Retiro de cuaresma, 2da parte: El herido al borde del camino

La parábola del buen samaritano es sin duda una de las más conocidas popularmente. Sin embargo, la historia no cuenta que pasó después, ni con el hombre herido ni con el samaritano que lo ayudó. No sabemos ni siquiera sus nombres. Tomando como base esta parábola y estas preguntas, el padre Carlos Padilla nos invita a pensar en nuestro prójimo, a redescubrirlo, a reconocernos en él.

| P. Carlos Padilla P. Carlos Padilla

Hay un hombre herido al borde del camino. Quisiera meditar en esta charla sobre una parábola, sobre la historia del buen samaritano y el hombre abandonado, medio muerto, al borde del camino. ¿Cómo podría olvidar ese hombre todo lo ocurrido? ¿Por qué no sabemos su nombre? ¿Qué fue de él una vez recuperó su salud? ¿Se atrevió a recorrer solo de nuevo a aquel camino? ¿Perdonó a los que le hirieron? ¿Y a los que pasaron de largo? ¿Cómo agradeció al que lo socorrió con su vida? ¿Se olvidó de sus cuidados? ¿Aprendió a ser él como aquel buen samaritano? Son muchas preguntas sin respuesta. Sólo preguntas que nos abren al misterio de la vida. Intentaré desgranar poco a poco la historia y ver qué nos quiere decir. La palabra de Dios tiene que resonar en el alma, iluminar, dar vida. Queremos leerla y releerla. Dejarnos tiempo para degustarla y peregrinar espiritualmente, en el corazón, a aquel camino. Queremos acercarnos al buen samaritano y ver sus gestos. Queremos mirar de cerca al hombre herido. La parábola nos abre un horizonte amplio. Comienza todo con una pregunta: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?». Quizás es la pregunta que muchos nos hacemos. Todos, en el crecimiento de nuestra vida espiritual, nos lo preguntamos alguna vez. Queremos un método, un camino, una guía práctica. Queremos respuestas fáciles y comprensibles. Cuando uno da el paso y pregunta algo así, está dispuesto a mucho, a casi todo. Quiere cambiar, quiere emprender un nuevo camino. Es verdad que el que le hace la pregunta en el Evangelio a lo mejor sólo quiere probar a Jesús, tentarlo, ver cómo piensa y siente. Pero lo cierto es que, detrás de una pregunta así, hay un deseo íntimo no confesado. Porque todos queremos ser eternos, queremos vivir para siempre, queremos esa herencia de una vida eterna y feliz. ¿Cuál es la llave que abre la puerta santa del cielo? La respuesta de Jesús los lleva a meditar y pensar sobre aquello que ellos ya conocen: « ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?» La ley era clara: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo». Amar a Dios con todo nuestro ser, con todo lo que somos y tenemos, con nuestra carne y con nuestra alma, en el silencio y al hablar, en la acción y en la espera. Sí, con toda el alma. Parece sencillo, pero no lo es, porque al alma, como un potro salvaje, se aleja muchas veces de su fin, de la luz, de la fuente. Entonces Jesús parece estar contento con la respuesta: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás». Amar a Dios con todo lo que tenemos y también al prójimo es un ideal muy elevado. No basta con amar a Dios. Porque a Dios lo encontramos en el hombre, en el prójimo. El amor al prójimo y el amor del prójimo nos acercan a Dios. El prójimo es el principal lugar teológico en el que Dios nos habla y desde donde nos ama. Pensar en el prójimo es pensar en el escalón que nos lleva a lo alto, a Dios. Vivimos en Dios en el prójimo, en el que está en el camino.

