Esquina del adiós

A partir de un relato sobre el padre Kentenich, Lucía Zamora reflexiona sobre algo que a todos nos toca hacer alguna vez en la vida, pero para lo cual pocas veces estamos preparados: ver partir a un ser querido.

Martes 16 de septiembre de 2014 | Lucía Zamora

"A pocos metros de Marienau se encuentra una piedra y en ella un relieve de bronce. Es la esquina del adiós, como la solían llamar los jóvenes. Según los relatos, el P. Kentenich acostumbraba a acompañar a los primeros jóvenes hasta allí y despedirlos cuando partían de regreso a sus obligaciones militares. La placa recuerda el último adiós del Padre Kentenich a José Engling".

Este texto (incluye el título) lo encontré haciendo una investigación para una obra de teatro. Es un relato que desconocía y me conmovió mucho. Tan solo imaginar la escena con cada muchacho, regreso ese dolorcito al corazón, de cuando perdí a mi amiga Yisel sin despedirme, o bien, cuando platique por última vez con ese gran amigo que aún extraño, cuando por teléfono discutí con mi amiga que también sigo extrañando. Despedidas que más bien fueron últimos encuentros. Tal vez algún día nos volveremos a encontrar en el camino, pero por lo pronto duele la ausencia.

¿Qué palabras se quedaron en este lugar? ¿cómo fueron estas despedidas?... ¿sería solo un simple pero fuerte apretón de manos? o ¿un abrazo interminable?...solo ellos podrían contarnos esos momentos de abandono, del uno para el otro.

Seguramente el Padre sabía que a muchos de estos muchachos no los volvería a ver, y con dolor en su corazón, los despedía en esta esquina, mostrando su mejor sonrisa, y regalando hermosas palabras de aliento. Esta esquina fue el lugar, donde nació la oportunidad de hablar de corazón a corazón. Si nosotros supiéramos cuando dejaremos de ver a alguien para siempre, seguramente regalaríamos sonrisas y palabras de aliento como lo hizo el P. Kentenich.

Si yo hubiera sabido que Yisel iba a morir...¿qué le hubiera dicho?...no lo sé, seguramente le hubiera dicho cuanto la admiraba, pero en mi esquina, esta oportunidad no se dejo ver, porque solo había felicidad. Igual paso con mis amigos...solo buenos y lindos momentos, sin pensar que una palabra cambiaría todo en un instante. Que pena...nunca les dije cuanto valoraba su presencia, sus consejos, su sabiduría. Contar con su amistad me llenaba de felicidad, pero esta misma felicidad nunca me presento con la "ausencia" y la despedida se quedo en el aire.

Esta esquina donde el P. Kentenich despedía a sus amigos, atesoro muchos sentimientos; se ablandaron los corazones en un gran abrazo; se pronunciaron palabras entre cortadas sin dejar de sentir el dolor de la ausencia que se veía venir. Todo esto sucedió en este pequeño lugar, donde las miradas hablaban de todo aquello que las palabras ya no podían expresar. En esta esquina el Padre hizo de una despedida una oración.

Que tristeza que ahora esta esquina del adiós se haya convertido en un muro de face, en una cuenta de twitter. Donde el sentimiento se queda en un like, o en sticker. La tecnología nos ha dado mucho, pero también nos ha quitado la capacidad de asombro, la sensación que hace reaccionar al cuerpo por una mirada, una sonrisa y hasta por un momento de enojo.

Este detalle del P. Kentenich de despedir a los muchachos en una esquina, no solo nos deja ver a ese Padre amoroso que conocemos, también nos muestra su lealtad, admiración y respeto por estos niños que se enfrentaron a la guerra por su Patria, así como María, cuando vamos a nuestro Santuario, nos observa, nos escucha y nos consuela con la ternura de su mirada, dejándonos ir a la lucha por nuestra Patria, por nuestra gente y por supuesto por Ella.

No dejemos de procurar, a aquellos amigos que alguna vez nos regalaron su tiempo, no sabemos si será la última vez que compartamos sonrisas y tristezas con ellos. En el lugar en donde estemos, hagamos esa pequeña esquina como la del Padre y los muchachos. Coloquemos una piedra de aprecio, lealtad y admiración, que al paso de los años nos hable de esa entrega mutua, que abrió el corazón de dos seres que acompañados por Espíritu Santo, hicieron de ese momento una oración.

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