SALTO AL VACÍO

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Una tarde estaba concentrada en el placer de jardinear cuando mi hija de 15 años me lanzó un "voy a adoptar un cardenal". Antes de pronunciarme sobre tan insólita propuesta se acercó otra anunciando "yo ya adopté uno. El mío es de Nigeria". Supe que mi madre había adoptado uno de Canadá y una amiga el de Cuba. ¿Qué juego era todo esto? ... ...

| Mariana Grunefeld Mariana Grunefeld

Una tarde estaba concentrada en el placer de jardinear cuando mi hija de 15 años me lanzó un "voy a adoptar un cardenal". Antes de pronunciarme sobre tan insólita propuesta, se acercó otra anunciando "yo ya adopté uno. El mío es de Nigeria". Supe que mi madre había adoptado uno de Canadá y una amiga el de Cuba. ¿Qué juego era todo esto? ¿Obispos, señores de más de 70 años estaban siendo adoptados por mi parentela y además de latitudes nunca vistas? Fácil me informaron, es un sistema de oración difundida en la red donde cada persona se compromete a rezar por el cardenal que le toca. Esa noche me enteré que miles de personas se inscribían cada segundo para rezar por los electores del nuevo Papa.

Impresiona cuando la comunidad se pone en marcha. Uno deja de ser ese individuo aislado, egoísta, que se mira a sí mismo para incorporarse a un coro que sueña, que vibra, que busca. E impacta constatar la causa del fenómeno. No es el resultado de convicciones intelectuales o voluntarismos. La vinculación con la autoridad se produce con la experiencia de necesidad; sí, la autoridad se muestra débil, se saca la máscara y vemos a un ser humano que lucha y que muchas veces ya no puede más. Esta vez fue la renuncia radical, la cruz del líder, de nuestro Papa. ¿Quién pensaría que un hombre teniéndolo todo, incluidos los honores y el poder espiritual sobre tantos, dejaría esa influencia y poder por reconocerse cansado, viejo, limitado? Siempre sucede cuando el poder lo ejerce el mejor de los hombres: aparece la condición humana en toda su grandeza y también en su fragilidad. Esa forma honesta, radicalmente humilde de ejercer el poder conmueve, derrite el corazón e invita a participar. Eso lo han entendido tan bien los dictadores a quienes gusta mirarse e imponer su voz, que nunca ni aún muertos se muestran débiles ni humanos -se embalsaman- para provocar una distancia sideral con los ciudadanos como si pudieran evitar para siempre la corrosión y el reemplazo.

En las sociedades modernas y democráticas cuántos no entienden esta premisa tan básica: la debilidad acerca, la superioridad aleja. Mientras más honestamente humano, imperfecto, luchador dentro de su fragilidad, se muestre quien ejerce una autoridad, más congrega a su alrededor. Sin embargo, cuántos pequeños dictadores -siempre sabelotodos y perfectos- viven en nosotros que en vez de provocar empatía y sumar, provocan distancia y apatía. Cuántos dictadores- padres inamovibles en sus convicciones provocan la rebeldía y el desapego de sus hijos; cuántos dictadores- profesores con su absolutista cátedra provocan la desazón y fuga de alumnos; cuántos dictadores- gerentes con su obsesión y ego destruyen equipos; cuántos dictadores de partido se sirven de los privilegios liquidando el servicio público; cuántos dictadores- religiosos por imponer en vez de invitar, hieren el corazón y alejan.

En el mundo y en Chile el modelo neoliberal se critica y las instituciones creadas para la participación y el servicio pierden credibilidad no porque sean malas en si mismas sino porque quienes son los protagonistas de la historia en este tiempo ejercen su poder de una manera que destruye la confianza y esperanza de los demás. Hace un tiempo se pensaba que un líder era quien tenía todo claro, todo resuelto. Un señalizador solitario que indicaba el camino a seguir. Hoy entendemos que un liderazgo así es soberbio, aísla, aleja y desencanta. Ni la inteligencia, ni las campañas, ni los asesores y especialistas, y lo que es más grave, ni los logros objetivos, pueden penetrar en el corazón y en la mente de unos ciudadanos que se sienten ajenos a un poder cerrado y autosuficiente. La única y verdadera razón para estar en la cima son los otros, pero esos otros tienen que saberlo y experimentarlo.

Son los gestos que provienen de una profunda verdad interior, y no las palabras, los que arrastran y producen los cambios. Lo habíamos leído en las biografías de grandes hombres; ahora en uno de los peores momentos de la Iglesia Católica, hemos visto a uno de los mejores hombres de su historia.

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