Pero todo se complica cuando nos preguntamos: «Y, ¿quién es mi prójimo?». Depende de eso, claro. Marcamos distancias, límites y, tal vez, ya no todo el mundo entra en la categoría de prójimo. Algunos no son nuestros prójimos. Algunos son despreciados, ignorados, dejados de lado. Algunos, verdaderamente son nuestros enemigos y pensamos que no hay que amarlos. Muchas veces no conocemos bien a ese prójimo que está a nuestro lado. El prójimo es un verdadero desconocido. No sabemos lo que le pasa, lo que sufre, quién es en verdad. Miramos el mundo y la vida en referencia a nosotros mismos, y desconocemos a la persona que pasa por nuestro lado, incluso que trabaja o vive con nosotros. Tenemos una idea de él que nos hemos imaginado, lo hemos encasillado en un tipo de persona, no le preguntamos cómo está ni qué le pasa. Vivimos lejos los unos de los otros. En cambio nos quejamos de que estamos solos, de que otros no nos comprenden, de que no nos preguntan, de que no nos tienen en cuenta, de que no saben lo que nos pasa. En este tiempo de silencio quisiéramos preguntarnos por el nombre de nuestro prójimo, por su alma, por lo que le preocupa: ¿Quién es el que trabaja a mi lado? ¿La persona con la que vivo? ¿Quiénes son mis hijos? ¿Quién es mi marido? ¿Qué sienten? ¿Por qué luchan? Esa pregunta a Jesús le conmovió, porque habla de una persona que busca, de alguien que no quiere quedarse quieto, porque desea crecer. Alguien que conoce la ley y desconoce cómo vivirla, no conoce su hondura. Se sabe la teoría y no sabe qué hacer con ella. Jesús se lo explica, como a los niños, con un cuento, con una historia que muestra cómo es la vida. En realidad con un cuento que habla de Él mismo, de nosotros. Nos dice quién es Él. Lo haría con mucha ternura, como los padres cuando antes de acostarse les leen a sus hijos una historia para que puedan dormirse con paz. No lo juzga con la pregunta, simplemente trata de abrirle los ojos, de ensanchar su corazón herido, de mostrarle la profundidad del amor.

El prójimo puede ser cualquiera. El prójimo es nuestro amigo y también nuestro enemigo. Es aquel al que conocemos y aquel al que nunca hemos visto. Es el que nos lo hace todo fácil y el que nos pone nerviosos. Sí, todos son nuestro prójimo. El prójimo de la parábola no tiene nombre, es cualquiera: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de salteadores que, después de despojarle y darle una paliza, se fueron, dejándole medio muerto». En realidad no tiene tampoco rostro. Está desfigurado, herido, maltratado, abandonado. Es despreciable, feo, no es nadie. No parece próximo a ninguna persona. No está en el camino, sólo al borde. En silencio, medio muerto. No es útil, no merece la pena amarlo porque tal vez no nos corresponda. Nadie nos exige que nos detengamos. No lo conocemos. A lo mejor ya está muerto. No queremos hacernos responsables de lo que nosotros no hemos hecho. Siempre pienso en una escena grabada por unas cámaras en China. En esas cámaras se veía cómo muchos transeúntes pasaban por delante de una niña atropellada y no se paraban a socorrerla. Detenerse implicaba asumir un compromiso. El amor de Cristo nos parece excesivo. Es ese amar hasta el extremo, como nos dice el Papa Francisco en su motivación para esta Cuaresma: « ¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino. Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros». El buen samaritano se detiene. Los otros pasan de largo. Cristo se detiene ante nosotros. No pasa de largo, no se excusa.

El hombre herido al borde del camino somos, al mismo tiempo, nosotros. Sí, hemos sido heridos. Profundamente heridos. Tal vez para siempre. La herida nos hace reconocibles. La herida ha abierto un canal de comunicación entre Dios y nosotros. Estamos medio muertos y al borde del camino y Dios sí se detiene. Para el mundo muchas veces parecemos no importar demasiado. Tal vez no somos el prójimo para nadie. ¡Qué duro es estar al borde del camino heridos y solos! A todos nos gusta más estar en medio del camino, en el centro de la vida de los demás, próximos a su amor y no olvidados. Activos y sanos. No queremos pasar desapercibidos, queremos ser visibles. Nos gusta estar en todo y a la última. Llamar la atención por nuestra forma de ser y de vestir. Ser admirados y reconocidos. Leídos, seguidos, buscados, esperados, amados. El borde del camino es el borde de la vida. El centro del camino es el vagón en el que van los importantes. Lo que no importa se tira al borde del camino, para que nadie lo recoja. Pero la verdad es que a nadie le gusta mucho el borde del camino. No merece la pena estar allí. La vida va muy rápido y es necesario recorrer el camino. Permanecer al borde del camino significa la muerte, la inanición, la pasividad. Ese hombre hubiera muerto si nadie se hubiera detenido. Tal vez nosotros hubiéramos muerto si alguien un día no se hubiera detenido a ayudarnos. Por eso nos preguntamos: ¿Cuándo experimentamos la misericordia de algún buen samaritano? ¿Quién nos hirió y nos dejó tirados al borde del camino? ¿Quién nos salvó?

