El orgullo, el prejuicio y las redes sociales

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El orgullo y el prejuicio son quizás la fuente de los errores hoy en día. Y éstos se ven potenciados a causa de las redes sociales: ¿Qué son Facebook o Twitter sino la imperiosa necesidad no sólo de hurgar en la vida ajena sino en dar a conocer los pensamientos de uno? ¿Qué necesidad tenemos de dar a conocer o de pensar que lo que yo pienso es importante que los demás lo sepan? ¿No es acaso un afán desmesurado de orgullo?

| Cecilia Sturla (Argentina) Cecilia Sturla (Argentina)

Finalmente pude leer "Orgullo y Prejuicio". Luego de ver tanta mini serie y película, decidí comprobar por mí misma quién era la famosa Jane Austen. Para los lectores más avezados, quizás lo que escribo no les resulte tan novedoso, pero honestamente... me encantó.

Claro que el lenguaje no es el que estamos acostumbrados. Los diálogos son quizás un poco extensos y nosotros sabemos que nadie habla tanto de un solo tirón hoy en día. Pero así y todo, uno se da cuenta de que las pasiones humanas van a seguir siendo siempre las mismas sustancialmente. Lo que cambia es el entorno social y epocal, pero el núcleo de lo que sentimos permanece inalterable.

Un comentario acerca del libro fue que en esta época los sentimientos eran distintos. Sin embargo, prácticamente todo lo que hacemos, lo realizamos motivados o por el orgullo o por el prejuicio, cuando no por ambos a la vez. Incluso el escribir este artículo, es también producto de una razón profunda y antigua como el hombre mismo: el afán de plasmar por escrito cuestiones que pensamos pueden llegar a interesar a otros. 

Está clarísimo que gracias también a ese afán, la humanidad pudo crecer, adelantarse, desarrollarse y progresar. Los talentos están para ponerlos a disposición del otro, caso contrario quedaríamos encerrados en nuestro yo irremediablemente. El individualismo no construye una sociedad, antes bien la termina atomizando. Además el hombre es un ser naturalmente social por la capacidad de habla y por la propia indigencia con la que nacemos, como dijo Aristóteles.

Pero fuera de estas cuestiones filosóficas, el orgullo y el prejuicio son quizás la fuente de los errores hoy en día. Y éstos se ven potenciados a causa de las redes sociales: ¿Qué son Facebook o Twitter sino la imperiosa necesidad no sólo de hurgar en la vida ajena sino en dar a conocer los pensamientos de uno? ¿Qué necesidad tenemos de creer que lo que yo pienso es importante para que los demás lo sepan? ¿No es acaso un afán desmesurado de orgullo?

Cuando leo algún diario on line, siempre termino en los comentarios de los lectores. Y allí se muestran los prejuicios de todos y de cada uno. Comentar una nota para reflexionar sobre algún tema, o mostrar el acuerdo o desacuerdo, también lleva de suyo los prejuicios con los que uno carga... y que no son mejorados, sino al contrario: se exacerban al ver que el otro no me contesta o no piensa como yo... Como la pantalla me protege, no tengo reparos en decir las cosas de manera brutal, de esa manera que no lo haríamos o por educación o por el autocontrol que ejerce el hecho de estar frente a otra persona y tratar de hablar de manera cuerda y civilizada.

Esto, claro está, no significa que todos los comentarios que se hacen en Internet sean motivados por el orgullo o el prejuicio, sino sólo que ambos elementos se potencian en la web. Y surge entonces la intolerancia para el que opina diferente, las respuestas mordaces en una escalada que no tiene fin, salvo el cansancio de seguir contestando. ¿No les pasó que de repente se dieron cuenta que las redes sociales no sirven para poner ideas, posturas morales, religiosas o políticas sin que nos lluevan infinitas críticas? Creo que por eso el común de la gente optó por poner reflexiones de los maestros orientales donde nadie puede discrepar, porque frases como: "Cuando ya no estás en conflicto con la vida te vuelves sereno y natural, te relajas. Entonces flotas. El mundo no está contra ti, puedes flotar en él" (Osho) son frases que no provocan mucho más que un suspiro, un "qué lindo" y al momento siguiente, si es que esa frase se entendió, se dejó da lado por... ¿ineficaz?

Ahora lean lo siguiente: "¡De qué modo tan despreciable he obrado –pensó–, yo que me enorgullecía de mi perspicacia! ¡Yo que me he vanagloriado de mi talento, que he desdeñado el generoso candor de mi hermana y he halagado mi vanidad con recelos inútiles o censurables! ¡Qué humillante es todo esto, pero cómo merezco esta humillación! (...) Pero la vanidad, y no el amor, ha sido mi locura. Complacida con la preferencia del uno y ofendida con el desprecio del otro, me he entregado desde el principio a la presunción y a la ignorancia, huyendo de la razón en cuanto se trataba de cualquiera de los dos. Hasta este momento no me conocía a mí misma".

¿No es infinitamente más profundo que lo anterior? La conciencia de la propia miseria requiere de un examen crítico que muy pocas veces somos capaces de hacer. Porque antes es menester dejar de lado justamente el orgullo y el prejuicio...

Evidentemente la comunicación ha pasado de un extremo al otro: de mostrar convicciones y quedar como un dogmático, a poner frases que no dicen nada pero a todos "les gusta". Dos caras de una misma moneda: la intolerancia y la banalidad, el orgullo y el prejuicio.

En una época cruel con las velocidades de la comunicación, la vuelta a la lentitud se hace necesaria. ¿Por qué? Sencillamente porque las reacciones más viscerales y pasionales requieren de tiempo para asentarse. Si no las dominamos, no hay manera que nos entendamos. Y los prejuicios se exacerban dando lugar a una comunicación unilateral y por momentos de sorda.

¿Será que nos falta un poco más de calma, de sosiego, de apertura al otro? Sin duda leer los clásicos tiene su ventaja cuando nos lleva a reflexionar un poquito. Y darse cuenta de que el hombre sigue siendo el mismo, pero en contextos diferentes y es en cada uno de esos contextos cuando se requiere más que nunca de la creatividad para no caer ni en el orgullo ni en el prejuicio.

¿Consejo? Leer más clásicos este verano... y dejar que la lentitud nos domine aunque sea en las vacaciones y de esa manera ir poco a poco dominando el orgullo o el prejuicio.

 

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