia se plantea el encuentro a la pobreza desde la entrega del que tiene más al que tiene menos o “no tiene” ¡Cuánto nos puede entregar aquel “que no tiene”! En términos materiales no tiene… pero tanto que entregar en términos de esperanza, historia de vida, confianza incluso solidaridad, Hay que dejar de ver “al otro” como “desposeído”; porque sí, tal vez lo es en términos económicos, pero hay que dejar de verlo como “el que tiene menos”, ese es el primer aspecto que debemos trabajar en relación a la Dignidad, una vez superado esto, sí por supuesto, debemos generar encuentros, entre todos, y tomarnos enserio la misión de responder a los problemas sociales, ya sea desde mi trabajo, relaciones cotidianas, reflexiones y decisiones de vida.

No hay justicia sin dignidad y no hay dignidad sin respeto…, los cambios deben comenzar en las relaciones, debe suceder urgente un cambio en el “trato”. Existe una imperiosa necesidad de dar repuesta al cambio en la manera en que nos relacionamos, nos mirarnos, hablamos, y nos tratamos; respetarnos, escucharnos, entendernos. Cada uno desde nuestra vereda busquemos en qué podemos aportar, ¿qué no estoy haciendo aun para generar un cambio en las relaciones, en el respeto, dignidad, al otro que ayude a la justicia?, ¿Cómo puedo colaborar concretamente en la creación del nuevo orden social, desde la verdad, justicia y el amor?.

M. Francisca Parodi Gormaz

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[i] Kentenich, J., Jornada Pedagógica sobre Industrialización, en Catoggio, J. P., “El Nuevo Orden Social y la Pobreza, 2011.

[ii]Kentenich 1942, en Moore 1989, cita traducida por google

[iii]Ibid

[iv]Kentenich 1942, en Moore 1989, cita traducida por google.

[v]Alocución P. Kentenich, Milwaukee 1955, en Catoggio 2011.

[vi]Kentench, J., Jornada sobre cuestión laboral 1930, en Catoggio 2011.

[vii]Alocución P.J.K., 1968 Schöenstatt, en Catoggio 2011.

[viii] Kentenich, J. Studie 1955, p.32-42, en Moore, Patricio, “Algunos Aspectos del Pensamiento Social del Padre Kentenich”, 1992.

[ix]Kentenich, J. Studie 1955, p.36-37, en Moore, Patricio, “Algunos Aspectos del Pensamiento Social del Padre Kentenich”, 1992.

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