¿Qué significa ser pobres y heridos para el Señor? Dice el Papa Francisco: «Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza. El Apóstol se dirige a los cristianos de Corinto para alentarlos a ser. ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras de san Pablo? ¿Qué nos dice hoy la invitación a la pobreza, a una vida pobre en sentido evangélico?». Los pobres son aquellos hombres heridos tirados al borde del camino. Jesús renunció a su riqueza y se hizo pobre, se hizo hombre herido. Nadie se detuvo a socorrerlo. El mismo Pedro, su amigo, su prójimo, lo negó y siguió de largo. Ser pobre es estar herido y no tener nada con lo que defendernos. La pobreza no es un bien, es una carencia. Normalmente, en la vida, asociamos el término pobreza al campo económico. Pobre es el que no tiene, el que carece de lo importante, el indigente. Pensar en ser pobres nos horroriza porque la pobreza no es algo atractivo. ¿Por qué se hizo pobre Cristo? Para asemejarse a nuestra condición, para estar cerca, para no despertar el rechazo, para que nos conmoviéramos al verlo desvalido. Nos duele la miseria que vemos a nuestro alrededor y se despierta en el corazón el deseo de hacer algo por dar alguna respuesta. Nos sentimos a veces culpables por la vida que llevamos. Nos aburguesamos y el aburguesamiento nos vuelve hombres acorchados, sin sentimientos. No queremos pasar hambre, ni sed, ni sufrir el dolor. Por eso nos cerramos en nuestra carne, para no dar, para no sufrir, para no pasar necesidad. Por eso la pobreza nos asusta. Jesús nos invita a hacernos pobres como Él, hombres sin derechos, necesitados, tirados en su indigencia. Pero Cristo quiere que enriquezcamos con nuestra pobreza. ¿Cómo puede enriquecer un pobre? Enriquece el que ha recibido todo y no se cree en posesión de la verdad. El que se abaja para hablar y amar, el que no cree que lo pueda hacer todo solo. El que depende de Dios en su vida y se abaja para que Dios pueda habitar en su corazón vacío. Decía el Papa Francisco: «Podríamos pensar que este "camino" de la pobreza fue el de Jesús, mientras que nosotros, que venimos después de Él, podemos salvar el mundo con los medios humanos adecuados. No es así. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo». El pobre no exige, acepta, es filial y dócil al querer de Dios. El pobre es el hijo, el niño. Es el pobre de Dios, el pobre en el espíritu que confía y se abre al amor de Dios. Sabe que la vida no está bajo su control porque descansa en las manos de su Padre. No se cree en posesión de la verdad y sabe dialogar. Acepta con facilidad las críticas y las ofensas. No impone lo que piensa, acoge al diferente, comprende, perdona, escucha. Queremos ser así, pobres de Dios, pobres que no se crean en posesión de nada y por eso vivan mirando a Dios. Ésa es la pobreza que enamora y conquista a los hombres para Dios.

La parábola habla de la posibilidad que tenemos en la vida de acercarnos al que sufre y socorrerlo. Un sacerdote y un levita dieron un rodeo y pasaron de largo. No se detuvieron: «Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo». No sabemos bien las razones por las que el levita y el sacerdote lo vieron y siguieron su camino. No podían excusarse diciendo que no lo vieron, porque sí lo vieron. Distinguieron su cuerpo herido. Vieron la necesidad. Pero siguieron de largo. ¿Tendrían algo más urgente entre manos? Puede que sí, no lo sabemos. Tampoco importa por qué lo hicieron. Nosotros somos muchas veces como ellos. Para no ver, para no perder tiempo, para no cambiar de planes, seguimos nuestra vida. Si no ves, no sientes. Si no miras, no te implicas. Si no sabes quién es tu prójimo, no tienes por qué comprometerte. Si no escuchas a otro, no te sientes ligado con el problema y es más fácil encasillar. Si no nos cuentan nada es más fácil generalizar y meter a la persona en una de nuestras categorías: los no creyentes, los superficiales, los radicales, los raros, los especiales, los personajes. Así es más fácil. Pero cuando nos abren el corazón, entonces es más difícil mantener la distancia, la teoría y las categorías. Es típico que nos hablan de alguien y lo vemos claro, juzgamos. Pero cuando esa persona se pone frente a nosotros y nos habla, entonces la miramos y ya no nos parece tan fácil juzgarla por lo que hace. Porque cada persona es mucho más que cualquier prejuicio, cualquier categoría, cualquier dato, cualquier acción, aunque sea terrible. Cuando no nos detenemos y pasamos de largo delante de los otros, de lejos, con rapidez, todo es más fácil. El problema de los dos que dieron un rodeo no fue que no sintiesen compasión. Fue que se protegieron para evitar sentirla. Se fueron tan tranquilos. Porque era un problema quedarse allí, porque ellos eran importantes y los esperaban en otro lado. No volvieron a pensar en el herido, lo olvidaron al borde del camino. No eran malos, eran como nosotros, cómodos, tal vez cobardes. Nosotros también omitimos porque tenemos cosas importantes que hacer tantas veces. O porque pensamos que, en realidad, ya lo hará otro que esté más desocupado. No nos detenemos porque tenemos que hacer otras cosas necesarias y hacemos falta allí.

