Recordando a Pedro Arrupe

Han pasado veinte años y desde hace unos días me ronda por la cabeza – o tal vez por l corazón- decir algo sobre el Padre Pedro Arrupe, fallecido en Roma el 5 de febrero de 1991 y cuya tumba visito cada vez que paso por la Chiesa del Gesú, en pleno centro de Roma. El sucesor de Ignacio de Loyola fue un hombre de Dios que ha conocido profundamente el desarraigo de la insensatez humana en su experiencia de Hiroshima. En la casa-noviciado de Nagatsuka organizó un hosptal de emergencia y con los novicios atendió a las víctimas de la bomba atómica...

| Marcel G. Unzueta (Roma) Marcel G. Unzueta (Roma)

Han pasado veinte años y desde hace unos días me ronda por la cabeza – o tal vez por el corazón- decir algo sobre el Padre Pedro Arrupe, fallecido en Roma el 5 de febrero de 1991 y cuya tumba visito cada vez que paso por la Chiesa del Gesú, en pleno centro de Roma.

El sucesor de Ignacio de Loyola fue un hombre de Dios que ha conocido profundamente el desarraigo de la insensatez humana en su experiencia de Hiroshima. En la casa-noviciado de Nagatsuka organizó un hospital de emergencia y con los novicios atendió a las víctimas de la bomba atómica.

En 1958 fue nombrado Provincial de la provincia jesuítica del Japón, donde llegó a reunir a casi 300 jesuítas de más de 30 países. En 1965 fue elegido Superior General de la Compañía de Jesús, considerada entonces una inquietante línea de combate del catolicismo.

La puesta en práctica del Concilio Vaticano II significó para Arrupe llevar a la Compañía de Jesús a alinearse -sin radicalización apostólica- con los más desvalidos de este mundo.

Incomprendido dentro y fuera de los jesuítas, el General de la Compañía supo hacer fructífero el carisma recibido de su fundador: seguir con obediencia a la Iglesia y el mundo de hoy y de mañana. Arrupe fue un fino timonel vasco para la Compañía. Un General de mucha categoría.

Los jesuítas, desde el voto de Montmartre, hecho por Ignacio y sus primeros compañeros de la Sorbona, siguieron fielmente las directrices de los romanos pontífices, “con fuerza y creatividad”.

Si se pudiera resumir la línea del Padre Arrupe, diríamos que fue de un sacrificado liderazgo espiritual y de incansable creatividad apostólica en sus 18 años de generalato. De absoluta entrega a los demás , entre la incomprensión y el riesgo de toda persona que vive intensamente la conciencia de un mundo en cambio.

El hombre que dirigió a los jesuítas tuvo tiempos de risa y de llanto, como diría el Papa Paulo VI al referirse a las numerosas dificultades por las que atravesaba la Compañía.

Como hombre, supo comprender el camino del mayor servicio en la más total entrega a sus vivencias de fe. Como él dijo: “El servicio de la fe, del que la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta”.


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