¿NOS CUESTA MÁS QUE ANTES?- Jesús Ginés O.

Lunes 7 de septiembre de 2020 | Jesús Ginés Ortega

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Suena duro. Podría decirse más suavemente: ¿Somos menos inteligentes? El caso es que investigadores británicos, noruegos, finlandeses, holandeses, franceses y estadounidenses vienen coincidiendo en un preocupante diagnóstico. En los últimos cincuenta años, distintos estudios sobre coeficiente intelectual  (IQ) promedio en dichos países –supuestamente desarrollados- viene cuesta abajo en forma preocupante. Para vuestra tranquilidad y la mía pueden consultar a la Academia de Ciencias de Estados Unidos en su riguroso informe. Es posible que también entre nosotros la curva en descenso sea similar. Las nuevas generaciones están desarrollando menos inteligencia –aritmética, verbal y de razonamiento- que las anteriores.

 A pesar de todos los avances que nos facilitan la vida, a pesar de todos los sistemas instantáneos de comunicación que nos vinculan y de todas las conquistas espaciales, electrónicas y de inteligencia artificial que observamos en el ancho mundo desde Corea a Estados Unidos, pasando por China, India e Israel, a la hora del registro intelectual, la humanidad, en bloque, retrocede, de acuerdo a las conclusiones de aquellos investigadores.

Los británicos dieron a conocer hace tres lustros que el coeficiente intelectual de los jóvenes había subido desde la segunda guerra mundial hasta mediados de los años setenta en un promedio de tres puntos. Pero a partir de esa fecha, el CI registrado empezó a descender vertiginosamente hasta siete puntos. Para algunos observadores, esto podía explicarse, porque los parámetros de la medida habían cambiado en cuanto a percepción y comprensión de las cosas del mundo y de las personas. Pero ahora nos vino otro balde de agua fría procedente de una investigación noruega, independiente de la anterior, que ha venido midiendo el CI de las últimas generaciones, analizando millares de casos juveniles para mejor confirmar la tendencia.

Entre las causas que sugieren los estudiosos, estarían la educación más liviana y permisiva, el abandono de la lectura formal y la sustitución por uso y abuso de artefactos electrónicos que, al facilitar las comunicaciones, han incidido en la insustancialidad de muchos mensajes. La gente se comunica más, pero peor. Conoce muchas cosas, pero sin profundidad alguna. Pasa el día concentrada en pantallas, pero no se ocupa de retirarse en silencio a meditar y contemplar lo que la mente les propone. Tal vez la pandemia haya estremecido a muchos para volver a pensar y sentir por debajo y sobre la superficie. 

Es duro el mensaje. Y es para todos, padres, educadores, líderes políticos, economistas, religiosos, artistas, deportistas. Los nuevos pedagogos orientadores de la vida son más profesores que maestros, que proponen como objetivo final el éxito que proporciona la competencia por el dinero, la fama, el cuerpo atlético y otras categorías de mediano o corto alcance. Parece que a esta humanidad decreciente en inteligencia se le está quedando lejos el mundo de la sabiduría, que se basa en las eternas virtudes de prudencia,  justicia, fortaleza y  templanza. Por añadidura, en su declive ha vuelto a restablecer los ídolos en nuevos altares, dejando a Dios pare mejor oportunidad.

Nada que extrañar. Sinceramente, somos más tontos que ayer o, si a usted le resulta insultante o exagerado, menos inteligentes que nuestros esforzados, sacrificados e ignorantes antepasados, que fueron de pensamiento y conducta más sólidos, de valores más estrictos y de vida más sobria. El estado de pandemia podría ser un momento oportuno  para despertar a tiempo

Jesús Ginés Ortega

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