Sin embargo, otro hombre, un samaritano, sí se detiene: «Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión. Acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y le montó luego sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al posadero, diciendo: - Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva». El samaritano no era bueno ni malo. Era un hombre del que no sabemos más que su procedencia. Pertenecía al pueblo de Samaria y ya por eso podía ser encasillado. No era levita. No era sacerdote. No era alguien digno de ser imitado. Su procedencia lo condena, sus actos lo salvan. El evangelista no lo califica. Simplemente describe sus acciones y sus acciones lo elevan. El samaritano mira y ve el cuerpo del hombre herido. Sin embargo, no da un rodeo, se detiene. Lo ve, se detiene y se acerca. Lo toca, lo venda, lo cura. Después lo monta en su propia cabalgadura, lo lleva a una posada, cuida de él. Paga y se preocupa por su futuro. Vuelve al día siguiente a pagar lo que debe. Actúa como un buen cristiano, como dice el Papa Francisco: «A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas». Mirar tiene poco riesgo, porque siempre podemos volver la vista hacia otro lado y seguir el camino. Detenernos es un paso más. Cuando nos detenemos corremos más riesgos. La vida se vuelve lenta y peligrosa. Súbitamente pueden hacernos responsables de cosas que no esperamos. El otro día leía que una profesora de pre-escolar no obliga a los niños a decir «lo siento» cuando hacen daño a un compañero con palabras o acciones. Lo que si hace es decirles que le pregunten a su compañero: « ¿Estás bien?» Algunas veces la respuesta es «Sí», pero la mayoría de las veces es «No». Después les dice que vayan y pregunten: « ¿Qué puedo hacer para que te sientas mejor?» En ese momento, les hace sugerencias de qué hacer: « ¿Necesitas ayuda para reconstruir tu castillo? ¿Necesitas un abrazo? ¿Quieres que te deje solo?». Son preguntas que nos involucran y comprometen. El que las hace sabe que su vida será distinta desde ese momento. Ha sobrepasado la línea que lo protegía. Ahora está expuesto.

En nuestra vida muchas veces miramos la realidad y pasamos de largo. Observamos, vemos, contemplamos. Porque mirar no es peligroso. Tiene su riesgo, eso sí. Porque no mirar nos mantiene a salvos del todo, más liberados. No mirar nos exime de cualquier responsabilidad porque siempre podemos alegar no haber visto. Por eso mirar es un paso importante pero siempre arriesgado. Mirar a los ojos. Mirar con misericordia y bondad. Mirar sin exigir. Mirar para cuidar. A veces miramos porque queremos enterarnos, porque somos bastante cotillas. La mirada de Jesús se interesaba por el hombre. Miraba buscando más allá de la mirada, más allá de la superficie. Jesús miraba el corazón reflejado en los ojos. Veía el alma, los dolores, la angustia, la pena. Miraba y se comprometía. Porque el que mira se acaba comprometiendo. La mirada nos involucra, nos ata, nos vincula. No es posible mirar y que lo que vemos nos deje indiferentes. Al menos no tendría que ser posible, porque hoy vemos muchas cosas y normalmente pasamos de largo sin detenernos. Nos acostumbramos a mirar sin ver. Hemos perdido la esencia de la mirada. Jesús nos dejó otro tipo de miradas. Jesús nos enseñó a ser plenamente hombres. Vivió como nosotros para enseñarnos a vivir, a amar de verdad, de forma humana y plena. La mirada forma parte esencial del amor. No existe un amor que no mire. El amor es mirada. Y la mirada habla del corazón, de la vida que bulle en nuestro interior. Miramos con pureza o con intenciones impuras. Miramos con pasión o indiferencia. Miramos con humildad o con soberbia. Con cariño o desprecio. Miramos con delicadeza o rudeza. Miramos bien o mal. Es una gran diferencia. Cristo nos enseña a mirar lo esencial de cada persona, a no quedarnos en la superficie. Eso es lo más fácil. El sacerdote y el levita vieron al mismo hombre, lo miraron. Tal vez se detuvieron en sus heridas. Sus ojos se fijaron en su debilidad. Tal vez no quisieron ver mucho más. Prefirieron no mirar demasiado. Porque mirar es arriesgado. El samaritano sí miró y vio y se conmovió. Como dice el Papa Francisco: «En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo» ¿Cómo es nuestra mirada sobre los hombres? ¿Cómo miramos al prójimo, al que se cruza en nuestro camino? ¿Cómo miramos al pobre, al desvalido, al herido? ¿Miramos sin ver? ¿Nuestra mirada nos compromete? Esta Cuaresma pienso que es una oportunidad para mirar como Jesús nos miró. Mirar al otro, mirar al que pasa por delante de nosotros, mirar al que está más lejos, al que está cerca, al pobre, al que sufre, al prójimo.

