PRIMERO LA OVEJA, AHORA EL PASTOR

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      PRIMERO LA OVEJA, AHORA EL PASTOR A raíz de los recientes avances en materia genética, el conocimiento y la información resultan indispensables. Pablo Crevillén nos presenta una explicación en profundidad de una de las temáticas más complejas en contenido. 

| Pablo Crevillén Pablo Crevillén

Últimamente abundan las noticias de contenido bioético que proceden de América. Ya me referí a dos en los anteriores artículos. Desde entonces han aparecido tres: la obtención de embriones clónicos humanos por transferencia de núcleo por investigadores de la Universidad de Oregón, la denegación de aborto terapéutico a una joven en El Salvador (que, por cierto, sobrevivió sin problemas, aunque no se realizó el aborto) y la aprobación en Argentina de una nueva ley de reproducción asistida. Como tratar de todas ellas a la vez resultaría muy confuso, me ocuparé de una solo, la primera en el tiempo. Para ello no tengo más remedio que intentar explicar algunos conceptos.

 Un clon es un individuo de idéntica constitución genética que procede de otro individuo mediante multiplicación asexual, siendo ambos iguales entre sí. Lo que se ha hecho ahora, y se hizo en el pasado al crear la oveja Dolly, es coger un óvulo femenino, quitarle el núcleo e introducir el núcleo de una célula adulta diferenciada. La oveja que nació y los embriones humanos obtenidos en Oregón son idénticos genéticamente al individuo donante del núcleo de la célula adulta. Esto es muy complicado. Hasta los años 50 del siglo XX no se consiguió obtener clones de ranas. Durante mucho tiempo se pensó que era imposible clonar mamíferos. Posteriormente se obtuvieron algunos clones utilizando el núcleo de células embrionarias y, finalmente, el equipo de Ian Wilmut, del Instituto Roslin de Edimburgo, consiguió a la famosa Dolly. Lo importante de ese caso fue que el núcleo era de una célula diferenciada. En el embrión muy temprano las células no están diferenciadas. A medida que va avanzando el desarrollo, las células reciben señales que van activando sus genes para que adopten funciones distintas según el tejido u órgano que van a formar parte. Por ejemplo,  dentro de nuestro cuerpo son muy diferentes las células de la piel, del músculo o del cerebro aunque todas tienen el mismo genoma. Antes se pensaba que esa diferenciación era irreversible. Sin embargo, estos experimentos demuestran que si el núcleo de una célula diferencia se fusiona con un óvulo sin núcleo “se olvida” de su historia y es capaz de reprogramarse.

En el caso de humanos, los intentos no habían resultado, pese a anunciarse a bombo y platillo. Además de los raelianos (organización atea que explica que unos seres extraterrestres muy avanzados científicamente, llamados Elohim, crearon toda la vida sobre la Tierra mediante ingeniería genética) que no aportaron prueba alguna de la clonación que reclamaban haber hecho, en febrero de 2004 el científico surcoreano Woo Suk Hwang publicó un artículo en Science anunciando que él y sus colaboradores habían obtenido treinta embriones humanos clónicos. Más tarde se demostró que todo era un fraude. Finalmente, la revista Cell publicaba el 15 de mayo de 2013 un artículo en el que Shoukhrat Mitalipov y su equipo anunciaban que habían conseguido la reprogramación de una célula somática en una célula embrionaria pluripotente, es decir, habían conseguido la clonación en humanos.

Hace años se distinguía entre clonación reproductiva y clonación terapéutica. La distinción era engañosa porque en ambos casos se obtenía un embrión. Lo que era diferente era la finalidad: en el primer caso se intentaba que el embrión llegara a nacer, como en el caso de Dolly y, en el segundo, el embrión se destruía para obtener sus células y cultivarlas para que transformen en un tipo especializado. Pero aunque “terapéutica” era una palabra respetable, lo de ir unida a “clonación” resultaba inquietante, así que en una nueva muestra de manipulación del lenguaje se le cambió el nombre, y así ahora se habla de “activación de ovocitos mediante transferencia nuclear” para que nadie entienda lo que es, y al embrión obtenido “nuclóvulo”, “clonote” u otros neologismos por el estilo.

La destrucción de embriones sería inmoral aunque con ello se consiguiera curar enfermedades, pero es que, además, existen caminos más prometedores. Se pueden utilizar células troncales (vulgarmente llamadas madre) adultas. Éstas están en nuestro cuerpo y su obtención no plantea problemas éticos. En la página web www.clinicaltrials.gov (a 11 de junio de 2013) puede verse, introduciendo las voces embryonic stem cells y adult stem cells, que con las primeras hay sólo 26 ensayos clínicos mientras que con las segundas son 4477. Además con células troncales adultas se están tratando pacientes. Otra alternativa son las células iPS (del inglés induced pluripotent stem cell). Se trata de células pluripotentes que se obtienen introduciendo en células adultas y diferenciadas, cuatro genes, lo que hace que aquéllas reprogramen su genoma y adopten las características de las células troncales embrionarias.  

 

Hay que indicar de todas formas que la solución a las graves enfermedades a las que se trata de hacer frente, está desgraciadamente, muy lejos.

 

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