En ocasiones, después de mirar al necesitado, nos detenemos. Detenerse implica más riesgos todavía que simplemente mirar. El samaritano se detiene, Jesús se detiene, muchos santos se detuvieron. ¿Y nosotros? Detenerse supone dejar de hacer lo que estábamos haciendo aún cuando nos parezca lo más importante que teníamos por delante. No es tan fácil detener los pasos y dejar de hacer. Implica un cambio, pararnos y cambiar el sentido de nuestros pasos, de nuestra vida. En ocasiones nos cuesta dejar de hacer lo que nos ocupa para ocuparnos del otro, vamos a lo nuestro. Una persona me comentaba que se había hecho el propósito de detenerse en el trabajo y dejar lo que estaba haciendo en el ordenador, cuando alguien se acercara a preguntarle alguna duda. Si nos detenemos perdemos nuestro valioso tiempo y dejamos de lado otras ocupaciones. A veces vamos corriendo hacia la meta, hacia donde nos esperan, a la cita ineludible, a la tarea en la que no podemos faltar, no podemos detenernos. Porque detenerse supone cambiar la prioridad. La misericordia implica que nos detengamos pero no siempre es tan fácil hacerlo. Detenerse supone tener la voluntad de dar un paso más. Significa comenzar un nuevo camino. Implica perder el tiempo por amor. ¿Nos detenemos ante los que necesitan nuestra ayuda?

El samaritano se acercó al herido. Cuando nos acercamos estamos superando muchas barreras. La cercanía es un riesgo mayor todavía que mirar y detenerse. El lejano deja de estar lejos y se hace próximo súbitamente. Deja de ser un extraño para hacerse conocido. El acercamiento es el último paso que implica asumir un riesgo definitivo. Al acercarnos a los demás superamos los miedos, la timidez, la comodidad, la pereza. Es un sí a la vida, al riesgo, al amor. La Cuaresma es el tiempo de la cercanía. Esta parábola habla de cercanía. Sólo el que se acerca es capaz de mirar y descubrir en los ojos del otro un mundo nuevo, un mundo de amor, de dar y de recibir, un misterio impresionante, un lugar sagrado. Cambiar los planes. Detenerse. Dejarse invadir. Mirar al otro y descubrir su fragilidad. Salirse del camino. Sí, salirse del camino y quedarse al borde del mismo. Nos pasamos la vida buscando nuestro camino, y cuando lo descubrimos, quizás pensamos que tenemos que seguir por ahí, sin movernos. Eso es lo que Dios quiere, pensamos. Si perdemos el tiempo no llegaremos nunca. Jesús se acercó a nosotros al hacerse hombre, en su vida detuvo miles de veces su plan, su camino, por una sola persona. Perdió el tiempo sin medirlo. Su vida fue un continuo acercarse al borde del camino, detenerse, parar su vida y lo que estaba haciendo, solo por un herido. Deja noventainueve ovejas por salvar una sola. Por cualquiera. Por todos. Se sale de su plan si su madre le dice que falta vino en una boda. Detiene sus pasos si ve de lejos un ciego, si ve a Zaqueo en un árbol, si le piden que se quede, si tocan su manto, si le piden sanar a una niña enferma, si ve a una mujer que tiene sed. Entonces se acerca y mira. Se deja invadir por el otro. En la vida podemos optar. O nos detenemos y nos complicamos algo la vida o seguimos de largo, a lo nuestro. Hay un dibujo en un albergue del camino de Santiago en Cantabria que habla de esto. Los peregrinos siguen las flechas amarillas que llegan a Santiago. Las buscan, las siguen, les da seguridad verlas. Siempre en el camino la flecha amarilla nos conforta, vamos por el camino correcto. No encontrar flechas nos inquieta. En el mural aparece un herido alejado del camino. Los peregrinos pasan buscando las flechas amarillas. Este herido está fuera de lo previsto, del camino marcado. Muchos siguen las flechas amarillas y no se detienen ante el herido. Pero hay una flecha invisible que baja del cielo y señala al herido. Algunos se detienen. Hacerlo supone salirse del camino, detenerse, llegar más tarde o no llegar nunca. A lo mejor ya no hay sitio en el albergue si te paras. Esa flecha la sostienen dos ángeles y señala al herido. Pero nadie la ve, todos buscan sus flechas amarillas, miran de frente y no a los lados. Es increíble. Somos así. Vamos por el camino con orejeras. No vemos lo que hay a los lados. Sólo miramos de frente. Pero en cambio, cuando nosotros somos los heridos, los necesitados, sí que exigimos a los demás que vean la flecha que nos señala a nosotros.

En esta Cuaresma Jesús nos pide esa mirada generosa y amplia que ve no sólo nuestro camino sino todo a nuestro alrededor. Nos pide que sepamos mirar al otro, salir de nosotros mismos, de nuestros planes y proyectos. Que miremos al otro hasta el fondo. Sólo el que mira siente compasión. Sólo el que se acerca siente compasión por el que sufre. La compasión, la comprensión, el tender puentes, es algo que sólo se hace cuando uno se encuentra cerca. En la pasión, cuando canta el gallo, Jesús se detiene y mira a Pedro. Lo deja todo por él, sólo le importa él, no le importa su propio sufrimiento. En la cruz Jesús mira a Juan, mira al buen ladrón, mira a su Madre, no piensa en Él. Por su parte, sólo algunos le ven a Él. Otros miran todo desde lejos. Algunos lo ven, y se conmueven. Como el centurión, como Verónica, como Simón de Cirene, como el buen ladrón. Jesús es el buen samaritano que cada día se acerca a mí, se inclina y me mira. Que cada día cambia sus planes por mí y deja de hacer cosas importantes por mí, que estoy tendido al borde del camino, herido. ¿Sé quién es el que está a mi lado? ¿Sé cambiar mis planes, mis ideas y proyectos por alguien? ¿He experimentado en mi vida ese amor gratuito de alguien, que deja todo por mí sin que yo le dé nada a cambio? Ese amor sana, es el de Jesús y nos dice que le imitemos, que de su mano es posible aquí en la tierra. La cruz hizo posible ese amor hasta el extremo. Creo que es importante agradecer por todas las personas que a lo largo de nuestra vida han cambiado sus planes por nosotros, se han detenido, nos han mirado, han visto quiénes éramos y nos han sanado. Le pedimos a Jesús un corazón como el suyo, que lo deje todo por el otro. Hasta lo lógico, hasta lo necesario y sensato. El amor es gratuidad.

Al acercarse al herido ve sus heridas, lo toca, lo venda y lo sana con delicadeza y amor. Dice el profeta Isaías: «He venido a vendar los corazones desgarrados». Dios sana los corazones heridos. Sanar es un don, una gracia. Tocar las heridas y sanar es una gracia que tenemos que pedir. Todos tenemos un inmenso poder para sanar a otros o para herirlos en lo más hondo. Está en nuestras manos. Podemos herir o podemos sanar. Podemos odiar o amar. Ante nosotros está siempre la vida y la muerte. Podemos elegir un camino u otro. El corazón humano está bien hecho, tiende al amor, a dar amor y a recibir amor. No tiende al odio, ni al mal, ni a la venganza. Sin embargo, es frágil, y experimenta el dolor con mucha facilidad. Un corazón herido ya no es capaz de amar, sólo se alimenta del odio. Se cierra, se endurece, se vuelve egoísta. Un corazón herido no sana a otros. Necesita la sanación de Dios a través de otros corazones. El buen samaritano vela y cuida al herido, se compromete con su tiempo y su vida. El samaritano se hace pobre para enriquecer al moribundo. Decía el Papa Francisco: «La finalidad de Jesús al hacerse pobre no es la pobreza en sí misma, sino para enriqueceros con su pobreza. Es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón, entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados. Éste es el camino que ha elegido para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria». El buen samaritano hoy venda las heridas con sus manos. No pide ayuda. Lo hace él mismo. Se mancha, se ofrece. Lo hace con cuidado para no hacerle daño. Es impresionante ese gesto. Sólo el que se acerca ve las heridas del otro. Eso es así siempre. A veces sólo vemos nuestra herida y cuando somos capaces de acercarnos al otro, vemos su herida y nos compadecemos. La compasión es el sentimiento más propio de Jesús. Es el más humano. Consiste en comprender al otro por dentro y hacer de sus sentimientos nuestros propios sentimientos. Se trata de sufrir con el otro, a su lado, en su corazón. Pero a veces, tal vez por orgullo, no nos gusta que sientan compasión por nosotros. Nos parece humillante. Pero es sanador. El otro día pensaba en lo difícil que es cuidar a las personas a las que amamos. Y en lo que nos cuesta, al mismo tiempo, dejarnos cuidar. Pienso que si aprendiéramos a cuidar mejor a los que amamos y nos dejáramos cuidar por ellos, el mundo sería distinto, sería más humano, más de Dios. Pensar en lo que siente el otro y protegerlo con la propia vida es lo que hizo Jesús.

Jesús se compadeció y se acercó a la mujer adúltera. Vio su dolor y lo hizo suyo. Se acercó a la samaritana y vio su sed y la hizo suya. Se acercó a Zaqueo y vio su arrepentimiento y lo hizo suyo. Se acercó a todos, a cualquiera, miró por dentro, y tocó con su mano esa herida, con infinito amor. Porque la herida del otro es sagrada. Mi herida es sagrada para Dios. Nuestra herida de amor, nos hace frágiles y a veces nos incapacita para caminar, para vivir. Mostrarla a otros es muy difícil. La tapamos. Jesús nos muestra el camino, el que hizo Él. Él se mostró herido, se mostró desnudo del todo frente a nosotros, no se guardó nada. Comenta el Papa Francisco: «Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza. Siendo rico, se hizo pobre por vosotros. Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se "vació", para ser en todo semejante a nosotros. ¡Qué gran misterio la encarnación de Dios! La razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama. La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado». Sus heridas son nuestra puerta de entrada al corazón de Dios. Es el misterio más increíble entre Dios y el ser humano. Ya parecía insuperable el que se hiciese hombre, como nosotros. Ahora se deja herir, se deja torturar, se muestra frágil, hijo, herido, despojado de todo. Y así, no hay nada que yo sienta en lo que Él no me sostenga. Jesús, el samaritano que ve mi herida, y la venda con sus manos. A veces a través de otros. El herido que me pide que vende yo las suyas. Con mis propias manos, que tiemblan, que están sucias, que no saben curar. Vendar las heridas es protegerlas, es dejar que cicatricen. La única manera de vendar las heridas de los demás es con cuidado, sin hacer que se sientan mal, quizás también mostrándoles las mías para que no piensen que se humillan ante mí. Sintiendo el dolor que sienten. Dejando que el otro me invada un poco. La herida de una persona es su posesión más sagrada, lo más propio, y tenemos que acercarnos siempre de rodillas, con infinito respeto y cuidado, con delicadeza, con sencillez. Al tocarla, tocamos la herida de Cristo, su costado abierto. Al tocar la herida del otro, podemos decir como Tomás: «Señor mío y Dios mío». Porque ahí, en el herido, está Dios. Y en ese amor que se parte y se dona, ese amor que vuelve, que se detiene por uno al borde del camino, ahí está Dios presente, cuidando y sanando.

Jesús nos deja la misión de ser nosotros misericordiosos, de hacer lo mismo que hizo Él: « ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores? El que practicó la misericordia con él. Díjole Jesús: - Vete y haz tú lo mismo». Lc 10, 31-37. Dice el Papa Francisco que Cristo nos envía a los heridos: «Para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. Amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria». No quiere que permanezcamos lejos de los que sufren, no quiere que nos desentendamos de los que están más heridos. Al contrario, busca que no nos aburguesemos y conformemos con una vida fácil. El cristiano es misericordia, es acción de la gracia a través de su vida. Para ello necesita hacerse pobre para Dios pueda actuar a través suyo. Ese «ve y haz tú lo mismo» con que termina la parábola en realidad es «haz lo mismo que Yo, pisa por donde Yo he pisado, ama como Yo». Jesús en esta Cuaresma se nos muestra como el herido, el golpeado, el coronado de espinas, el crucificado. También con Él nos toca pararnos, salir de nuestro camino, acompañarlo, consolarlo, mirarlo, tener compasión. Impresionante que podamos tener compasión de Dios. Ese Dios que lo puede todo y viene a nosotros en su pobreza. Ése es el amor de Dios enamorado del hombre. Que necesita alguien que le lleve la cruz, que necesita consuelo, compañía en el huerto de los olivos, la mirada de su Madre. El Dios que pide y da todo lo que tiene. El Dios que nos recibe y nos espera. El samaritano y el herido al mismo tiempo. El que se detiene ante mí y el que pide que me detenga ante Él. Ante otros. Y quizás, a veces, yo doy un rodeo ante Dios creyendo que me esperan sus planes, las cosas de Dios. ¡Qué paradoja! Los dos que dan el rodeo en la parábola, seguramente, fueron a hablar de Dios y de la ley. Pensaban que cumplían cabalmente la voluntad de Dios. Pero dejaron ahí a Dios en persona, a Dios necesitado y herido. A todos nos cuesta, es verdad, mirar al diferente, ver al otro, saber quién es, acercarnos, comprender que pide ayuda y dejar lo que nos ocupa. Nos protegemos con muros y los muros de los demás nos ayudan a no complicarnos la vida. Por eso nos dice el Papa Francisco: «El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros. Jesús trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado». Cristo se hace hombre para enseñarnos el camino del amor y de la entrega.

El samaritano no lanza sus monedas desde lejos y luego sigue su camino. No. Se compromete. Dios no deja caer la salvación desde lo alto, se involucra con el dolor del hombre. Acompaña al herido. Se hace herido con él, se hace hombre y lo acompaña. No se desentiende de su suerte. Como Cristo que viene a estar en medio de nuestro dolor, de nuestra vida. No permanece indiferente a lo que nos ocurra. Al contrario, está con nosotros cada día hasta el final del mundo. El buen samaritano lo montó en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Ya se había comprometido. Ya seguro que no llegaba a la hora. Lo cargó sobre él. Eso es lo que hizo Jesús con nosotros en la cuaresma, en la cruz. Ese es el gesto de la cruz. Me monta sobre sí mismo, me lleva a la posada que es Dios, mi hogar, y me cuida. Para que descanse, para que me reponga. Me da de comer, me cambia los vendajes. Porque no vale curar un día, esto es largo. Y la herida tiene que ir cerrándose. Es un proceso. Dios me acompaña en mi proceso. Desde dentro hacia fuera. Así se curan las heridas. Si no, se cierran en falso. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que para curar tengo que tocar lo más hondo. No ayudo diciendo palabras fáciles: «Ánimo, es lo que Dios quiere, ya lo entenderás». Muchas veces nos atribuimos el conocimiento de lo que Dios quiere y buscamos explicaciones fáciles para consolar, pero no consolamos. No sabemos nada. No podemos interpretar los hechos en su profundidad. Sólo nos queda respetar como sagrada la herida y la cruz del otro. Se trata de comprender y tomar al otro en lo que está, en lo que sufre, sin juzgar ni pensar que la forma en que se ha hecho la herida es culpa suya. Sin decir ni una sola palabra de juicio o de reproche. Sin querer explicarlo todo. Supone cargarlo sobre mí mismo, darle mis pies y mis manos mientras él no pueda. Sin preguntas. Asumir su limitación y dejar que su limitación limite un poco mi vida. Camino más despacio. Tomar al otro tal como es. Así lo hace Dios con nosotros. No nos regaña cuando nos ve heridos, no nos dice que nos viene bien, que es para que aprendamos. Dios nos deja alejarnos y, cuando le llamamos, siempre está. Nos cuida y nos cura. Son bonitos esos dos verbos. Curar implica lograr que el otro sane del todo, vuelva a tener fuerzas y a hacer la vida que hacía. ¿Alguna vez he sentido que alguien me ha curado? ¿He curado yo a alguien? ¿Dios ha usado mis manos para curar a alguien? A veces no podemos curar, hacer que desaparezca el dolor del otro, la muerte, el miedo, la incertidumbre, la enfermedad. Pero podemos cuidar y velar, estar al lado. Es algo muy femenino, propio de una madre. Consiste en proteger la herida del otro. Hacer que se sienta profundamente amado tal como es. Cambiar el vendaje. Estar ahí, decir palabras de consuelo, o acompañar en el silencio. Como María al pie de la cruz. Ella está al pie de mi cruz, sosteniendo al cáliz para que mi sangre no se pierda, me mira y me da fuerzas. No hace que desaparezca mi cruz. Pero no me deja solo. Esa cercanía da tantas fuerzas que pesa menos la cruz. Así es Jesús. Así es el buen samaritano. Así es María. Así debe ser nuestro amor. De cuidado. De acompañamiento. Como si fuese nuestro ese dolor. Aunque no sepamos la solución o no esté en nuestras manos. Así cuidó María las heridas de Jesús en la cruz, velando, estando a su lado. Así tenemos que estar frente a los que amamos. Los acompañamos y protegemos su herida. ¿Quiénes son los heridos al borde de mi camino? ¿Quiénes son aquellos buenos samaritanos de mi vida? ¿Quiénes son los que alguna vez me han socorrido y han cargado conmigo a lo largo del camino? ¿A quién he ayudado yo a caminar? ¿Quién es mi prójimo? ¿Para quién soy yo el prójimo? ¿A quién he cuidado y curado? ¿Ante quién me detengo?

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